Capítulo 1
No le costó encontrar al carcelero que su
padre había enviado para escoltarla, o mejor dicho, vigilarla. El enorme cartel
blanco en el que se leía Magdalena Alker,
impreso en letras que hubiera podido ver desde la ventanilla del avión, se
elevaba sobre las cabezas de la muchedumbre congregada en la puerta de llegada
del Aeropuerto Internacional de Bangkok.
Se quitó las gafas de sol, que se colocó
como diadema sobre su rubia cabeza, y arrastrando cansinamente la única maleta
que había llevado con ella en aquel viaje de castigo se dirigió hasta donde se
exhibía su nombre, como si fuese el
de una feliz turista. Se sorprendió al descubrir a la dueña de las manos que
mantenían la cartulina en alto. Había esperado encontrar a un hombretón
exageradamente grueso, de dos metros de estatura, cabeza rapada y una argolla
dorada prendida de la nariz. La imagen del típico matón de las películas. Un tipo de aspecto peligroso
era lo mejor para mantener a raya a una joven rebelde. Y eso, estaba segura,
era precisamente lo que Salvador
Alker pretendía hacer. Especialmente después de que la hubieran expulsado de la
universidad. Pero, en lugar del espécimen compuesto por su imaginación, se vio
frente a una mujer joven, de no más de treinta y cinco años, guapa y de figura delicada.
—¿Magdalena? ¿Eres Magdalena? —le preguntó
la desconocida
al verla acercarse, con una enorme sonrisa y en un perfecto español.
—Margot —la corrigió, impulsada por la
fuerza de la costumbre, como hacía siempre que alguien la llamaba por aquel
nombre que no sentía suyo.
—Eres exactamente igual a como te
describió tu padre —dijo la mujer, obviando la expresión de fastidio que ella
no se molestaba en disimular. La tomó de los hombros y le dio dos besos en una exagerada
imitación de las costumbres occidentales—. Yo soy Taïsa, la secretaria del
señor Alker.
Margot la miró de arriba abajo,
examinándola. Tras la amplía blusa de seda, estampada con toda la gama de rosas
que uno pudiera imaginarse, se intuía una figura tan bonita como su cara. Se
preguntó qué clase de trabajo era el que hacía en realidad para su padre.
—La secretaria del
secretario —dijo, sin dejar de inspeccionarla.
El señor Alker, como Taïsa lo había
llamado, era el secretario del embajador de España en Bangkok. Lo que
significaba que gran parte de la responsabilidad de mantener el equilibrio en
las relaciones de ambos países recaía sobre sus hombros.
—Así es —respondió la empleada, echándose
a reír ante lo que consideró una ocurrente broma.
Después hizo un gesto con la mano a un
hombre joven con un ridículo uniforme, que las miraba atentamente desde la
distancia, para que se acercase.
—¿Dónde está el
resto de tu equipaje? —preguntó.
—Esto es todo
—contestó Margot, mirando su maleta plateada.
—¿Solo una maleta?
—Parecía bastante extrañada.
—Me gusta viajar ligera de equipaje.
Taïsa
volvió a reír, pasando por alto la ironía con que su interlocutora había
pronunciado la palabra «viajar».
—Mucho mejor así —concedió—. Siempre
puedes comprar aquí cualquier cosa que necesites.
Indicó al muchacho que se hiciese cargo de
la maleta y, echándole un brazo sobre
los hombros, con total confianza, la hizo girarse
suavemente y comenzó a andar con ella en dirección a la salida. Hablaba sin
parar de lo mucho que le gustaría la ciudad, de lo animada que era, de lo
contento que se pondría su padre al verla... de
todo y de nada. Cualquier banalidad parecía servirle con tal de
llenar el silencio. Pero Margot no la
escuchaba, para ella no era más que una
lejana voz que la acompañaba en su camino a la prisión. Porque eso era ella:
una presa. Lo había sido siempre. Con mucho más motivo después de lo ocurrido
en Londres.
Se detuvieron frente a un ostentoso BMW
blanco en cuyo maletero el chico,
que se movía como una sombra tras ellas, silencioso y casi invisible, introdujo
el equipaje. Después abrió una de las puertas traseras del vehículo,
manteniéndola así, sin mover ni un solo músculo de su cuerpo, hasta que las dos
mujeres estuvieron dentro. Margot lo miró, admirada ante semejante ejemplo de
disciplina, mientras él se sentaba al volante y ponía en marcha el coche.
Cualquiera diría que era un soldado en plena instrucción en vez de un chófer.
—Ya lo verás —dijo Taïsa, tomando una de
las manos de la chica entre las
suyas—, te va a encantar el Sukhumvit.
—¿Sunjun... qué?
La secretaria rio
otra vez. Daba la impresión de que se lo estaba pasando
en grande con ella.
—Suk-hum-vit —volvió a repetir,
pronunciando cada sílaba con lentitud para que la entendiese—. Es el corazón de
Bangkok. La zona más moderna de la ciudad.
«Seguro que sí», pensó Margot con desgana,
al tiempo que hacía un intento de
sonrisa mientras retiraba suavemente la mano que ella le tenía cogida.
Los bloques de pisos de gran altura, el
Sky Train y el atasco anunciaron su llegada a aquel barrio de lujo del que
Taïsa le había estado hablando durante todo el trayecto como si se tratase de
una de las maravillas del mundo. Y,
ciertamente, era impresionante pero, ¿qué
más daba? ¿Qué puede importarle a un pájaro lo hermoso que sea el bosque que le rodea si está condenado a vivir en una
jaula?
—Viendo esto cualquiera diría que antes de
la Segunda Guerra Mundial aquí no había más que campos de arroz, ¿eh? —dijo la
guapa tailandesa con orgullo.
El BMW logró hacerse paso a duras penas
entre la marabunta de coches hasta que se metió en el aparcamiento de uno
de los edificios y descendió varios
niveles bajo tierra. Niveles que Margot recuperaría con creces luego, en el
ascensor que la subió en tiempo récord hasta la planta en la que se encontraba
el apartamento de su padre.
Taïsa le sonrió, intentando infundirle
fuerzas para el momento al que estaba
a punto de enfrentarse, mientras apretaba el timbre. Pudo ver en el fondo de
los ojos oscuros de su acompañante que esta sabía que aquello no era una simple
visita de una hija a su padre, que había algo más detrás. Se preguntó cuánto
conocía de su vida y su pasado esa desconocida, y si podía confiar en ella o,
por el contrario, era mejor mantener una prudente distancia a pesar de los
intentos que estaba haciendo por convertirse en su amiga.
La asistenta, una mujer joven y malcarada,
apareció en la puerta y las condujo hasta el salón, donde les dijo algo que
debía significar que esperasen allí, a juzgar por las indicaciones que Taïsa le
dio cuando esta hubo desaparecido con la misma presteza con que abrió la puerta. Tras tres minutos
interminables, los más largos de toda su vida,
Margot oyó los pasos de Salvador aproximándose por el pasillo. Inconfundibles,
pesados, severos. Lanzó una fugaz mirada a su
compañera de viaje, que parecía empeñada en la misión de tranquilizarla, y rebuscó en el interior
del bolsillo trasero de los desgastados vaqueros
que llevaba. Una prenda que ella misma había convertido en unos
cortísimos shorts, que dejaban al descubierto prácticamente la totalidad de sus
piernas, con la ayuda de una vieja tijera de pelar pescado. No tardó mucho en
encontrar lo que estaba buscando.
Sacó el cigarrillo que un muchacho le
había ofrecido en el aeropuerto de Heathrow, justo antes de tomar el avión. No
se le pasaron por alto las intenciones que el individuo llevaba con ella, y el
interés no era recíproco. Ni siquiera fumaba. Aun así, le aceptó el presente
antes de darle cortésmente calabazas; le iría de maravilla para la puesta en
escena que estaba a punto de llevar a cabo.
Tuvo el tiempo justo de sacar el mechero
del bolso y encender el pitillo antes de que su padre llegase al salón, donde
ella lo esperaba siguiendo las indicaciones de la criada. Lo sostuvo con gracia
y descaro entre los dedos índice y corazón de la mano derecha, como una
consumada fumadora, como toda una femme
fatale. Siempre había sido una excelente actriz. No había hecho otra cosa
en toda su vida más que eso: actuar. Actuar y ocultar a todo el mundo quien era
ella en realidad.
Los ojos de Salvador se abrieron de par en
par al ver a su hija allí, con las piernas al aire y un cigarro en la mano. Si
había tenido alguna intención de hacer las cosas por la vía pacífica esta se
esfumó por completo en ese preciso momento. Se acercó a Margot en tres zancadas
y, sin mediar palabra, le propinó una bofetada que le hizo girar la cabeza a un
lado, echándole la melena sobre los ojos.
—Hola, papá —lo saludó, una vez hubo
recuperado su desafiante postura,
tirando el cigarrillo al suelo y pisándolo para
apagarlo.
El hombre comenzó un acalorado discurso en
inglés, del que ella entendió cada palabra y cada reproche. Pero, en cuanto
tuvo su turno de réplica, se limitó a responderle:
—Lo siento, papá. Si querías que
aprendiese inglés hubieras hecho mejor en enviarme a Gibraltar. Hubiese sido
mucho más barato, e igual de poco productivo.
Salvador volvió a levantar la mano,
exhibiendo su enorme palma, dispuesto a estamparla de nuevo en la blanca
mejilla de su hija. Pero Taïsa acudió al rescate, interponiéndose entre los dos
con expresión y palabras dulces.
—Ha sido un viaje muy largo. Debe estar
agotada. Déjala que vaya a su habitación y descanse —medió, y Margot tuvo la
completa seguridad de que la relación que mantenía con su padre no era, exactamente,
la de una secretaria con su jefe.
Él asintió, con un movimiento rígido y
breve, al tiempo que expulsaba el aire por la nariz como un dragón. Margot
incluso creyó ver dos nubecillas de
humo blanco salir de sus fosas nasales mientras se dejaba arrastra por Taïsa,
lejos de su padre.
La relación de Salvador Alker con su única
hija siempre había sido, cuando
menos, complicada. Desde aquella lejana época en que reprendía a una
preciosa niña rubia por saltar en el sofá, hasta el bofetón que le había propinado en el salón de su apartamento hacía tres días, todo parecía ser un
cúmulo de desencuentros entre ellos.
Quizás fuese culpa suya. Era consciente de
que el papel de padre y madre que había recaído sobre sus hombros se le quedó
grande desde el primer momento. Pero lo había hecho lo mejor que había podido.
Margot tenía solo cinco años cuando su madre murió. Ahora estaba seguro de que
hubiese sido mejor mantener a la niña a su lado. Pero en vez de eso se empeñó
en alejarla, recluyéndola en caros internados con el convencimiento de que era
más beneficioso para ella convivir con chiquillas de su edad que con un hombre
triste que se refugiaba en el trabajo para huir de la realidad. Aunque ese
hombre fuese su padre.
Suspiró con cansancio, soltando la pluma
estilográfica y dejándola rodar por el escritorio de caoba de su despacho en la
embajada. Al otro lado de la línea telefónica la voz de Taïsa sonaba suave y
dulce, reconfortándolo como siempre.
—¿Estás segura de que todo va bien?
—preguntó aprovechando uno de sus silencios, no muy convencido de que la noche
estuviese transcurriendo con total tranquilidad a pesar de que ella se lo
reiterase una y otra vez.
—Perfectamente —volvió a repetirle, sin
perder la paciencia, dejando intuir en el tono de su voz la sonrisa que acababa
de dibujarse en sus labios.
—¿Dónde está
ahora?
Taïsa, sentada en el brazo de uno de los
sillones blancos que adornaban el salón del apartamento de él se volvió
ligeramente, echando una breve ojeada por el pasillo para asegurarse de que
todo seguía exactamente igual a como lo estaba antes de que comenzase aquella
conversación telefónica.
—En su habitación
—dijo al fin, sabiendo perfectamente a quién se
refería Salvador.
—¡Cómo no!
—Sé paciente con
ella. Aún tiene que adaptarse.
—¿Y piensa hacerlo encerrada entre esas
cuatro paredes? — inquirió él con un
deje de humor negro en la voz—. Tiene veintiún años, se supone que ya debería
haber pasado la etapa de la rebeldía. Pero, en vez de eso, cada vez está peor.
Todas sus amistades son una panda de
vagos e inútiles, la mitad de las noches no duerme en la residencia de
estudiantes, no estudia y, para colmo, ahora la expulsan de la universidad por plagiar un artículo... ¿Qué voy a
hacer con ella?
Se presionó con
los dedos pulgar e índice el puente de la aristocrática nariz.
—Tranquilo, todo
va a ir bien. —Volvió a sentir aquella sonrisa que tan bien conocía
acariciándolo a través del auricular.
También él sonrió.
—¿Vas a llegar muy
tarde? —preguntó ella.
—Sí —contestó
Salvador, resignado—. Tengo mucho...
—Mucho trabajo
—concluyó Taïsa, que había perdido la cuenta de todas las veces que había oído
aquella frase en sus labios.
—¿Qué haría yo sin ti? —murmuró él, llevando la
conversación a un tono mucho más íntimo.
Ella se relajó, recostándose contra el
respaldo del sillón, mientras abría la boca para darle una réplica a la altura
del tono zalamero que el hombre
acaba de usar.
No tuvo tiempo.
Margot apareció de pronto. Vestía una
falda blanca de tubo que le llegaba por debajo de la rodilla, una
fina camisa negra de gruesos tirantes y gran escote, y altos tacones del mismo
color. Bastaba una fugaz mirada, como
la que Taïsa tuvo tiempo de lanzarle justo antes
de que atravesase el salón con pasos decididos, para darse cuenta de que esa no era la indumentaria que
utilizaría en una cena informal en su casa.
—Luego te llamo —se apresuró a decir antes de colgar
el auricular.
Las sorprendidas
palabras de Salvador quedaron ahogadas por el sonido del teléfono al chocar
contra su base.
—Buenas noches, Taïsa —dijo la muchacha,
deteniéndose y girándose para mirarla a la cara—. ¿Qué tal le va a mi padre? ¿Te
ha pedido que tengas listos muchos informes?
La mujer se ruborizó, captando el significado oculto del comentario, lo que le dio un aspecto aún más encantador.
—¿Vas a salir?
—preguntó aún con las mejillas encendidas.
Margot se echó una
ojeada a sí misma y, después, se encogió de hombros.
—No me vestiría
así solo para cenar contigo.
—Eso suponía, pero
creo que será mejor que esperes a tu padre.
Hoy no va a poder ser, tiene mucho
trabajo, pero seguro...
—Seguro que cuando
tenga un rato libre me sacará a pasear,
¿no? —Levantó una
ceja con aire desafiante—. No soy una niña, Taïsa, no necesito que me lleve de
la mano. Y, aunque fuera así, las dos sabemos que él no lo haría. No lo ha
hecho nunca y menos ahora. Estoy aquí castigada, para que pueda vigilarme.
—No seas injusta,
sabes que no es así.
La chica le dirigió una elocuente mirada antes de
reemprender su camino hacia la puerta.
—Espera.
¡Margot, espera! —Se apresuró a seguir sus pasos. La aludida se detuvo con la
mano sobre el pomo del portón.
—No creo que sea una buena idea que una
muchacha como tú ande sola por esta ciudad, y menos de noche. Además, ni
siquiera hablas el idioma.
—Tranquila, soy
una chica mala. ¿Recuerdas? Sé defenderme de los de mi misma calaña. —Abrió la
puerta y salió al exterior.
Taïsa se apresuró a buscar su bolso y
seguirla, sin prestar atención a la cara de asombro, ni a las preguntas sobre
si debía servir ya la cena que la desconcertada asistenta le hacía.

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