miércoles, 25 de diciembre de 2019

Feliz Navidad, de parte del Grinch 🐉

Que está aquí, conmigo. Más concretamente, dentro de mí. El peludo bichejo verde anda de okupa en mi cuerpo desde el momento en que los aromas navideños empezaron a recorrer la ciudad. Con lo pequeñaja que soy ya te imaginarás que la convivencia con él, en un espacio tan chiquitín, no está siendo sencilla. Por lo menos, cómoda no. 

Aquí lo ves, al muy descarado; sentado en mi estómago y bebiéndose
mi té con toda la desfachatez del mundo.

No me gusta la Navidad. Lo digo así, a las claras, por si, a pesar de la tontería del Grinch, todavía no lo habías notado.
Sin embargo, no siempre fue así. Hubo una época, no tan lejana, en que estás fechas me encantaban. Cómo para no hacerlo, si en ellas se condensan muchas de las cosas que más me gustan: vacaciones, frío, regalos, un montón de pelis románticas pululando por la tele me pregunto por qué se harán tantas ambientadas en la Navidad, cuando está constatado que son una prueba de fuego para la supervivencia de la mayoría de las parejas 🙄 y licencia para comer tanto dulce y lo que se tercie como se nos antoje. Si a la lista le sumamos que todavía conservo la fascinación que tienen los bebés por todo lo que sea brillante y de colorines... ¡¿Cómo podría resistirme al encanto de estas fiestas?!
La cosa empezó a cambiar con el fallecimiento de mi abuela. Y la magia se esfumó por completo cuando mi madre la siguió. El de la pasada Navidad es uno de los recuerdos más tristes que guardo. 
Sin embargo, no he venido a desahogarme. Hoy no. Estoy aquí para cumplir con la tradición y desearte una muy:

 ¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!


Sí; sé que me lo podría haber currado más, en vez de recurrir a la manida frase que se usa para estos casos desde tiempo inmemorial. ¡Menuda escritora estoy hecha! Pero es que yo también ando de descanso, y creo que mi creatividad ha aprovechado la coyuntura para irse de vacaciones a Honolulú, como muy cerca. Aún así, aunque el mensaje no sea el más original, te aseguro que va cargado de buenos deseos y que parte directo de mi corazón. 
Un millón de gracias por haberme acompañado este año 2019, y espero que sigas a mi lado, como poco, también en esta nueva década que estamos por inaugurar. 😉😚😚

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Llovía... (poema)

Llovía, y lo usé de excusa
para poner mi orgullo a salvo.
Aparté el paraguas, lo olvidé, 
dejando que mi corazón
se llenara de charcos.

Ridículo ardid de excelente resultado.
Nadie notó la verdad,
no hallé duda en los rostros
que me salieron al paso.

Tú dijiste adiós y el alma
se me deshizo en llanto.
Pero la tarde se pintó de gris
y el aguacero ocultó mi naufragio.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Mi país (poema)

Te asemejas a un país.
Uno que no está en el mapa.
Nación que solo encuentro
si busco dentro de mi alma. 

No tiene bandera propia,
himno, escudo o terreno.
Solo la piel que me entregas
cuando te entierro en mi cuerpo.

Me recuerdas a un país,
y no exagero en mi ensueño.
La patria está donde está el hogar,
y el mío lo encontré en tu cuerpo.

domingo, 27 de octubre de 2019

La soledad del Noppera-bö (relato)

Cuando la película terminó y los títulos de crédito comenzaron a correr, Paul apuntó a la pantalla con el mando a distancia. Apagó el televisor y sumió el cuarto en la oscuridad más absoluta.  
—¡Vaya! —comentó, con toda la ironía que fue capaz de reunir, mientras reprimía un bostezo—. Ver a Freddy Krueger doblado al japonés sí que es espeluznante. No sé si seré capaz de conciliar el sueño.  
Hitomi sonrió, aunque el gesto quedó oculto tras el pañuelo de papel en el que se estaba sonando su congestionada nariz.  
—Pues a mí me parece una película estupenda —le respondió, con voz nasal, justo antes de que su nariz volviera a gotear—. Aunque es antigua, y la he visto un montón de veces, todavía me deja con cierta reticencia a conciliar el sueño. 
—Chica afortunada. Yo estoy que me caigo —. Él levantó del sofá—. Así que mejor me voy a dormir. Antes de que la estudiante perfecta —señaló con la cabeza el cuarto en el que la compañera de piso de Hitomi trataba de preparar su examen de química— salga de su guarida y nos reprenda de nuevo.  
Se inclinó sobre el sofá para besar a la chica en los labios, pero ella lo esquivó con habilidad.  
—Ni siquiera después de obligarme a ver ese bodrio te apiadas de mí. Si por algo es famosa la crueldad japonesa...  
—Estoy griposa, no quiero que te contagies —se excusó la enferma, para cambiar de tema inmediatamente después—. Ten cuidado al regresar.  
—Siempre lo tengo. Soy demasiado desconfiado para bajar la guardia.
El chico, juguetón, guiñó un ojo a su novia.  
—¡Oh, por supuesto! Supongo que esa es la razón por la que sois famosos los americanos —Hitomi le devolvió el golpe—. De todas maneras, esta noche redobla la vigilancia. ¿No sabes qué día es hoy?  
—Treinta y uno de octubre —respondió él, con sencillez.  
—Halloween. —Ella trató de sonar tétrica en medio del salón en penumbra.  
—¿No me digas que aquí también celebráis esa estupidez?  
—Por supuesto. Aquí adoptamos cualquier costumbre que venga de Estados Unidos. Deberías saber que tu país es el rey de la aculturación.   
—Pues ya hay que ser idiota para copiar a un país tan ridículo como el del Tío Sam.  
—Y eso lo dice el que llegó a la Universidad de Tokio con una beca en deportes. Seguro que eres el más listo de todos nosotros.   
Paul vio el resplandor de los blanquísimos dientes de Hitomi en medio de la oscuridad. A pesar de que se estaba burlando de él, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De nuevo trató de besarla, pero con tan poco éxito como antes.   
—¿Es que para ti la higiene no significa nada? —lo reprendió ella—. Estoy plagada de gérmenes.  
Él resopló.  
—Me voy. A ver si tengo suerte y me topo en el camino con alguna muerta viviente que quiera regalarme un beso. Ando escaso últimamente.   
—No deberías burlarte, ni hablar tan a la ligera. No conviene enfadar a los espíritus.  
El muchacho sonrió mientras se perdía por el pasillo. Le hacía gracia la idea de que aquella chica inteligente diera crédito a semejantes tonterías.    
—No te preocupes. —Asió el pomo de la puerta y la abrió—. Lo más peligroso a lo que tendré que hacer frente esta noche es a los virus que hayas podido pasarme. 

Se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Y todo por quedarse a ver aquella película con Hitomi. 
Resopló, haciendo que una nube de vapor blanco escapara de sus labios. 
Cuando llegó a la parada del autobús, el vehículo ya estaba incorporándose de nuevo a la circulación. Paul echó a correr, intentando alcanzarlo para no tener que esperar al siguiente. El conductor lo vio, pero decidió seguir su camino dejando atrás a aquel pasajero retrasado.   
—¡Maldito estreñido! —le gritó el joven, refrenando su carrera al ver que esta no tenía razón de ser—. Deja de comer arroz, a ver si así te mejora el carácter.   
Irritado, miró a su alrededor. Las calles estaban prácticamente desiertas. Aun así, no le costó decidirse a regresar a píe a la residencia de estudiantes en la que vivía. Al menos, la marcha le serviría para entrar en calor. Estaba convencido de que, si se quedaba en la parada, aunque fuera sólo cinco minutos, terminaría congelado. De modo que se subió la bufanda, tapándose la boca con ella, y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, echó a andar. 
Mientras caminaba se topó con varios chicos disfrazados, con mayor o menor éxito, de personajes de pesadilla. No pudo evitar pensar que el mundo se había vuelto loco.   
Halloween. Un siniestro carnaval para adolescentes en el que se celebraba la muerte de la manera más absurda e irreverente. ¿A quién se le habría ocurrido transformar lo que en origen era un rito celta para festejar el renacer de la naturaleza en semejante esperpento?  
Meneó la cabeza mientras se internaba en un pequeño jardín, para acortar el camino. 
Sigilosamente, una figura femenina emergió de las sombras; fantasmal y sensual a partes iguales. A Paul le bastó divisarla por el rabillo del ojo para que toda esa exasperante sensatez de la que había hecho gala desde que no era más que un mocoso se resquebrajara como una porcelana. Materializándose en un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. 
Sin quererlo, se acordó de aquella leyenda popular japonesa que un compañero de la facultad le relató apenas unos días antes: la Kuchisakeonna. La mujer enmascarada que se paseaba por los parques, preguntando a los transeúntes solitarios si la consideraban hermosa, para luego descubrirse el rostro y revelar sus labios rasgados hasta las orejas. 
Cuando una segunda silueta, esta vez evidentemente masculina, se unió a la primera, empujándola hasta hacerla reposar la espalda sobre el tronco de un árbol y uniendo su boca a la de ella, los temores de Paul se disiparon.
Aquella escena era demasiado carnal para una criatura del más allá.   
El muchacho se apresuró a apartar la vista, sonriendo a medias por la actitud desinhibida de la pareja y por su propia estupidez. Aunque no por más de un minuto, lo cierto era que se había asustado. ¡Sería idiota! 
Se adentró más por ese atajo, saliendo a un oscuro callejón intransitado a aquella hora de la noche. 
En fin, si se paraba a pensarlo, tampoco era tan descabellado creer que había algo más allá de la muerte, que no todo se termina cuando dejamos este mundo. Pero, de ahí a dar crédito a que las almas de los muertos se pasean a sus anchas por todos lados, hay un abismo.   
Paul no se explicaba por qué el camino le resultaba más largo que de costumbre, ni tampoco por qué él estaba tan inquieto. Cuando aquellos pasos comenzaron a sonar a su espalda tragó saliva y respiró hondo, antes de decidirse a dar la vuelta.   
—¡Por Dios, Hitomi! —gritó al borde de la histeria—. Menudo susto me has dado.   



La chica, que tenía la cabeza gacha, levantó su mirada hasta posarla en la de él, revelándole los finos rasgos que tan bien conocía.   
—¿Qué estás haciendo aquí?   
Ella le tendió una carpeta repleta de apuntes.  
—Te la dejaste en el apartamento —le contestó, con voz apagada.   
—¿Y qué?  Habría ido a buscarla mañana. ¿Cómo se te ocurre andar por la calle a esta hora , estando enferma?  
Esperó una respuesta, pero ella se limitó a quedarse allí parada, mirándolo de forma inexpresiva.   
—Vamos —dijo, tomando el objeto que le tendía y echándole un brazo sobre los hombros para hacer que sus pies diesen media vuelta —. Te acompaño a casa. 
Avanzaron varios metros en silencio, hasta que Paul preguntó:  
—¿Conoces la leyenda de la Kuchisakeonna?  
Hitomi lo miró, sorprendida.
—Claro —respondió.  
—Yuto me la contó el otro día. Ese chico tiene una preocupante afición por lo siniestro.  
Caminaron otro trecho sin dirigirse la palabra.   
—¿Qué otras historias de fantasmas tenéis en Japón? —volvió a preguntar él, sin entender por qué se empeñaba en ahondar en el tema.  
—Pues… —Hitomi se lo pensó un poco—. Está el Zashiki Warashi. El espectro de un niño que trae prosperidad a los habitantes de la casa en la que se aparece.   
—¿Un espíritu bueno? Lo qué me quedaba por ver se burló Paul, incapaz de desprenderse de su cinismo.  
—¿Y por qué tendría que ser malo?  
—Bueno, es un fantasma, ya sabes… —Por la expresión de ella supo que no compartía aquella opinión—. En fin. Cuéntame más.   
Regresar a las zonas más transitadas e iluminadas lo había envalentonado.   
—También está el Noppera-bö —respondió Hitomi, con cierto deje de timidez.  
—¿Y ese es…?  
—El fantasma sin rostro. El Noppera-bö no tiene cara, por lo que toma prestada la de las personas que conoce aquel al que se le presenta, engañándolo.   
Paul elevó la mano que tenía libre y chasqueó los dedos. 
—¿Lo ves? Eso si es un espectro como Dios manda; la eternidad consagrada a asustar a los incautos mortales.   
—No es esa su intención se revolvió Hitomi.   
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, cuál es?  —volvió a burlarse el chico.
—Buscar compañía. La eternidad es mucho tiempo. Y la soledad de las almas condenadas a vagar sin hallar descanso, demasiado honda.  
La carcajada de Paul sonó con estrépito en el silencio que los rodeaba.  
—Por supuesto. Y seguro que Freddy Krueger lo único que pretendía era cumplir los sueños de los demás —rió de nuevo—. Esta afición tuya por abogar por la dignidad y la humanidad de los espectros es algo que desconocía.   
Hitomi le lanzó una mirada iracunda, pero Paul ni siquiera reparó en ella. 
A pesar de los esfuerzos de él por no dejar decaer la conversación, la chica se sumió en un mutismo que no abandonó durante el resto del trayecto. Al llegar al edificio en que Hitomi vivía, ésta empujó la puerta del portal, abriéndola.   
—Deberíais tener más cuidado —apuntó Paul, entrando tras ella—. Si la dejáis abierta estáis expuestos a que cualquiera pueda pasar aquí la noche.  
La muchacha siguió adelante, silenciosa, sin hacerle caso; sin mirarle siquiera.   
—¡Oh, genial! —volvió a quejarse él—. Y, para colmo, el ascensor está estropeado.   
Presionó el botón varias veces, oyendo como el elevador hacía el intento de moverse, sin conseguirlo—. Vamos a tener que subir por las escaleras —se lamentó, otra sin obtener respuesta.  
Cuando se giró, pudo ver como la figura de la joven se perdía en la oscuridad al subir los escalones. Con su oscura melena flotando en el aire de un modo que hipnotizaba y provocaba espanto al mismo tiempo.  
«Menuda noche», pensó Paul, apresurándose a seguirla. «Y, para colmo, se enfada. ¿Qué he hecho mal?».  
Comenzó a ascender los escalones, con lentitud. Notando como la sensación de frío aumentaba conforme subía cada uno de los niveles del edificio. Sintiéndose idiota al no ser capaz de contener la punzada de temor que le atenazaba el cuerpo y hacía que su corazón palpitara como loco.   
Halló la puerta del apartamento de Hitomi abierta de par en par. La luz de la cocina estaba encendida. Entró, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. La encontró preparando té, sirviendo el amarillento líquido en dos tazas de porcelana. Al verlo aparecer, la joven le sonrió, tendiéndole uno de los recipientes.   
—Hace frío —le dijo —. Tómatelo, te ayudará a entrar en calor. 
 Él obedeció, sintiendo como a medida que el líquido entraba en su cuerpo recuperaba la sensatez y la calma tan absurdamente perdidas.   
—¿Te gustan las historias de fantasmas? —le preguntó Hitomi.  
Paul la miró, sonriendo.   
—Sólo si me las cuentas tú. Ya sabes que en realidad me parecen absurdas.  
Ella le devolvió la sonrisa, aunque de inmediato el gesto se borró de su cara, mutando en una expresión de espanto. Cuando él se giró para comprobar qué era lo que la había asustado se topó de lleno con un ser de rostro idéntico al de Hitomi. La historia del Noppera-bö que le había relatado ella volvió a su mente.   
Sin reflexionar en lo que hacía, Paul cogió un cuchillo del cubiertero que había sobre la encimera. Lo clavó en el vientre de la criatura con decisión y fuerza, ahondando en la herida una vez que la hoja hubo rasgado la carne. Le sorprendió notar la sangre que manó de la boca de ella, salpicándolo. Era un líquido viscoso y caliente.   
Aquello lo aterrorizó.   
Se giró. A su espalda, Hitomi continuaba sosteniendo su taza de té. Aunque su cara había dejado de exhibir una mueca de terror para adoptar la más fría de las sonrisas. Después, sus facciones desaparecieron, como si estuvieran esculpidas en un pedazo de arcilla húmeda manipulada por un escultor, convirtiendo el rostro de la chica en un lienzo vacío cuya sola imagen heló la sangre del muchacho.   
Paul retiró el cuchillo, arrancándolo del vientre en el que con tanta saña lo había clavado. El cuerpo de la verdadera Hitomi se desplomó sobre el suyo, empujándolo al suelo. Como pudo la abrazó, empapándose de su sangre, apartándole el cabello de la cara. 
Los labios femeninos se abrieron para decir en un quejido apenas audible:  
—Te avisé que no convenía enfadar a los espíritus.   
Él cerró los ojos, aterrado. 
Cuando sintió la fría mano del Noppera-bö oprimiendo su nuca, supo que había sellado su destino para siempre.  

lunes, 21 de octubre de 2019

Tres platos (poema)

Tres platos sobre la mesa
en la que siempre hubo cuatro.
Un detalle menor,
un dolor de soslayo.

Una ausencia indiferente
a los ojos de un extraño.
Pero palpable y notoria
para los que aún la extrañamos.

Ella se marchó hace meses,
ya va para un año,
pero su falta aún se siente
en los detalles más cotidianos. 

martes, 15 de octubre de 2019

Lo que me pareció "Pretty Woman" cuando la vi siendo adulta

Si tengo algo en común con Berta mi chica de Es medianoche, Cenicienta es que, como a ella, a mí también me encantan las viejas pelis de amor. Al igual que mi protagonista, no me canso de ver las historias que me cautivaron en su día. Aunque mi espectro es algo más amplio que el suyo, no me limito al cine clásico. En mi lista de imprescindibles también incluyo títulos noventeros. Incluso, alguno que otro que se estrenó en los albores de este siglo que estamos deshojando. 
Entre todas esas películas, si tuviera que elegir una que me ha acompañado durante mi adolescencia, sin duda escogería Pretty Woman. ¡Cuántas veces la vi! La tenía en VHS qué mayor soy, me encamino peligrosamente a la ancianidad😋― y no sé cómo no la quemé con la de horas que pasó metida dentro del reproductor de vídeo. Era un aliciente para los sueños de la jovencita inocentona y extremadamente romántica que era por aquel entonces. La que estaba segura de que, algún día, cuando ya fuera adulta, conocería un Richard Gere con canas y todo, sí, porque si algo tengo y he tenido en común con Becky G. es que a mí también me gustan los mayores, de esos que llaman señores que me amaría y haría feliz por el resto de mi vida. 
¡Ay! ¡Ilusa!Qué ternura me doy ahora 😉.
Tanto la película como el sueño de amor eterno se quedaron en mi almibarada adolescencia. Fue por esa época cuando vi a Julia Roberts, convertida en una prostituta que recorre las calles de Hollywood Boulevard, por última vez. Esa fue nuestra despedida. Hasta que nos reencontramos, hace unas semanas.
A principios de septiembre pasaron la peli por televisión, en horario de noche. Yo estaba sola en casa, y odio irme pronto a la cama cuando no tengo compañía. La verdad es que me da miedo. Así que decidí quedarme apoltronada en el sofá y darle una review a esta historia. 
Aprovechando que acaban de cumplirse veintinueve años del estreno de la película, que como ya he dicho es un de los pilares de mi vocación romántica, voy a contarte qué le pareció a la Adriana que soy hoy.


Hace años que vengo oyendo que Pretty Woman es una de esas películas que, pese al éxito que tuvo en su día, no podrían rodarse hoy. No pasaría el corte que la moral de los tiempos modernos ha impuesto en la meca del cine pese a que lleva varias temporadas convertido en un musical de relativo éxito en EEUU. Concretamente, chocaría con la corriente que busca empoderar a la figura femenina. Y yo, que como sabes soy una defensora incansable del amor romántico, siempre pensaba:
¡Hala! Ya estamos exagerando otra vez. 
Sin embargo... Ahora...
Tengo que decir que todavía no estoy muy segura de cómo terminaré este post. Espero ir aclarando mis ideas conforme escribo. Cabe la posibilidad de que, al final, dé la razón a las voces que claman contra este clásico del cine romántico. Aunque también tengo que decir que, contrariamente a la crítica más generalizada, no es el argumento lo que encuentro "políticamente incorrecto".
La historia, en sí, la sigo percibiendo como siempre lo he hecho. Tiene el clásico esquema de cuento de hadas: la Cenicienta que vive triste y, tras muchas calamidades, consigue su Happy Ending. Puede parecer simple, tópico, y todo lo que quieras, pero a mí me encanta. Al llegar a la última escena y oír ese "no dejes de soñar", se me sigue enturbiando la mirada y creo que podría morir de una subida de azúcar.
Por otro lado, el personaje femenino me gusta; me cae bien y empatizo con ella. Vivian (Julia Roberts) es una chica joven que, por una serie de decisiones erráticas, acaba viviendo por no decir malviviendo― en un submundo. Un lugar en el que no se siente cómoda, eso se nota desde el inicio de la cinta. Tiene la oportunidad de salir del hoyo por un breve periodo, una semana. Suficiente para poner distancia con lo que la rodea y darse cuenta de que merece y puede tener mucho más. Y, lo mejor de todo, esta dispuesta a conseguirlo por ella misma. Pasando de la propuesta de respaldarla económicamente que le hace el guaperas que llegó para sacarla del agujero y del que, además, se ha enamorado.
Por favor, ronda de aplausos para la chica. Si el suyo no es un claro ejemplo de mujer fuerte, independiente y con dignidad, no sé qué lo será. 
¿Qué dónde está la crítica, entonces? Pues, precisamente, en el guaperas al que hice referencia en el párrafo anterior. Aka Edward (Richard Gere). Él, al contrario que su partenaire, me parece... un cretino. Así de claro y sin ningún ánimo de ofensa, solo de definir.
Resulta que el tipo no es el hombre honrado, víctima de un flechazo, por el que yo lo tenía cuando era una ingenua. ¡Qué va! No invitó a Vivian a subir a su suite porque era muy tarde y le daba cosilla dejar a la chavala sola, esperando el bus en mitad de una solitaria calle Adriana, de verdad😞. Si es que siempre has vivido en la inopia. La contrata con toda la intención de hacer uso de sus servicios. Y no se corta a la hora de, valga la redundancia, cortarle el rollo a ella, que está de lo más relajada  disfrutando la sesión de cine que se a improvisado en la habitación.
¡Odio a los jefes que no respetan las horas de descanso de sus asalariados!
Tonterías a parte, la manera en que él la trata durante la semana que pasan juntos... En mi opinión, deja bastante que desear.
Nunca te he tratado como una prostituta le dice casi al final de la película. Cuando ella decide pasar de él, tragarse sus sentimientos, y seguir su vida por cuenta propia.
En ese momento yo, que seguía repantigada en mi sofá, me sentí dividida entre la carcajada irónica y el bofetón. Opté por lo primero, claro, porque lo del guantazo solo me habría servido para cargarme la tele. 
Pero, vamos a ver, tío... ¿Cómo que no? Si, no le has guardado las espaldas a la chica en ningún momento. Hasta al idiota de tu socio-amigo, cuando quiso saber quién era ella, lo pusiste al corriente de su profesión."Es una puta" palabras textuales del doblaje en España―, eso dijiste para cortar la paranoia de tu colega.
Muy bonito, Edward. ¡Muy bonito!
Desde luego, a este hombre se le puede acusar de muchas cosa, menos de falta de sinceridad🙄.
También quiero recordar que el señor tiene a nuestra Vivian guardadita en su lujosa suite de hotel, y la saca de allí solo para lucirla en fiestas, cenas y otros compromisos. Que la niña es muy rebonita y, aunque la pobre no tenga ni idea de etiqueta, adorna mucho. En fin, es cierto que la contrató precisamente para eso. Porque, como él mismo dijo, no estaba de ánimo para "peleas románticas".
Mira, de verdad... Es que hasta Maluma tiene en sus canciones mensajes menos degradantes que el que el bueno de Edward transmite en esta frase.
Pero está bien. De acuerdo, no pasa nada. Es el punto de partida del personaje. Alguna justificación habrá que dar para que estas dos personas, que vienen de mundos tan diferentes, tengan una excusa para pasar tiempo juntos, conocerse y enamorarse. Tampoco sería la primera vez que veo a un idiota  integral convertirse en un amorcete. Si esto es un clásico del género romántico, en todas sus formas. El problema que veo en Edward es que no hay evolución en la manera en la que él afronta la relación, ni en como la ve a ella, a lo largo de la película. Yo no la he sentido, al menos. Para él, Vivian no deja de ser una asalariada, por mucho que al final se de a entender que tiene sentimientos por ella.  
Tengo entendido que, en la primera versión del script, la pareja se separa al final de la película. Pero no quedaba ahí la cosa, no. En un derroche de dramatismo y crueldad de todo punto injustificada, la prota muere de sobredosis en un callejón. También cuenta la leyenda que fue la esposa del guionista ―¿o era el director? quien sugirió el cambio al final feliz que todos conocemos. Algo que, personalmente, jamás podré agradecer lo suficiente a la buena mujer. Lo que menos necesito son más traumas. Siempre consideré este giro de guión un acierto. Lo sigo haciendo, aunque ahora creo que el personaje masculino se quedó anclado en la primera versión aun después de reescribir el libreto. Este hombre no llegó a enamorarse en ningún momento. 
Y no, lo de subir a un segundo piso por la escalera de incendios, con La Traviata a to' meter en la radio del coche y un ramo de flores en la mano, para mí no cuenta como prueba de amor. Ni siquiera teniendo en cuenta el vértigo que padece el artífice de la hazaña. ¡Que es un segundo piso, hombre! Tampoco es para tanto. Por no hablar de que, si no llega a ser porque el director del hotel este hombre sí que es adorable🥰 le metió el dedo en la yaga a nuestro Edward... A saber si no habría seguido su camino tan campante, el tío.

Si me lo permites, en este punto me gustaría dirigirme a Vivian:

Cariño, sé que llego veintinueve años tarde. Aún así, permíteme el atrevimiento de darte un consejo.
No te dejes enternecer por la puesta en escena y sigue tu plan inicial. Ve a estudiar, lábrate un futuro y ya luego, si eso, quizás conozcas a un buen hombre que de verdad sepa amarte. Tengo la impresión de que Edward suspenderá esa materia una y otra vez. Para él nunca dejarás de ser la chica que encontró en la calle. Preciosa y divertida, sí; pero condicionada por tu pasado. 

Pues ya está, ya me quedé a gusto. Ahora, regreso contigo, mi querido/a lector/a.
Esto es lo que sentí cuando, esa noche de soledad, los créditos llenaron la pantalla de mi televisión y no me quedó más remedio que irme a dormir, iniciando la tortuosa tarea de apagar luces y refugiarme en mi cama antes de que un espectro me alcanzara. Si tú eres un/a enamorado/a de esta película, y no te importaría fugarte con Edward en su Lottus, te pido perdón. Mi intención no ha sido destrozar tu fantasía, nada de eso. Siempre he defendido que a estas hay que alimentarlas y cuidarlas con mimo, para algo nos hacen la vida más llevadera. Tan solo quería compartir mi punto de vista.
Aún así, si quieres ponerme verde, los comentarios están a tu disposición😉.
Para concluir, quiero decir que, pese a que el galán de la historia se quedó muy lejos de robarme el corazón, disfruté la película. Me gustó, me ilusionó y la viví. Tres cosas que considero fundamentales en la ficción. De manera que, al final, me quedo en el bando de los defensores de Pretty Woman. 

miércoles, 9 de octubre de 2019

¿Por qué leo y escribo Novela Romántica?

Para mí, esta es una pregunta clásica, de las de toda la vida. Ya de jovencita mis maestros, los padres de mis amigxs, y cualquier adulto razonable que me rondase y estuviera al tanto de mis gustos, no se cortaba en pedirme explicaciones sobre ellos. 
¿Novelas románticas? ¡Uy! Con la de cosas interesantes que hay para leer, chiquilla me decían.  
Cuando crucé al otro lado de la página para ser, además de lectora, escritora de romántica, el juicio se recrudeció. 
Si te gusta escribir, ¿por qué no lo intentas con la literatura seria? volvía a cuestionarme el universo. 
Tengo que admitir que el adjetivo "serio" nunca me ha gustado mucho, la verdad. Sobre todo, si se aplica a la literatura y sirve para marcar el clasista baremo que separa a la buena de la mala. Cuando este es el caso, la palabra me huele a rancio, me suena a gris, me empuja a visualizar a señores con levita y monóculo tomando el té en algún club del Londres decimonónico, mientras hablan del tiempo porque, en realidad, no tienen nada más que decirse queriendo sentar cátedra.
No soy seria, no me considero como tal. No del aburrido modo en que la gente concibe el significado de este vocablo. A mí, me fascinan los amores apasionados, las aventuras al límite, los villanos perversos y los héroes y heroínas dispuestos a darlo todo en la defensa de sus ideales. Me enamoran los libros que me hacen sentir y soñar, y es por esto que me rindo a la literatura romántica.
Pero si con esta razón aún no basta, y debo argumentar mis motivos, aquí van tres que considero de peso.


Leo y escribo Novela Romántica porque...

1. Hablan de sentimientos: de amor, sí; pero no solo del amor romántico. Pensar eso es quedarse en la superficie. Las páginas de la Novela Romántica están llenas de amor en la familia, entre amigos... ¡En la vida, en general! ¿Quién no ha sufrido con esa heroína dispuesta a sacrificarse a sí misma por el bien de su hermano/a? ¿Y qué hay del amigo/a leal que se mantiene del lado de nuestro héroe sin importar las consecuencias? ¡Pues eso! Que en un mundo donde los periódicos y la prensa no se cansan de servirnos en bandeja el lado más vil y cruel del ser humano, menos mal que tenemos estos libros para contrarrestar el amargo sabor de boca que puede dejar la realidad. Tanto, que, ahora que lo pienso, creo que los psicólogos deberían recetarlos. Su efecto en el cerebro es igual al de muchos medicamentos contra la depresión, con la ventaja de que resultan mucho más inocuos al organismo.

2. Gracias a ellas, puedo vivir todos los grandes amores que me de la gana: y tranquilamente,  oye; desde el sofá de mi casa. Sin pasar ni frío ni calor. Sin sufrir ni la presión de los corsés que marcaban tendencia en la moda de los siglos pasados ni correr el riesgo de llevarme un balazo en una persecución por las calles del moderno San Francisco. Y, hablando de San Francisco, ¿acaso conoces un modo más económico de viajar? A Estados Unidos, Inglaterra... ¡La India! E, incluso, al pasado o el futuro. Además de en las farmacias, ¡que vendan Novelas Románticas en las agencias de viajes!

3. Por más grande que sea el problema, el Happy Ending nunca nos falla: y déjame decirte que, para tragedias, ya está la realidad. ¿A quién no le gustaría regresar atrás el tiempo para reescribir el final de alguna historia vivida y cambiarlo a otro más dulce? Con la Novela Romántica sabes que no habrá necesidad de cambiar las últimas páginas, porque siempre terminarán como deben hacerlo. Por grande que sea el impedimento que se alza entre nuestros protagonistas, el amor triunfará, los buenos obtendrán su justa recompensa y los villanos serán castigados. ¡Cómo debe ser! ¿Exagero si extiendo la distribución de este género literario a las clases de ética?

Podría seguir, redactar una lista muuuuucho más larga que esta. Pero sería hacerme pesada y, al final, la verdad es que todos mis motivos se pueden resumir en uno: leo y escribo Novela Romántica porque la considero un género digno, plagado de grandes historias, de novelas escritas con mimo y entrega y autoras/res que no desmerecen a los que trabajan cualquier otro género.

¡Hala! Ya está. A quedado claro, ¿no? Pues verás como aún voy a tener que seguir escuchando y respondiendo la dichosa preguntita. 😅

Y a ti, ¿qué te enamora de la Novela Romántica?

jueves, 3 de octubre de 2019

La madrugada (poema)

Le pondré tu nombre al desvelo
de mis eternas noches en blanco,
para que la madrugada responda
si entre susurros te llamo.

Podría ser que ella se apiade
de este amor que rompe en llanto.
Quizás a la noche le importe
lo que tú sigues obviando.

jueves, 26 de septiembre de 2019

El guión de diálogo

El maldito guión de diálogo. Así es como me habría gustado titular esta entrada. Pero, no es plan de ir faltando el respeto por ahí, no señor. Eso no está bien. Y, menos, cuando la condenada rallita de marras va a ser la invitada especial de hoy. A ella va dedicado el post, con todo mi cariño. 😒
Por si eres profanx en esto de la escritura, voy a empezar presentando a nuestra protagonista. Que no se diga que soy mala anfitriona. El guión de diálogo, como su propio nombre indica, es esa pequeña línea que precede a las intervenciones de los personajes en un texto. O, lo que es lo mismo, la que indica al lector que estos han tomado la palabra.


Ejemplo: Te dije que él no vendría. 

Hasta aquí, todo muy fácil. ¿Verdad? Seguro que no te estoy revelando nada que no supieras ya.

Pues no, nada más lejos de la apariencia. Para empezar porque, deja que te diga, que no cualquier ralla vale para introducir un diálogo. Concretamente, la que aparece dibujada en el teclado (guión corto) no sirve. ¿Y esa que a veces nos genera Word, de forma automática? (guión medio) Pues tampoco. 
El correcto, el apropiado, el que debes utilizar si no quieres quedar como un pardillo cuando mandes tu manuscrito a las editoraiales, es el guión largo. Sin más. Este es el gramaticalmente correcto a la hora de marcar la intervención de alguién.
Vale, y, ¿dónde lo encontramos? Porque, si el corto lo tenemos en el teclado, y el medio sale solo con un poco de ayuda de Merlín... El largo...
No te canses, deja de buscarlo. Ponerlo ahí, a la vista de cualquiera, habría sido demasiado fácil. Le quita emoción. Para hacer la vida del escritor un poquito más interesante, los señores diseñadores de los procesadores de texto han decidido proponernos un juego. Uno parecido a la búsqueda del Santo Grial: la búsqueda de nuestro guión largo/guión de diálogo. 
En realidad, dónde esté depende mucho del ordenador que estés utilizando e, incluso, del software. Generalmente, hay dos caminos para llegar a él:

  1. Ve a la barra de herramientas de tu procesador de texto (que está en la parte superior de la pantalla), busca la pestaña "insertar". Aquí te aparecerá un submenú en el que encontrarás el apartado "símbolo". Ahora, coge las gafas de bucear y zambúllete en en él. Se supone que aquí deberías encontrar el guión correcto para hacer a tus personajes hablar.
  2. Esta es mi favorita. También viene de la mano de Merlín, es un encantamiento. Coge tu barita mágica (si no tienes, los dedos también valen) y teclea el código Alt+0151, con el teclado numérico activado. 
Siguiendo una de estas dos vía llegarás al lugar adecuado. Aunque, ¿quién sabe? También es posible que no des con lo que buscas. A mí me ha pasado. 
En fin, lo de utilizar el guión correcto para introducir diálogos es algo que aprendí pronto. Cuando escribía El cielo de Bnagkok ya tenía solucionado el asunto. Lo que me ha costado bastante más es aprender a puntuar cuando a mis personajes les da por pasar de mí y toman la palabra. Para ser honesta, esto es algo que acabo de aprender. Lo estoy aprendiendo. En eso ando esta semana. 
Por lo que sé, es un problema común a la mayoría de los escritores. No lo digo para justificar mi ineptitud, sino porque realmente he leído y oído a muchos novelistas quejarse del lío que tienen con las normas de puntuación dentro de los diálogos. 
De este mal común surgió la idea de escribir el post que nos ocupa. Ahora, que me he convertido en una maestra en la materia, voy a compartir mi sabiduría con el pueblo llano😋 . 
Primero de todo, como ya sabemos cuál es el guión que debemos usar (el largo, siempre el largo, que no se te olvide) y dónde encontrarlo (con un poco de ayuda de los astros), tengamos en cuenta que no solo las palabras de los personajes van precedidas por él. También se usa para introducir todas las aclaraciones que, como narradores, queramos hacer sobre la actitud o apariencia del que está hablado. 

Ejemplo:  Te dije que no vendría exclamó María. 

Cuando, tras este pequeño inciso que hemos hecho, el personaje retoma la palabra, volvemos a colocar otro guión. Dejando la aclaración del narrador encerrada entre ambas líneas. 

Ejemplo: Te dije que no vendría exclamó María―. Es un cabezota.

Sin embargo, cuando la aclaración que hace el narrador no comienza por un verbo de habla (dijo, exclamó, comentó...), como hemos visto en el ejemplo, el punto que marca la aclaración del escritor se coloca antes del guión, y no después. 

Ejemplo:Ya te he dicho que no quiero hablar del tema. ―Ana se dio media vuelta y dejó a Julián plantado en mitad de la calle. 

Es fácil. Pero, créeme, se complica. Lo hace en el momento que también las frases lo hacen. Cuando personaje y narrador se suceden para mostrar al lector lo que está ocurriendo (lo que hace, siente, piensa o ve el que habla, mientras habla). Pero, por hoy, lo voy a dejar aquí. El resto, lo abordaremos en otra entrada. Hasta entonces, practica con esto.😜
Yo también lo haré. Corregiré mis textos y me flagelaré con la vergüenza que siento al pensar en esos otros, los que andan vagando por editoriales. Sin que pueda ya remediar los muchísimos errores que cometieron mis personajes al hablar (la culpa es de ellos, no mía). Las manos a las que esas aberraciones han llegado... Deben estar alucinando. 

domingo, 22 de septiembre de 2019

Tu ausencia me empapa (poema)

Cielo teñido de gris
sobre un manto de hojarasca
que cubre la acera y la guarda
de la lluvia que me empapa.

Cielo de otoño mojado
en infinidad de gotas.
En difuminada llovizna
que me cala la ropa.

Dulce melancolía,
soledad que no me daña
porque en el cielo te encuentro.
Porque tu ausencia me empapa.

martes, 17 de septiembre de 2019

Siempre y un día más (poema)

No pidas que te quiera siempre,
no creo que sea capaz.
Para que te quede claro:
te querré siempre y un día más.

No puedo darte menos que eso,
avisado quedas ya.
Lo que siento es lo que siento
y no lo puedo cambiar.

Quita esa cara, cariño,
que no busco pelear.
No son ganas de quedar encima.
Simplemente, es la verdad.

Así que olvídate de infinitos,
no me quieras limitar.
Mi amor no entiende medidas y,
si se trata de ti, siempre quiere más.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Lana y Darío: los amantes olvidados

Todavía no te he hablado de ellos, ¿verdad? 
Por este blog han desfilado Berta y Nino, Margot y Ari e, incluso, Jero y Abril. Y eso que estos últimos están atrapados en el limbo en el que habitan los personajes de las novelas cuando estas aún no existen como tales y son solo un borrador que el autor guarda en un cajón. Pero, a Lana y Darío, no te los he presentado. 
No pasa nada, ese error lo solucionamos ahora mismo. 
Para empezar, te cuento que la situación de esta pareja no es distinta de la de Abril y Jero: ellos también están en el limbo. De hecho, creo que son vecinos, viven en el mismo bloque de pisos y hasta comparten rellano😁. Lana y Darío son los protagonistas de la novela a la que puse punto final hará cosa de un mes. Y, ¿qué te voy a decir? Los quiero, claro. Como quiero a todos mis héroes y heroínas. He pasado tanto tiempo con ellos, he sufrido tanto con ellos, me he divertido tanto con ellos... No creo que encuentres a ningún escritor que te diga que no siente devoción por sus amigos imaginarios. Y, si por un casual te topas con uno, recomiéndale que cambie de profesión, porque es síntoma de que la que ejerce no le apasiona como debería 😉. 
Si tengo que diferenciar a estos dos del resto de tortolitos cuyas historias he contado hasta la fecha, diría que ellos son los más inocentes. Quizás porque también son los más jóvenes. Y, aunque no sé si la edad tendrá algo que ver, los más beligerantes. ¡Lo que han batallado estos chicos! Y no solo con las circunstancias cuando me pongo Drama Queen, me pongo― sino entre ellos. Tienen bien merecido el premio a mi pareja peor avenida. Aun así, tengo que reconocer que ha sido divertido desarrollar esta relación de amor-odio. Yo, que tiendo a decantarme por el empalago en esto del romance sí, estoy reconociendo que soy una cursi; pero vamos, que tampoco es nada nuevo, si lo llevo con mucho orgullo― no imaginé, ni por asomo, que pudiese pasármelo tan bien con este par que se atrae tanto como se detestan. 
También ha sido muy gratificante dar forma al mundo en el que se mueven. Pokcham, el pueblo de Lana, y Sarem, la ciudad donde nació Darío, son localidades de Bassana. Un país de la Europa del este que, por alguna extraña razón, no aparece en los mapas. No sé a qué se deberá esta exclusión, pero igual que me lo haya inventado influye un poquitín. Aún así, no parece razón de peso para no darle su lugar geográficamente hablando 😋.

Esta podría ser la vaquería de los Chejóv 🐮. El hogar de Lana, frente a la que el coche de Darío
 se detuvo por pura casualidad y donde el maquiavélico engranaje del destino se puso en funcionamiento. 

Soy historiadora. Aunque nunca he ejercido como tal, tengo mi título y me encanta la carrera que estudié. Mi especialidad es la Historia Actual y, dentro de este periodo, lo que más me interesa son los movimientos que se produjeron en los países que quedaron bajo el área de influencia de la URSS, tras la Segunda Guerra Mundial, para recuperar su identidad nacional y desvincularse de Rusia. No es de eso de lo que va la novela de Lana y Darío, no te asustes. Pero estos países y lo que en ellos ocurrió me ha servido de base para crear la nación de Bassana, y ha sido muy bonito volver a sumergirme en un tema que me apasiona y que me ha llevado de vuelta a mis años universitarios. Tengo un cuaderno repleto de apuntes que recrean la historia reciente de la nación bassaní. De esos datos, al final habré utilizado menos de un diez por ciento. Pero doy por bien empleado el tiempo dedicado a la construcción del "decorado", ya que me ha ayudado mucho a la hora de ubicarme. He comentado infinidad de veces lo importante que es, bajo mi punto de vista, el espacio físico en una novela. Y en cualquier tipo de narración. 
Lo más complicado ha sido, precisamente, encontrar un equilibrio entre los acontecimientos que se van sucediendo y la historia de amor y personal de los chicos. No quería aburrir con detalles "históricos", pero tampoco que el ambiente en el que se mueven los personajes resultase poco consistente. Cruzo los dedos para haber sido capaz de hacer un trabajo digno en este sentido.
A Lana y Darío los he llamado Los amantes olvidados, pero no porque haya pasado de presentarlos formalmente hasta esta entrada. El sobrenombre tiene más base, es más significativo. Tanto, tanto, que da título a la novela que los une. La cual está marcada por la lucha por eludir la tragedia que ha vuelto célebres a los grandes amantes de la historia para ser solo una pareja más; feliz y anónima.
Y... Aquí lo voy a dejar, que una cosa es hacer un pequeño esbozo de la trama y, otra muy distinta, caer en el spoiler 😉.

viernes, 6 de septiembre de 2019

¡Felicidades, Cenicienta!

O Berta, que ya sabes que para mí es lo mismo. Porque la Cenicienta a la que felicito no es esa princesita adolescente y un poco bobalicona que se dejaba mangonear por su madrastra y sus hermanastras. Sino una mujer adulta, ya hecha y derecha, que... es un poco pava... y tiene una madre que... le dirige... la vida. 😞 ¡Uy! 😳Así, a simple vista, puede que mi Ceni no sea tan distinta de la del cuento clásico. Pero, si te tomas el tiempo necesario para conocerla, verás que dejando atrás este primer esbozo ambas son tan diferentes entre sí como sus respectivas historias. 
Hoy se cumple un año de la publicación de Es medianoche, Cenicienta. No podía dejar pasar la ocasión sin prepararle una pequeña fiesta de cumpleaños en el blog a mi queridísima Berta, el acuchable Nino y los demás personajes que le dan vida a esta historia que tanto disfrute escribir. 



Y como no hay cumple sin regalo, te voy a hacer uno. Ya te vale, por si lo has olvidado te recuerdo que esto va al revés: eres tú quien debería haber traído algo 🙄. No está bien presentarse en un cumple sin un presente para el homenajeado. Pero como tanto Berta como yo nos pasamos de buenas, nos saltaremos la tradición para cumplir con el ritual a la inversa.
Te invitamos a hacer una escapadita a París cortita, ¿eh? De un capítulo, que no está la economía para hacer dispendios para que tengas una cita con  el actor más guaperas y famoso del país galo y, de paso, compartas un romántico beso bajo la lluvia con él. ¿Qué? No es mal obsequio, ¿a que no?
Pues abróchate el cinturón de seguridad que... No, no, no; espera. Lo he pensado mejor y no vamos a irnos en avión. En lugar de pasar por el aeropuerto, ponte estos zapatos 👠, es mucho más rápido. 

* * * 

Un cine. La dirección que Nino había escrito me llevó a un cine. Uno situado en un barrio cualquiera de París. De esos donde la vida cotidiana se mantiene a salvo de la avalancha de turistas que diariamente, de día y de noche, abarrotan los lugares más emblemáticos de la ciudad. Aquellas salas jamás acogerían el estreno de la última película de ningún afamado director ni a un público vestido de gala. Sin embargo, me bastó dar una ojeada a la cartelera para encontrar el encanto oculto que encerraba el lugar.
Allí no se exhibían los últimos éxitos de taquilla, sino una selección de títulos clásicos. Ante mí tenía los rostros de muchos de los actores y actrices que mi abuela me había presentado cuando era niña. Todos ellos en una versión dibujada de sí mismos. Técnica de la época para suplir la carencia del Photoshop y presentar a sus estrellas como divinidades frente al común de los mortales.
La emoción había prendido en mi interior, extendiéndose a cada fibra de mi cuerpo, cuando noté el toque en mi hombro. Me di media vuelta y fruncí ligeramente el ceño al ver detrás de mí a un muchacho con un gorrito de lana negro, encasquetado hasta los ojos, y una gruesa bufanda gris subida hasta la nariz.
―Lo siento ―me disculpé con aquel individuo rendido a los fríos del invierno parisino, creyendo que le estaba tapando la visión de la cartelera.
Me hice a un lado sin dejar de mirarle. Le reconocí un segundo antes de que se bajase la bufanda, permitiéndome ver su rostro al completo.
―¿Nino? ―pregunté. No porque no estuviese segura de que era él, sino por la sorpresa de verlo de aquella guisa.
Él se llevó el índice a la cara. Colocándolo sobre el lugar en el que debería estar su boca, bajo la lana gris. Mis cachetes se hincharon cuando intenté contener la risa.
―Menos mal que no estamos en un banco, porque te habría tomado por un atracador. Casi no te reconozco.
―De eso se trata ―apostilló, mirando cautelosamente a su alrededor.
―¿Y piensas pasarte toda la noche con esa facha? ―inquirí, aún divertida, fijándome en cómo la poca piel que llevaba al descubierto brillaba bajo las luces a causa de la sudoración.
Afuera, en la calle, podría estar helando, pero, dentro del cine, la calefacción elevaba la temperatura a niveles tropicales. Las prendas de abrigo sobraban para cualquiera que llevase allí dentro más de cinco minutos. Yo misma me había visto obligada a prescindir de la gabardina, que ahora llevaba colgada del brazo junto con el bolso.
―Me quitaré el gorro y la bufanda en la sala, cuando las luces se apaguen. ―Alargó un brazo para adueñarse de mi mano―. Vamos, la película está a punto de empezar.
Echó a andar tirando de mí. Conduciéndome hasta el lugar en el que un chico con cara de absoluto aburrimiento revisaba las entradas e indicaba al público a qué sala debían dirigirse. Nino mostró las nuestras con los ojos fijos en las punteras de sus zapatillas de deporte. Y asintió, igualmente cabizbajo, cuando el empleado le dijo con desgana que nos dirigiésemos a la sala dos.
El sonido de nuestros pasos quedó amortiguado por la desgastada moqueta que cubría el suelo del pasillo. Dentro de la sala de proyecciones las luces ya se habían apagado, anunciando que la película estaba por empezar. De la oscuridad se desprendía un murmullo del escaso público que apenas llenaba el salón. Mi excitación creció por contagio, alimentada por la de los que me rodeaban. Compañeros en la aventura que íbamos a compartir desde el otro lado de la pantalla.
Sin soltar mi mano, mi cicerone me llevó a la última fila, completamente desalojada. Lo que nos permitió elegir a nuestro antojo los asientos. Estuvimos de acuerdo en ocupar los que quedaban más a la mitad de la hilera de butacas. Nada más dejarse caer en la suya, mi amigo empezó a desprenderse de toda la ropa que pudo.
Por un momento la imagen me resultó demasiado erótica. Tenerle allí, tan cerca, desnudándose en medio de la oscuridad…
―Teníamos que haber comprado palomitas ―solté, solo para recordarme a mí misma lo inocente de la situación e impedir que mi pulso se desbocase junto con mi exaltada imaginación.
Aún en medio de la oscuridad podía notar su piel y su pelo ligeramente bañados en sudor.
Él se detuvo, con los hombros fuera de la cazadora y los brazos todavía metidos en las mangas, y me miró con una sombra de desaprobación enturbiando la habitual dulzura de su mirada.
―Aquí no venden palomitas ―dicho esto terminó de desprenderse de la cazadora―. No es esa clase de cine en el que puedes comprar bebidas y aperitivos a la entrada. ―Libre ya de la prenda se giró a su izquierda y la dejó en el asiento de al lado―. No me digas que eres de las que no pueden ver una película sin un bote de palomitas.
Por su modo de hablar supe que para él eso suponía poco menos que un sacrilegio. Pero no dejé que su opinión me afectase.
―No; de palomitas no ―lo tranquilicé antes de confesar―, prefiero el  helado.
Sus ojos se agrandaron un segundo antes de entrecerrarse hasta casi desaparecer, mostrando en el paso de un extremo al otro su evolución de la incredulidad a la diversión.
―Preferiblemente, de chocolate ―rematé, consiguiendo que la sonrisa de Nino se extendiese de los ojos a la boca.
―Siempre eres tan… ―empezó a decir. Pero justo en ese momento comenzó la película.
Sin decir nada ni hacer gesto alguno ambos estuvimos de acuerdo en aparcar la conversación. Coordinados volvimos la vista al frente y nos hundimos en las butacas hasta que estas casi nos hubieron engullido. Olvidándonos del mundo real para entrar a formar parte del que existía en la enorme pantalla delante de nuestros ojos.
La inconfundible melodía me reveló el título antes de que las palabras West Side Story se destacasen sobre la imagen. No era la primera vez que veía a Romeo y Julieta reencarnados en dos jóvenes de la Nueva York de principios de los sesenta. Aquella era una de las películas que me habían acompañado durante toda mi vida y de las que había terminado por aprenderme los diálogos al dedillo. Pero también una de las que nunca me cansaría.
Durante casi dos horas no hubo nada más allá de la rivalidad entre los Sharks y los Jets y el amor prohibido de María y Tony. Cuando acabó la película y las luces se encendieron, iluminando tenuemente la sala, Nino ya había recuperado las capas de ropa que se había quitado a la llegada y yo seguía alterada por la explosión de música y baile a la que acababa de asistir. Me pregunto si seré una insensible, pero siempre me pasa lo mismo. El trágico final de la historia nunca aplaca el espíritu festivo que me despierta.
Esperamos a que todos se hubiesen marchado antes de levantarnos para salir también nosotros.
―¿Por qué querías que nos viéramos aquí? ―pregunté con tono cantarín, contagiada por los personajes de la historia que dejábamos tras nosotros, saltando el escalón de la entrada para salir a la calle.
Era noche cerrada y el suelo, húmedo por una lluvia reciente, brillaba bajo las luces de las farolas. Deslumbrante y resbaladizo.
Casablanca, Esplendor en la hierba… Dijiste que ese era el tipo de películas que te gustaban. ―Nino siguió mis pasos y mi conversación―. Así que supuse que también te gustaría este cine.
―Me ha encantado.
―Lo he notado.
Me miró y pude ver en sus ojos que volvía a sonreír. Para no perderme ninguna de las emociones que se reflejaban en ellos me adelanté algunos pasos y me di la vuelta, levantando un revuelo en las capas de mi falda, para caminar de frente a él y de espaldas al resto del mundo.
―¿Cómo descubriste un sitio así?
Seguí con el interrogatorio sin bajarme aún de mi nube. Sentía una necesidad acuciante de hablar y de escuchar su voz.
―Hace años, cuando vine a París soñando con convertirme en actor ―respondió sin dejar de vigilar la retaguardia que tan temerariamente yo había descuidado―. No fue una época fácil. Tuve más fracasos que éxitos en los primeros castings a los que me presenté. Así que cuando me sentía solo y me ganaban las ganas de hacer la maleta para volver a Toulouse, este cine era un buen lugar para refugiarme.
Nino elevó la vista al cielo y exhaló un largo suspiro que se materializó en una nubecilla de vapor, significando el peso de los sinsabores de aquel tiempo que ya formaba parte de su pasado.
―Aquí me sentía como en casa. A mi madre, como a ti, le encantaba el cine clásico. ―Sus ojos se fijaron otra vez en mí―. Mi padre nos abandonó cuando se enteró de que estaba embarazada y su familia nunca la perdonó por convertirse en madre soltera. ―Sonrió ligeramente sin dejar de mirarme―. Creo que, al igual que tú, también ella hizo de esas viejas películas su medio de evasión y, de paso, despertó en su hijo el deseo de ser actor. Me ilusionaba la idea de formar parte de algo que la hacía feliz.
Experimenté un agradable cosquilleo en la boca del estómago. Que hubiese tenido en cuenta mis gustos al citarme en ese cine ya era mucho para mí. Que, además, al llevarme allí estuviese compartiendo conmigo un lugar que era tan especial para él, me provocaba una satisfacción que ni siquiera sé describir. De alguna manera, me estaba dejando acceder a su intimidad.
―Además, el cine siempre es un buen sitio para mezclarse con la gente sin llamar la atención.
Nino trató de bromear para contrarrestar la carga emocional de esa parte de él de la que me había hecho partícipe.
―Y supongo que es en invierno cuando más te dejas caer por aquí ―apunté, demasiado exaltada para decantarme por la sabia opción de cerrar la boca y dejar de decir tonterías.
Le tomó un instante entender que lo decía por su atuendo de esa noche. Cuando lo comprendió, sonrió.
―En invierno, sí. Mi vida es algo más fácil cuando el frío me da la excusa de esconderme bajo la ropa.
Alargó los brazos y me agarró de los hombros. Suavemente me obligó a detenerme y, sin pedir permiso, descolgó de mi brazo la gabardina y la desplegó a mi espalda para cubrirme con ella. Como una capa. Apoyándola en el lugar en el que un instante antes habían estado sus manos. Chasqueé la lengua, observándole con una sonrisa tontorrona mientras le dejaba que me cobijase con la prenda como a una niña pequeña.  
En la lejanía de la calle desierta escuché el timbre de una bicicleta, varias veces presionado por su piloto. También el ruido sordo de las ruedas al deslizarse por la acera húmeda. Capté todas las señales pero, en vez de hacerme a un lado, mi instinto reaccionó de la manera equivocada. Dando a mi cerebro la orden de girarse para ver lo que ya sabía que se me venía encima en lugar de intentar apartarme del peligro. Una suerte que Nino estuviese más avispado que yo. Con un brazo me enganchó de la cintura y me arrastró con él a un lado. Quedamos ambos en el filo de la acera, sobre el diminuto precipicio del bordillo en el que mis tacones me convirtieron en equilibrista.
El ciclista pasó a nuestro lado impasible. Sin murmurar ni disculpas ni reproches. El sonido de la bocina se extinguió y el hombre siguió su camino sin regalarnos ni un miserable segundo de su atención. En apenas un pestañeo todo había vuelto a la normalidad. A la tranquila quietud de esa calle bordeada de coches a uno y otro lado de la estrecha calzada que la cruzaba. Vehículos cuyos dueños estaban ya en sus casas, a buen recaudo, disfrutando de las pocas horas de libertad que les restaban antes de que el sol reapareciese en el cielo. Trayendo con él las consabidas obligaciones diarias. Sin embargo, yo, en una absoluta descoordinación con el entorno, me encontraba muy lejos de la calma. Ya lo había estado antes de la aparición del desconsiderado ciclista pero, ahora…
En fin. Digamos que la cercanía de Nino tenía en mí un efecto más potente que la banda sonora de West Side Story.
Tuve un rebrote de la calentura que había sufrido un rato antes al verle desprenderse de capas de ropa hasta quedarse solo con el casto jersey que llevaba bajo todo lo demás. El tacto de ese chico, la suavidad del aliento que escapaba de sus labios para golpear los míos y el calor de su cuerpo que traspasaba la ropa para penetrar hasta mi piel. Todo ello despertaba en mí sensaciones a las que hacía muchos años había renunciado voluntariamente. Y sin las que había podido seguir viviendo. Quizás porque nunca las había sentido del modo tan rotundo en que él me las provocaba; volviéndolas una necesidad acuciante.
Tragué saliva. Conseguir que se deslizase por mi garganta abajo fue una gesta. Me habría gustado que él me copiara. Ver su nuez subir y bajar en su blanco cuello. Pero, por desgracia, la insondable bufanda que llevaba me habría ocultado la visión aunque esta se hubiese producido más allá de los límites de mi imaginación.
Empezaba a notar que me faltaba algo. Que necesitaba algo. Que quería algo. Y, al contrario de lo que era común en mí, no podía conformarme con la opción de no conseguirlo.
―Tenemos que ir al final de la calle ―dijo el responsable de mi alboroto. Quien, pese a instarme a moverme, no predicó con el ejemplo―. Jean Claude nos está esperando allí con el coche para llevarnos de vuelta al hotel.
Asentí pese a que no escuché una sola palabra de lo que dijo. Tenía los oídos taponados con los latidos de mi propio corazón. El pum, pum, pupum que se estaba volviendo tan familiar otra vez lo llenaba todo.
En lugar de mover los pies, moví un brazo. Lo hice de un modo torpón y extremadamente lento. Ajena a él, a mi propia voluntad. No me di cuenta de lo que iba a hacer hasta que mis dedos se engancharon al filo de su bufanda, tirando de ella hacia abajo para descubrir el hermoso rostro que ocultaba.
Sí, en ese momento fui consciente pero, como sumida en algún tipo de hechizo, seguí adelante.
Con la mirada fija en sus labios me acerqué a él. Cerrando los ojos solo cuando estuve lo bastante cerca para notar el roce de su boca en la mía.
Fue eso; un roce, nada más. Lo que estaba haciendo no merecía ser llamado beso. Ni siquiera piquito. Aun así, su efecto fue el mismo que tenían los besos de verdad en los cuentos: rompió el encantamiento que me había llevado a comportarme de una manera tan atrevida e impropia de mí.
El brazo de Nino seguía rodeando mi cintura. Pero no afianzó su agarre para acercarme más a él. No hizo nada que pudiese interpretar como que estaba correspondiendo a mi arrebato. Se mantuvo estático. Congelado. Seguramente por la sorpresa. El pobre estaría preguntándose qué se había creído esa señora ―que era yo― para tomarse la libertad que se estaba tomando con él.
Una duda que, en ese preciso momento, también me asaltaba a mí.
La vacilación no vino sola. Para acabar de rematarme, llegó de la mano de una lacerante sensación de vergüenza propia, que es mucho más agónica que la ajena.
Si había llegado a la boca de Nino a cámara lenta, al separarme de ella, por el contrario, fui veloz como una centella.
―Lo siento ―me disculpé, tirándome para atrás para poner entre nosotros más distancia de la que su sujeción me permitía―. Yo… no sé en qué estaba pensando. Ha sido…
Él cortó mi atropellada disculpa. Pero no lo hizo con palabras. Tampoco con un gesto que me invitase a callar. Para mi desconcierto, lo hizo con un beso. Uno que, ahora sí, mereció ser llamado así con todas las de la ley.
Su otro brazo, el que tenía libre, se reunió con su pareja en mi cintura. Ayudándola a atarme con fuerza en un lazo que yo no sentí el menor deseo de romper. Por el contrario, me volví tan maleable como pude para que me amoldase a su cuerpo todo lo posible. Su boca demandaba la mía con una dulzura no exenta de fuerza. Me rendí a ella sin oponer resistencia, cerrando los ojos al tiempo que abría los labios para recibir su lengua.
Por un momento creí que era cosa de mi imaginación, demasiado infectada por el virus del cine. Pero no, pronto me di cuenta de que los acordes eran reales. Caían sobre nuestras cabezas desde las alturas. En uno de los pisos del bloque que quedaba a mi izquierda alguien había puesto un viejo disco de la mítica Edith Piaf. Una mágica coincidencia que convirtió La vie en rose en banda sonora de nuestra particular escena de beso. Sonando en el momento preciso para contribuir al clímax dramático.
No sabría decir si fue un beso muy largo o una concatenación de muchos, algo más cortos. Pero sí sé que permanecimos allí, entregados el uno al otro a través de la unión de nuestras bocas, durante mucho tiempo. Sin movernos. Ni siquiera cuando el cielo decidió abrirse de nuevo para derramar sobre nosotros una lluvia cuyo repiqueteo hizo los coros a la desgarrada voz de la Piaf.