Hoy se cumple un mes de la publicación de Es medianoche, Cenicienta y, sí, soy perfectamente consciente de lo pesada que he sido con el tema. No solo he presentado a los protagonistas en el blog y dedicado más de una entrada a asuntos relacionados con ellos, sino que he ido relatando los pormenores del proceso de edición de la novela. Too much, vale. Pero, a ver, entiéndeme; además de ser lo que tocaba también era lo que me apetecía. Me gusta escribir aquí porque es una manera de prolongar la existencia de mis personajes y darles vida más allá de las páginas del libro. Aun así sé que, a estas alturas, ha llegado el momento de decir adiós a Berta y Nino. Por supuesto, serán bienvenidos por estos lares siempre que quieran pasarse. Esta es mi casa y, por lo tanto, también la de ellos. Pero debemos mirar al futuro y hacer espacio para los que están por venir. Dicho esto, anuncio, con redoble de tambores y para alivio del personal, que este va a ser mi último post dedicado a ellos. Así que aquí voy con la despedida.
Es medianoche, Cenicienta es una novela ligera, una comedia romántica sencilla y asequible; pero también posee su trasfondo. Toda historia lo tiene y el de esta habla de la necesidad de ser uno mismo, de encontrar tu camino y vivir del modo en que deseas hacerlo. Lo curioso está en que, el año pasado, mientras escribía la novela, mi situación personal no tenía mucho que ver con el mensaje que quería transmitir. Quizás yo creyese que sí, pero, ya sabes, a veces necesitas un problema de verdad para entender que los que antes veías como tales eran tonterías.
Nunca me ha gustado mi trabajo, no tengo ninguna vocación y ni siquiera me preparé para desempeñarlo. "Maestra, ¿yo? ¡Nunca! Si, por no tener, ni tengo instinto maternal". Eso pensaba cada vez que alguien me insinuaba la posibilidad de dedicarme a la docencia. Y, por lo mismo, durante años he considerado mi profesión forzosa la causa del sentimiento de frustración que de tanto en tanto me ha avocado al chocolate (hay quien ahoga sus penas en alcohol, yo lo hago en cacao).
Este año me he visto obligada a dejar el trabajo para atender a mi madre, que se recupera de un cáncer de pulmón. Siempre creí que sería tremendamente feliz el día que me desligase de mi faceta de maestra, aunque fuese para irme derechita a la cola del paro. Supongo que no hace falta aclarar que no ha sido así. Puedo decir, sin faltar ni un poquito a la verdad, que daría cualquier cosa por poder vivir (por que todos a mi alrededor pudiesen vivir) como lo hacía el curso pasado, y que mis "problemas" siguiesen siendo del tipo que se alivian con un poco de chocolate. Ahora sí me siento Cenicienta, soportando un presente duro y soñando con un futuro en el que los nubarrones no se ciernan feroces opacando mi cielo. Sé que lo habrá, soy una optimista nata, pero la esperanza no quita que lo que te toca pasar sea difícil.
Y así, ficción y realidad se han unido para mí, de la forma más irónica, en este momento de mi vida. Ni siquiera cuando la redacté, Es mefianoche, Cenicienta tuvo tanto significado como ahora.
Este año me he visto obligada a dejar el trabajo para atender a mi madre, que se recupera de un cáncer de pulmón. Siempre creí que sería tremendamente feliz el día que me desligase de mi faceta de maestra, aunque fuese para irme derechita a la cola del paro. Supongo que no hace falta aclarar que no ha sido así. Puedo decir, sin faltar ni un poquito a la verdad, que daría cualquier cosa por poder vivir (por que todos a mi alrededor pudiesen vivir) como lo hacía el curso pasado, y que mis "problemas" siguiesen siendo del tipo que se alivian con un poco de chocolate. Ahora sí me siento Cenicienta, soportando un presente duro y soñando con un futuro en el que los nubarrones no se ciernan feroces opacando mi cielo. Sé que lo habrá, soy una optimista nata, pero la esperanza no quita que lo que te toca pasar sea difícil.
Y así, ficción y realidad se han unido para mí, de la forma más irónica, en este momento de mi vida. Ni siquiera cuando la redacté, Es mefianoche, Cenicienta tuvo tanto significado como ahora.
"En estos zapatos no hay pasos del pasado, todos los que estoy dando con ellos son nuevos"
Esto lo dice Aitana, la compañera de trabajo de Berta, casi al final de la novela. Cuando decide olvidar su pasado y comenzar a escribir un nuevo capítulo de su vida. Y yo no dejo de recordar sus palabras, que se han convertido en una especie de mantra. Me siento tentada de correr a la zapatería más cercana y comprarme un par de zapatos nuevos. No tengo claro si me decantaría por unos taconazos destroza pies, como ella, o preferiría unos deportes para marcar un ritmo más rápido. Puede que, incluso, lo que acabase pagando fuesen unas zapatillas de estar por casa (de esas que parecen que te hayas colocado un par de peluches en los pies) con las que encerrarme a hibernar todos estos meses de frío que están por venir y aprovechar para poner un poco de orden en mi interior. No sé, y tampoco importa mucho. El tipo de calzado es lo de menos, solo necesito iniciar un nuevo camino sin llevar en las suelas restos del que dejo tras de mí.
Y, ahora sí, después de esta reflexión-desahogo, paso página y relego a Cenicienta (en el sentido literario e intentaré que también en el personal) a un rincón. Al final la entrada me quedó más emocional de lo que planeaba, o puede que solo más depre. Pero este blog es básicamente un diario. De aspirante a escritora, vale, pero esta aspirante es también persona. De modo que, si no puedo dar rienda suelta a mis emociones aquí, entonces, ¿dónde?

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