jueves, 29 de noviembre de 2018

Primeras opiniones de "Es medianoche, Cenicienta"... ¡Sin censura!

Pues aquí las tienes. El público (sí, sí; no mires a otro lado que también entras en el saco), siempre soberano, ha hablado. Así que poco más tengo yo que añadir. Aparto los dedos del teclado y te dejo con lo que los lectores opinan de la novela. 

Fuente: Goodreads

Por cierto, solo una cosa: ¿Qué pasa con Nino? 😯 ¡Si es un amor de chico!

domingo, 25 de noviembre de 2018

Fuimos nada (poema)

Fuimos dos notas iguales
de una melodía extraña. 
Dos sonidos dispares
que al nacer se abrazan
para morir después,
cuando el aire las separa.

Dos amantes que se aman
al son de una suave guitarra,
y en la oscuridad se buscan,
y sus labios no hallan.

Fuimos dos gotas de lluvia,
dos gritos de esperanza,
dos almas que se confunden...
Fuimos simplemente nada.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Volar (poema)

En las alas de un ave extraña
quiero volar. 
Alzar los pies del suelo;
despegar. 

Correr libre las corrientes,
que el viento me 
arrastre a su andar. 

Ver el mundo desde arriba.
Tan lejos, tan alto,
que nada ni nadie 
me pueda dañar.

martes, 13 de noviembre de 2018

Los finales tristes 😭

La primera historia que me hizo llorar tenía nombre propio: Pocahontas. Aun recuerdo como si fuese ayer (aunque mira que ha llovido desde entonces) la congoja que sentí al ver aquella despedida agrandada en la pantalla del cine. Los enamorados diciéndose adiós mientras una ráfaga de viento arrastra hojas multicolores que alborotan la oscura melena de ella para llevar su rastro hasta él, por última vez. Demasiado drama para la niña que era  por aquel entonces. Siempre he tenido el lagrimal fácil, la verdad.


Recuerdo que mi madre salió del cine con un enfado monumental y reprochándome que no se me podía sacar a ningún lado. Normal, la mujer me llevó con toda la ilusión del mundo porque sabía lo mucho que me gustaban las pelis de Disney y yo terminé con un berrinche. Se le pasó pronto (a ella, que no a mí) porque ya se sabe que las mamás tienen una asombrosa facilidad para perdonar a sus retoños. Y, para que también yo me calmase, me aseguro que la historia de Pocahontas y el capitán Smith no acababa como habíamos visto. Él iba a Londres para curarse, pero luego regresaba con ella y vivían los dos felices para siempre. Me lo creí, claro; lo hice porque también los hijos (al menos cuando todavía somos niños) tenemos una fe ciega en la palabra de nuestros padres y madres. 
Con el tiempo los señores de Disney se encargaron de desmentir a mi mamá con una terrible secuela que incluía cambio de pareja y toda la cosa. De verdad, ¿en qué estaban pensando? Todavía no me lo explico. Por suerte, esta segunda entrega que perfectamente podría haber sido omitida me pilló más madura y menos tierna que la primera. Tenía más tolerancia, que no más gusto, hacia los finales tristes. Porque, honestamente, las historias trágicas siguen sin entusiasmarme. Será por eso por lo que acarreo fama de ñoña 😜. Pero es que creo que la vida, la de verdad, la real que todos enfrentamos cada día que amanece, ya tiene demasiadas dosis de drama para que me apetezca buscarlas en ningún otro lado. Incluida la ficción. 
Esta es mi opinión como lectora, espectadora..., ¡público, en general! Sin embargo, tengo que reconocer que como autora mi perspectiva cambia un poquitín. No es que al coger un bolígrafo o pararme delante del teclado de mi ordenador me vuelva una sádica ansiosa por castigar los corazoncitos de mis lectores a base de tragedias. No, no soy tan perversa y no me gusta hacer a los demás lo que no quiero que me hagan a mí. Es solo que, a veces, las tramas que llegan a mi cabeza se justifican mejor si concluyen con un sabor amargo. Otras lo que pasa es que cuesta demasiado salvar a mis héroes y heroínas del embrollo en el que se han metido o, sencillamente, el cuerpo me pide acabar de un modo diferente al habitual. No es fácil hacer que un final feliz sea distinto de los que he escrito antes. Confieso que esta regla de la novela romántica de finalizar con un "y fueron felices, y comieron predices" a menudo me ha resultado muy coercitiva y condicionante para la creatividad del autor. Osease, la mía. 
¿Qué? Las justificaciones que acabo de exponer te parecen flojas, ¿no? No tienen suficiente peso. A decir verdad, todo el post me a quedado desapasionado. 
¡Lo siento! Hace un par de semanas, cuando ideé este contenido, tenía mucha más convicción en él. Estaba segura sobre cómo defender mi visión del tema desde los dos puntos de vista, el de la lectora y el de la escritora. Pero después de pasar por el final más triste de todas las historias que he vivido mi opinión a cambiado un poco. Ahora, los finales felices obligados por el género que escribo no solo no me parecen forzados, sino que los creo necesarios. Yo los necesito. Ahora entiendo por qué la novela romántica obliga a derrochar azúcar antes de colocar el punto y final a la narración. 
Quizás con el tiempo mi opinión vuelva a ser la de siempre. Como ha ocurrido con mi apetito, que se anuló en los primeros días de esta desgracia que estoy pasando y ahora vuelve a ser el goloso habitual. No lo creo, no lo sé... Por el momento, solo puedo decir que la novelista que habita en mí va a tardar en defender la necesidad creativa de la tragedia. 
Así pues, ¡qué vivan los finales felices! Ojalá que la vida también se pudiese reescibir para tener un Happy Ending siempre a nuestra disposición. 

martes, 6 de noviembre de 2018

La Rom-Com: historia de un cadáver putrefacto

Con la resaca de Halloween (que poquito me gusta esta festividad😒) todavía coleando por los ánimos de mucho y muchas qué mejor que dedicar la entrada a un muerto viviente. Uno que lleva tiempo descomponiéndose delante de nuestros ojos en las pantallas de los cines de medio mundo. Un género cinematográfico al que quizás le haya llegado su hora, pero al que los directores y productores no permiten descansar en paz. Estoy hablando de la maltratada, vilipendiada y tantas veces asesinada a sangre fría Rom-Com. O comedia romántica, para que nos entendamos todos.
Mis primeros contactos con este tipo de cine, que durante años ha sido mi favorito, se retrotraen a cuando todavía llevaba trenzas y me inflaba a chocolate y porquerías sin que ni la línea ni el colesterol me importasen lo más mínimo. Eran tiempos felices. Por esa época a Julia Roberts la llamaban La novia de América, Hugh Grant era el tímido galán con encanto patoso que al final se quedaba con la chica y Meg Ryan y Tom Hanks una pareja de pleno derecho. Corrían los noventa y la bonanza económica y social mantenía el mundo en una agradable burbuja de ingenuidad y esperanza en el futuro. Sí, sí; lo reconozco, tengo tendencia a mitificar esta década. Pero todos somos condescendientes con nuestra niñez, ¿no?
Lo que no tiene nada que ver con nostalgias ni añoranzas es el esplendor que vivió la Comedia Romántica al final del siglo XX. Se hacían muchísimas, teníamos actores y actrices consagrados o encasillados en el género y la mayoría de los títulos que se colgaban en los cines eran éxitos de taquilla. Pero cambiamos la centuria y... algo se torció. Algo que vino a empañar el brillo de este género. No fue un proceso instantáneo, en los primeros años del nuevo siglo llegaron títulos míticos como la maravillosa Love Actually; pero sí imparable. Poco a poco, la Rom-Com empezó a desaparecer de las carteleras.  Me di cuenta de ello a medida que mis salidas al cine iban mermando.
Las Comedias Románticas de los ochenta, noventa y principios del siglo XXI eran historias ligeras que reinventaban una y otra vez el clásico chico conoce a chica. Aderezándolo con una maravillosa banda sonora repleta de éxitos poperos que aportaban a cada escena la dosis de magia necesaria para terminar de arrastrarte dentro de la historia. Tramas no muy complicadas en las que el amor siempre triunfaba y el público salía de la sala de proyección con su esperado final feliz y un subidón de azúcar en vena. Estaban llenas de clichés y tampoco dejaban mucho espacio a la sorpresa y los giros de guión, de acuerdo. Pero precisamente por eso eran geniales, porque no necesitaban de grandes recursos para entretener y emocionar. Eran perfectas en su esperada sencillez.
Pero, como ya digo, desgraciadamente esto es cosa del pasado. En la actualidad las caras famosas del género o se han retirado o emigrado a registros más maduros (una redirección en sus carreras que me parece perfectamente comprensible, un actor no puede pasarse la vida haciendo de jovenzuelo enamorado) y no parece que haya una generación que quiera o pueda cogerles el relevo. Hoy en día, la Rom-Com de antaño es casi un género descatalogado. Se hacen algunas películas, muy pocas, que pretenden ser comedias románticas. Pero, honestamente, salvando honrosas excepciones, la gran mayoría de ellas presentan historias burdas que se amparan en un humor facilón, escatológico y sexual para atraer el interés del espectador. Son, en definitiva, un mal remedo de aquello que intentan perpetuar. Presentando, además, una imagen de la mujer supuestamente feminista y moderna encarnada por un modelo francamente cuestionable. Uno que reúne los peores vicios del ser humano elevados a la máxima potencia: aficionada a pillarse borracheras que no la dejan recordar qué hizo la noche anterior, incapaz de elegir a sus compañeros de cama basándose en algo más que los caprichos de su entrepierna...
Y así, de esta lamentable guisa, la comedia romántica ha ido a parar a ese sepulcro en el que, para acabar de rematarla, no la dejan descansar en paz.

¿Sabes a quién está emulando este zombi?
Si reconoces la escena es que eres de los míos 😊
Pero no puedo despedir el post así, dejando a nuestra protagonista a merced de tan terrible destino. Así que, como soy fan de los finales felices que la desdichada Rom-Com ha pregonado siempre, quiero señalar que quizás exista el karma y aún haya una oportunidad para ella. Y es que, últimamente, parece estar viviendo un renacimiento, modesto pero bien encaminado, de manos de plataformas como Netfix. El gigante del entretenimiento online a producido y estrenado con éxito mas de un programa que retoma la esencia de la Comedia Romántica, insuflándole una nueva dosis de vida y, lo que le hace mucha más falta, de dignidad.