Cuando la película
terminó y los títulos de crédito comenzaron a correr, Paul apuntó a la pantalla
con el mando a distancia. Apagó el televisor y sumió el cuarto en la
oscuridad más absoluta.
—¡Vaya!
—comentó, con toda la ironía que fue capaz de reunir, mientras reprimía un
bostezo—. Ver a Freddy Krueger doblado al japonés sí que es espeluznante. No sé
si seré capaz de conciliar el sueño.
Hitomi sonrió, aunque el gesto quedó oculto tras el pañuelo de papel en
el que se estaba sonando su congestionada nariz.
—Pues a mí me parece una película estupenda
—le respondió, con voz nasal, justo antes de que su nariz volviera a gotear—.
Aunque es antigua, y la he visto un montón de veces, todavía me deja con cierta
reticencia a conciliar el sueño.
—Chica afortunada. Yo estoy que me caigo —. Él levantó del sofá—. Así que mejor me voy a dormir. Antes de que la estudiante
perfecta —señaló con la cabeza el cuarto en el que la compañera de piso de
Hitomi trataba de preparar su examen de química— salga de su guarida y nos
reprenda de nuevo.
Se inclinó sobre el sofá para
besar a la chica en los labios, pero ella lo esquivó con habilidad.
—Ni siquiera después de obligarme a ver ese bodrio te apiadas de mí. Si por algo es famosa la crueldad japonesa...
—Estoy griposa, no quiero que te contagies —se excusó la enferma, para cambiar de tema inmediatamente después—. Ten cuidado al regresar.
—Siempre lo tengo. Soy demasiado desconfiado para bajar la guardia.
—Ni siquiera después de obligarme a ver ese bodrio te apiadas de mí. Si por algo es famosa la crueldad japonesa...
—Estoy griposa, no quiero que te contagies —se excusó la enferma, para cambiar de tema inmediatamente después—. Ten cuidado al regresar.
—Siempre lo tengo. Soy demasiado desconfiado para bajar la guardia.
El chico, juguetón, guiñó un ojo a su novia.
—¡Oh, por supuesto! Supongo que esa es la razón por la que sois famosos los americanos —Hitomi le devolvió el golpe—. De todas maneras, esta noche redobla la vigilancia. ¿No sabes qué día es hoy?
—Treinta y uno de octubre —respondió él, con sencillez.
—Halloween. —Ella trató de sonar tétrica en medio del salón en penumbra.
—¿No me digas que aquí también celebráis esa estupidez?
—Por supuesto. Aquí adoptamos cualquier costumbre que venga de Estados Unidos. Deberías saber que tu país es el rey de la aculturación.
—Pues ya hay que ser idiota para copiar a un país tan ridículo como el del Tío Sam.
—Y eso lo dice el que llegó a la Universidad de Tokio con una beca en deportes. Seguro que eres el más listo de todos nosotros.
Paul vio el resplandor de los blanquísimos dientes de Hitomi en medio de la oscuridad. A pesar de que se estaba burlando de él, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De nuevo trató de besarla, pero con tan poco éxito como antes.
—¿Es que para ti la higiene no significa nada? —lo reprendió ella—. Estoy plagada de gérmenes.
—¡Oh, por supuesto! Supongo que esa es la razón por la que sois famosos los americanos —Hitomi le devolvió el golpe—. De todas maneras, esta noche redobla la vigilancia. ¿No sabes qué día es hoy?
—Treinta y uno de octubre —respondió él, con sencillez.
—Halloween. —Ella trató de sonar tétrica en medio del salón en penumbra.
—¿No me digas que aquí también celebráis esa estupidez?
—Por supuesto. Aquí adoptamos cualquier costumbre que venga de Estados Unidos. Deberías saber que tu país es el rey de la aculturación.
—Pues ya hay que ser idiota para copiar a un país tan ridículo como el del Tío Sam.
—Y eso lo dice el que llegó a la Universidad de Tokio con una beca en deportes. Seguro que eres el más listo de todos nosotros.
Paul vio el resplandor de los blanquísimos dientes de Hitomi en medio de la oscuridad. A pesar de que se estaba burlando de él, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De nuevo trató de besarla, pero con tan poco éxito como antes.
—¿Es que para ti la higiene no significa nada? —lo reprendió ella—. Estoy plagada de gérmenes.
Él resopló.
—Me voy. A ver si tengo suerte y me topo en el camino con alguna muerta viviente que quiera regalarme un beso. Ando escaso últimamente.
—No deberías burlarte, ni hablar tan a la ligera. No conviene enfadar a los espíritus.
El muchacho sonrió mientras se perdía por el pasillo. Le hacía gracia la idea de que aquella chica inteligente diera crédito a semejantes tonterías.
—No te preocupes. —Asió el pomo de la puerta y la abrió—. Lo más peligroso a lo que tendré que hacer frente esta noche es a los virus que hayas podido pasarme.
—Me voy. A ver si tengo suerte y me topo en el camino con alguna muerta viviente que quiera regalarme un beso. Ando escaso últimamente.
—No deberías burlarte, ni hablar tan a la ligera. No conviene enfadar a los espíritus.
El muchacho sonrió mientras se perdía por el pasillo. Le hacía gracia la idea de que aquella chica inteligente diera crédito a semejantes tonterías.
—No te preocupes. —Asió el pomo de la puerta y la abrió—. Lo más peligroso a lo que tendré que hacer frente esta noche es a los virus que hayas podido pasarme.
Se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Y todo por quedarse a ver aquella película con Hitomi.
Resopló, haciendo que una nube de vapor blanco escapara de sus labios.
Cuando llegó a la parada del autobús, el
vehículo ya estaba incorporándose de nuevo a la circulación. Paul echó a
correr, intentando alcanzarlo para no tener que esperar al siguiente. El
conductor lo vio, pero decidió seguir su camino dejando atrás a aquel pasajero retrasado.
—¡Maldito estreñido! —le
gritó el joven, refrenando su carrera al ver que esta no tenía razón de ser—. Deja de comer arroz, a ver si así te mejora el
carácter.
Irritado, miró a su alrededor. Las
calles estaban prácticamente desiertas. Aun así, no le costó decidirse a
regresar a píe a la residencia de estudiantes en la que vivía. Al menos, la marcha le serviría para entrar en calor. Estaba convencido de que, si se quedaba en la parada,
aunque fuera sólo cinco minutos, terminaría congelado. De modo que se subió la
bufanda, tapándose la boca con ella, y, metiéndose las manos en los bolsillos
del abrigo, echó a andar.
Mientras caminaba se topó con varios chicos disfrazados, con mayor o menor éxito, de personajes de pesadilla. No pudo evitar pensar que el mundo se había vuelto loco.
Mientras caminaba se topó con varios chicos disfrazados, con mayor o menor éxito, de personajes de pesadilla. No pudo evitar pensar que el mundo se había vuelto loco.
Halloween. Un siniestro carnaval para
adolescentes en el que se celebraba la muerte de la manera más absurda e
irreverente. ¿A quién se le habría ocurrido transformar lo que en origen era un
rito celta para festejar el renacer de la naturaleza en semejante
esperpento?
Meneó la cabeza mientras se internaba en un pequeño jardín, para acortar el camino.
Meneó la cabeza mientras se internaba en un pequeño jardín, para acortar el camino.
Sigilosamente, una
figura femenina emergió de las sombras; fantasmal y sensual a partes iguales. A Paul le bastó divisarla por el rabillo del ojo para que toda esa exasperante
sensatez de la que había hecho gala desde que no era más que un mocoso se
resquebrajara como una porcelana. Materializándose en un escalofrío que le
recorrió la columna vertebral.
Sin quererlo, se acordó de aquella leyenda popular japonesa que un compañero de la facultad le relató apenas unos días antes: la Kuchisakeonna. La mujer enmascarada que se paseaba por los parques, preguntando a los transeúntes solitarios si la consideraban hermosa, para luego descubrirse el rostro y revelar sus labios rasgados hasta las orejas.
Cuando una segunda silueta, esta vez evidentemente masculina, se unió a la primera, empujándola hasta hacerla reposar la espalda sobre el tronco de un árbol y uniendo su boca a la de ella, los temores de Paul se disiparon.
Aquella escena era demasiado carnal para una criatura del más allá.
Sin quererlo, se acordó de aquella leyenda popular japonesa que un compañero de la facultad le relató apenas unos días antes: la Kuchisakeonna. La mujer enmascarada que se paseaba por los parques, preguntando a los transeúntes solitarios si la consideraban hermosa, para luego descubrirse el rostro y revelar sus labios rasgados hasta las orejas.
Cuando una segunda silueta, esta vez evidentemente masculina, se unió a la primera, empujándola hasta hacerla reposar la espalda sobre el tronco de un árbol y uniendo su boca a la de ella, los temores de Paul se disiparon.
Aquella escena era demasiado carnal para una criatura del más allá.
El muchacho se
apresuró a apartar la vista, sonriendo a medias por la actitud desinhibida de
la pareja y por su propia estupidez. Aunque no por más de un minuto, lo cierto
era que se había asustado. ¡Sería idiota!
Se adentró más por ese atajo,
saliendo a un oscuro callejón intransitado a aquella hora de la noche.
En fin,
si se paraba a pensarlo, tampoco era tan descabellado creer que había algo más
allá de la muerte, que no todo se termina cuando dejamos este mundo. Pero, de ahí a dar
crédito a que las almas de los muertos se pasean a sus anchas por todos
lados, hay un abismo.
Paul no se explicaba
por qué el camino le resultaba más largo que de costumbre, ni tampoco por qué
él estaba tan inquieto. Cuando aquellos pasos comenzaron a sonar a su espalda
tragó saliva y respiró hondo, antes de decidirse a dar la vuelta.
La
chica, que tenía la cabeza gacha, levantó su mirada hasta posarla en la de él,
revelándole los finos rasgos que tan bien conocía.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Ella le tendió una carpeta repleta de apuntes.
—Te la dejaste en el apartamento —le contestó, con voz
apagada.
—¿Y qué? Habría ido a buscarla mañana. ¿Cómo se te
ocurre andar por la calle a esta hora , estando enferma?
Esperó una respuesta, pero ella se limitó a
quedarse allí parada, mirándolo de forma inexpresiva.
—Vamos —dijo, tomando el objeto que le
tendía y echándole un brazo sobre los hombros para hacer que sus pies diesen media vuelta —. Te acompaño a casa.
Avanzaron varios metros en silencio, hasta
que Paul preguntó:
—¿Conoces la leyenda
de la Kuchisakeonna?
Hitomi lo miró,
sorprendida.
—Claro —respondió.
—Yuto me la contó el otro día. Ese chico tiene una preocupante afición por lo siniestro.
—Yuto me la contó el otro día. Ese chico tiene una preocupante afición por lo siniestro.
Caminaron otro
trecho sin dirigirse la palabra.
—¿Qué
otras historias de fantasmas tenéis en Japón? —volvió a preguntar él, sin
entender por qué se empeñaba en ahondar en el tema.
—Pues… —Hitomi se lo pensó un poco—. Está
el Zashiki Warashi. El espectro de un niño que trae prosperidad a los
habitantes de la casa en la que se aparece.
—¿Un espíritu bueno? Lo qué me quedaba por ver —se burló Paul, incapaz de desprenderse de su cinismo.
—¿Y por qué tendría que ser malo?
—Bueno, es un fantasma, ya sabes… —Por la
expresión de ella supo que no compartía aquella opinión—. En fin. Cuéntame
más.
Regresar a las zonas más
transitadas e iluminadas lo había envalentonado.
—También está el Noppera-bö —respondió
Hitomi, con cierto deje de timidez.
—¿Y
ese es…?
—El fantasma sin rostro. El
Noppera-bö no tiene cara, por lo que toma prestada la de las personas que conoce
aquel al que se le presenta, engañándolo.
Paul elevó la mano que tenía libre y chasqueó los dedos.
Paul elevó la mano que tenía libre y chasqueó los dedos.
—¿Lo ves? Eso si es un espectro como Dios manda; la eternidad consagrada
a asustar a los incautos mortales.
—No
es esa su intención —se revolvió Hitomi.
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, cuál es? —volvió a burlarse el chico.
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, cuál es? —volvió a burlarse el chico.
—Buscar compañía. La
eternidad es mucho tiempo. Y la soledad de las almas condenadas a vagar sin
hallar descanso, demasiado honda.
La
carcajada de Paul sonó con estrépito en el silencio que los
rodeaba.
—Por supuesto. Y seguro
que Freddy Krueger lo único que pretendía era cumplir los sueños de los demás
—rió de nuevo—. Esta afición tuya por abogar por la dignidad y la humanidad de
los espectros es algo que desconocía.
Hitomi le lanzó una mirada iracunda, pero Paul ni siquiera reparó en
ella.
A pesar de los esfuerzos de él por no dejar decaer la conversación, la chica se sumió en un mutismo que no abandonó durante el resto del trayecto. Al llegar al edificio en que Hitomi vivía, ésta empujó la puerta del portal, abriéndola.
A pesar de los esfuerzos de él por no dejar decaer la conversación, la chica se sumió en un mutismo que no abandonó durante el resto del trayecto. Al llegar al edificio en que Hitomi vivía, ésta empujó la puerta del portal, abriéndola.
—Deberíais tener más
cuidado —apuntó Paul, entrando tras ella—. Si la dejáis abierta estáis
expuestos a que cualquiera pueda pasar aquí la noche.
La muchacha siguió adelante, silenciosa, sin hacerle
caso; sin mirarle siquiera.
—¡Oh,
genial! —volvió a quejarse él—. Y, para colmo, el ascensor está estropeado.
Presionó el botón varias veces, oyendo como
el elevador hacía el intento de moverse, sin conseguirlo—. Vamos a tener que subir por las escaleras
—se lamentó, otra sin obtener respuesta.
Cuando se giró, pudo ver como la figura de la joven se perdía en la oscuridad al subir los escalones. Con su oscura melena flotando en el aire de un modo que hipnotizaba y provocaba espanto al mismo tiempo.
Cuando se giró, pudo ver como la figura de la joven se perdía en la oscuridad al subir los escalones. Con su oscura melena flotando en el aire de un modo que hipnotizaba y provocaba espanto al mismo tiempo.
«Menuda noche», pensó Paul, apresurándose a
seguirla. «Y, para colmo, se enfada. ¿Qué he hecho mal?».
Comenzó a ascender los escalones, con
lentitud. Notando como la sensación de frío aumentaba conforme subía cada uno
de los niveles del edificio. Sintiéndose idiota al no ser capaz de contener la
punzada de temor que le atenazaba el cuerpo y hacía que su corazón palpitara como loco.
Halló la puerta del
apartamento de Hitomi abierta de par en par. La luz de la cocina estaba
encendida. Entró, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. La encontró
preparando té, sirviendo el amarillento líquido en dos tazas de porcelana. Al
verlo aparecer, la joven le sonrió, tendiéndole uno de los recipientes.
—Hace frío —le dijo —. Tómatelo, te ayudará
a entrar en calor.
Él obedeció, sintiendo como a medida que el
líquido entraba en su cuerpo recuperaba la sensatez y la calma tan absurdamente
perdidas.
—¿Te gustan las historias de
fantasmas? —le preguntó Hitomi.
Paul la
miró, sonriendo.
—Sólo si me las
cuentas tú. Ya sabes que en realidad me parecen absurdas.
Ella le devolvió la sonrisa, aunque de
inmediato el gesto se borró de su cara, mutando en una expresión de espanto.
Cuando él se giró para comprobar qué era lo que la había asustado se topó de
lleno con un ser de rostro idéntico al de Hitomi. La historia del Noppera-bö
que le había relatado ella volvió a su mente.
Sin reflexionar en lo que hacía, Paul cogió un cuchillo del cubiertero que había sobre la encimera. Lo clavó en el vientre de la criatura con decisión y fuerza, ahondando en la herida una vez que la hoja hubo rasgado la carne. Le sorprendió notar la sangre que manó de la boca de ella, salpicándolo. Era un líquido viscoso y caliente.
Aquello lo aterrorizó.
Se giró. A su espalda, Hitomi continuaba sosteniendo su taza de té. Aunque su cara había dejado de exhibir una mueca de terror para adoptar la más fría de las sonrisas. Después, sus facciones desaparecieron, como si estuvieran esculpidas en un pedazo de arcilla húmeda manipulada por un escultor, convirtiendo el rostro de la chica en un lienzo vacío cuya sola imagen heló la sangre del muchacho.
Paul retiró el cuchillo, arrancándolo del vientre en el que con tanta saña lo había clavado. El cuerpo de la verdadera Hitomi se desplomó sobre el suyo, empujándolo al suelo. Como pudo la abrazó, empapándose de su sangre, apartándole el cabello de la cara.
Los labios femeninos se abrieron para decir en un quejido apenas audible:
—Te avisé que no convenía enfadar a los espíritus.
Él cerró los ojos, aterrado.
Cuando sintió la fría mano del Noppera-bö oprimiendo su nuca, supo que había sellado su destino para siempre.
Sin reflexionar en lo que hacía, Paul cogió un cuchillo del cubiertero que había sobre la encimera. Lo clavó en el vientre de la criatura con decisión y fuerza, ahondando en la herida una vez que la hoja hubo rasgado la carne. Le sorprendió notar la sangre que manó de la boca de ella, salpicándolo. Era un líquido viscoso y caliente.
Aquello lo aterrorizó.
Se giró. A su espalda, Hitomi continuaba sosteniendo su taza de té. Aunque su cara había dejado de exhibir una mueca de terror para adoptar la más fría de las sonrisas. Después, sus facciones desaparecieron, como si estuvieran esculpidas en un pedazo de arcilla húmeda manipulada por un escultor, convirtiendo el rostro de la chica en un lienzo vacío cuya sola imagen heló la sangre del muchacho.
Paul retiró el cuchillo, arrancándolo del vientre en el que con tanta saña lo había clavado. El cuerpo de la verdadera Hitomi se desplomó sobre el suyo, empujándolo al suelo. Como pudo la abrazó, empapándose de su sangre, apartándole el cabello de la cara.
Los labios femeninos se abrieron para decir en un quejido apenas audible:
—Te avisé que no convenía enfadar a los espíritus.
Él cerró los ojos, aterrado.
Cuando sintió la fría mano del Noppera-bö oprimiendo su nuca, supo que había sellado su destino para siempre.

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