Yuri Lébedev nació en un pequeño pueblo cercano a San Petesburgo, en el seno de una familia de clase media. Si bien era cierto que nunca había nadado en la abundancia tampoco arrastraba un pasado de pobreza y privaciones que justificasen que se hubiese convertido en el hombre que era. Fue un niño normal, y luego un chico del montón, en un ambiente común y tranquilo en el que la gente no tenía que huir ni esconderse de nada ni nadie. Donde la vida estaba por encima del dinero y cada quien era dueño de su destino.
Ya ni siquiera recordaba en qué momento había perdido él ese derecho; cuándo dejó de pertenecerle su propia vida.
Tampoco es que las fechas importasen mucho.
Siempre fue ambicioso. Deseaba poseer todas esas cosas que estaban fuera de su alcance, tener más que los demás y que lo respetasen. Fue de ese modo como entró en contacto con Nóvikov, quien por aquel entonces todavía no era el hombre aburguesado que había visitado esa misma noche, sino un siervo más a las órdenes de un jefe todopoderoso. Un tal Vorobiov quien, al igual que hacía él ahora, operaba desde la sombra; desde la seguridad de un despacho en una casa de lujo.
El joven Yuri llamó la atención de Nóvikov desde el principio. Era valiente y decidido. Dispuesto a todo con tal de triunfar en la vida. No podía imaginarse, en aquel entonces, que estaba en camino de conseguir todo lo contrario.
Se esforzaba por complacer, aprovechando todas y cada una de las oportunidades que se le daban. Lo hacía sin percatarse de que, en realidad, tales oportunidades no existían y lo que aquel hombre estaba haciendo era ponerlo a prueba, examinándolo para asegurarse de si le servía o no. Enredándolo en su trampa para que, aunque quisiera, ya nunca pudiera escapar de aquel mundo. Ni de él.
Así pasó de ser un simple mensajero que llevaba y traía sospechosos paquetes a trabajar directamente con Nóvikov, convirtiéndose en su mano derecha. Hasta que llegó su prueba de fuego: acabar con Vorobiov para que su mentor pudiese hacerse con el poder.
Al aceptar la oferta y sesgar la vida de ese hombre también la de Yuri quedó irremediablemente condenada. Nóvikov pasó a la cabeza de la organización y el joven se convirtió en una de sus manos derechas. Ganó todo aquello con lo que había soñado desde que no era más que un niño. Pero perdió lo que más amaba. Se dio cuenta demasiado tarde de que también era lo único que necesitaba: Katherina. La chica que vivía en la casa contigua a la suya, con sus padres y su hermana pequeña. La que era tan bonita que su madre estaba segura, y así lo proclamaba sin ningún pudor, de que llegaría a hacer un buen matrimonio y a convertirse en una mujer rica.
Ella había sido el único punto de luz y cordura en medio de la locura de su juventud. La única que lo entendía y aceptaba tal y como era. Solo en ella podía confiar y contarle todo.
Ojalá no lo hubiese hecho nunca.
Katherina era tímida, lo suficiente joven e ingenua para creer en las promesas de un hombre sin escrúpulos como Alexei Nóvikov. Lo bastante tonta para darle algún valor a la palabra de un gánster.
Pocos días después de oír por primera vez la petición que el jefe le hizo de matar a Vorobiov, planteándoselo como un favor personal y no como el mandato que en realidad era, Yuri se enteró de que Katherina estaba comprometida en matrimonio con un rico hombre de negocios. Fue entonces cuando aceptó el encargo que en un primer momento había rechazado rotundamente.
No cedió cuando su padre fue atacado al regresar del trabajo por tres hombres que le dieron una paliza. Tampoco cuando la tienda que regentaba su madre ardió misteriosamente. Pero, ahora, movido por su estúpido despecho, corrió a Nóvikov para decirle que aceptaba su encargo.Como si al arrancarle la vida a ese hombre estuviese matando aquello que ella había amado de él. Como si se vengase por haberlo abandonado.
La primera decisión que tomó el nuevo líder, una vez se hubo hecho con el mando, fue la de trasladarse al sur de España. Enclave privilegiado para introducir en Europa las dañinas sustancias con las que traficaba. No tardó en hacer venir a sus hombres de confianza, Yuri el primero.
Fue entonces cuando volvió a ver a Katherina, en casa de Nóvikov. Lucía ese aire triste que ya nunca la abandonaría y un caro anillo en el dedo anular de su mano derecha. Se había casado con aquel tipo que le doblaba la edad creyendo la estúpida promesa de que con ello recuperaría para Yuri la libertad que este había perdido, y que ya nunca volvería a tener.
«¡Qué tonta fuíste!», gritó internamente, conduciendo por las calles hasta su apartamento por puro instinto. La muy ingenua ni siquiera se había planteado que su recién adquirido marido no cumpliría su parte del trato. Mucho menos podía imaginar que no existía nada, salvo la muerte, que pudiese liberar a Yuri.
«Hay caminos que son solo de ida, nunca de vuelta». Él conocía el significado de aquella frase mejor que nadie. La había sufrido en carne propia. Continuaba sufriéndola.
Lo que hizo Nóvikov no fue arrebatarle a la mujer que amaba. Al jefe la desdichada Katherina no le importaba. No la consideraba más que una bonita muñeca y, de esas, él podía pagar cuantas quisiera. Era un estúpido misógino que no otorgaba ningún valor a las mujeres. Por eso mismo jamás podría amar a una.
Katherina era la garantía que le aseguraba la lealtad absoluta de Yuri. Con ella en su poder sabía que también él lo estaba. Qué no volvería a desobedecerlo nunca más. Tenía en sus manos lo único que le importaba; lo único que amaba. Era como si le hubiesen servido su corazón en bandeja de plata.
Katherina no solo no había conseguido salvarlo, sino que con su sacrificio lo condenó de por vida. Los condenó a ambos. Yuri sufría por él, pero aún lo hacía más por ella. Y no podía evita sentirse culpable cada vez que recordaba a la niña alegre que jugaba con la nieve, en su pueblo natal, y la comparaba con la mujer triste que rondaba lujosos salones en una casa que era su prisión.
Pocos días después de oír por primera vez la petición que el jefe le hizo de matar a Vorobiov, planteándoselo como un favor personal y no como el mandato que en realidad era, Yuri se enteró de que Katherina estaba comprometida en matrimonio con un rico hombre de negocios. Fue entonces cuando aceptó el encargo que en un primer momento había rechazado rotundamente.
No cedió cuando su padre fue atacado al regresar del trabajo por tres hombres que le dieron una paliza. Tampoco cuando la tienda que regentaba su madre ardió misteriosamente. Pero, ahora, movido por su estúpido despecho, corrió a Nóvikov para decirle que aceptaba su encargo.Como si al arrancarle la vida a ese hombre estuviese matando aquello que ella había amado de él. Como si se vengase por haberlo abandonado.
La primera decisión que tomó el nuevo líder, una vez se hubo hecho con el mando, fue la de trasladarse al sur de España. Enclave privilegiado para introducir en Europa las dañinas sustancias con las que traficaba. No tardó en hacer venir a sus hombres de confianza, Yuri el primero.
Fue entonces cuando volvió a ver a Katherina, en casa de Nóvikov. Lucía ese aire triste que ya nunca la abandonaría y un caro anillo en el dedo anular de su mano derecha. Se había casado con aquel tipo que le doblaba la edad creyendo la estúpida promesa de que con ello recuperaría para Yuri la libertad que este había perdido, y que ya nunca volvería a tener.
«¡Qué tonta fuíste!», gritó internamente, conduciendo por las calles hasta su apartamento por puro instinto. La muy ingenua ni siquiera se había planteado que su recién adquirido marido no cumpliría su parte del trato. Mucho menos podía imaginar que no existía nada, salvo la muerte, que pudiese liberar a Yuri.
«Hay caminos que son solo de ida, nunca de vuelta». Él conocía el significado de aquella frase mejor que nadie. La había sufrido en carne propia. Continuaba sufriéndola.
Lo que hizo Nóvikov no fue arrebatarle a la mujer que amaba. Al jefe la desdichada Katherina no le importaba. No la consideraba más que una bonita muñeca y, de esas, él podía pagar cuantas quisiera. Era un estúpido misógino que no otorgaba ningún valor a las mujeres. Por eso mismo jamás podría amar a una.
Katherina era la garantía que le aseguraba la lealtad absoluta de Yuri. Con ella en su poder sabía que también él lo estaba. Qué no volvería a desobedecerlo nunca más. Tenía en sus manos lo único que le importaba; lo único que amaba. Era como si le hubiesen servido su corazón en bandeja de plata.
Katherina no solo no había conseguido salvarlo, sino que con su sacrificio lo condenó de por vida. Los condenó a ambos. Yuri sufría por él, pero aún lo hacía más por ella. Y no podía evita sentirse culpable cada vez que recordaba a la niña alegre que jugaba con la nieve, en su pueblo natal, y la comparaba con la mujer triste que rondaba lujosos salones en una casa que era su prisión.
* * *
He incluido este texto en la categoría de relatos, pero en realidad no lo es. Lo que he compartido contigo es solo un pedacito de una narración muuuuuucho más extensa.
Siempre digo que El cielo de Bangkok es mi primera novela, y es verdad. Pero, como te imaginarás, uno no se levanta una mañana y, de la nada, se sienta a escribir una historia de trecientas páginas o más. ¡Qué va!, esto es como echar a andar: empiezas dando pasitos pequeños, titubeantes; vas cogiendo confianza, te animas a dar un paseíto, luego una carrera...
Digamos que lo que has leído estaría en esta etapa, la de querer echar a volar sobre las suelas de mis zapatos.
Digamos que lo que has leído estaría en esta etapa, la de querer echar a volar sobre las suelas de mis zapatos.
Este "relato" forma parte de mi primer intento de novela ―cuántos años hace de esto―. Una aventura en la que me embarqué sin ningún tipo de preparación, dejándome llevar por lo que se me pasaba por la mente y se escurría por las yemas de mis dedos sobre el teclado. Así el resultado de la misma fue... ¡Un despropósito! ―aprovecho para insistir en la necesidad de hacer un trabajo previo antes de empezar cualquier proyecto literario―. Los protagonistas quedaron completamente opacados por el villano y su trágica historia. Un hombre que, a medida que se iba revelando ante mí, pasó de no ser tan malo a convertirse en un auténtico héroe. Si me hubiese extendido un poco más, al final habría terminado canonizándolo 😜. Estoy segura.
Lo que comparto es un flasbak que metí para justificar las tropelías de este tipo malo que me enamoró. Un retazo de su pasado para comprender su presente.
Yuri y Katherina son mi asignatura pendiente. ¡Cuántas veces he pensado en reescribir esta historia tan viejita para darle a ellos el rol principal que merecen por derecho!
¿Qué por qué no lo hago? Pues, verás, es que su final no fue el mejor. Todo acabó del único modo posible para un amor tan desdichado😔. Y, por más que me devano los sesos buscándoles una salvación... Todavía no doy con ella.

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