domingo, 27 de octubre de 2019

La soledad del Noppera-bö (relato)

Cuando la película terminó y los títulos de crédito comenzaron a correr, Paul apuntó a la pantalla con el mando a distancia. Apagó el televisor y sumió el cuarto en la oscuridad más absoluta.  
—¡Vaya! —comentó, con toda la ironía que fue capaz de reunir, mientras reprimía un bostezo—. Ver a Freddy Krueger doblado al japonés sí que es espeluznante. No sé si seré capaz de conciliar el sueño.  
Hitomi sonrió, aunque el gesto quedó oculto tras el pañuelo de papel en el que se estaba sonando su congestionada nariz.  
—Pues a mí me parece una película estupenda —le respondió, con voz nasal, justo antes de que su nariz volviera a gotear—. Aunque es antigua, y la he visto un montón de veces, todavía me deja con cierta reticencia a conciliar el sueño. 
—Chica afortunada. Yo estoy que me caigo —. Él levantó del sofá—. Así que mejor me voy a dormir. Antes de que la estudiante perfecta —señaló con la cabeza el cuarto en el que la compañera de piso de Hitomi trataba de preparar su examen de química— salga de su guarida y nos reprenda de nuevo.  
Se inclinó sobre el sofá para besar a la chica en los labios, pero ella lo esquivó con habilidad.  
—Ni siquiera después de obligarme a ver ese bodrio te apiadas de mí. Si por algo es famosa la crueldad japonesa...  
—Estoy griposa, no quiero que te contagies —se excusó la enferma, para cambiar de tema inmediatamente después—. Ten cuidado al regresar.  
—Siempre lo tengo. Soy demasiado desconfiado para bajar la guardia.
El chico, juguetón, guiñó un ojo a su novia.  
—¡Oh, por supuesto! Supongo que esa es la razón por la que sois famosos los americanos —Hitomi le devolvió el golpe—. De todas maneras, esta noche redobla la vigilancia. ¿No sabes qué día es hoy?  
—Treinta y uno de octubre —respondió él, con sencillez.  
—Halloween. —Ella trató de sonar tétrica en medio del salón en penumbra.  
—¿No me digas que aquí también celebráis esa estupidez?  
—Por supuesto. Aquí adoptamos cualquier costumbre que venga de Estados Unidos. Deberías saber que tu país es el rey de la aculturación.   
—Pues ya hay que ser idiota para copiar a un país tan ridículo como el del Tío Sam.  
—Y eso lo dice el que llegó a la Universidad de Tokio con una beca en deportes. Seguro que eres el más listo de todos nosotros.   
Paul vio el resplandor de los blanquísimos dientes de Hitomi en medio de la oscuridad. A pesar de que se estaba burlando de él, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De nuevo trató de besarla, pero con tan poco éxito como antes.   
—¿Es que para ti la higiene no significa nada? —lo reprendió ella—. Estoy plagada de gérmenes.  
Él resopló.  
—Me voy. A ver si tengo suerte y me topo en el camino con alguna muerta viviente que quiera regalarme un beso. Ando escaso últimamente.   
—No deberías burlarte, ni hablar tan a la ligera. No conviene enfadar a los espíritus.  
El muchacho sonrió mientras se perdía por el pasillo. Le hacía gracia la idea de que aquella chica inteligente diera crédito a semejantes tonterías.    
—No te preocupes. —Asió el pomo de la puerta y la abrió—. Lo más peligroso a lo que tendré que hacer frente esta noche es a los virus que hayas podido pasarme. 

Se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Y todo por quedarse a ver aquella película con Hitomi. 
Resopló, haciendo que una nube de vapor blanco escapara de sus labios. 
Cuando llegó a la parada del autobús, el vehículo ya estaba incorporándose de nuevo a la circulación. Paul echó a correr, intentando alcanzarlo para no tener que esperar al siguiente. El conductor lo vio, pero decidió seguir su camino dejando atrás a aquel pasajero retrasado.   
—¡Maldito estreñido! —le gritó el joven, refrenando su carrera al ver que esta no tenía razón de ser—. Deja de comer arroz, a ver si así te mejora el carácter.   
Irritado, miró a su alrededor. Las calles estaban prácticamente desiertas. Aun así, no le costó decidirse a regresar a píe a la residencia de estudiantes en la que vivía. Al menos, la marcha le serviría para entrar en calor. Estaba convencido de que, si se quedaba en la parada, aunque fuera sólo cinco minutos, terminaría congelado. De modo que se subió la bufanda, tapándose la boca con ella, y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, echó a andar. 
Mientras caminaba se topó con varios chicos disfrazados, con mayor o menor éxito, de personajes de pesadilla. No pudo evitar pensar que el mundo se había vuelto loco.   
Halloween. Un siniestro carnaval para adolescentes en el que se celebraba la muerte de la manera más absurda e irreverente. ¿A quién se le habría ocurrido transformar lo que en origen era un rito celta para festejar el renacer de la naturaleza en semejante esperpento?  
Meneó la cabeza mientras se internaba en un pequeño jardín, para acortar el camino. 
Sigilosamente, una figura femenina emergió de las sombras; fantasmal y sensual a partes iguales. A Paul le bastó divisarla por el rabillo del ojo para que toda esa exasperante sensatez de la que había hecho gala desde que no era más que un mocoso se resquebrajara como una porcelana. Materializándose en un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. 
Sin quererlo, se acordó de aquella leyenda popular japonesa que un compañero de la facultad le relató apenas unos días antes: la Kuchisakeonna. La mujer enmascarada que se paseaba por los parques, preguntando a los transeúntes solitarios si la consideraban hermosa, para luego descubrirse el rostro y revelar sus labios rasgados hasta las orejas. 
Cuando una segunda silueta, esta vez evidentemente masculina, se unió a la primera, empujándola hasta hacerla reposar la espalda sobre el tronco de un árbol y uniendo su boca a la de ella, los temores de Paul se disiparon.
Aquella escena era demasiado carnal para una criatura del más allá.   
El muchacho se apresuró a apartar la vista, sonriendo a medias por la actitud desinhibida de la pareja y por su propia estupidez. Aunque no por más de un minuto, lo cierto era que se había asustado. ¡Sería idiota! 
Se adentró más por ese atajo, saliendo a un oscuro callejón intransitado a aquella hora de la noche. 
En fin, si se paraba a pensarlo, tampoco era tan descabellado creer que había algo más allá de la muerte, que no todo se termina cuando dejamos este mundo. Pero, de ahí a dar crédito a que las almas de los muertos se pasean a sus anchas por todos lados, hay un abismo.   
Paul no se explicaba por qué el camino le resultaba más largo que de costumbre, ni tampoco por qué él estaba tan inquieto. Cuando aquellos pasos comenzaron a sonar a su espalda tragó saliva y respiró hondo, antes de decidirse a dar la vuelta.   
—¡Por Dios, Hitomi! —gritó al borde de la histeria—. Menudo susto me has dado.   



La chica, que tenía la cabeza gacha, levantó su mirada hasta posarla en la de él, revelándole los finos rasgos que tan bien conocía.   
—¿Qué estás haciendo aquí?   
Ella le tendió una carpeta repleta de apuntes.  
—Te la dejaste en el apartamento —le contestó, con voz apagada.   
—¿Y qué?  Habría ido a buscarla mañana. ¿Cómo se te ocurre andar por la calle a esta hora , estando enferma?  
Esperó una respuesta, pero ella se limitó a quedarse allí parada, mirándolo de forma inexpresiva.   
—Vamos —dijo, tomando el objeto que le tendía y echándole un brazo sobre los hombros para hacer que sus pies diesen media vuelta —. Te acompaño a casa. 
Avanzaron varios metros en silencio, hasta que Paul preguntó:  
—¿Conoces la leyenda de la Kuchisakeonna?  
Hitomi lo miró, sorprendida.
—Claro —respondió.  
—Yuto me la contó el otro día. Ese chico tiene una preocupante afición por lo siniestro.  
Caminaron otro trecho sin dirigirse la palabra.   
—¿Qué otras historias de fantasmas tenéis en Japón? —volvió a preguntar él, sin entender por qué se empeñaba en ahondar en el tema.  
—Pues… —Hitomi se lo pensó un poco—. Está el Zashiki Warashi. El espectro de un niño que trae prosperidad a los habitantes de la casa en la que se aparece.   
—¿Un espíritu bueno? Lo qué me quedaba por ver se burló Paul, incapaz de desprenderse de su cinismo.  
—¿Y por qué tendría que ser malo?  
—Bueno, es un fantasma, ya sabes… —Por la expresión de ella supo que no compartía aquella opinión—. En fin. Cuéntame más.   
Regresar a las zonas más transitadas e iluminadas lo había envalentonado.   
—También está el Noppera-bö —respondió Hitomi, con cierto deje de timidez.  
—¿Y ese es…?  
—El fantasma sin rostro. El Noppera-bö no tiene cara, por lo que toma prestada la de las personas que conoce aquel al que se le presenta, engañándolo.   
Paul elevó la mano que tenía libre y chasqueó los dedos. 
—¿Lo ves? Eso si es un espectro como Dios manda; la eternidad consagrada a asustar a los incautos mortales.   
—No es esa su intención se revolvió Hitomi.   
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, cuál es?  —volvió a burlarse el chico.
—Buscar compañía. La eternidad es mucho tiempo. Y la soledad de las almas condenadas a vagar sin hallar descanso, demasiado honda.  
La carcajada de Paul sonó con estrépito en el silencio que los rodeaba.  
—Por supuesto. Y seguro que Freddy Krueger lo único que pretendía era cumplir los sueños de los demás —rió de nuevo—. Esta afición tuya por abogar por la dignidad y la humanidad de los espectros es algo que desconocía.   
Hitomi le lanzó una mirada iracunda, pero Paul ni siquiera reparó en ella. 
A pesar de los esfuerzos de él por no dejar decaer la conversación, la chica se sumió en un mutismo que no abandonó durante el resto del trayecto. Al llegar al edificio en que Hitomi vivía, ésta empujó la puerta del portal, abriéndola.   
—Deberíais tener más cuidado —apuntó Paul, entrando tras ella—. Si la dejáis abierta estáis expuestos a que cualquiera pueda pasar aquí la noche.  
La muchacha siguió adelante, silenciosa, sin hacerle caso; sin mirarle siquiera.   
—¡Oh, genial! —volvió a quejarse él—. Y, para colmo, el ascensor está estropeado.   
Presionó el botón varias veces, oyendo como el elevador hacía el intento de moverse, sin conseguirlo—. Vamos a tener que subir por las escaleras —se lamentó, otra sin obtener respuesta.  
Cuando se giró, pudo ver como la figura de la joven se perdía en la oscuridad al subir los escalones. Con su oscura melena flotando en el aire de un modo que hipnotizaba y provocaba espanto al mismo tiempo.  
«Menuda noche», pensó Paul, apresurándose a seguirla. «Y, para colmo, se enfada. ¿Qué he hecho mal?».  
Comenzó a ascender los escalones, con lentitud. Notando como la sensación de frío aumentaba conforme subía cada uno de los niveles del edificio. Sintiéndose idiota al no ser capaz de contener la punzada de temor que le atenazaba el cuerpo y hacía que su corazón palpitara como loco.   
Halló la puerta del apartamento de Hitomi abierta de par en par. La luz de la cocina estaba encendida. Entró, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. La encontró preparando té, sirviendo el amarillento líquido en dos tazas de porcelana. Al verlo aparecer, la joven le sonrió, tendiéndole uno de los recipientes.   
—Hace frío —le dijo —. Tómatelo, te ayudará a entrar en calor. 
 Él obedeció, sintiendo como a medida que el líquido entraba en su cuerpo recuperaba la sensatez y la calma tan absurdamente perdidas.   
—¿Te gustan las historias de fantasmas? —le preguntó Hitomi.  
Paul la miró, sonriendo.   
—Sólo si me las cuentas tú. Ya sabes que en realidad me parecen absurdas.  
Ella le devolvió la sonrisa, aunque de inmediato el gesto se borró de su cara, mutando en una expresión de espanto. Cuando él se giró para comprobar qué era lo que la había asustado se topó de lleno con un ser de rostro idéntico al de Hitomi. La historia del Noppera-bö que le había relatado ella volvió a su mente.   
Sin reflexionar en lo que hacía, Paul cogió un cuchillo del cubiertero que había sobre la encimera. Lo clavó en el vientre de la criatura con decisión y fuerza, ahondando en la herida una vez que la hoja hubo rasgado la carne. Le sorprendió notar la sangre que manó de la boca de ella, salpicándolo. Era un líquido viscoso y caliente.   
Aquello lo aterrorizó.   
Se giró. A su espalda, Hitomi continuaba sosteniendo su taza de té. Aunque su cara había dejado de exhibir una mueca de terror para adoptar la más fría de las sonrisas. Después, sus facciones desaparecieron, como si estuvieran esculpidas en un pedazo de arcilla húmeda manipulada por un escultor, convirtiendo el rostro de la chica en un lienzo vacío cuya sola imagen heló la sangre del muchacho.   
Paul retiró el cuchillo, arrancándolo del vientre en el que con tanta saña lo había clavado. El cuerpo de la verdadera Hitomi se desplomó sobre el suyo, empujándolo al suelo. Como pudo la abrazó, empapándose de su sangre, apartándole el cabello de la cara. 
Los labios femeninos se abrieron para decir en un quejido apenas audible:  
—Te avisé que no convenía enfadar a los espíritus.   
Él cerró los ojos, aterrado. 
Cuando sintió la fría mano del Noppera-bö oprimiendo su nuca, supo que había sellado su destino para siempre.  

lunes, 21 de octubre de 2019

Tres platos (poema)

Tres platos sobre la mesa
en la que siempre hubo cuatro.
Un detalle menor,
un dolor de soslayo.

Una ausencia indiferente
a los ojos de un extraño.
Pero palpable y notoria
para los que aún la extrañamos.

Ella se marchó hace meses,
ya va para un año,
pero su falta aún se siente
en los detalles más cotidianos. 

martes, 15 de octubre de 2019

Lo que me pareció "Pretty Woman" cuando la vi siendo adulta

Si tengo algo en común con Berta mi chica de Es medianoche, Cenicienta es que, como a ella, a mí también me encantan las viejas pelis de amor. Al igual que mi protagonista, no me canso de ver las historias que me cautivaron en su día. Aunque mi espectro es algo más amplio que el suyo, no me limito al cine clásico. En mi lista de imprescindibles también incluyo títulos noventeros. Incluso, alguno que otro que se estrenó en los albores de este siglo que estamos deshojando. 
Entre todas esas películas, si tuviera que elegir una que me ha acompañado durante mi adolescencia, sin duda escogería Pretty Woman. ¡Cuántas veces la vi! La tenía en VHS qué mayor soy, me encamino peligrosamente a la ancianidad😋― y no sé cómo no la quemé con la de horas que pasó metida dentro del reproductor de vídeo. Era un aliciente para los sueños de la jovencita inocentona y extremadamente romántica que era por aquel entonces. La que estaba segura de que, algún día, cuando ya fuera adulta, conocería un Richard Gere con canas y todo, sí, porque si algo tengo y he tenido en común con Becky G. es que a mí también me gustan los mayores, de esos que llaman señores que me amaría y haría feliz por el resto de mi vida. 
¡Ay! ¡Ilusa!Qué ternura me doy ahora 😉.
Tanto la película como el sueño de amor eterno se quedaron en mi almibarada adolescencia. Fue por esa época cuando vi a Julia Roberts, convertida en una prostituta que recorre las calles de Hollywood Boulevard, por última vez. Esa fue nuestra despedida. Hasta que nos reencontramos, hace unas semanas.
A principios de septiembre pasaron la peli por televisión, en horario de noche. Yo estaba sola en casa, y odio irme pronto a la cama cuando no tengo compañía. La verdad es que me da miedo. Así que decidí quedarme apoltronada en el sofá y darle una review a esta historia. 
Aprovechando que acaban de cumplirse veintinueve años del estreno de la película, que como ya he dicho es un de los pilares de mi vocación romántica, voy a contarte qué le pareció a la Adriana que soy hoy.


Hace años que vengo oyendo que Pretty Woman es una de esas películas que, pese al éxito que tuvo en su día, no podrían rodarse hoy. No pasaría el corte que la moral de los tiempos modernos ha impuesto en la meca del cine pese a que lleva varias temporadas convertido en un musical de relativo éxito en EEUU. Concretamente, chocaría con la corriente que busca empoderar a la figura femenina. Y yo, que como sabes soy una defensora incansable del amor romántico, siempre pensaba:
¡Hala! Ya estamos exagerando otra vez. 
Sin embargo... Ahora...
Tengo que decir que todavía no estoy muy segura de cómo terminaré este post. Espero ir aclarando mis ideas conforme escribo. Cabe la posibilidad de que, al final, dé la razón a las voces que claman contra este clásico del cine romántico. Aunque también tengo que decir que, contrariamente a la crítica más generalizada, no es el argumento lo que encuentro "políticamente incorrecto".
La historia, en sí, la sigo percibiendo como siempre lo he hecho. Tiene el clásico esquema de cuento de hadas: la Cenicienta que vive triste y, tras muchas calamidades, consigue su Happy Ending. Puede parecer simple, tópico, y todo lo que quieras, pero a mí me encanta. Al llegar a la última escena y oír ese "no dejes de soñar", se me sigue enturbiando la mirada y creo que podría morir de una subida de azúcar.
Por otro lado, el personaje femenino me gusta; me cae bien y empatizo con ella. Vivian (Julia Roberts) es una chica joven que, por una serie de decisiones erráticas, acaba viviendo por no decir malviviendo― en un submundo. Un lugar en el que no se siente cómoda, eso se nota desde el inicio de la cinta. Tiene la oportunidad de salir del hoyo por un breve periodo, una semana. Suficiente para poner distancia con lo que la rodea y darse cuenta de que merece y puede tener mucho más. Y, lo mejor de todo, esta dispuesta a conseguirlo por ella misma. Pasando de la propuesta de respaldarla económicamente que le hace el guaperas que llegó para sacarla del agujero y del que, además, se ha enamorado.
Por favor, ronda de aplausos para la chica. Si el suyo no es un claro ejemplo de mujer fuerte, independiente y con dignidad, no sé qué lo será. 
¿Qué dónde está la crítica, entonces? Pues, precisamente, en el guaperas al que hice referencia en el párrafo anterior. Aka Edward (Richard Gere). Él, al contrario que su partenaire, me parece... un cretino. Así de claro y sin ningún ánimo de ofensa, solo de definir.
Resulta que el tipo no es el hombre honrado, víctima de un flechazo, por el que yo lo tenía cuando era una ingenua. ¡Qué va! No invitó a Vivian a subir a su suite porque era muy tarde y le daba cosilla dejar a la chavala sola, esperando el bus en mitad de una solitaria calle Adriana, de verdad😞. Si es que siempre has vivido en la inopia. La contrata con toda la intención de hacer uso de sus servicios. Y no se corta a la hora de, valga la redundancia, cortarle el rollo a ella, que está de lo más relajada  disfrutando la sesión de cine que se a improvisado en la habitación.
¡Odio a los jefes que no respetan las horas de descanso de sus asalariados!
Tonterías a parte, la manera en que él la trata durante la semana que pasan juntos... En mi opinión, deja bastante que desear.
Nunca te he tratado como una prostituta le dice casi al final de la película. Cuando ella decide pasar de él, tragarse sus sentimientos, y seguir su vida por cuenta propia.
En ese momento yo, que seguía repantigada en mi sofá, me sentí dividida entre la carcajada irónica y el bofetón. Opté por lo primero, claro, porque lo del guantazo solo me habría servido para cargarme la tele. 
Pero, vamos a ver, tío... ¿Cómo que no? Si, no le has guardado las espaldas a la chica en ningún momento. Hasta al idiota de tu socio-amigo, cuando quiso saber quién era ella, lo pusiste al corriente de su profesión."Es una puta" palabras textuales del doblaje en España―, eso dijiste para cortar la paranoia de tu colega.
Muy bonito, Edward. ¡Muy bonito!
Desde luego, a este hombre se le puede acusar de muchas cosa, menos de falta de sinceridad🙄.
También quiero recordar que el señor tiene a nuestra Vivian guardadita en su lujosa suite de hotel, y la saca de allí solo para lucirla en fiestas, cenas y otros compromisos. Que la niña es muy rebonita y, aunque la pobre no tenga ni idea de etiqueta, adorna mucho. En fin, es cierto que la contrató precisamente para eso. Porque, como él mismo dijo, no estaba de ánimo para "peleas románticas".
Mira, de verdad... Es que hasta Maluma tiene en sus canciones mensajes menos degradantes que el que el bueno de Edward transmite en esta frase.
Pero está bien. De acuerdo, no pasa nada. Es el punto de partida del personaje. Alguna justificación habrá que dar para que estas dos personas, que vienen de mundos tan diferentes, tengan una excusa para pasar tiempo juntos, conocerse y enamorarse. Tampoco sería la primera vez que veo a un idiota  integral convertirse en un amorcete. Si esto es un clásico del género romántico, en todas sus formas. El problema que veo en Edward es que no hay evolución en la manera en la que él afronta la relación, ni en como la ve a ella, a lo largo de la película. Yo no la he sentido, al menos. Para él, Vivian no deja de ser una asalariada, por mucho que al final se de a entender que tiene sentimientos por ella.  
Tengo entendido que, en la primera versión del script, la pareja se separa al final de la película. Pero no quedaba ahí la cosa, no. En un derroche de dramatismo y crueldad de todo punto injustificada, la prota muere de sobredosis en un callejón. También cuenta la leyenda que fue la esposa del guionista ―¿o era el director? quien sugirió el cambio al final feliz que todos conocemos. Algo que, personalmente, jamás podré agradecer lo suficiente a la buena mujer. Lo que menos necesito son más traumas. Siempre consideré este giro de guión un acierto. Lo sigo haciendo, aunque ahora creo que el personaje masculino se quedó anclado en la primera versión aun después de reescribir el libreto. Este hombre no llegó a enamorarse en ningún momento. 
Y no, lo de subir a un segundo piso por la escalera de incendios, con La Traviata a to' meter en la radio del coche y un ramo de flores en la mano, para mí no cuenta como prueba de amor. Ni siquiera teniendo en cuenta el vértigo que padece el artífice de la hazaña. ¡Que es un segundo piso, hombre! Tampoco es para tanto. Por no hablar de que, si no llega a ser porque el director del hotel este hombre sí que es adorable🥰 le metió el dedo en la yaga a nuestro Edward... A saber si no habría seguido su camino tan campante, el tío.

Si me lo permites, en este punto me gustaría dirigirme a Vivian:

Cariño, sé que llego veintinueve años tarde. Aún así, permíteme el atrevimiento de darte un consejo.
No te dejes enternecer por la puesta en escena y sigue tu plan inicial. Ve a estudiar, lábrate un futuro y ya luego, si eso, quizás conozcas a un buen hombre que de verdad sepa amarte. Tengo la impresión de que Edward suspenderá esa materia una y otra vez. Para él nunca dejarás de ser la chica que encontró en la calle. Preciosa y divertida, sí; pero condicionada por tu pasado. 

Pues ya está, ya me quedé a gusto. Ahora, regreso contigo, mi querido/a lector/a.
Esto es lo que sentí cuando, esa noche de soledad, los créditos llenaron la pantalla de mi televisión y no me quedó más remedio que irme a dormir, iniciando la tortuosa tarea de apagar luces y refugiarme en mi cama antes de que un espectro me alcanzara. Si tú eres un/a enamorado/a de esta película, y no te importaría fugarte con Edward en su Lottus, te pido perdón. Mi intención no ha sido destrozar tu fantasía, nada de eso. Siempre he defendido que a estas hay que alimentarlas y cuidarlas con mimo, para algo nos hacen la vida más llevadera. Tan solo quería compartir mi punto de vista.
Aún así, si quieres ponerme verde, los comentarios están a tu disposición😉.
Para concluir, quiero decir que, pese a que el galán de la historia se quedó muy lejos de robarme el corazón, disfruté la película. Me gustó, me ilusionó y la viví. Tres cosas que considero fundamentales en la ficción. De manera que, al final, me quedo en el bando de los defensores de Pretty Woman. 

miércoles, 9 de octubre de 2019

¿Por qué leo y escribo Novela Romántica?

Para mí, esta es una pregunta clásica, de las de toda la vida. Ya de jovencita mis maestros, los padres de mis amigxs, y cualquier adulto razonable que me rondase y estuviera al tanto de mis gustos, no se cortaba en pedirme explicaciones sobre ellos. 
¿Novelas románticas? ¡Uy! Con la de cosas interesantes que hay para leer, chiquilla me decían.  
Cuando crucé al otro lado de la página para ser, además de lectora, escritora de romántica, el juicio se recrudeció. 
Si te gusta escribir, ¿por qué no lo intentas con la literatura seria? volvía a cuestionarme el universo. 
Tengo que admitir que el adjetivo "serio" nunca me ha gustado mucho, la verdad. Sobre todo, si se aplica a la literatura y sirve para marcar el clasista baremo que separa a la buena de la mala. Cuando este es el caso, la palabra me huele a rancio, me suena a gris, me empuja a visualizar a señores con levita y monóculo tomando el té en algún club del Londres decimonónico, mientras hablan del tiempo porque, en realidad, no tienen nada más que decirse queriendo sentar cátedra.
No soy seria, no me considero como tal. No del aburrido modo en que la gente concibe el significado de este vocablo. A mí, me fascinan los amores apasionados, las aventuras al límite, los villanos perversos y los héroes y heroínas dispuestos a darlo todo en la defensa de sus ideales. Me enamoran los libros que me hacen sentir y soñar, y es por esto que me rindo a la literatura romántica.
Pero si con esta razón aún no basta, y debo argumentar mis motivos, aquí van tres que considero de peso.


Leo y escribo Novela Romántica porque...

1. Hablan de sentimientos: de amor, sí; pero no solo del amor romántico. Pensar eso es quedarse en la superficie. Las páginas de la Novela Romántica están llenas de amor en la familia, entre amigos... ¡En la vida, en general! ¿Quién no ha sufrido con esa heroína dispuesta a sacrificarse a sí misma por el bien de su hermano/a? ¿Y qué hay del amigo/a leal que se mantiene del lado de nuestro héroe sin importar las consecuencias? ¡Pues eso! Que en un mundo donde los periódicos y la prensa no se cansan de servirnos en bandeja el lado más vil y cruel del ser humano, menos mal que tenemos estos libros para contrarrestar el amargo sabor de boca que puede dejar la realidad. Tanto, que, ahora que lo pienso, creo que los psicólogos deberían recetarlos. Su efecto en el cerebro es igual al de muchos medicamentos contra la depresión, con la ventaja de que resultan mucho más inocuos al organismo.

2. Gracias a ellas, puedo vivir todos los grandes amores que me de la gana: y tranquilamente,  oye; desde el sofá de mi casa. Sin pasar ni frío ni calor. Sin sufrir ni la presión de los corsés que marcaban tendencia en la moda de los siglos pasados ni correr el riesgo de llevarme un balazo en una persecución por las calles del moderno San Francisco. Y, hablando de San Francisco, ¿acaso conoces un modo más económico de viajar? A Estados Unidos, Inglaterra... ¡La India! E, incluso, al pasado o el futuro. Además de en las farmacias, ¡que vendan Novelas Románticas en las agencias de viajes!

3. Por más grande que sea el problema, el Happy Ending nunca nos falla: y déjame decirte que, para tragedias, ya está la realidad. ¿A quién no le gustaría regresar atrás el tiempo para reescribir el final de alguna historia vivida y cambiarlo a otro más dulce? Con la Novela Romántica sabes que no habrá necesidad de cambiar las últimas páginas, porque siempre terminarán como deben hacerlo. Por grande que sea el impedimento que se alza entre nuestros protagonistas, el amor triunfará, los buenos obtendrán su justa recompensa y los villanos serán castigados. ¡Cómo debe ser! ¿Exagero si extiendo la distribución de este género literario a las clases de ética?

Podría seguir, redactar una lista muuuuucho más larga que esta. Pero sería hacerme pesada y, al final, la verdad es que todos mis motivos se pueden resumir en uno: leo y escribo Novela Romántica porque la considero un género digno, plagado de grandes historias, de novelas escritas con mimo y entrega y autoras/res que no desmerecen a los que trabajan cualquier otro género.

¡Hala! Ya está. A quedado claro, ¿no? Pues verás como aún voy a tener que seguir escuchando y respondiendo la dichosa preguntita. 😅

Y a ti, ¿qué te enamora de la Novela Romántica?

jueves, 3 de octubre de 2019

La madrugada (poema)

Le pondré tu nombre al desvelo
de mis eternas noches en blanco,
para que la madrugada responda
si entre susurros te llamo.

Podría ser que ella se apiade
de este amor que rompe en llanto.
Quizás a la noche le importe
lo que tú sigues obviando.