lunes, 31 de diciembre de 2018

Por favor, 2019, se bueno conmigo😓

A 2018 le di la bienvenida con alegría, entusiasta; decidida a hacer de él el año de mi vida. Y es raro, porque no acostumbro a ser la persona más animada en Noche Vieja. Siempre me entra la morriña y una cierta tristeza por lo que se deja atrás, los objetivos que no he cumplido y, sí, por hacerme más vieja también. Precisamente por eso tenía tan altas expectativas puestas en este año que ahora agoniza. Si tanto me había cambiado el que es mi humor habitual en tan señalada fecha sería porque me aguardaba algo bueno y mi instinto lo notaba, ¿no?
De entrada, debo decir que no me defraudó. Este 2018 que ya es casi pasado he retomado mi soñada y durante tanto tiempo dejada de lado faceta de escritora. No solo he publicado una novela, sino que en estos doce meses no he parado de derramar tinta sobre el papel. A pesar de ello, si hago balance el peso se decanta estrepitosamente del lado de la tristeza. Sin temor a equivocarme puedo decir que 2018 ha sido el peor año de mi vida. Lo es porque, pese a permitirme recrearme en mi sueño, también me ha hecho vivir la peor de las pesadillas. Nunca olvidaré que este año mi madre fue diagnosticada de cáncer de pulmón, que esta enfermedad la fue apagando y que, al final, murió a manos de lo que se suponía que iba a salvarla: la quimioterapia. Todo en cuestión de meses, de manera fulminante y pillándonos a todos por sorpresa. 
Mi madre me dijo adiós el pasado 23 de octubre, y con ella se llevó una parte de mí que no podré recuperar nunca. Por más que la busco, ya no está dentro de mí. 
Así que hoy vuelvo a estar exactamente igual que hace 365 días, deseando dar la bienvenida al año nuevo. Solo que de un modo muy diferente, sin júbilo y con mucha cautela. No voy a cometer otra vez el error de esperar algo maravilloso de 2019. No será un año increíble, no podrá serlo porque es el primero que viviré sin la que ha sido la persona más importante de mi vida. La que más he querido, la que más me ha querido a mí. Mi pilar en todos los sentidos. Tan solo espero que sea tranquilo, que no me dé disgustos y que me sirva de punto de partida para la que será mi nueva existencia a partir de ahora.
Así que, por favor, 2019, te lo pido de corazón. Vamos a ser amigos y a llevarnos bien. Será porque estoy sensible, pero ahora necesito más que nunca ser tratada con sutileza.

martes, 25 de diciembre de 2018

A un conejo de peluche (poema)

Tiene el cuerpo peludito
y dos botones de ojuelos. 
Rellenito de algodón
se me hace más que tierno.

Enganchado de mi bolso
no se ha perdido un evento;
vino al cine, al teatro
y hasta algún que otro duelo.

Era solo un souvenir
de un país extranjero,
pero a fuerza de lealtad
ahora es mi compañero.

Y sé que soy una loca,
porque solo es un muñeco,
pero en su corazón de foam
me ha guardado mil secretos.

Conejito de peluche,
mi MinHo blandito y tierno.
Aunque no hablas sé que escuchas,
por eso te digo "te quiero".


Este de la foto es MinHo, Lee MinHo (si, el nombre no es casual 😊), un buen amigo. Lo conocí en Namdaemun, durante mi estancia en Seúl. Fue en flechazo. Tengo debilidad por lo cute y, ¿acaso has visto algo más cuqui que él? Desde ese día no nos hemos separado. Adoro este peluche-llavero XL, de algún modo me hace sentirne menos sola cuando estoy lejos de casa y, si es que alguna vez no lo llevo conmigo (los días de lluvia o especialmente húmedos no sale, se le encrespa el pelo cosa mala) no falta quien me pregunte por él. Se ha convertido en un personaje con identidad propia 😛.
En fin, hoy es Navidad; si hay una fecha  para sacar a pasear nuestro lado más infantil es esta. El mío ya ha quedado al descubierto. 

jueves, 20 de diciembre de 2018

Feliz Navidad, próspero año nuevo y todas esas cosas que toca decir en estas fechas

Tras dos meses sobreviviendo al bombardeo televisivo de películas en las que la vida de los personajes se soluciona por obra y gracia de la mágia de diciembre, el hilo musical a base  de villancicos de los centros comerciales y la imposibilidad de obviar la incitación a comer sin medida, ya tenemos encima la Navidad. Ahora sí, de pleno derecho. No es mi época favorita, como se habrá notado, y este año particularmente. Van a ser las navidades más tristes de mi vida. Pero el mundo no gira en torno de mí, mis necesidades y preferencias y lo que toca es dar y recibir felicitaciones a todos nuestros conocidos. No podía olvidarme de ti, que durante este año me has acompañado,  visitándome de tanto en tanto en mi casita en Internet 😉. Mil gracias por ello y, claro, que tengas una feliz Navidad y que 2019 sea un año para recordar. Por cosas buenas, eso sí.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Todo lo que quiero por Navidad es una historia...O dos, o tres...

A poco más de una semana para Navidad... ¿y tú aún no sabes qué pedirle a Papá Noel? Pues aquí estoy yo para solucionarte la duda 😎. ¡Por partida doble! Así que atent@. Pon atención que no todos los días te trae un regalo un señor de traje rojo y barba blanca. 
Primero, ¿qué te parece pedir un cuento de hadas, un sueño cumplido y la valentía para vivir la vida del modo en que siempre quisiste hacerlo?


O, si no, ¿qué tal un amor prohibido en un escenario exótico, lejano y peligroso?


Y, todavía mejor, ¿por qué no las dos cosas? Puestos a pedir...
La tercera es la mejor opción, no lo digo por nada 😞. Ya se sabe que lo bueno siempre se deja para el final. 
Ya que me he hecho la publicidad, te dejo que sigas con tu carta. Usa bien la ortografía, que esto no es Whatsapp. Una última recomendación antes de irme, y ahora soy completamente seria: esta Navidad, regala historias. Da igual si las he inventado yo u otro autor, esta vez no estoy haciendo propaganda. Sencillamente, estoy convencida de que una novela siempre será la forma más directa de entregar un sueño a los que amamos 😉

P.D.: Mucho Papá Noel, pero yo sigo siendo más de los tres Reyes Magos.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Mensaje en una botella (ejercicio de escritura)

Los ejercicios de escritura creativa son una enorme ayuda para todo escritor/a. No solo porque sirven de disparadero cuando nos encontramos sufriendo uno de los fastidiosos bloqueos y, en ocasiones, hasta se convierten en origen de textos más largos. Lo más importante es que nos ayudan a trabajar, depurar y mejorar determinados aspectos de nuestra narrativa. 
Este que se llama Mensaje en una botella me gusta especialmente porque trabaja la emotividad, un cualidad muy importante en la escritura de todo autor. Una historia no se sustenta solo en hechos, si no transmite sensaciones se queda vacía. En fin, regresando al tema, que me desvío. La dinámica consiste en imaginar a un personaje que ha perdido un ser querido en un naufragio. Para poder despedirse de aquel/lla a quien ama le escribe una carta y la lanza al mar metida en una botella. La tarea del escritor será dar voz a este personaje redactando su mensaje en primera persona. 
Y esto es todo. Sencillo, ¿verdad? Y muy bonito, es un ejercicio precioso y muy gratificante. Así que ya explicada la premisa, y sin más dilación, lanzo mi mensaje al mar. A ver qué os parece.


Amor mío:

Nunca fue difícil encontrar qué decirte, llenar los silencios que jamás fueron incómodos entre tú y yo. Pero esta carta es diferente. Lo es porque sé que, para llegar a ti, debería recorrer una distancia infinitamente más amplia que el océano. También porque tengo la necesidad de condensar en ella todo lo que eres para mí. Una condición demasiado grande y otra imposiblemente pequeña coartando la naturalidad que siempre dominó nuestros momentos juntos. 
¿Cómo hacerlo bien? Por más que pienso sé que no hay manera de estar a la altura.
Aquella mañana, en el puerto, cuando agité mi mano en el aire, no fui consciente del profundo significado que tenía ese adiós. Creo que tú tampoco lo fuiste, porque sonreías con una despreocupación idéntica a la que yo sentía. Ninguno preveyó que esa sonrisa se volvería inolvidable para mí. El último recuerdo, el final; la cubierta de un libro que se cierra concluyendo una historia. Una a la que los dos augurábamos muchos capítulos por leer. 
Por esto tengo la impresión de que no supe aprovechar nuestro tiempo juntos. La seguridad de tener un mañana, de que siempre habría uno, acomodó mis sentimientos. Nunca te demostré lo que eras para mí, jamás te di el lugar que merecías sobre todo lo demás. Por eso me mata la duda de si llegaste a saber lo importante que eras, porque por más que quiera consolarme sigo pensando que no. Ni siquiera lo habrás sospechado. 
No hay ningún momento especial, ningún recuerdo al que desee volver. No puedo anteponer una vivencia sobre las demás porque todas fueron únicas. El tiempo que pasé a tu lado fue maravilloso; lo fue en el día a día, sin necesidad de ningún aliciente extra. 
Ahora debo dejarte ir; lo sé, me doy cuenta de que no puedo vivir anclada en tu recuerdo. Seguiré adelante con mi vida, tal y como lo hacía antes de ti. Dormiré, comeré, me levantaré cada mañana y caminaré por las calles que han servido de escenario a mi vida. Y sonreiré. Sí, también sonreiré. Sé que llegará el día en que la sonrisa me salga sin tener que forzarla. Pero en el fondo de todas ellas estarás tú. 
Tras cada paso que de...
Tras cada sueño de cada noche...
Tras cada mañana soleada y cada tarde de lluvia...
Tras cada reacción y cada momento que viva en adelante estarás tú, porque lo que el tiempo que hemos pasado juntos no se borra; ni toda el agua del océano más profundo podría hacerlo. Es por eso que, aunque en este momento suelto tu mano y te dejo libre para vagar entre las olas, una parte de ti se queda conmigo. Esto es algo que ninguno de los dos puede evitar. 

Marcha libre. 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Primeras opiniones de "Es medianoche, Cenicienta"... ¡Sin censura!

Pues aquí las tienes. El público (sí, sí; no mires a otro lado que también entras en el saco), siempre soberano, ha hablado. Así que poco más tengo yo que añadir. Aparto los dedos del teclado y te dejo con lo que los lectores opinan de la novela. 

Fuente: Goodreads

Por cierto, solo una cosa: ¿Qué pasa con Nino? 😯 ¡Si es un amor de chico!

domingo, 25 de noviembre de 2018

Fuimos nada (poema)

Fuimos dos notas iguales
de una melodía extraña. 
Dos sonidos dispares
que al nacer se abrazan
para morir después,
cuando el aire las separa.

Dos amantes que se aman
al son de una suave guitarra,
y en la oscuridad se buscan,
y sus labios no hallan.

Fuimos dos gotas de lluvia,
dos gritos de esperanza,
dos almas que se confunden...
Fuimos simplemente nada.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Volar (poema)

En las alas de un ave extraña
quiero volar. 
Alzar los pies del suelo;
despegar. 

Correr libre las corrientes,
que el viento me 
arrastre a su andar. 

Ver el mundo desde arriba.
Tan lejos, tan alto,
que nada ni nadie 
me pueda dañar.

martes, 13 de noviembre de 2018

Los finales tristes 😭

La primera historia que me hizo llorar tenía nombre propio: Pocahontas. Aun recuerdo como si fuese ayer (aunque mira que ha llovido desde entonces) la congoja que sentí al ver aquella despedida agrandada en la pantalla del cine. Los enamorados diciéndose adiós mientras una ráfaga de viento arrastra hojas multicolores que alborotan la oscura melena de ella para llevar su rastro hasta él, por última vez. Demasiado drama para la niña que era  por aquel entonces. Siempre he tenido el lagrimal fácil, la verdad.


Recuerdo que mi madre salió del cine con un enfado monumental y reprochándome que no se me podía sacar a ningún lado. Normal, la mujer me llevó con toda la ilusión del mundo porque sabía lo mucho que me gustaban las pelis de Disney y yo terminé con un berrinche. Se le pasó pronto (a ella, que no a mí) porque ya se sabe que las mamás tienen una asombrosa facilidad para perdonar a sus retoños. Y, para que también yo me calmase, me aseguro que la historia de Pocahontas y el capitán Smith no acababa como habíamos visto. Él iba a Londres para curarse, pero luego regresaba con ella y vivían los dos felices para siempre. Me lo creí, claro; lo hice porque también los hijos (al menos cuando todavía somos niños) tenemos una fe ciega en la palabra de nuestros padres y madres. 
Con el tiempo los señores de Disney se encargaron de desmentir a mi mamá con una terrible secuela que incluía cambio de pareja y toda la cosa. De verdad, ¿en qué estaban pensando? Todavía no me lo explico. Por suerte, esta segunda entrega que perfectamente podría haber sido omitida me pilló más madura y menos tierna que la primera. Tenía más tolerancia, que no más gusto, hacia los finales tristes. Porque, honestamente, las historias trágicas siguen sin entusiasmarme. Será por eso por lo que acarreo fama de ñoña 😜. Pero es que creo que la vida, la de verdad, la real que todos enfrentamos cada día que amanece, ya tiene demasiadas dosis de drama para que me apetezca buscarlas en ningún otro lado. Incluida la ficción. 
Esta es mi opinión como lectora, espectadora..., ¡público, en general! Sin embargo, tengo que reconocer que como autora mi perspectiva cambia un poquitín. No es que al coger un bolígrafo o pararme delante del teclado de mi ordenador me vuelva una sádica ansiosa por castigar los corazoncitos de mis lectores a base de tragedias. No, no soy tan perversa y no me gusta hacer a los demás lo que no quiero que me hagan a mí. Es solo que, a veces, las tramas que llegan a mi cabeza se justifican mejor si concluyen con un sabor amargo. Otras lo que pasa es que cuesta demasiado salvar a mis héroes y heroínas del embrollo en el que se han metido o, sencillamente, el cuerpo me pide acabar de un modo diferente al habitual. No es fácil hacer que un final feliz sea distinto de los que he escrito antes. Confieso que esta regla de la novela romántica de finalizar con un "y fueron felices, y comieron predices" a menudo me ha resultado muy coercitiva y condicionante para la creatividad del autor. Osease, la mía. 
¿Qué? Las justificaciones que acabo de exponer te parecen flojas, ¿no? No tienen suficiente peso. A decir verdad, todo el post me a quedado desapasionado. 
¡Lo siento! Hace un par de semanas, cuando ideé este contenido, tenía mucha más convicción en él. Estaba segura sobre cómo defender mi visión del tema desde los dos puntos de vista, el de la lectora y el de la escritora. Pero después de pasar por el final más triste de todas las historias que he vivido mi opinión a cambiado un poco. Ahora, los finales felices obligados por el género que escribo no solo no me parecen forzados, sino que los creo necesarios. Yo los necesito. Ahora entiendo por qué la novela romántica obliga a derrochar azúcar antes de colocar el punto y final a la narración. 
Quizás con el tiempo mi opinión vuelva a ser la de siempre. Como ha ocurrido con mi apetito, que se anuló en los primeros días de esta desgracia que estoy pasando y ahora vuelve a ser el goloso habitual. No lo creo, no lo sé... Por el momento, solo puedo decir que la novelista que habita en mí va a tardar en defender la necesidad creativa de la tragedia. 
Así pues, ¡qué vivan los finales felices! Ojalá que la vida también se pudiese reescibir para tener un Happy Ending siempre a nuestra disposición. 

martes, 6 de noviembre de 2018

La Rom-Com: historia de un cadáver putrefacto

Con la resaca de Halloween (que poquito me gusta esta festividad😒) todavía coleando por los ánimos de mucho y muchas qué mejor que dedicar la entrada a un muerto viviente. Uno que lleva tiempo descomponiéndose delante de nuestros ojos en las pantallas de los cines de medio mundo. Un género cinematográfico al que quizás le haya llegado su hora, pero al que los directores y productores no permiten descansar en paz. Estoy hablando de la maltratada, vilipendiada y tantas veces asesinada a sangre fría Rom-Com. O comedia romántica, para que nos entendamos todos.
Mis primeros contactos con este tipo de cine, que durante años ha sido mi favorito, se retrotraen a cuando todavía llevaba trenzas y me inflaba a chocolate y porquerías sin que ni la línea ni el colesterol me importasen lo más mínimo. Eran tiempos felices. Por esa época a Julia Roberts la llamaban La novia de América, Hugh Grant era el tímido galán con encanto patoso que al final se quedaba con la chica y Meg Ryan y Tom Hanks una pareja de pleno derecho. Corrían los noventa y la bonanza económica y social mantenía el mundo en una agradable burbuja de ingenuidad y esperanza en el futuro. Sí, sí; lo reconozco, tengo tendencia a mitificar esta década. Pero todos somos condescendientes con nuestra niñez, ¿no?
Lo que no tiene nada que ver con nostalgias ni añoranzas es el esplendor que vivió la Comedia Romántica al final del siglo XX. Se hacían muchísimas, teníamos actores y actrices consagrados o encasillados en el género y la mayoría de los títulos que se colgaban en los cines eran éxitos de taquilla. Pero cambiamos la centuria y... algo se torció. Algo que vino a empañar el brillo de este género. No fue un proceso instantáneo, en los primeros años del nuevo siglo llegaron títulos míticos como la maravillosa Love Actually; pero sí imparable. Poco a poco, la Rom-Com empezó a desaparecer de las carteleras.  Me di cuenta de ello a medida que mis salidas al cine iban mermando.
Las Comedias Románticas de los ochenta, noventa y principios del siglo XXI eran historias ligeras que reinventaban una y otra vez el clásico chico conoce a chica. Aderezándolo con una maravillosa banda sonora repleta de éxitos poperos que aportaban a cada escena la dosis de magia necesaria para terminar de arrastrarte dentro de la historia. Tramas no muy complicadas en las que el amor siempre triunfaba y el público salía de la sala de proyección con su esperado final feliz y un subidón de azúcar en vena. Estaban llenas de clichés y tampoco dejaban mucho espacio a la sorpresa y los giros de guión, de acuerdo. Pero precisamente por eso eran geniales, porque no necesitaban de grandes recursos para entretener y emocionar. Eran perfectas en su esperada sencillez.
Pero, como ya digo, desgraciadamente esto es cosa del pasado. En la actualidad las caras famosas del género o se han retirado o emigrado a registros más maduros (una redirección en sus carreras que me parece perfectamente comprensible, un actor no puede pasarse la vida haciendo de jovenzuelo enamorado) y no parece que haya una generación que quiera o pueda cogerles el relevo. Hoy en día, la Rom-Com de antaño es casi un género descatalogado. Se hacen algunas películas, muy pocas, que pretenden ser comedias románticas. Pero, honestamente, salvando honrosas excepciones, la gran mayoría de ellas presentan historias burdas que se amparan en un humor facilón, escatológico y sexual para atraer el interés del espectador. Son, en definitiva, un mal remedo de aquello que intentan perpetuar. Presentando, además, una imagen de la mujer supuestamente feminista y moderna encarnada por un modelo francamente cuestionable. Uno que reúne los peores vicios del ser humano elevados a la máxima potencia: aficionada a pillarse borracheras que no la dejan recordar qué hizo la noche anterior, incapaz de elegir a sus compañeros de cama basándose en algo más que los caprichos de su entrepierna...
Y así, de esta lamentable guisa, la comedia romántica ha ido a parar a ese sepulcro en el que, para acabar de rematarla, no la dejan descansar en paz.

¿Sabes a quién está emulando este zombi?
Si reconoces la escena es que eres de los míos 😊
Pero no puedo despedir el post así, dejando a nuestra protagonista a merced de tan terrible destino. Así que, como soy fan de los finales felices que la desdichada Rom-Com ha pregonado siempre, quiero señalar que quizás exista el karma y aún haya una oportunidad para ella. Y es que, últimamente, parece estar viviendo un renacimiento, modesto pero bien encaminado, de manos de plataformas como Netfix. El gigante del entretenimiento online a producido y estrenado con éxito mas de un programa que retoma la esencia de la Comedia Romántica, insuflándole una nueva dosis de vida y, lo que le hace mucha más falta, de dignidad. 

martes, 30 de octubre de 2018

El cursor/Lamento de escritor (poema)

Cursor, ¡maldito cursor!
Te diviertes provocando.
Malicioso te haces ver y te escondes;
saltarín intermitente que busca hacerme daño.

Sabes que quiero escribir,
también que no puedo lograrlo.
Te alimentas del pudor a ser yo,
te aprovechas de mi miedo al fracaso.

Cursor que no tienes piedad,
portavoz de mi fracaso.
Visible muestra de lo que no puedo ser
aunque no dejo de intentarlo.

domingo, 21 de octubre de 2018

Lee el primer capítulo de "El cielo de Bangkok"



Capítulo 1

No le costó encontrar al carcelero que su padre había enviado para escoltarla, o mejor dicho, vigilarla. El enorme cartel blanco en el que se leía Magdalena Alker, impreso en letras que hubiera podido ver desde la ventanilla del avión, se elevaba sobre las cabezas de la muchedumbre congregada en la puerta de llegada del Aeropuerto Internacional de Bangkok.
Se quitó las gafas de sol, que se colocó como diadema sobre su rubia cabeza, y arrastrando cansinamente la única maleta que había llevado con ella en aquel viaje de castigo se dirigió hasta donde se exhibía su nombre, como si fuese el de una feliz turista. Se sorprendió al descubrir a la dueña de las manos que mantenían la cartulina en alto. Había esperado encontrar a un hombretón exageradamente grueso, de dos metros de estatura, cabeza rapada y una argolla dorada prendida de la nariz. La imagen del típico matón de las películas. Un tipo de aspecto peligroso era lo mejor para mantener a raya a una joven rebelde. Y eso, estaba segura, era precisamente lo que Salvador Alker pretendía hacer. Especialmente después de que la hubieran expulsado de la universidad. Pero, en lugar del espécimen compuesto por su imaginación, se vio frente a una mujer joven, de no más de treinta y cinco años, guapa y de figura delicada.
—¿Magdalena? ¿Eres Magdalena? —le preguntó la  desconocida al verla acercarse, con una enorme sonrisa y en un perfecto español.
—Margot —la corrigió, impulsada por la fuerza de la costumbre, como hacía siempre que alguien la llamaba por aquel nombre que no sentía suyo.
—Eres exactamente igual a como te describió tu padre —dijo la mujer, obviando la expresión de fastidio que ella no se molestaba en disimular. La tomó de los hombros y le dio dos besos en una exagerada imitación de las costumbres occidentales—. Yo soy Taïsa, la secretaria del señor Alker.
Margot la miró de arriba abajo, examinándola. Tras la amplía blusa de seda, estampada con toda la gama de rosas que uno pudiera imaginarse, se intuía una figura tan bonita como su cara. Se preguntó qué clase de trabajo era el que hacía en realidad para su padre.
—La secretaria del secretario —dijo, sin dejar de inspeccionarla.
El señor Alker, como Taïsa lo había llamado, era el secretario del embajador de España en Bangkok. Lo que significaba que gran parte de la responsabilidad de mantener el equilibrio en las relaciones de ambos países recaía sobre sus hombros.
—Así es —respondió la empleada, echándose a reír ante lo que consideró una ocurrente broma.
Después hizo un gesto con la mano a un hombre joven con un ridículo uniforme, que las miraba atentamente desde la distancia, para que se acercase.
—¿Dónde está el resto de tu equipaje? —preguntó.
—Esto es todo —contestó Margot, mirando su maleta plateada.
—¿Solo una maleta? —Parecía bastante extrañada.
—Me gusta viajar ligera de equipaje.
Taïsa volvió a reír, pasando por alto la ironía con que su interlocutora había pronunciado la palabra «viajar».
—Mucho mejor así —concedió—. Siempre puedes comprar aquí cualquier cosa que necesites.
Indicó al muchacho que se hiciese cargo de la maleta y, echándole un brazo sobre los hombros, con total confianza, la hizo girarse suavemente y comenzó a andar con ella en dirección a la salida. Hablaba sin parar de lo mucho que le gustaría la ciudad, de lo animada que era, de lo contento que se pondría su padre al verla... de todo y de nada. Cualquier banalidad parecía servirle con tal de llenar  el silencio. Pero Margot no la escuchaba, para ella no era más que  una lejana voz que la acompañaba en su camino a la prisión. Porque eso era ella: una presa. Lo había sido siempre. Con mucho más motivo después de lo ocurrido en Londres.
Se detuvieron frente a un ostentoso BMW blanco en cuyo maletero el chico, que se movía como una sombra tras ellas, silencioso y casi invisible, introdujo el equipaje. Después abrió una de las puertas traseras del vehículo, manteniéndola así, sin mover ni un solo músculo de su cuerpo, hasta que las dos mujeres estuvieron dentro. Margot lo miró, admirada ante semejante ejemplo de disciplina, mientras él se sentaba al volante y ponía en marcha el coche. Cualquiera diría que era un soldado en plena instrucción en vez de un chófer.
—Ya lo verás —dijo Taïsa, tomando una de las manos de la chica entre las suyas—, te va a encantar el Sukhumvit.
—¿Sunjun... qué?
La secretaria rio otra vez. Daba la impresión de que se lo estaba pasando en grande con ella.
—Suk-hum-vit —volvió a repetir, pronunciando cada sílaba con lentitud para que la entendiese—. Es el corazón de Bangkok. La zona más moderna de la ciudad.
«Seguro que sí», pensó Margot con desgana, al tiempo que hacía un intento de sonrisa mientras retiraba suavemente la mano que ella le tenía cogida.
Los bloques de pisos de gran altura, el Sky Train y el atasco anunciaron su llegada a aquel barrio de lujo del que Taïsa le había estado hablando durante todo el trayecto como si se tratase de una de las maravillas del mundo. Y, ciertamente, era impresionante pero, ¿qué más daba? ¿Qué puede importarle a un pájaro lo hermoso que sea el bosque que le rodea si está condenado a vivir en una jaula?
—Viendo esto cualquiera diría que antes de la Segunda Guerra Mundial aquí no había más que campos de arroz, ¿eh? —dijo la guapa tailandesa con orgullo.
El BMW logró hacerse paso a duras penas entre la  marabunta de coches hasta que se metió en el aparcamiento de uno de los edificios y descendió varios niveles bajo tierra. Niveles que Margot recuperaría con creces luego, en el ascensor que la subió en tiempo récord hasta la planta en la que se encontraba el apartamento de su padre.
Taïsa le sonrió, intentando infundirle fuerzas para el momento al que estaba a punto de enfrentarse, mientras apretaba el timbre. Pudo ver en el fondo de los ojos oscuros de su acompañante que esta sabía que aquello no era una simple visita de una hija a su padre, que había algo más detrás. Se preguntó cuánto conocía de su vida y su pasado esa desconocida, y si podía confiar en ella o, por el contrario, era mejor mantener una prudente distancia a pesar de los intentos que estaba haciendo por convertirse en su amiga.
La asistenta, una mujer joven y malcarada, apareció en la puerta y las condujo hasta el salón, donde les dijo algo que debía significar que esperasen allí, a juzgar por las indicaciones que Taïsa le dio cuando esta hubo desaparecido con la misma presteza con que abrió la puerta. Tras tres minutos interminables, los más largos de toda su vida, Margot oyó los pasos de Salvador aproximándose por el pasillo. Inconfundibles, pesados, severos. Lanzó una fugaz mirada a su compañera de viaje, que parecía empeñada en la misión de tranquilizarla, y rebuscó en el interior del bolsillo trasero de los desgastados vaqueros que llevaba. Una prenda que ella misma había convertido en unos cortísimos shorts, que dejaban al descubierto prácticamente la totalidad de sus piernas, con la ayuda de una vieja tijera de pelar pescado. No tardó mucho en encontrar lo que estaba buscando.
Sacó el cigarrillo que un muchacho le había ofrecido en el aeropuerto de Heathrow, justo antes de tomar el avión. No se le pasaron por alto las intenciones que el individuo llevaba con ella, y el interés no era recíproco. Ni siquiera fumaba. Aun así, le aceptó el presente antes de darle cortésmente calabazas; le iría de maravilla para la puesta en escena que estaba a punto de llevar a cabo.
Tuvo el tiempo justo de sacar el mechero del bolso y encender el pitillo antes de que su padre llegase al salón, donde ella lo esperaba siguiendo las indicaciones de la criada. Lo sostuvo con gracia y descaro entre los dedos índice y corazón de la mano derecha, como una consumada fumadora, como toda una femme fatale. Siempre había sido una excelente actriz. No había hecho otra cosa en toda su vida más que eso: actuar. Actuar y ocultar a todo el mundo quien era ella en realidad.
Los ojos de Salvador se abrieron de par en par al ver a su hija allí, con las piernas al aire y un cigarro en la mano. Si había tenido alguna intención de hacer las cosas por la vía pacífica esta se esfumó por completo en ese preciso momento. Se acercó a Margot en tres zancadas y, sin mediar palabra, le propinó una bofetada que le hizo girar la cabeza a un lado, echándole la melena sobre los ojos.
—Hola, papá —lo saludó, una vez hubo recuperado su desafiante postura, tirando el cigarrillo al suelo y pisándolo para apagarlo.
El hombre comenzó un acalorado discurso en inglés, del que ella entendió cada palabra y cada reproche. Pero, en cuanto tuvo su turno de réplica, se limitó a responderle:
—Lo siento, papá. Si querías que aprendiese inglés hubieras hecho mejor en enviarme a Gibraltar. Hubiese sido mucho más barato, e igual de poco productivo.
Salvador volvió a levantar la mano, exhibiendo su enorme palma, dispuesto a estamparla de nuevo en la blanca mejilla de su hija. Pero Taïsa acudió al rescate, interponiéndose entre los dos con expresión y palabras dulces.
—Ha sido un viaje muy largo. Debe estar agotada. Déjala que vaya a su habitación y descanse —medió, y Margot tuvo la completa seguridad de que la relación que mantenía con su padre no era, exactamente, la de una secretaria con su jefe.
Él asintió, con un movimiento rígido y breve, al tiempo que expulsaba el aire por la nariz como un dragón. Margot incluso creyó ver dos nubecillas de humo blanco salir de sus fosas nasales mientras se dejaba arrastra por Taïsa, lejos de su padre.


La relación de Salvador Alker con su única hija siempre había sido, cuando menos, complicada. Desde aquella lejana época en que reprendía a una preciosa niña rubia por saltar en el sofá, hasta el bofetón que le había propinado en el salón de su apartamento hacía tres días, todo parecía ser un cúmulo de desencuentros entre ellos.
Quizás fuese culpa suya. Era consciente de que el papel de padre y madre que había recaído sobre sus hombros se le quedó grande desde el primer momento. Pero lo había hecho lo mejor que había podido. Margot tenía solo cinco años cuando su madre murió. Ahora estaba seguro de que hubiese sido mejor mantener a la niña a su lado. Pero en vez de eso se empeñó en alejarla, recluyéndola en caros internados con el convencimiento de que era más beneficioso para ella convivir con chiquillas de su edad que con un hombre triste que se refugiaba en el trabajo para huir de la realidad. Aunque ese hombre fuese su padre.
Suspiró con cansancio, soltando la pluma estilográfica y dejándola rodar por el escritorio de caoba de su despacho en la embajada. Al otro lado de la línea telefónica la voz de Taïsa sonaba suave y dulce, reconfortándolo como siempre.
—¿Estás segura de que todo va bien? —preguntó aprovechando uno de sus silencios, no muy convencido de que la noche estuviese transcurriendo con total tranquilidad a pesar de que ella se lo reiterase una y otra vez.
—Perfectamente —volvió a repetirle, sin perder la paciencia, dejando intuir en el tono de su voz la sonrisa que acababa de  dibujarse en sus labios.
—¿Dónde está ahora?
Taïsa, sentada en el brazo de uno de los sillones blancos que adornaban el salón del apartamento de él se volvió ligeramente, echando una breve ojeada por el pasillo para asegurarse de que todo seguía exactamente igual a como lo estaba antes de que comenzase aquella conversación telefónica.
—En su habitación —dijo al fin, sabiendo perfectamente a quién se refería Salvador.
—¡Cómo no!
—Sé paciente con ella. Aún tiene que adaptarse.
—¿Y piensa hacerlo encerrada entre esas cuatro paredes? — inquirió él con un deje de humor negro en la voz—. Tiene veintiún años, se supone que ya debería haber pasado la etapa de la rebeldía. Pero, en vez de eso, cada vez está peor. Todas sus amistades son una panda de vagos e inútiles, la mitad de las noches no duerme en la residencia de estudiantes, no estudia y, para colmo, ahora la expulsan de la universidad por plagiar un artículo... ¿Qué voy a hacer con ella?
Se presionó con los dedos pulgar e índice el puente de la aristocrática nariz.
—Tranquilo, todo va a ir bien. —Volvió a sentir aquella sonrisa que tan bien conocía acariciándolo a través del auricular.
También él sonrió.
—¿Vas a llegar muy tarde? —preguntó ella.
—Sí —contestó Salvador, resignado—. Tengo mucho...
—Mucho trabajo —concluyó Taïsa, que había perdido la cuenta de todas las veces que había oído aquella frase en sus labios.
—¿Qué haría yo sin ti? —murmuró él, llevando la conversación a un tono mucho más íntimo.
Ella se relajó, recostándose contra el respaldo del sillón, mientras abría la boca para darle una réplica a la altura del tono zalamero que el hombre acaba de usar.
No tuvo tiempo.
Margot apareció de pronto. Vestía una falda blanca de tubo que le llegaba por debajo de la rodilla, una fina camisa negra de gruesos tirantes y gran escote, y altos tacones del mismo color. Bastaba una fugaz mirada, como la que Taïsa tuvo tiempo de lanzarle justo antes de que atravesase el salón con pasos decididos, para darse cuenta de que esa no era la indumentaria que utilizaría en una cena informal en su casa.
—Luego te llamo —se apresuró a decir antes de colgar el auricular.
Las sorprendidas palabras de Salvador quedaron ahogadas por el sonido del teléfono al chocar contra su base.
—Buenas noches, Taïsa —dijo la muchacha, deteniéndose y girándose para mirarla a la cara—. ¿Qué tal le va a mi padre? ¿Te ha pedido que tengas listos muchos informes?
La mujer se ruborizó, captando el significado oculto del comentario, lo que le dio un aspecto aún más encantador. 
—¿Vas a salir? —preguntó aún con las mejillas encendidas.
Margot se echó una ojeada a sí misma y, después, se encogió de hombros.
—No me vestiría así solo para cenar contigo.
—Eso suponía, pero creo que será mejor que esperes a tu padre. Hoy no va a poder ser, tiene mucho trabajo, pero seguro...
—Seguro que cuando tenga un rato libre me sacará a pasear,
¿no? —Levantó una ceja con aire desafiante—. No soy una niña, Taïsa, no necesito que me lleve de la mano. Y, aunque fuera así, las dos sabemos que él no lo haría. No lo ha hecho nunca y menos ahora. Estoy aquí castigada, para que pueda vigilarme.
—No seas injusta, sabes que no es así.
La chica le dirigió una elocuente mirada antes de reemprender su camino hacia la puerta.
—Espera. ¡Margot, espera! —Se apresuró a seguir sus pasos. La aludida se detuvo con la mano sobre el pomo del portón.
—No creo que sea una buena idea que una muchacha como tú ande sola por esta ciudad, y menos de noche. Además, ni siquiera hablas el idioma.
—Tranquila, soy una chica mala. ¿Recuerdas? Sé defenderme de los de mi misma calaña. —Abrió la puerta y salió al exterior.
Taïsa se apresuró a buscar su bolso y seguirla, sin prestar atención a la cara de asombro, ni a las preguntas sobre si debía servir ya la cena que la desconcertada asistenta le hacía.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Mi primer amor ❤... Literariamente hablando

Los primeros amores tienen algo que los hace memorables. No son perfectos, ni mucho menos. Están llenos de todos los errores que se pueden cometer cuando se experimenta algo nuevo. Pero esa novedad es también lo que los hace más emocionantes, más intensos; más bonitos y, al mismo tiempo, más atemorizantes que cualquier otro. 
Si hay algo común al ser humano es que nadie olvida su primer amor, no importan los años que pasen. Yo recuerdo el mío, fue muy aburrido. Así que, mejor que hablarte de mi primer amor en el plano real, te contaré el que viví en el plano literario. Aquí me suelen pasar cosas mucho más emocionantes. 
Verás, fue un romance precioso con las calurosas calles de Bangkok y las paradisíacas playas de Koh Samui como telón de fondo. Exótico, ¿verdad? Sí, yo era muy fan de lo exótico por ese entonces. Él se llamaba Ari; era un hombre desesperado, un luchador de muay thai que se jugaba la vida en peleas ilegales; ella, Margot, una niña rica un poco chocante con ánsias de libertad y necesitada de afecto. Cuando el azar cruzó los caminos deambos se convirtiero en el detonante de la primera historia de amor que narré.


He mencionado El cielo de Bangkok muchas veces, en muchas entradas. Hoy quería hacer de este, mi primer romance vivido como autora, el protagonista absoluto del blog. Antes no tuve ocasión,  era el momento de Es medianoche, Cenicienta. Pero, hace unos días, Margot y Ari me llamaron para preguntarme qué pasaba, si ya no me acordaba de ellos y por qué no los había invitado aún a mi casita en la red.
Si te digo la verdad, y aunque todas mis novelas son especiales para mí (¿quién se enfrasca en la aventura de recrear un universo que no le entusiasma?) El cielo de Bangkok ha sido mi favorita por mucho tiempo. Fue la primera, por ello la más ilusionante. También la menos depurada, si tuviese la oportunidad de volver a revisar el texto ahora... cambiaría muchas cosas. No referentes a la acción, pero sí a la redacción. Objetivamente hablando considero que mi forma de escribir ha mejorado mucho en estos años. Algo de lo que me doy cuenta al leer mis primeros escritos. Pero, con todas sus imperfecciones, esta historia es para mí ese primer amor mágico.
En la actualidad, Margot y Ari viven felices y tan enamorados como el primer día tras haber vencido los escollos que se interponían entre ellos. Pero en la próxima entrada los haré volver al inicio de su historia. No por  maldad, pobres ellos, con lo que tubieron que pasar para estar juntos, sino para compartir en el blog el primer capítulo de su novela. 

sábado, 6 de octubre de 2018

Zapatos nuevos

Hoy se cumple un mes de la publicación de Es medianoche, Cenicienta y, sí, soy perfectamente consciente de lo pesada que he sido con el tema. No solo he presentado a los protagonistas en el blog y dedicado más de una entrada a asuntos relacionados con ellos, sino que he ido relatando los pormenores del proceso de edición de la novela.  Too much, vale. Pero, a ver, entiéndeme; además de ser lo que tocaba también era lo que me apetecía. Me gusta escribir aquí porque es una manera de prolongar la existencia de mis personajes y darles vida más allá de las páginas del libro. Aun así sé que, a estas alturas, ha llegado el momento de decir adiós a Berta y Nino. Por supuesto, serán bienvenidos por estos lares siempre que quieran pasarse. Esta es mi casa y, por lo tanto, también la de ellos. Pero debemos mirar al futuro y hacer espacio para los que están por venir. Dicho esto, anuncio, con redoble de tambores y para alivio del personal, que este va a ser mi último post dedicado a ellos. Así que aquí voy con la despedida. 
Es medianoche, Cenicienta es una novela ligera, una comedia romántica sencilla y asequible; pero también posee su trasfondo. Toda historia lo tiene y el de esta habla de la necesidad de ser uno mismo, de encontrar tu camino y vivir del modo en que deseas hacerlo. Lo curioso está en que, el año pasado, mientras escribía la novela, mi situación personal no tenía mucho que ver con el mensaje que quería transmitir. Quizás yo creyese que sí, pero, ya sabes, a veces necesitas un problema de verdad para entender que los que antes veías como tales eran tonterías. 
Nunca me ha gustado mi trabajo, no tengo ninguna vocación y ni siquiera me preparé para desempeñarlo. "Maestra, ¿yo? ¡Nunca! Si, por no tener, ni tengo instinto maternal". Eso pensaba cada vez que alguien me insinuaba la posibilidad de dedicarme a la docencia. Y, por lo mismo, durante años he considerado mi profesión forzosa la causa del sentimiento de frustración que de tanto en tanto me ha avocado al chocolate (hay quien ahoga sus penas en alcohol, yo lo hago en cacao).
Este año me he visto obligada a dejar el trabajo para atender a mi madre, que se recupera de un cáncer de pulmón. Siempre creí que sería tremendamente feliz el día que me desligase de mi faceta de maestra, aunque fuese para irme derechita a la cola del paro. Supongo que no hace falta aclarar que no ha sido así. Puedo decir, sin faltar ni un poquito a la verdad, que daría cualquier cosa por poder vivir (por que todos a mi alrededor pudiesen vivir) como lo hacía el curso pasado, y que mis "problemas" siguiesen siendo del tipo que se alivian con un poco de chocolate. Ahora sí me siento Cenicienta, soportando un presente duro y soñando con un futuro en el que los nubarrones no se ciernan feroces opacando mi cielo. Sé que lo habrá, soy una optimista nata, pero la esperanza no quita que lo que te toca pasar sea difícil.
Y así, ficción y realidad se han unido para mí, de la forma más irónica, en este momento de mi vida. Ni siquiera cuando la redacté, Es mefianoche, Cenicienta tuvo tanto significado como ahora.

"En estos zapatos no hay pasos del pasado, todos los que estoy dando con ellos son nuevos"

Esto lo dice Aitana, la compañera de trabajo de Berta, casi al final de la novela. Cuando decide olvidar su pasado y comenzar a escribir un nuevo capítulo de su vida. Y yo no dejo de recordar sus palabras, que se han convertido en una especie de mantra. Me siento tentada de correr a la zapatería más cercana y comprarme un par de zapatos nuevos. No tengo claro si me decantaría por unos taconazos destroza pies, como ella, o preferiría unos deportes para marcar un ritmo más rápido. Puede que, incluso, lo que acabase pagando fuesen unas zapatillas de estar por casa (de esas que parecen que te hayas colocado un par de peluches en los pies) con las que encerrarme a hibernar todos estos meses de frío que están por venir y aprovechar para poner un poco de orden en mi interior. No sé, y tampoco importa mucho. El tipo de calzado es lo de menos, solo necesito iniciar un nuevo camino sin llevar en las suelas restos del que dejo tras de mí. 


Y, ahora sí, después de esta reflexión-desahogo, paso página y relego a Cenicienta (en el sentido literario e intentaré que también en el personal) a un rincón. Al final la entrada me quedó más emocional de lo que planeaba, o puede que solo más depre. Pero este blog es básicamente un diario. De aspirante a escritora, vale, pero esta aspirante es también persona. De modo que, si no puedo dar rienda suelta a mis emociones aquí, entonces, ¿dónde? 

viernes, 28 de septiembre de 2018

¿Vemos una peli?

Mi querida Berta se la pasa hablando de películas viejas y romanticonas, como ya sabréis los que halláis leído Es medianoche, Cenicienta. Así es ella, y me encanta. Disfruté muchísimo con esta faceta suya porque yo también soy una aficionada a este tipo de cine. De verdad que me encantan esas historias y echo mucho de menos la atmósfera dulce, un poco inocentona pero con bastante encanto, que no encuentro en el Hollywood del siglo XXI. Fue un gusto darle libertad a mi protagonista para expresar este rasgo de su carácter y, en particular, me encantó redactar esta parte. 

Siempre quise tener una gabardina. Desde que, a los trece años, vi a la bella Natalie Wood vistiéndola en una de las viejas películas que me ponía mi abuela, la gabardina se convirtió en mi prenda fetiche. En la cinta, Natalie abandona su pueblo natal, y a un esposo con la cara de Charles Bronson, para ir en busca de Robert Redford. Un abandono perfectamente comprensible. Seamos honestos a pesar de la crueldad del acto. Cuando, casi al final de la película, los enamorados se reencuentran en un parque de Nueva Orleans, Robert rodea la fuente que los separa para decirle:
―Te he echado de menos. 
―¿De verdad? ―preguntaba Natalie, pudorosa, como buena heroína de historia romántica. 
Entonces, con esa afectación que tienen los galanes del cine, y cuya intensidad es directamente proporcional a la antigüedad de la película, él afirmaba:
―Tu ausencia se nota y se siente. 

Si dejamos de lado la obsesión que tiene Berta con las gabardinas, una prenda que a mí en particular nunca me ha gustado, me cuesta diferenciar dónde terminan las palabras de esta Cenicienta y empiezan las mías. O viceversa. 
La película de la que hablamos (las dos😜) y a la cual pertenece ese diálogo, es This Property Is Condemned (Propiedad condenada, en español). Una cinta de Sydney Pollack con guión de Francis Ford Coppola, escrito a partir de una breve obra de teatro de Tennessee Williams, que contó con un reparto de lujo. A pesar de todos estos ingredientes de primerisima calidad el filme fue un fracaso de taquilla en su estreno, allá a finales de los sesenta. Pero a mí, y está claro que también a Berta, me encantó desde la primera vez que la vi. Me recuerdo de niña encerrada en el dormitorio de mis padres ―el único que tenía tele― en esas tardes invernales de domingo, cuando llovía demasiado para atreverse a salir de casa, viéndola. Lo hice tantas veces que me la sé de memoria.


Anda que no habré fantaseado con ser la soñadora Alva Starr (un papel en el que me veo perfectamente, por cierto), para que Owen  me dijese esas cosas que le decía a ella y estuviese dispuesto a llevarme con él al fin del mundo. 
Suspiros, suspiros y más suspiros 😍. Todavía hoy en día siento esta historia y a estos personajes de esa forma. Supongo que sigue siendo una de mis pelis favoritas. 
Por eso he pensado que, ahora que ya es oficialmente otoño y que los días se acortan, que regresamos a la rutina del trabajo o los estudios y los domingos vuelven a ser ese remanso de paz antes de lanzarnos de cabeza a la rutina, estaría bien venir con esta recomendación cinematográfica. Estoy segura de que esta historia de amores y odios, tan intensos unos como los otros, te hará pasar una buena tarde. Eso sí, siempre que no tengas un corazón demasiado sensible al drama. Y, en todo caso, no te olvides de dejar cerca la caja de pañuelos desechables. Te va a hacer falta. 

¡Buen finde!

lunes, 24 de septiembre de 2018

Otoño

Mi estación del año favorita. Me gustaba ya de pequeña, por más que supusiera el fin de las vacaciones y la vuelta al cole. Que no me gustaba nada,  también hay que decirlo. Siempre he tenido un espíritu libre y lo de estar encerrada en el aula, o donde sea, no va conmigo. Quién me iba a decir, por aquel entonces, que terminaría trabajando en el sector de la enseñanza con las ganas que tenía de perderlo de vista. Si es que la vida te lleva por caminos insospechados. El caso es que mientras la mayoría de los niños y las niñas se rebelaban contra la vuelta a la rutina yo andaba feliz solo por tener el suelo lleno de hojas y expectante con las lluvias que durante meses no se dejaban ver por mi ciudad. Y es que en otoño todo se ve distinto, el mundo en sí parece diferente. Bañado por una luz más suave que tiñe el paisaje de una dulce melancolía y lo vuelve más inspirador.

Primeras señales del otoño en las calles de mi barrio.

Esta preciosa época del año dio inició el pasado fin de semana en el hemisferio en el que habito. Así lo marca el calendario cronológico, aunque sé que aún tardará en dejarse ver por aquí. Porque en este rincón cálido las estaciones son solo dos: una larga y caliente interrumpida por un breve periodo de frío. Pero me da igual porque sé que el otoño, el de verdad, no el que señala el calendario, ya está un poquito más cerca. No queda nada para sacar del armario la ropa de abrigo y la suave mantita que me cobija en mis maratones de lectura y cine. Me encanta estar arropada, me genera un deliciosa sensación de protección y confort. Supongo que por eso las novelas y las películas me gustan más cuando hace frío. También duermo más plácidamente.
Y tú, que me estás leyendo, te preguntarás el sentido de esta entrada; si a caso a esta loca le va a dar por recibir a todas las estaciones en el blog. Pues podría, porque cada una de ellas tiene algo especial. La vida es bella, independientemente de la climatología y aunque a veces la puñetera se empeñe en esconder bien (pero bien, bien) su hermosura. Pero tranqui que no, no tengo intención de volver este lugar el parte meteorológico. Es solo que, como dije al inicio, el otoño es mi época favorita. Me inspira y me pone más romántica de lo habitual, lo cual se traduce en que me eleva la cursilería a un nivel extremo.  Buena herramienta a la hora de escribir. No se me ocurre un mejor momento  que este para enamorarse. Si no fuese porque no quiero pecar de pesada, ambientaría todas mis historias en otoño.
Por eso te invito a que este otoño vivas un bonito romance. Si no puede ser en la realidad, por lo menos, en la ficción. Suerte que siempre la tendremos a ella para ver nuestras expectativas cumplidas.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Adiós, chocolate... ¡Adiós!😢 (poema)

No me lo pongas difícil, 
yo tampoco quiero hacerlo.
Pero ha llegado el momento
y ya no puedo esconderlo.

Lo sabes tú, lo sé yo
y el cierre de mi pantalón vaquero;
que ha dejado de cerrar
y es ahora un embustero.

Es culpa suya, no mía.
Ni tuya, desde luego.
Es el destino cruel
quien nos separa de nuevo.

Debo dejarlo aquí,
Poner fin al desnfreno
que me endulza el paladar
y me redondea el cu... cuerpo.

O lo hago ya o me resigno
a comprarme un guardarropa nuevo.
Que no es mala idea, ¡que va!
Pero me escasea el dinero.

Así que no llores más,
este adiós es verdadero.
Irrebocable, inamovible;
grabado en mármol del bueno.

Desde hoy estoy a dieta.
¡No te rías, que me cabreo!
¿Qué pasa? ¿Qué no me crees?
Pues espera, que vas a verlo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Las críticas. Las tan, tan, taaaaaan temidas críticas 😖


Me apetecía escribir una entrada hablando de este tema y qué mejor momento para hacerlo que ahora, que tengo novela nueva en el mercado. Recién salidita del horno y lista para que los lectores comenten qué les parece. Soy consciente de que el asunto puede ser un tanto resbaladizo, me inquieta dar lugar a malos entendidos. Pero quiero tocarlo porque para mí es y ha sido importante. Tanto que en el pasado me condicionó al punto de dejar de escribir durante algunos años, lo que si no recuerdo mal he comentado en alguna ocasión. Así que aquí vengo, dispuesta a abrirme en canal y hacer terapia.
Me puse muy trágica, lo sé. Es la vena Drama Queen, que me puede.
Todos somos humanos y tenemos nuestras manías, miedos y necesidades particulares. En mi caso,  confieso que siempre he huido de los roles protagonistas como de la peste. Sé que hay gente a quien le encanta ser el centro de atención y me parece estupendo, no tiene nada de malo. Pero, esta que escribe, se encuentra en su salsa en segundo plano, como un simple personaje de reparto. Soy la narradora de la historia, ya sabes, y me encanta. Supongo que es por esto mismo por lo que las redes sociales no son mi habitad. Nunca me he terminado de encontrar en ellas. 
Como ciudadana del mundo, anónima entre una multitud, es fácil dar esquinazo a la sobresposición que marca estos tiempos modernos que nos han tocado vivir. Basta con no tener Facebook, Instagram y demás. Una medida que conlleva la contraindicación de convertirte en un bicho raro, pero como a esta etiqueta ya estoy más que acostumbrada tampoco me supone mucho. Como escritora, en cambio, no es tan sencillo mantenerte al margen de lo que los demás piensan de ti. O de tu trabajo, que para el caso viene a ser lo mismo.
Cuando se publicó mi primera novela, El cielo de Bangkok, sucedió algo con lo que no contaba: que todo el mundo pudo opinar de ella. Era lógico, debería haberlo previsto. Pero como novata y completa desconocida en el mundo de la romántica (y de la literatura en general) no conté con que alguien se fuese a tomar la molestia de hablar de mi trabajo en Internet. Inocencia supina, la mía. Si es que soy un alma cándida. En la era de la comunicación en línea todo se valora, se puntúa y se cataloga. Hasta la visita a Mercadona, ¡si lo sabré yo! El de mi barrio sigue incordiándome vía móvil cada vez que salgo de hacer la compra. Mira que me resisto, pero no se da por vencido. El muy plasta está empeñado en saber cómo fue mi experiencia en sus instalaciones. Pues..., ¿cómo va a ser? Tal y como se espera de estos casos, supongo. 
En fin, a lo que iba.
Para ser justa, admitiré que en mi debut literario se me trató muy bien. He tenido más críticas positivas que negativas y, aún estás últimas, no han sido lapidarias (de verdad que he leído reseñas de novelas con las que se me ha cerrado un nudo en el estómago sin conocer al autor o autora de nada, solo por la escabechina que le estaban haciendo). Las opiniones no tan buenas de El cielo de Bangkok (las que me han llegado, por lo menos) se han basado en cuestiones de gusto, que ya se sabe que es algo que no se puede complacer siempre. Pero nadie ha criticado el libro por ser malo ni a mí por no estar a la altura como narradora. Por ello estoy muy agradecida con mis lectores y sé que no tengo ningún derecho a quejarme. Pero el sentirse incómoda con las valoraciones no tiene nada que ver con el carácter negativo de las mismas. Está claro que una mala opinión es como una espinita, te "molesta" y te provoca el resquemor de la influencia que pueda ejercer sobre otros posibles lectores. Pero una buena también puede llegar a frenarte como escritor. En especial si eres un novato, la que publicas es tu primer intento de novela "en serio" y no te sientes demasiado seguro. El mío fue más bien este caso. Vamos, sin medias tintas: el mío fue este caso. 
Cuando "me convertí en escritora" lo que más extraño y difícil de asimilar se me hizo fue el hecho de entrar en una web literaria o una librería digital y ver mi nombre allí. Me costaba asimilarlo como propio. No sé, supongo que era algún tipo de pudor lo que me hacía verlo con distancia. Al fin y al cabo, mis novelas (no sé si sea igual para todos los escritores, pero en mi caso funciona de ese modo) son fantasías plasmadas en el papel. Lo que leéis es lo que ha estado en mi cabeza en esos viajes al trabajo en autobús, en los momentos en que espero al sueño metida en mi cama entregada a mi versión más ñoña. Cada escena ha surgido en un plano muy íntimo y, de golpe, se convierten en material público. Y, como públicos que son, la gente está en su pleno derecho de decir lo que piensa de ellas. Esto es algo sobre lo que quiero que nadie tenga duda, porque la entrada no es una queja a la libertad de expresión del lector. La libertad de expresión es un derecho por el que muchos y muchas han luchado durante años, para que los que hoy estamos aquí podamos ejercerlo sin miedo. En todo caso, la crítica, si la hubiese porque no es esa la intención del post, sería contra mí misma y mi carácter reservado.  
Abreviando, que me estoy extendiendo más de lo necesario. Toda esta parrafada viene a decir que la capacidad para lidiar con las críticas a mis novelas fue tema de importancia capital cuando decidí retomar mi sueño de ser escritora. En ese momento, y después de pensarlo muy seriamente, llegué a la conclusión de que podía hacerlo; sí, podía soportarlo. Lo haría porque ahora soy una versión más madura y segura de mí misma, porque el qué dirán ya no me importa ni la mitad de lo que me importaba en el pasado. Así lo vi en ese momento y, en este, el que me vuelve a poner frente a frente con una de mis debilidades... Pues mira, la verdad, en este vuelvo a estar muerta de miedo. No te voy a mentir. Pero también creo que es lógico. A todos nos asusta ser juzgados, esa es la verdad. Pero, al mismo tiempo, es algo que debemos aceptar y aprender a llevar. El mundo no se va a acabar solo porque alguien te diga que ese corte de pelo que te has echo con toda la ilusión del mundo, y con el que te ves estupenda, te sienta fatal. Y, además, si al final lo que cuenta es precisamente eso, el que tú te ves bien.
Así que sí, yo diría que ahora estoy preparada para lo que tenga que venir. He hecho todo lo que podía por Es medianoche, Cenicienta: escribirla. Y lo he hecho dando lo mejor de mí y disfrutando al máximo de la primera a la última palabra. De aquí en adelante nada de lo que vaya a pasar está en mis manos, sino en las tuyas y las de todos y todas los que quieran conocer esta historia. Espero que os guste y, si no es así, pues nada, sentíos libres de expresarlo.

Por cierto, si te preguntas si me ha servido de algo escribir esto la respuesta es sí. Así que, si has llegado hasta aquí, gracias por aguantar mi desahogo.