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sábado, 31 de octubre de 2020

No soy yo (relato)

Lo recuerdo como un sueño. Estuve segura de que lo era.
Siempre tuve una imaginación despierta y un cerebro aficionado a echar horas extras. Seguía trabajando después de que el sopor me arrastrara a la inconsciencia. Inventando películas, como una guionista desvelada, que se proyectaban tras mis párpados cerrados. Escenas cotidianas a veces salpicadas de surrealismo en las que me veía a mí misma, como un espectador que observa a la actriz desde la distancia.
Esa vez no fue diferente.
Mi cuerpo estaba allí; de pie, al otro lado de la enorme sala. Cubierto con un vestido negro y luciendo una expresión compungida, acorde con la lúgubre atmósfera del lugar.
¿Un funeral?
Tuve la certeza de que así era. El instinto me reveló la ubicación, prescindiendo de evidencias. Los llantos murmurados y los pésames me lo confirmaron.
            Mi imagen echó a andar por el pasillo abierto entre las bancadas. Mi consciencia la siguió, flotando a su espalda como una cámara de cine que la acompañó ―me acompañó― al altar coronado por la cruz. Allí estaba el ataúd, abierto. Emulando a un macabro joyero que guarda esa piedra preciosa que hace de contrapeso para que nuestras almas no echen a volar al menor soplo de viento.
            No sentí la piel de gallina, ni el corazón se me desbocó dentro del pecho. No tenía un cuerpo para padecer sensaciones. El mío, en ese momento, era independiente a mí y se mostraba calmado bajo mi mirada. Pero hubo algo, un miedo que logró agarrarse a mí a pesar de mi falta de materia.
            ¿Era yo la que estaba allí?
            Si aquello era un sueño, sin duda merecía ser llamado pesadilla. Por ello mi instinto se adelantó, una vez más, para ponerme al corriente de lo que pasaba.
            Ese terror que se había fijado en lo que fuera que quedaba de mí me agobió al extremo de desear el momento de despertar.
            «De un momento a otro. Acabará de un momento a otro».
            Alba. Alguien se acercó a ese yo vacío de mí detenido frente al ataúd. No estés aquí, no es bueno para ti.
            Se enganchó de mi brazo y me remolcó por el pasillo que recorrí unos minutos antes. Ahora, en dirección inversa.
            Siento mucho lo de Inés.
            ¿Inés? ¿Ella era la muerta?
            Ha sido una tragedia.
            El yugo de mi miedo se aflojó.
            Las dos íbamos en ese coche. Me siento responsable por estar aquí, mientras ella…
            Shhhh… No digas eso.
            ¡El accidente!
Lo recordaba. De hecho, era lo último que tenía almacenado en mi memoria.
Las dos habíamos bebido. Inés manejaba el coche y… después de eso…
¿Qué pasó? ¡¿Qué?!
No lograba recordar. Como si, de alguna manera, mi vida hubiera terminado en ese instante.
La que se suponía que era yo giró el cuello, devolviéndome la mirada. Sus ojos eran los míos, pero tan vacío que me permitieron ver la sombra de alguien más escondido tras ellos.
¡Inés! grité. Pero ya no tenía voz, y nadie pudo oírme.

domingo, 27 de octubre de 2019

La soledad del Noppera-bö (relato)

Cuando la película terminó y los títulos de crédito comenzaron a correr, Paul apuntó a la pantalla con el mando a distancia. Apagó el televisor y sumió el cuarto en la oscuridad más absoluta.  
—¡Vaya! —comentó, con toda la ironía que fue capaz de reunir, mientras reprimía un bostezo—. Ver a Freddy Krueger doblado al japonés sí que es espeluznante. No sé si seré capaz de conciliar el sueño.  
Hitomi sonrió, aunque el gesto quedó oculto tras el pañuelo de papel en el que se estaba sonando su congestionada nariz.  
—Pues a mí me parece una película estupenda —le respondió, con voz nasal, justo antes de que su nariz volviera a gotear—. Aunque es antigua, y la he visto un montón de veces, todavía me deja con cierta reticencia a conciliar el sueño. 
—Chica afortunada. Yo estoy que me caigo —. Él levantó del sofá—. Así que mejor me voy a dormir. Antes de que la estudiante perfecta —señaló con la cabeza el cuarto en el que la compañera de piso de Hitomi trataba de preparar su examen de química— salga de su guarida y nos reprenda de nuevo.  
Se inclinó sobre el sofá para besar a la chica en los labios, pero ella lo esquivó con habilidad.  
—Ni siquiera después de obligarme a ver ese bodrio te apiadas de mí. Si por algo es famosa la crueldad japonesa...  
—Estoy griposa, no quiero que te contagies —se excusó la enferma, para cambiar de tema inmediatamente después—. Ten cuidado al regresar.  
—Siempre lo tengo. Soy demasiado desconfiado para bajar la guardia.
El chico, juguetón, guiñó un ojo a su novia.  
—¡Oh, por supuesto! Supongo que esa es la razón por la que sois famosos los americanos —Hitomi le devolvió el golpe—. De todas maneras, esta noche redobla la vigilancia. ¿No sabes qué día es hoy?  
—Treinta y uno de octubre —respondió él, con sencillez.  
—Halloween. —Ella trató de sonar tétrica en medio del salón en penumbra.  
—¿No me digas que aquí también celebráis esa estupidez?  
—Por supuesto. Aquí adoptamos cualquier costumbre que venga de Estados Unidos. Deberías saber que tu país es el rey de la aculturación.   
—Pues ya hay que ser idiota para copiar a un país tan ridículo como el del Tío Sam.  
—Y eso lo dice el que llegó a la Universidad de Tokio con una beca en deportes. Seguro que eres el más listo de todos nosotros.   
Paul vio el resplandor de los blanquísimos dientes de Hitomi en medio de la oscuridad. A pesar de que se estaba burlando de él, no pudo evitar devolverle la sonrisa. De nuevo trató de besarla, pero con tan poco éxito como antes.   
—¿Es que para ti la higiene no significa nada? —lo reprendió ella—. Estoy plagada de gérmenes.  
Él resopló.  
—Me voy. A ver si tengo suerte y me topo en el camino con alguna muerta viviente que quiera regalarme un beso. Ando escaso últimamente.   
—No deberías burlarte, ni hablar tan a la ligera. No conviene enfadar a los espíritus.  
El muchacho sonrió mientras se perdía por el pasillo. Le hacía gracia la idea de que aquella chica inteligente diera crédito a semejantes tonterías.    
—No te preocupes. —Asió el pomo de la puerta y la abrió—. Lo más peligroso a lo que tendré que hacer frente esta noche es a los virus que hayas podido pasarme. 

Se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Y todo por quedarse a ver aquella película con Hitomi. 
Resopló, haciendo que una nube de vapor blanco escapara de sus labios. 
Cuando llegó a la parada del autobús, el vehículo ya estaba incorporándose de nuevo a la circulación. Paul echó a correr, intentando alcanzarlo para no tener que esperar al siguiente. El conductor lo vio, pero decidió seguir su camino dejando atrás a aquel pasajero retrasado.   
—¡Maldito estreñido! —le gritó el joven, refrenando su carrera al ver que esta no tenía razón de ser—. Deja de comer arroz, a ver si así te mejora el carácter.   
Irritado, miró a su alrededor. Las calles estaban prácticamente desiertas. Aun así, no le costó decidirse a regresar a píe a la residencia de estudiantes en la que vivía. Al menos, la marcha le serviría para entrar en calor. Estaba convencido de que, si se quedaba en la parada, aunque fuera sólo cinco minutos, terminaría congelado. De modo que se subió la bufanda, tapándose la boca con ella, y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, echó a andar. 
Mientras caminaba se topó con varios chicos disfrazados, con mayor o menor éxito, de personajes de pesadilla. No pudo evitar pensar que el mundo se había vuelto loco.   
Halloween. Un siniestro carnaval para adolescentes en el que se celebraba la muerte de la manera más absurda e irreverente. ¿A quién se le habría ocurrido transformar lo que en origen era un rito celta para festejar el renacer de la naturaleza en semejante esperpento?  
Meneó la cabeza mientras se internaba en un pequeño jardín, para acortar el camino. 
Sigilosamente, una figura femenina emergió de las sombras; fantasmal y sensual a partes iguales. A Paul le bastó divisarla por el rabillo del ojo para que toda esa exasperante sensatez de la que había hecho gala desde que no era más que un mocoso se resquebrajara como una porcelana. Materializándose en un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. 
Sin quererlo, se acordó de aquella leyenda popular japonesa que un compañero de la facultad le relató apenas unos días antes: la Kuchisakeonna. La mujer enmascarada que se paseaba por los parques, preguntando a los transeúntes solitarios si la consideraban hermosa, para luego descubrirse el rostro y revelar sus labios rasgados hasta las orejas. 
Cuando una segunda silueta, esta vez evidentemente masculina, se unió a la primera, empujándola hasta hacerla reposar la espalda sobre el tronco de un árbol y uniendo su boca a la de ella, los temores de Paul se disiparon.
Aquella escena era demasiado carnal para una criatura del más allá.   
El muchacho se apresuró a apartar la vista, sonriendo a medias por la actitud desinhibida de la pareja y por su propia estupidez. Aunque no por más de un minuto, lo cierto era que se había asustado. ¡Sería idiota! 
Se adentró más por ese atajo, saliendo a un oscuro callejón intransitado a aquella hora de la noche. 
En fin, si se paraba a pensarlo, tampoco era tan descabellado creer que había algo más allá de la muerte, que no todo se termina cuando dejamos este mundo. Pero, de ahí a dar crédito a que las almas de los muertos se pasean a sus anchas por todos lados, hay un abismo.   
Paul no se explicaba por qué el camino le resultaba más largo que de costumbre, ni tampoco por qué él estaba tan inquieto. Cuando aquellos pasos comenzaron a sonar a su espalda tragó saliva y respiró hondo, antes de decidirse a dar la vuelta.   
—¡Por Dios, Hitomi! —gritó al borde de la histeria—. Menudo susto me has dado.   



La chica, que tenía la cabeza gacha, levantó su mirada hasta posarla en la de él, revelándole los finos rasgos que tan bien conocía.   
—¿Qué estás haciendo aquí?   
Ella le tendió una carpeta repleta de apuntes.  
—Te la dejaste en el apartamento —le contestó, con voz apagada.   
—¿Y qué?  Habría ido a buscarla mañana. ¿Cómo se te ocurre andar por la calle a esta hora , estando enferma?  
Esperó una respuesta, pero ella se limitó a quedarse allí parada, mirándolo de forma inexpresiva.   
—Vamos —dijo, tomando el objeto que le tendía y echándole un brazo sobre los hombros para hacer que sus pies diesen media vuelta —. Te acompaño a casa. 
Avanzaron varios metros en silencio, hasta que Paul preguntó:  
—¿Conoces la leyenda de la Kuchisakeonna?  
Hitomi lo miró, sorprendida.
—Claro —respondió.  
—Yuto me la contó el otro día. Ese chico tiene una preocupante afición por lo siniestro.  
Caminaron otro trecho sin dirigirse la palabra.   
—¿Qué otras historias de fantasmas tenéis en Japón? —volvió a preguntar él, sin entender por qué se empeñaba en ahondar en el tema.  
—Pues… —Hitomi se lo pensó un poco—. Está el Zashiki Warashi. El espectro de un niño que trae prosperidad a los habitantes de la casa en la que se aparece.   
—¿Un espíritu bueno? Lo qué me quedaba por ver se burló Paul, incapaz de desprenderse de su cinismo.  
—¿Y por qué tendría que ser malo?  
—Bueno, es un fantasma, ya sabes… —Por la expresión de ella supo que no compartía aquella opinión—. En fin. Cuéntame más.   
Regresar a las zonas más transitadas e iluminadas lo había envalentonado.   
—También está el Noppera-bö —respondió Hitomi, con cierto deje de timidez.  
—¿Y ese es…?  
—El fantasma sin rostro. El Noppera-bö no tiene cara, por lo que toma prestada la de las personas que conoce aquel al que se le presenta, engañándolo.   
Paul elevó la mano que tenía libre y chasqueó los dedos. 
—¿Lo ves? Eso si es un espectro como Dios manda; la eternidad consagrada a asustar a los incautos mortales.   
—No es esa su intención se revolvió Hitomi.   
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, cuál es?  —volvió a burlarse el chico.
—Buscar compañía. La eternidad es mucho tiempo. Y la soledad de las almas condenadas a vagar sin hallar descanso, demasiado honda.  
La carcajada de Paul sonó con estrépito en el silencio que los rodeaba.  
—Por supuesto. Y seguro que Freddy Krueger lo único que pretendía era cumplir los sueños de los demás —rió de nuevo—. Esta afición tuya por abogar por la dignidad y la humanidad de los espectros es algo que desconocía.   
Hitomi le lanzó una mirada iracunda, pero Paul ni siquiera reparó en ella. 
A pesar de los esfuerzos de él por no dejar decaer la conversación, la chica se sumió en un mutismo que no abandonó durante el resto del trayecto. Al llegar al edificio en que Hitomi vivía, ésta empujó la puerta del portal, abriéndola.   
—Deberíais tener más cuidado —apuntó Paul, entrando tras ella—. Si la dejáis abierta estáis expuestos a que cualquiera pueda pasar aquí la noche.  
La muchacha siguió adelante, silenciosa, sin hacerle caso; sin mirarle siquiera.   
—¡Oh, genial! —volvió a quejarse él—. Y, para colmo, el ascensor está estropeado.   
Presionó el botón varias veces, oyendo como el elevador hacía el intento de moverse, sin conseguirlo—. Vamos a tener que subir por las escaleras —se lamentó, otra sin obtener respuesta.  
Cuando se giró, pudo ver como la figura de la joven se perdía en la oscuridad al subir los escalones. Con su oscura melena flotando en el aire de un modo que hipnotizaba y provocaba espanto al mismo tiempo.  
«Menuda noche», pensó Paul, apresurándose a seguirla. «Y, para colmo, se enfada. ¿Qué he hecho mal?».  
Comenzó a ascender los escalones, con lentitud. Notando como la sensación de frío aumentaba conforme subía cada uno de los niveles del edificio. Sintiéndose idiota al no ser capaz de contener la punzada de temor que le atenazaba el cuerpo y hacía que su corazón palpitara como loco.   
Halló la puerta del apartamento de Hitomi abierta de par en par. La luz de la cocina estaba encendida. Entró, con un nudo en la garganta que le impedía hablar. La encontró preparando té, sirviendo el amarillento líquido en dos tazas de porcelana. Al verlo aparecer, la joven le sonrió, tendiéndole uno de los recipientes.   
—Hace frío —le dijo —. Tómatelo, te ayudará a entrar en calor. 
 Él obedeció, sintiendo como a medida que el líquido entraba en su cuerpo recuperaba la sensatez y la calma tan absurdamente perdidas.   
—¿Te gustan las historias de fantasmas? —le preguntó Hitomi.  
Paul la miró, sonriendo.   
—Sólo si me las cuentas tú. Ya sabes que en realidad me parecen absurdas.  
Ella le devolvió la sonrisa, aunque de inmediato el gesto se borró de su cara, mutando en una expresión de espanto. Cuando él se giró para comprobar qué era lo que la había asustado se topó de lleno con un ser de rostro idéntico al de Hitomi. La historia del Noppera-bö que le había relatado ella volvió a su mente.   
Sin reflexionar en lo que hacía, Paul cogió un cuchillo del cubiertero que había sobre la encimera. Lo clavó en el vientre de la criatura con decisión y fuerza, ahondando en la herida una vez que la hoja hubo rasgado la carne. Le sorprendió notar la sangre que manó de la boca de ella, salpicándolo. Era un líquido viscoso y caliente.   
Aquello lo aterrorizó.   
Se giró. A su espalda, Hitomi continuaba sosteniendo su taza de té. Aunque su cara había dejado de exhibir una mueca de terror para adoptar la más fría de las sonrisas. Después, sus facciones desaparecieron, como si estuvieran esculpidas en un pedazo de arcilla húmeda manipulada por un escultor, convirtiendo el rostro de la chica en un lienzo vacío cuya sola imagen heló la sangre del muchacho.   
Paul retiró el cuchillo, arrancándolo del vientre en el que con tanta saña lo había clavado. El cuerpo de la verdadera Hitomi se desplomó sobre el suyo, empujándolo al suelo. Como pudo la abrazó, empapándose de su sangre, apartándole el cabello de la cara. 
Los labios femeninos se abrieron para decir en un quejido apenas audible:  
—Te avisé que no convenía enfadar a los espíritus.   
Él cerró los ojos, aterrado. 
Cuando sintió la fría mano del Noppera-bö oprimiendo su nuca, supo que había sellado su destino para siempre.  

martes, 27 de agosto de 2019

El triste final de Yuri y Katherina (sigo sin tener claro si esto es un relato)

Aquí vamos con el desenlace de la historia que planteé en el último post. Ya que me he decidido a compartirla, qué menos que contrate cómo acaba para que juzgues por ti mism@ si es de verdad taaan triste o solo estoy exagerando, ¿no? 
Solo te digo que no me colgaron la etiqueta de Drama Queen por nada. 😛
Así que pasa y escoge butaca. Tienes todo el teatro a tu disposición, no te podrás quejar. Saca los clinex, que buena falta te van a hacer; avisad@ quedas. Y, en definitiva, prepárate porque las luces están a punto de apagarse para que el telón se alce y de inicio la representación. 
No lo demoraré más. 


¡Que empiece el último acto de esta tragedia! 😟

* * *

Yuri regresó al hotel después de dejar a Luka en comisaría. Había esperado allí, sentado al volante de su coche, hasta que el chico, hecho polvo por la paliza que Boris y Sergei le habían propinado, traspasó el umbral del edificio. Solo entonces encendió el motor de su Mercedes y se alejó. 
Una hora después, cuando metió la tarjeta en la cerradura de su habitación, tuvo la certeza de que todo había terminado. 
La puerta se abrió y él sonrió amargamente al comprobar, una vez más, el excelente trabajo que los hombres de Nóvikov, de los cuales había formado parte hasta el día anterior, eran capaces de realizar. Al punto de introducir un cadáver en la suite de un lujoso hotel sin que nadie se percatase de ello. 
Sobre la cama reposaba el cuerpo inerte de Katherina. Aún vestía las mismas prendas que había llevado esa noche, cuando acudió a él. Todas, a excepción del pañuelo empapado en sangre que  Yuri guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y se acercó a lo que quedaba de la mujer que amaba haciendo gala de una sangre fría inaudita. 
Ella parecía dormida. Quienquiera que hubiese sido el que la dejó allí tuvo la delicadeza de cerrarle los ojos, y su cuerpo vacío no presentaba más signos de violencia que un tajo en la garganta. El corte a través del cual se le había escapado la vida. 
El hombre se sintió aliviado. Comparado con la agonía que imaginó para ella antes de morir, aquello no era nada. 
Se sentó en la cama y, con sumo cuidado, cubrió el corte con el pañuelo. Lo hizo preso del temblor que le sacudía las manos mientras intentaba anudarlo. Se dio cuenta entonces de que Katherina aún lucía su mitad del pequeño corazón de plata que compartían. Un detalle que, pese a la infinita tristeza que lo hundía, consiguió arrancarle una sonrisa. Preso de una súbita ternura, que le retorció las entrañas provocándole un dolor agudo, se inclinó y enterró la nariz en el cabello desperdigado sobre la almohada. Las delicadas hebras todavía desprendía el aroma dulce que siempre envolvía a su dueña. El cuerpo de la esposa de Nóvikov ya estaba frío, pero la muerte había arrancado a su rostro el peso de la tristeza y la soledad que padeció durante su matrimonio. Se parecía a la niña de la foto que Yuri escondía en el cajón de su mesita de noche más de lo que él recordaba. Estaba tan hermosa como lo estuvo hacía solo unos horas antes, cuando abrió la puerta de la suite y la encontró, despeinada y a medio vestir, esperándolo con urgencia.
Permaneció de ese modo, abrazado al cuerpo de la que nunca fue su mujer, durante horas; víctima de una  extraña mezcla de tristeza y alegría que pesaba a partes iguales sobre su ánimo. 
Las últimas luces del atardecer se colaban por la ventana cuando se quito el abrigó y envolvió en él el helado cuerpo de Katherina, sin pararse a pensar que a ella el gesto ya no le servía de nada. Se levantó con el liviano cuerpo femenino en sus brazos y, cargándola así, salió de la habitación sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Abandonándolo todo a su espaldas huyó del edificio utilizando la escalera del incendios, eludiendo miradas. Después, metió a Katherina en el coche, depositándola con cuidado en el lugar que un rato antes ocupó Luka. Tomó asiento a su lado y arrancó, guiando el volante con la izquierda mientras con la derecha aferraba una de las ateridas manos de su ausente compañera.  
Condujo con calma, con tranquilidad. Ya todo daba igual. No se escondía, ni huía de nada ni de nadie. Por el contrario, esperaba con ansia el momento en que Nóvikov, o alguno de sus enviados, diese con él. 
Quería regresar al pueblo andaluz en el que había vivido los últimos veinte años. El mismo que se convirtió en una prisión para Katherina. Cuando se detuvo junto a la pequeña ermita erigida a las afueras de la localidad costera faltaban pocas horas para el amanecer. 
Recordaba con detalle la primera vez que vio ese edificio. Fue pocos días después de llegar a España, cuándo se reencontró con su confidente de la infancia y descubrió que, ahora, era la esposa de Alexey Nóvikov. Y, pese a que ni él mismo se explicaba por qué, por alguna razón halló allí unos escasos minutos de tregua a la amargura que desde ese momento, y ya para siempre, se convirtió en su compañera de vida. Sería por eso por lo que había vuelto a menudo, buscando un poco de consuelo. 
A decir verdad, Yuri no era católico. Tampoco profesaba ninguna otra fe. Había visto demasiadas atrocidades en esta vida para creer que pudiese existir algo más allá de ella. Pero Katherina sí profesaba un fervor auténtico. Quizás por eso cada vez que veía la ermita pensaba, sin proponérselo, en la mujer del jefe; en lo mucho que deseaba que estuviese allí, con él y lejos del hombre que cortaba las alas de ambos. 
La tarde que le prometió que haría llegar a su madre la postal que eligiese, Katherina se decantó por una imagen que mostraba ese paisaje bañado por la dorada luz del atardecer. Para Yuri aquello fue una señal que consagró la ermita como un símbolo del nefasto sino que ambos compartían. No podía pensar en un mejor lugar para aguardar a su destino. 
Descendió del vehículo y volvió a tomar en sus brazos el cuerpo de Katherina. Caminó unos pasos, no muchos, y sin buscar asiento se dejó caer en el suelo con ella en su regazo; abrazándola tan estrechamente que costaba diferencia donde acababa el cuerpo de una y comenzaba el del otro. Quería que las lágrimas acudiesen a sus ojos, permitiéndole de ese modo descargar el dolor que pesaba sobre su pecho, aplastándolo. Verdaderamente, le habría encantado que eso ocurriera. Pero no fue así, no pudo llorar. El llanto se hizo rogar y  no le permitió liberarse de su carga. 
Así permaneció; helándose, respirando con una creciente dificultad mientas mataba el tiempo desenredaba con los dedos el suave y despeinado cabello de la mujer que descansaba en su regazo.
Fue una noche larga que se le pasó en un suspiro.
Una noche insomne en la que no acusó la falta de sueño.
Una noche terrorifica en la que no tuvo miedo, solo sintió una infinita tristeza fundida con la paz que disfrutan los muertos.
Casi amanecía cuando escuchó el sonido de dos coches acercándose, los cuales se detuvieron bruscamente y aparcaron junto al suyo. Pudo oír que de cada uno de ellos descendieron varios hombres con una prisa peligrosa; y sus voces, sus gritos. Aunque no distinguió lo que decían. Su alma estaba ya demasiado lejos de allí. Había viajado kilómetros y años atrás y en ese instante corría tras una guapa niña vestida con el uniforme del colegio, a la que lanzaba bolas de nieve que ella trataba de esquivar inútilmente. Fue por eso por lo que no pudo ver a Boris liderando la jauría humana que se precipitaba hambrienta sobre él, blandiendo bates de béisbol y ansias de revancha. 
No sintió nada; para entonces ya no estaba dentro de su cuerpo. Durante aquella madrugada volvió al pueblo cubierto de nieve en el que creció junto a Katherina. Cuando el bate que portaba Boris golpeó su cráneo con brutalidad, rompiéndolo, Yuri se sumió en un profundo pozo de oscuridad del que ya nunca regresaría. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

La triste historia de Yuri y Katherina (¿relato?)

Yuri Lébedev nació en un pequeño pueblo cercano a San Petesburgo, en el seno de una familia de clase media. Si bien era cierto que nunca había nadado en la abundancia tampoco arrastraba un pasado de pobreza y privaciones que justificasen que se hubiese convertido en el hombre que era. Fue un niño normal, y luego un chico del montón, en un ambiente común y tranquilo en el que la gente no tenía que huir ni esconderse de nada ni nadie. Donde la vida estaba por encima del dinero y cada quien era dueño de su destino. 
Ya ni siquiera recordaba en qué momento había perdido él ese derecho; cuándo dejó de pertenecerle su propia vida. 
Tampoco es que las fechas importasen mucho. 
Siempre fue ambicioso. Deseaba poseer todas esas cosas que estaban fuera de su alcance, tener más que los demás y que lo respetasen. Fue de ese modo como entró en contacto con Nóvikov, quien por aquel entonces todavía no era el hombre aburguesado que había visitado esa misma noche, sino un siervo más a las órdenes de un jefe todopoderoso. Un tal Vorobiov quien, al igual que hacía él ahora, operaba desde la sombra; desde la seguridad de un despacho en una casa de lujo. 
El joven Yuri llamó la atención de Nóvikov desde el principio. Era valiente y decidido. Dispuesto a todo con tal de triunfar en la vida. No podía imaginarse, en aquel entonces, que estaba en camino de conseguir todo lo contrario.
Se esforzaba por complacer, aprovechando todas y cada una de las oportunidades que se le daban. Lo hacía sin percatarse de que, en realidad, tales oportunidades no existían y lo que aquel hombre estaba haciendo era ponerlo a prueba, examinándolo para asegurarse de si le servía o no. Enredándolo en su trampa para que, aunque quisiera, ya nunca pudiera escapar de aquel mundo. Ni de él. 
Así pasó de ser un simple mensajero que llevaba y traía sospechosos paquetes a trabajar directamente con Nóvikov, convirtiéndose en su mano derecha. Hasta que llegó su prueba de fuego: acabar con Vorobiov para que su mentor pudiese hacerse con el poder. 
Al aceptar la oferta y sesgar la vida de ese hombre también la de Yuri quedó irremediablemente condenada. Nóvikov pasó a la cabeza de la organización y el joven se convirtió en una de sus manos derechas. Ganó todo aquello con lo que había soñado desde que no era más que un niño. Pero perdió lo que más amaba. Se dio cuenta demasiado tarde de que también era lo único que necesitaba: Katherina. La chica que vivía en la casa contigua a la suya, con sus padres y su hermana pequeña. La que era tan bonita que su madre estaba segura, y así lo proclamaba sin ningún pudor, de que llegaría a hacer un buen matrimonio y a convertirse en una mujer rica. 
Ella había sido el único punto de luz y cordura en medio de la locura de su juventud. La única que lo entendía y aceptaba tal y como era. Solo en ella podía confiar y contarle todo. 
Ojalá no lo hubiese hecho nunca. 
Katherina era tímida, lo suficiente joven e ingenua para creer en las promesas de un hombre sin escrúpulos como Alexei Nóvikov. Lo bastante tonta para darle algún valor a la palabra de un gánster.
Pocos días después de oír por primera vez la petición que el jefe le hizo de matar a Vorobiov, planteándoselo como un favor personal y no como el mandato que en realidad era, Yuri se enteró de que Katherina estaba comprometida en matrimonio con un rico hombre de negocios. Fue entonces cuando aceptó el encargo que en un primer momento había rechazado rotundamente.
No cedió cuando su padre fue atacado al regresar del trabajo por tres hombres que le dieron una paliza. Tampoco cuando la tienda que regentaba su madre ardió misteriosamente. Pero, ahora, movido por su estúpido despecho, corrió a Nóvikov para decirle que aceptaba su encargo.Como si al arrancarle la vida a ese hombre estuviese matando aquello que ella había amado de él. Como si se vengase por haberlo abandonado.
La primera decisión que tomó el nuevo líder, una vez se hubo hecho con el mando, fue la de trasladarse al sur de España. Enclave privilegiado para introducir en Europa las dañinas sustancias con las que traficaba. No tardó en hacer venir a sus hombres de confianza, Yuri el primero.
Fue entonces cuando volvió a ver a Katherina, en casa de Nóvikov. Lucía ese aire triste que ya nunca la abandonaría y un caro anillo en el dedo anular de su mano derecha. Se había casado con aquel tipo que le doblaba la edad creyendo la estúpida promesa de que con ello recuperaría para Yuri la libertad que este había perdido, y que ya nunca volvería a tener.
«¡Qué tonta fuíste!», gritó internamente, conduciendo por las calles hasta su apartamento por puro instinto. La muy ingenua ni siquiera se había planteado que su recién adquirido marido no cumpliría su parte del trato. Mucho menos podía imaginar que no existía nada, salvo la muerte, que pudiese liberar a Yuri.
«Hay caminos que son solo de ida, nunca de vuelta». Él conocía el significado de aquella frase mejor que nadie. La había sufrido en carne propia. Continuaba sufriéndola.
Lo que hizo Nóvikov no fue arrebatarle a la mujer que amaba. Al jefe la desdichada Katherina no le importaba. No la consideraba más que una bonita muñeca y, de esas, él podía pagar cuantas quisiera. Era un estúpido misógino que no otorgaba ningún valor a las mujeres. Por eso mismo jamás podría amar a una.
Katherina era la garantía que le aseguraba la lealtad absoluta de Yuri. Con ella en su poder sabía que también él lo estaba. Qué no volvería a desobedecerlo nunca más. Tenía en sus manos lo único que le importaba; lo único que amaba. Era como si le hubiesen servido su corazón en bandeja de plata.
Katherina no solo no había conseguido salvarlo, sino que con su sacrificio lo condenó de por vida. Los condenó a ambos. Yuri sufría por él, pero aún lo hacía más por ella. Y no podía evita sentirse culpable cada vez que recordaba a la niña alegre que jugaba con la nieve, en su pueblo natal, y la comparaba con la mujer triste que rondaba lujosos salones en una casa que era su prisión.


* * *

He incluido este texto en la categoría de relatos, pero en realidad no lo es. Lo que he compartido contigo es solo un pedacito de una narración muuuuuucho más extensa. 
Siempre digo que El cielo de Bangkok es mi primera novela, y es verdad. Pero, como te imaginarás, uno no se levanta una mañana y, de la nada, se sienta a escribir una historia de trecientas páginas o más. ¡Qué va!, esto es como echar a andar: empiezas dando pasitos pequeños, titubeantes; vas cogiendo confianza, te animas a dar un paseíto, luego una carrera...
Digamos que lo que has leído estaría en esta etapa, la de querer echar a volar sobre las suelas de mis zapatos. 
Este "relato" forma parte de mi primer intento de novela cuántos años hace de esto. Una aventura en la que me embarqué sin ningún tipo de preparación, dejándome llevar por lo que se me pasaba por la mente y se escurría por las yemas de mis dedos sobre el teclado. Así el resultado de la misma fue... ¡Un despropósito! aprovecho para insistir en la necesidad de hacer un trabajo previo antes de empezar cualquier proyecto literario. Los protagonistas quedaron completamente opacados por el villano y su trágica historia. Un hombre que, a medida que se iba revelando ante mí, pasó de no ser tan malo a convertirse en un auténtico héroe. Si me hubiese extendido un poco más, al final habría terminado canonizándolo 😜. Estoy segura. 
Lo que comparto es un flasbak que metí para justificar las tropelías de este tipo malo que me enamoró. Un retazo de su pasado para comprender su presente. 
Yuri y Katherina son mi asignatura pendiente. ¡Cuántas veces he pensado en reescribir esta historia tan viejita para darle a ellos el rol principal que merecen por derecho!
¿Qué por qué no lo hago? Pues, verás, es que su final no fue el mejor. Todo acabó del único modo posible para un amor tan desdichado😔. Y, por más que me devano los sesos buscándoles una salvación... Todavía no doy con ella. 

miércoles, 10 de julio de 2019

La llamada (relato)

No puedo creerlo. Más aún que eso: ni siquiera puedo entenderlo. 
La voz al otro lado del teléfono suena alta y clara, pronunciando palabras en un idioma que conozco bien. Y, aun así, mi cerebro es incapaz de descodificarlas; de despojarlas del terrible significado que esconden. 
Señora Salazar, lamento informarle que hemos hallado el cadáver de su hijo me comunica ese hombre. Lo hace de una manera directa, seca... despiadada. 
Quiero preguntar, exigir que me relate los pormenores. También que me diga si se trata de algún tipo de broma macabra. Pero, además de para recibir, compruebo que mi cerebro ha perdido la capacidad para emitir mensajes en mi propia lengua. 
Seguro que el que está del otro lado de la línea se ha dado cuenta de mi ineptitud, porque se salta mi turno de réplica para pasar a relatarme los detalles igual que si me hubiese leído la mente. 
Lo encontramos esta mañana, en su casa. Aún debemos esperar los resultados de la autopsia, pero todo apunta a que ha sido un suicidio...
¡Piiiii...!
Un pitido afilado e infinito me taladra los oídos. Primero creo que proviene de la línea, que la comunicación se ha cortado. Pero, cuando la oficina empieza a girar como si estuviese subida a un carrusel de feria, entiendo que es mi cabeza la que, otra vez, esta fallando en el cumplimiento de sus funciones más básicas. Ahora, es el equilibrio lo que me da problemas. A tientas me dejo caer en la silla de mi escritorio, incapaz de sostenerme un segundo más sobre mis propios pies. Me desplomo en ella como un peso muerto.
"Muerto".
La palabra adquiere un significado completamente diferente al que tenía solo unos minutos antes. Uno más profundo, infinitamente más doloroso; real. 
Mi vida con Darío pasa frente a mis ojos, como en una película rebobinada a toda velocidad. ¡Qué digo película! Un cortometraje se ajusta más a la realidad. Mi hijo era solo un niño cuando me divorcié y lo dejé al cuidado de su padre. Renuncié a él en favor de mi trabajo. Por aquella época mi profesión lo era todo para mí, y la vida de esposa y madre se me presentaba como una pesada carga que cortaba las alas a mi necesidad de autorealización. 
Prioricé mi tiempo sobre el de mi hijo. Probablemente lo hice por egoísmo, pero también porque estaba convencida de que el mío tenía una fecha de caducidad más próxima que el de él.
No imaginé que se marcharía primero.


* * *

Este texto es el resultado de una práctica propuesta en el curso de escritura al que estoy asistiendo en este momento. El arranque de una novela cuya trama se centra en una madre a la que comunican que su hijo, presunto culpable de violencia de género, se ha suicidado tras asesinar a su mujer. De modo que la protagonista, esta mamá que es una importante mujer de negocios que antepuso el desarrollo profesional a su familia, tiene ahora que hacerse cargo de una nieta adolescente. Todo ello mientras intenta justificar ante la sociedad las acciones de su hijo. En parte, para acallar la culpabilidad que siente al pensar que no estuvo con él mientras se convertía en adulto. 
Una historia ligerita, alegre y para dejarnos un buen sabor de boca, como puedes ver. 😅
No es mi género, no soy una escritora social y el tiempo para la composición de la redacción fue de unos pocos minutos. Aclaro todo esto porque, la verdad, no es el escrito del que más orgullosa me siento. Al igual que la señora Salazar, yo también me estoy justificando.
He hecho mi mejor esfuerzo y he aquí mi propuesta para abrir la historia. Ahora, tú decides si merezco que me apedreen o no. 😜

domingo, 12 de mayo de 2019

Algodón de azúcar (relato)

Una nieve fina, de copos diminutos como pequeños granos de arroz, comenzó a caer. Igual que si alguien hubiese estado esperando tras una esquina el momento justo para ello. Como en una película, en la que clima se funde con la trama para hacer más intenso lo que el espectador ve en la pantalla. Solo que allí no había un guion, ni nadie que pudiese prever lo que iba a pasar. Solo Jenny lo sabía; había tomado la decisión a solas y en el misma soledad la había guardado en su interior, para ella. Era lo mejor. 
Aguardó junto al tiovivo, envuelta en la melodía que acompañaba cada uno de sus giros y las risas de quienes cabalgaban a lomos de sus caballos tallados. Corceles de ensueño para recorrer eso, una fantasía que apenas duraba unos pocos minutos. 
Al otro lado de la calle Baro esperaba su turno frente al puesto de algodón dulce. De tanto en tanto giraba el cuello, le regalaba una mirada sobre el hombro y una sonrisa. Mitad disculpa por la tardanza, mitad necesidad de asegurarse de que ella no se había cansado de esperarle. Jenny lo saludaba entonces agitando la mano en el aire. Un adiós, ese era el gesto que se hacía al despedirse. Pero él no parecía entenderlo y era mejor que fuese así. Por lo mismo había preferido guardarse aquello, ese final decidido unilateralmente, solo para ella. 
Dicen que el amor basta. Que, si es verdadero y fuerte, puede vencer cualquier obstáculo que se le presente en el camino. Pero es mentira. En el mundo hay demasiadas cosas capaces de triunfar sobre el amor. El ser humano, con su gusto por las normas, los convencionalismos y el decoro así lo había dispuesto. Jenny lo sabía, y Baro... Él también. Aunque fuese lo bastante inconsciente para pensar que podría anteponer sus sentimientos a todo lo demás. No solo en aquel presente edulcorado por el sueño que vivían. También en el futuro, cuando la fantasía hubiese encallado en la realidad. 
Al muchacho al fin le llegó su turno y, tras pagar, se dio media vuelta para volver a su lado con una pequeña nube rosada en la mano. Algodón de azúcar. Un símil perfecto de lo que estaban viviendo. Recién nacido ese dulce era esponjoso, bello y casi irreal. Pero, si no se come a su debido tiempo, se marchita. Si uno pretende guardarlo para siempre se echa a perder y termina siendo un triste remedo, raquítico, de lo que fue en su origen. 
Eran de mundo distintos. Exponentes de dos razas, dos culturas y hasta dos religiones. Jenny abandonó su Edimburgo natal para trasladarse a aquel país del sudeste asiático llena de ilusión, pero jamás esperó encontrar aquello; conocerlo a él. Era aumentar su historial académico, no hallar a un compañero con el que caminar juntos la senda de la vida, lo que fue a buscar tan lejos. 
El algodón de azúcar llegó ante ella salpicado de pequeños copos de nieve, espolvoreado en un irreal azúcar glas. Lo tomó sonriendo, arrebatándolo de las manos de quien lo portaba. Baro se dejó liberar de la livianísima carga que transportaba y pellizcó la cumbre de esa nube para arrancarle un gran pedazo que se metió entero en la boca, dejando que se deshiciese en su paladar. Ansioso, como siempre: desmedido, como en cada cosa que hacía. A los veintidós años aquel muchacho era el paradigma de la juventud. Vivía como si no hubiese un mañana y decidía como si sus acciones no fuesen a repercutir en nadie más. Se olvidaba que tenía una familia, y que en la sociedad en la que había sido criado, a la que pertenecía, ese era el núcleo de todo.


Una chica de clase obrera, blanca, católica e independiente ni encajaba ni sería aceptada en el universo al que pertenecía. No era una suposición, ya había quedado claro. La lucha para lograr lo contrario era, simplemente, un masoquista intento por alargar una agonía que terminaría en muerte. La del sentimiento que los unía. Era imposible sobrevivir en un entorno tan hostil. 
¿Qué quieres montar? preguntó despreocupado, risueño y con la boca tomada por el sabor extra dulce del algodón y de su humor.
Jenny sonrió.
El tiovivio respondió ella, consciente de que la atracción quedaba a su espalda. 
Era absurdo ir más lejos de donde estaban. Unos minutos para soñar, un paseo irreal por un recorrido artificial. Eso era todo lo que el futuro reservaba para ellos, con eso debían conformarse. 
Aquella noche, cuando Baro la dejó frente a la residencia para estudiantes en la que se estaba alojando, Jenny subió a su cuarto solo para recoger el equipaje que ya había preparado. 
Su vuelo salía en cuatro horas; el tiempo para soñar había terminado.

lunes, 28 de enero de 2019

La madrastra de Blancanieves (relato)

Claro que soy consciente del papel que juego en la historia. Juventud y belleza es una combinación letal, irresistible para el populacho. A una adolescente de rostro encantador se le perdona todo. En ella, los defectos son adorables y los errores prueba de su inocencia. No hay quien no se enternezca con las meteduras de pata de un ser angelical.
¿Cómo no iba a tocarme a mí ser la mala? 
Lo que olvida la gente es que yo también fui joven una vez. Muy joven. Lo era cuando, para satisfacer intereses ajenos, me vi forzada a contraer matrimonio con un hombre mucho mayor que yo y padre ya de una niña. 
—¡Un rey! me dijeron, creyendo que el título bastaría para contentarme. 
Pero no fue así, no bastó. Ni de lejos lo hizo.
La verdad es que la de reina nunca fue una profesión por la que sintiese vocación. Demasiada responsabilidad. A la muchacha que fui le gustaba cambiar las almidonadas enaguas de sus vestidos por pantalones de montar para salir a cabalgar, devoraba cualquier novela de aventuras que cayese en sus manos y soñaba con conocer a los héroes que las protagonizaban. Un desarrapado pirata me habría atraído más que el poderoso monarca al que fui entregada.
Mi matrimonio fue un contrato, no el acto de amor con el que cualquier jovencita sueña. Mi familia ganó poder e influencia gracias a él, mi nuevo marido una niñera a tiempo completo para su hija y la promesa de engendrar de nuevo. Mi obligación era parir al príncipe heredero que todo reino necesita. Por desgracia, mi vientre, aunque joven, resultó no ser fértil. Tras años de matrimonio, y de soportar las visitas a mi alcoba de ese hombre que se amparaba en sus derechos maritales para tomarme cuando le venía en gana, la preñez seguía sin arraigar en mí. Así pasaron los años, cada uno de ellos me cayó encima mermando las posibilidades de cumplir con mi deber como reina y menoscabando la dulce juventud de protagonista de cuento. Poco a poco, dejé de ser la muchacha que soñaba con piratas para convertirme en la mujer acostumbrada a las intrigas palaciegas. 
No fue una elección, sino una cuestión de supervivencia. 


La muerte de mi marido no supuso una liberación. Para cuando esta aconteció yo ya había aprendido que, una vez encerrado en la jaula, el pájaro pierde cualquier opción de ser libre. La verdadera razón del cautiverio no está en la falta de libertad. Más bien, el problema radica en que, de escapar, tendría que enfrentar un mundo en el que no sabría sobrevivir. Una existencia nueva y aterradora, como lo es todo lo desconocido. Por no hablar de que yo, aunque viuda, seguía siendo reina. Un cargo del que no es tan sencillo despojarse. 
Al deceso del soberano estalló la guerra dentro del consejo real. Los hombres que dominaban el país se vieron en la tesitura de elegir a una mujer como cabeza visible del gobierno: la heredera o la viuda. A falta del tan ansiado príncipe tocaba posicionarse. Naturalmente, la joven princesa ingenua, manejable y con las opciones de ser fecundada de las que yo había dado muestra de carecer se presentó como la mejor alternativa para la mayoría. Ese fue el origen de la leyenda negra que me perseguiría ya de por vida, el nacimiento de la bruja. Un título que me gané a fuerza de estudiar las propiedades medicinal de las plantas. 
¿No es irónico el modo en que la educación puede volverse en algo maligno si es una mujer quien la posee? 
Las cualidades innatas de Blancanieves para ganarse el rol de "la buena" ya las he mencionado. Por lo demás, sus partidarios en el consejo se encargaron de difundir las virtudes y desdichas de la princesita con el fin de granjearse los corazones del pueblo. Pura estrategia política, todo el mundo sabe que la plebe adora el melodrama. 
No tardó en correr de un extremo a otro del reino el chisme de que la usé de fregona. Una falsedad. No fui más allá de pedirle que pusiera un poco de orden en el basurero que tenía montado en sus aposentos. Lo que cualquier madre ha hecho infinidad de veces. Y a mí, me gustase o no, este era el papel que me había tocado desempeñar con ella 
Fue una época complicada, convulsa. En mi vida profesional y, también, en la sentimental. Y es que, más allá de las luchas por el trono, él llegó por aquel entonces. 
Vino al palacio para asistir a las exequias del difunto soberano, como tantos otros mandatarios y nobles de los países vecinos. Sé que a muchos les resultará indecoroso que, con el cuerpo de mi marido aún caliente, yo tuviese el mío receptivo al atractivo de otro hombre. Uno que, para acabar de rematar mi imagen de arpía lasciva, era mucho más joven que yo. Pero ya he dicho que mi matrimonio no estuvo marcado por el amor. Y, quizás por eso, dentro de mí la joven aplastada por el peso de los años y las responsabilidades agonizaba sin decidirse a morir. 
¿Tan mal está que, como cualquier mujer, también me rindiese al deseo de amar y ser amada?
A su lado recuperé el gusto por la lectura, retomé los largos paseos a caballo y, sobre todo, descubrí que podía mostrarme como una mujer frente a un hombre. Uno que no esperaba encontrar en mí ni la sumisión, ni el recato, ni el instrumento para perpetuar su linaje que me habían obligado a ser. Alguien que al mirarme veía más allá de mi estatus, mi infertilidad y mis años. Un ser humano capaz de aceptarme tal y como soy. 
Sí, sí; ya lo sé. El príncipe es de Blancanieves. Es lo que estás pensando, ¿no? Pues déjame decirte algo: te equivocas. En realidad, fue a mí a quien él declaró su amor. El edulcorado cuento de hadas que conoces solo es parte de las estrategias políticas de los partidarios de mi hijastra. El matrimonio entre los dos jóvenes herederos se planteó como una alianza igual de ventajosa que en su día lo fue mi propio enlace. Por eso, a pesar de la rivalidad forzada por otros que sufríamos, sentí pena por la princesa. Yo, mejor que nadie, sé lo que es ser utilizada como instrumento para conseguir poder.  
Pero no creas que pretendo negar todo de la versión oficial. Hay cosas que si sucedieron tal y como las has oído. Por ejemplo, lo del espejo. Eso lo admito. Es verdad que me la pasé frente a él, preguntándole una y otra vez quién era la más bella del reino. Una frívola estupidez, lo sé. Pero, cuando sales con un hombre mucho más joven, es inevitable sufrir ciertas inseguridades. Que se me marcasen las arrugas empezó a preocuparme más de la cuenta. Coquetería femenina.
También es verdad que mandé asesinar a la princesa. Una decisión de la que no me siento orgullosa,  debo decir, pero que me vi obligada a tomar. Cuando la situación se recrudeció entre los dos bandos enfrentados por ver quién lograba sentar en el trono al títere que pretendían usar en su beneficio, hube de elegir entre ella o yo. Y fui egoísta porque, por primera vez en años, volví a sentirme viva. Como en aquel tiempo lejano en que recorría las tierras de mi familia a caballo. Sé que no es justificación, pero no quería morir cuando comenzaba a recuperar mi existencia. 
Tú, que me juzgas tan fácilmente, ¿habrías tomado una decisión distinta?
Sobra decir a qué facción pertenecía el infeliz cazador a quien encomendé el trabajo. Nunca he tenido ojo para calar a la gente, ya ves. 
Sin embargo, el castigo más grande al pecado que quise cometer vino de la mano de quien más daño podía hacerme. Mi amado príncipe, hombre justo y noble como ninguno. Él, decepcionado de mí, al descubrir mi tentativa de asesinato puso de inmediato fin a nuestros ilícitos amores. Se rindió a la voluntad de su padre y aceptó unirse en santo matrimonio con la que todo el mundo consideraba la gran victima de la historia. La esposa adecuada. 
Me abandonó. Lo hizo y se unió a la partida de búsqueda de Blancanieves, que todavía andaba perdida por el bosque que conocía de memoria. El que rodeaba nuestro palacio y por el que tantas veces había paseado. Ya digo que no era una chica muy inteligente, tengo sus calificaciones escolares para probarlo. En fin, eso ahora es lo de menos. Lo relevante está en el hecho de que, cuando los voluntarios dieron con ella, mi príncipe no se demoró y le pidió que fuera su esposa. El resto ya lo sabes, es el momento más sensiblero de la crónica. Los escritores tienen vicio por adornar la realidad. 
¿El capitulo de la manzana? No, no me lo he saltado a propósito. De hecho, iba a explicarlo en este momento. 
Como ya he mencionado, mi arrepentimiento fue sincero. Perdí demasiado la primera vez que pretendí acabar con la vida de mi hijastra como para intentarlo una segunda. De modo que no; no era veneno, sino caramelo, lo que recubría el manjar que le obsequié como muestra de mi buena voluntad y deseo de sellar la paz. Si la muy boba se atragantó al primer mordisco, ese ya no es mi problema. Aun así, no es para tenerle pena. La infeliz supo aprovecharse de la situación y montó el númerito solo para que el príncipe le hiciese la respiración asistida. La jugada le salió redonda. Así me demostró que no era tan tonta como siempre supuse. Ni tan ingenua como todos la consideraban. 
En cualquier caso, quiero aclarar que, al final, el tiro le salió por la culata. Aunque la justicia divina se demorase mucho más de lo necesario, esto es un cuento, querid@. No hay modo de que el amor no triunfe.  Tú aguarda un poco más, que aquí viene lo bueno. 
Tras la boda de pompa y boato, mi hijastra se trasladó al reino de su nuevo marido. Yo, como única opción posible ya, quedé al mando de nuestra nación. Está mal que lo diga, pero mi labor como mandataria ha sido inmejorable. Clara muestra de un gobierno ejercido con la cabeza. Mejoras en sanidad, mayor inversión en educación, reducción de la tasa de desempleo y, por supuesto, incremento de la presencia femenina en el ámbito profesional... Por más arpía que me consideren, nadie puede negar la bonanza vivida durante mi reinado. Mi encomiable labor es siempre elogiada en las convenciones de los Siete Reinos. Esas en las que me he reencontrado con mi amado príncipe, que ya ha sido promovido al cargo de rey. En fin, nos movemos en el mismo círculo profesional. Lo raro habría sido que no hubiésemos vuelto a coincidir después de la boda. ¿No te parece?
¿Qué puedo decir? Una cosa llevó a la otra y... Bueno, bien dicen que donde hubo fuego cenizas quedan. Puedo dar fe de ello. 
No se lo digas a nadie, pero hemos retomado nuestra relación y, ahora, él está pensando divorciarse. Total, ¿qué más da? No sería ni el primero ni el último en hacerlo. Hoy día estas cosas pasan hasta en las familias reales. Me ha prometido que, cuando sea libre, vendrá a mí, y ya nada ni nadie podrá separarnos. Soy consciente de que, cuando esto pase, mi mala prensa volverá a subir como la espuma. Y que Blancanieves reforzará, una vez más, su imagen de victima —me pregunto qué cuento no será capaz de inventar esta vez para quedar como la sufrida heroína . Pero, honestamente, a estas alturas me importa menos que nunca lo que se diga de mí.
De todos modos, yo soy la bruja, ¿no?

sábado, 28 de julio de 2018

Un lugar para enamorarse (relato)


La verdad, mamá, no sé por qué te has empeñado en hacer este viaje así, tan de repente, y precisamente en este momento. ¡La abuela acaba de morir!
Rosa miró a su hija sonriendo enigmáticamente y se ajustó en el hombro el tirante del enorme bolso de mimbre que llevaba. 
¿Tanto te molesta pasar unos días en la playa con tu madre?
Sabes que no. Es solo que no entiendo por qué te ha entrado tanta prisa por venir aquí.
Es un lugar precioso.
Bueno..., si. Eso es verdad concedió Clara con el eterno tono inconformista natural de sus diecisiete años. 
Hunde bien los pies en esta arena, Clara le dijo Rosa, haciendo ella lo propio; recreándose en la suavidad de esa orilla y la frescura del mar que bañaba sus tobillos, aquí están tus raíces.
La adolescente la miró con el entrecejo fruncido. 
Cuando te pones metafórica eres un rollazo. 
La mujer rió al tiempo que le rodeaba los hombros con un brazo.
No es una metáfora. Es aquí donde nació la abuela Teresa―. Se detuvo, queriendo remarcar sus palabras con el gesto―. Su casa estaba justo allí. El ayuntamiento la derribó hace unos años por infringir la ley de costas. 
Pues qué pena. Tenía que ser una pasada levantarse todas las mañanas oyendo cómo las olas rompen en la orilla. 
Sí, el mar encierra tantos misterios...
Si estás intentando contarme una de tus historias arranca de una vez. 
La mujer no dejó caer en saco roto la impaciencia de su hija y, haciendo a un lado los preliminares, obedeció y fue directa al grano. 
Tu abuela era muy joven cuando el Olimpia, un gran buque mercante, arribó al puerto del pueblo. Era una calurosa mañana de principios de verano y todo el mundo se acercó para ver la impresionante embarcación y el ir y venir de la tripulación. Esa fue la primera vez que los ojos de Teresa se cruzaron con los de Steven, uno de los marineros. Y también la primera vez que el corazón le latió desbocado dentro del pecho, anticipándole los misterios de un sentimiento del que aún no sabía más que lo que había leído en los libros. Así, desde la distancia y rodeados por una multitud que dejó de existir para ellos, ambos compartieron una mirada que los unió para siempre. Naturalmente, la cosa no fue a más y una vez que el gentío, con la curiosidad satisfecha, se retiró, tu abuela regresó a casa y el muchacho a sus quehaceres. Pero el destino juega con sus propias reglas y siempre consigue aquello que se propone. Así, en los dos días que el Olimpia estuvo atracado en el puerto, Teresa y Steven se encontraron, sin buscarse, en cada rincón del pueblo. Tiempo suficiente para que el marinero decidiera que había encontrado aquí algo que no había podido hallar en ningún otro lugar. Cuando el buque zarpó él ya no viajaba en su interior y, durante meses, los dos se amaron a escondidas; inventando excusas para verse, a espaldas de todos, en los lugares más insospechados. Hasta que, justo el día en que se cumplía un año de aquella primera mirada que cruzaron en el puerto, Steven se presentó en la casa de la playa ―Rosa señaló con un dedo el lugar en el que esta estuvo― dispuesto a pedir la mano de Teresa. 
¿Y la cosa no fue bien? preguntó Clara, para despejar el súbito silencio de su madre. 
El padre de Teresa, José, tu bisabuelo, era un hombre muy orgulloso. Todo un señor farmacéutico que no iba a permitir que su hija pequeña se casase con un Don Nadie. 
No era nada clasista, ¿a que no?la muchacha hizo una mueca de desagrado―. ¿Y así terminó todo?
¡Por supuesto que no! Steven amaba demasiado a Teresa para darse por vencido. Buscó trabajo y decidió ahorrar un poco de dinero para poder casarse con ella. Se embarcó en un pesquero, dejando a tu abuela con la promesa de que en tres meses regresaría y ya nunca volverían a decirse adiós.
Y no volvió se adelantó la chica al final de la historia―. Típico de los tíos, ¡qué asco!
No, no volvió corroboró su madre con expresión triste―. El mar se tragó la embarcación dos días después de que hubiese zarpado. No hubo supervivientes... y el cuerpo de Steven jamás se encontró. 
Ni siquiera la rebeldía juvenil de Clara tuvo respuesta para un final tan trágico e inesperado como aquel. 
Murió. Pero tu abuela se negó a aceptarlo y, cada noche, bajaba a la playa. Se detenía en el mismo lugar en el que estamos nosotras ahora, con una vela encendida en la mano para ayudarlo a regresar a ella, tal y como le prometió al partir. Ese fue el gran amor de su vida. 
¡El gran amor de su vida fue mi abuelo! protestó la muchacha con una indignación bastante infantil.
No, cariño la corrigió pacientemente su madre. Igual que hacía cunado llegaba a casa peleada con algún amigo del colegio―. Él fue solo el remedio que buscó José el farmacéutico cuando descubrió que su hija estaba embarazada de tu padre. 
¡Eso te lo has inventado!
Hay que aceptar las cosas como son. Aquel marinero extranjero fue el gran amor de su vida. Y, después de tantos años, ha llegado el momento de que se reúnan. 
Sin previo aviso, Rosa sacó de su bolso la urna que contenía las cenizas de la fallecida Teresa. 
¡Mamá! ―Y con ello condujo a su hija al borde de la histeria―. ¡¿Sabe papá que has robado las cenizas de la abuela?!
Una alarma que no la afectó lo más mínimo. Se giró, dando la espalda a Clara como si no hubiese oído su recriminación, y se adentró en el mar. 
¿Por qué te parecerás tanto a tu padre y tan poco a mí? se lamentó de un modo mucho más calmo al expresado por su pequeña―. No me extraña que la pobre Teresa recurriese a mí para cumplir su última voluntad. 
Mamá, por favor, vuelve aquí.
Pero Rosa no le hizo caso. Siguió adentrándose en el mar hasta que el agua le mojó la cintura. Entonces, retiró la tapa de la urna e introdujo en ella la mano derecha. Cuando volvió a sacarla era un puño cerrado que elevó sobre su cabeza. 
Venga, mamá, déjalo ya insistió otra vez Clara―. Volvamos a casa ahora. Papá se va a enfadar un montón si se entera de esto. 
¿Quieres relajarte? Es la última voluntad de tu abuela, lo menos que podemos hacer es respetarla. Aunque se salga de tus esquemas y de los de tu padre. 
Abrió el puño y las cenizas que había apresado en él escaparon arrastradas por una repentina brisa. Como si estuviesen desando huir para adentrase en ese mar azul que llenaba todo el horizonte. Rosa continuó vaciando el contenido de la urna y un profundo silencio, solo interrumpido por el sonido del mar, se hizo entre ella y su hija. Las dos mujeres permanecieron en esa quietud un buen rato, observando como Teresa se fundía con las olas; sintiendo que finalmente, después de tantos años, se reunía con su amado Steven. 
El nudo flojo del pareo de Clara se deshizo y la prenda salió volando empujada por el viento. La muchacha echó a correr tras él, desoyendo la voz de su madre que la instaba a dejarlo ir; afanada en el ridículo empeño de recuperar el trozo de tela blanca. Al llegar al lugar en el que estuvo la casa de su abuela se detuvo, viendo que la prenda descendía como un paracaídas hasta tocar la arena. No reparó en que no estaba sola hasta que vio el par de manos que recogieron su pareo del suelo. 
¿Es tuyo? preguntó el recién llegado. 
Sí respondió ella quedamente. Desviando la mirada de las manos del desconocido para posarla en sus ojos, del mismo color que el océano. 
Con la urna aún en sus brazos, Rosa sonrió viendo la escena desde la distancia. 
Siempre fuiste un poco bruja, Teresa. Se detuvo a echar un vistazo a su alrededor, recreándose en la belleza del paisaje―. Definitivamente, este es un lugar perfecto para enamorarse.