viernes, 6 de septiembre de 2019

¡Felicidades, Cenicienta!

O Berta, que ya sabes que para mí es lo mismo. Porque la Cenicienta a la que felicito no es esa princesita adolescente y un poco bobalicona que se dejaba mangonear por su madrastra y sus hermanastras. Sino una mujer adulta, ya hecha y derecha, que... es un poco pava... y tiene una madre que... le dirige... la vida. 😞 ¡Uy! 😳Así, a simple vista, puede que mi Ceni no sea tan distinta de la del cuento clásico. Pero, si te tomas el tiempo necesario para conocerla, verás que dejando atrás este primer esbozo ambas son tan diferentes entre sí como sus respectivas historias. 
Hoy se cumple un año de la publicación de Es medianoche, Cenicienta. No podía dejar pasar la ocasión sin prepararle una pequeña fiesta de cumpleaños en el blog a mi queridísima Berta, el acuchable Nino y los demás personajes que le dan vida a esta historia que tanto disfrute escribir. 



Y como no hay cumple sin regalo, te voy a hacer uno. Ya te vale, por si lo has olvidado te recuerdo que esto va al revés: eres tú quien debería haber traído algo 🙄. No está bien presentarse en un cumple sin un presente para el homenajeado. Pero como tanto Berta como yo nos pasamos de buenas, nos saltaremos la tradición para cumplir con el ritual a la inversa.
Te invitamos a hacer una escapadita a París cortita, ¿eh? De un capítulo, que no está la economía para hacer dispendios para que tengas una cita con  el actor más guaperas y famoso del país galo y, de paso, compartas un romántico beso bajo la lluvia con él. ¿Qué? No es mal obsequio, ¿a que no?
Pues abróchate el cinturón de seguridad que... No, no, no; espera. Lo he pensado mejor y no vamos a irnos en avión. En lugar de pasar por el aeropuerto, ponte estos zapatos 👠, es mucho más rápido. 

* * * 

Un cine. La dirección que Nino había escrito me llevó a un cine. Uno situado en un barrio cualquiera de París. De esos donde la vida cotidiana se mantiene a salvo de la avalancha de turistas que diariamente, de día y de noche, abarrotan los lugares más emblemáticos de la ciudad. Aquellas salas jamás acogerían el estreno de la última película de ningún afamado director ni a un público vestido de gala. Sin embargo, me bastó dar una ojeada a la cartelera para encontrar el encanto oculto que encerraba el lugar.
Allí no se exhibían los últimos éxitos de taquilla, sino una selección de títulos clásicos. Ante mí tenía los rostros de muchos de los actores y actrices que mi abuela me había presentado cuando era niña. Todos ellos en una versión dibujada de sí mismos. Técnica de la época para suplir la carencia del Photoshop y presentar a sus estrellas como divinidades frente al común de los mortales.
La emoción había prendido en mi interior, extendiéndose a cada fibra de mi cuerpo, cuando noté el toque en mi hombro. Me di media vuelta y fruncí ligeramente el ceño al ver detrás de mí a un muchacho con un gorrito de lana negro, encasquetado hasta los ojos, y una gruesa bufanda gris subida hasta la nariz.
―Lo siento ―me disculpé con aquel individuo rendido a los fríos del invierno parisino, creyendo que le estaba tapando la visión de la cartelera.
Me hice a un lado sin dejar de mirarle. Le reconocí un segundo antes de que se bajase la bufanda, permitiéndome ver su rostro al completo.
―¿Nino? ―pregunté. No porque no estuviese segura de que era él, sino por la sorpresa de verlo de aquella guisa.
Él se llevó el índice a la cara. Colocándolo sobre el lugar en el que debería estar su boca, bajo la lana gris. Mis cachetes se hincharon cuando intenté contener la risa.
―Menos mal que no estamos en un banco, porque te habría tomado por un atracador. Casi no te reconozco.
―De eso se trata ―apostilló, mirando cautelosamente a su alrededor.
―¿Y piensas pasarte toda la noche con esa facha? ―inquirí, aún divertida, fijándome en cómo la poca piel que llevaba al descubierto brillaba bajo las luces a causa de la sudoración.
Afuera, en la calle, podría estar helando, pero, dentro del cine, la calefacción elevaba la temperatura a niveles tropicales. Las prendas de abrigo sobraban para cualquiera que llevase allí dentro más de cinco minutos. Yo misma me había visto obligada a prescindir de la gabardina, que ahora llevaba colgada del brazo junto con el bolso.
―Me quitaré el gorro y la bufanda en la sala, cuando las luces se apaguen. ―Alargó un brazo para adueñarse de mi mano―. Vamos, la película está a punto de empezar.
Echó a andar tirando de mí. Conduciéndome hasta el lugar en el que un chico con cara de absoluto aburrimiento revisaba las entradas e indicaba al público a qué sala debían dirigirse. Nino mostró las nuestras con los ojos fijos en las punteras de sus zapatillas de deporte. Y asintió, igualmente cabizbajo, cuando el empleado le dijo con desgana que nos dirigiésemos a la sala dos.
El sonido de nuestros pasos quedó amortiguado por la desgastada moqueta que cubría el suelo del pasillo. Dentro de la sala de proyecciones las luces ya se habían apagado, anunciando que la película estaba por empezar. De la oscuridad se desprendía un murmullo del escaso público que apenas llenaba el salón. Mi excitación creció por contagio, alimentada por la de los que me rodeaban. Compañeros en la aventura que íbamos a compartir desde el otro lado de la pantalla.
Sin soltar mi mano, mi cicerone me llevó a la última fila, completamente desalojada. Lo que nos permitió elegir a nuestro antojo los asientos. Estuvimos de acuerdo en ocupar los que quedaban más a la mitad de la hilera de butacas. Nada más dejarse caer en la suya, mi amigo empezó a desprenderse de toda la ropa que pudo.
Por un momento la imagen me resultó demasiado erótica. Tenerle allí, tan cerca, desnudándose en medio de la oscuridad…
―Teníamos que haber comprado palomitas ―solté, solo para recordarme a mí misma lo inocente de la situación e impedir que mi pulso se desbocase junto con mi exaltada imaginación.
Aún en medio de la oscuridad podía notar su piel y su pelo ligeramente bañados en sudor.
Él se detuvo, con los hombros fuera de la cazadora y los brazos todavía metidos en las mangas, y me miró con una sombra de desaprobación enturbiando la habitual dulzura de su mirada.
―Aquí no venden palomitas ―dicho esto terminó de desprenderse de la cazadora―. No es esa clase de cine en el que puedes comprar bebidas y aperitivos a la entrada. ―Libre ya de la prenda se giró a su izquierda y la dejó en el asiento de al lado―. No me digas que eres de las que no pueden ver una película sin un bote de palomitas.
Por su modo de hablar supe que para él eso suponía poco menos que un sacrilegio. Pero no dejé que su opinión me afectase.
―No; de palomitas no ―lo tranquilicé antes de confesar―, prefiero el  helado.
Sus ojos se agrandaron un segundo antes de entrecerrarse hasta casi desaparecer, mostrando en el paso de un extremo al otro su evolución de la incredulidad a la diversión.
―Preferiblemente, de chocolate ―rematé, consiguiendo que la sonrisa de Nino se extendiese de los ojos a la boca.
―Siempre eres tan… ―empezó a decir. Pero justo en ese momento comenzó la película.
Sin decir nada ni hacer gesto alguno ambos estuvimos de acuerdo en aparcar la conversación. Coordinados volvimos la vista al frente y nos hundimos en las butacas hasta que estas casi nos hubieron engullido. Olvidándonos del mundo real para entrar a formar parte del que existía en la enorme pantalla delante de nuestros ojos.
La inconfundible melodía me reveló el título antes de que las palabras West Side Story se destacasen sobre la imagen. No era la primera vez que veía a Romeo y Julieta reencarnados en dos jóvenes de la Nueva York de principios de los sesenta. Aquella era una de las películas que me habían acompañado durante toda mi vida y de las que había terminado por aprenderme los diálogos al dedillo. Pero también una de las que nunca me cansaría.
Durante casi dos horas no hubo nada más allá de la rivalidad entre los Sharks y los Jets y el amor prohibido de María y Tony. Cuando acabó la película y las luces se encendieron, iluminando tenuemente la sala, Nino ya había recuperado las capas de ropa que se había quitado a la llegada y yo seguía alterada por la explosión de música y baile a la que acababa de asistir. Me pregunto si seré una insensible, pero siempre me pasa lo mismo. El trágico final de la historia nunca aplaca el espíritu festivo que me despierta.
Esperamos a que todos se hubiesen marchado antes de levantarnos para salir también nosotros.
―¿Por qué querías que nos viéramos aquí? ―pregunté con tono cantarín, contagiada por los personajes de la historia que dejábamos tras nosotros, saltando el escalón de la entrada para salir a la calle.
Era noche cerrada y el suelo, húmedo por una lluvia reciente, brillaba bajo las luces de las farolas. Deslumbrante y resbaladizo.
Casablanca, Esplendor en la hierba… Dijiste que ese era el tipo de películas que te gustaban. ―Nino siguió mis pasos y mi conversación―. Así que supuse que también te gustaría este cine.
―Me ha encantado.
―Lo he notado.
Me miró y pude ver en sus ojos que volvía a sonreír. Para no perderme ninguna de las emociones que se reflejaban en ellos me adelanté algunos pasos y me di la vuelta, levantando un revuelo en las capas de mi falda, para caminar de frente a él y de espaldas al resto del mundo.
―¿Cómo descubriste un sitio así?
Seguí con el interrogatorio sin bajarme aún de mi nube. Sentía una necesidad acuciante de hablar y de escuchar su voz.
―Hace años, cuando vine a París soñando con convertirme en actor ―respondió sin dejar de vigilar la retaguardia que tan temerariamente yo había descuidado―. No fue una época fácil. Tuve más fracasos que éxitos en los primeros castings a los que me presenté. Así que cuando me sentía solo y me ganaban las ganas de hacer la maleta para volver a Toulouse, este cine era un buen lugar para refugiarme.
Nino elevó la vista al cielo y exhaló un largo suspiro que se materializó en una nubecilla de vapor, significando el peso de los sinsabores de aquel tiempo que ya formaba parte de su pasado.
―Aquí me sentía como en casa. A mi madre, como a ti, le encantaba el cine clásico. ―Sus ojos se fijaron otra vez en mí―. Mi padre nos abandonó cuando se enteró de que estaba embarazada y su familia nunca la perdonó por convertirse en madre soltera. ―Sonrió ligeramente sin dejar de mirarme―. Creo que, al igual que tú, también ella hizo de esas viejas películas su medio de evasión y, de paso, despertó en su hijo el deseo de ser actor. Me ilusionaba la idea de formar parte de algo que la hacía feliz.
Experimenté un agradable cosquilleo en la boca del estómago. Que hubiese tenido en cuenta mis gustos al citarme en ese cine ya era mucho para mí. Que, además, al llevarme allí estuviese compartiendo conmigo un lugar que era tan especial para él, me provocaba una satisfacción que ni siquiera sé describir. De alguna manera, me estaba dejando acceder a su intimidad.
―Además, el cine siempre es un buen sitio para mezclarse con la gente sin llamar la atención.
Nino trató de bromear para contrarrestar la carga emocional de esa parte de él de la que me había hecho partícipe.
―Y supongo que es en invierno cuando más te dejas caer por aquí ―apunté, demasiado exaltada para decantarme por la sabia opción de cerrar la boca y dejar de decir tonterías.
Le tomó un instante entender que lo decía por su atuendo de esa noche. Cuando lo comprendió, sonrió.
―En invierno, sí. Mi vida es algo más fácil cuando el frío me da la excusa de esconderme bajo la ropa.
Alargó los brazos y me agarró de los hombros. Suavemente me obligó a detenerme y, sin pedir permiso, descolgó de mi brazo la gabardina y la desplegó a mi espalda para cubrirme con ella. Como una capa. Apoyándola en el lugar en el que un instante antes habían estado sus manos. Chasqueé la lengua, observándole con una sonrisa tontorrona mientras le dejaba que me cobijase con la prenda como a una niña pequeña.  
En la lejanía de la calle desierta escuché el timbre de una bicicleta, varias veces presionado por su piloto. También el ruido sordo de las ruedas al deslizarse por la acera húmeda. Capté todas las señales pero, en vez de hacerme a un lado, mi instinto reaccionó de la manera equivocada. Dando a mi cerebro la orden de girarse para ver lo que ya sabía que se me venía encima en lugar de intentar apartarme del peligro. Una suerte que Nino estuviese más avispado que yo. Con un brazo me enganchó de la cintura y me arrastró con él a un lado. Quedamos ambos en el filo de la acera, sobre el diminuto precipicio del bordillo en el que mis tacones me convirtieron en equilibrista.
El ciclista pasó a nuestro lado impasible. Sin murmurar ni disculpas ni reproches. El sonido de la bocina se extinguió y el hombre siguió su camino sin regalarnos ni un miserable segundo de su atención. En apenas un pestañeo todo había vuelto a la normalidad. A la tranquila quietud de esa calle bordeada de coches a uno y otro lado de la estrecha calzada que la cruzaba. Vehículos cuyos dueños estaban ya en sus casas, a buen recaudo, disfrutando de las pocas horas de libertad que les restaban antes de que el sol reapareciese en el cielo. Trayendo con él las consabidas obligaciones diarias. Sin embargo, yo, en una absoluta descoordinación con el entorno, me encontraba muy lejos de la calma. Ya lo había estado antes de la aparición del desconsiderado ciclista pero, ahora…
En fin. Digamos que la cercanía de Nino tenía en mí un efecto más potente que la banda sonora de West Side Story.
Tuve un rebrote de la calentura que había sufrido un rato antes al verle desprenderse de capas de ropa hasta quedarse solo con el casto jersey que llevaba bajo todo lo demás. El tacto de ese chico, la suavidad del aliento que escapaba de sus labios para golpear los míos y el calor de su cuerpo que traspasaba la ropa para penetrar hasta mi piel. Todo ello despertaba en mí sensaciones a las que hacía muchos años había renunciado voluntariamente. Y sin las que había podido seguir viviendo. Quizás porque nunca las había sentido del modo tan rotundo en que él me las provocaba; volviéndolas una necesidad acuciante.
Tragué saliva. Conseguir que se deslizase por mi garganta abajo fue una gesta. Me habría gustado que él me copiara. Ver su nuez subir y bajar en su blanco cuello. Pero, por desgracia, la insondable bufanda que llevaba me habría ocultado la visión aunque esta se hubiese producido más allá de los límites de mi imaginación.
Empezaba a notar que me faltaba algo. Que necesitaba algo. Que quería algo. Y, al contrario de lo que era común en mí, no podía conformarme con la opción de no conseguirlo.
―Tenemos que ir al final de la calle ―dijo el responsable de mi alboroto. Quien, pese a instarme a moverme, no predicó con el ejemplo―. Jean Claude nos está esperando allí con el coche para llevarnos de vuelta al hotel.
Asentí pese a que no escuché una sola palabra de lo que dijo. Tenía los oídos taponados con los latidos de mi propio corazón. El pum, pum, pupum que se estaba volviendo tan familiar otra vez lo llenaba todo.
En lugar de mover los pies, moví un brazo. Lo hice de un modo torpón y extremadamente lento. Ajena a él, a mi propia voluntad. No me di cuenta de lo que iba a hacer hasta que mis dedos se engancharon al filo de su bufanda, tirando de ella hacia abajo para descubrir el hermoso rostro que ocultaba.
Sí, en ese momento fui consciente pero, como sumida en algún tipo de hechizo, seguí adelante.
Con la mirada fija en sus labios me acerqué a él. Cerrando los ojos solo cuando estuve lo bastante cerca para notar el roce de su boca en la mía.
Fue eso; un roce, nada más. Lo que estaba haciendo no merecía ser llamado beso. Ni siquiera piquito. Aun así, su efecto fue el mismo que tenían los besos de verdad en los cuentos: rompió el encantamiento que me había llevado a comportarme de una manera tan atrevida e impropia de mí.
El brazo de Nino seguía rodeando mi cintura. Pero no afianzó su agarre para acercarme más a él. No hizo nada que pudiese interpretar como que estaba correspondiendo a mi arrebato. Se mantuvo estático. Congelado. Seguramente por la sorpresa. El pobre estaría preguntándose qué se había creído esa señora ―que era yo― para tomarse la libertad que se estaba tomando con él.
Una duda que, en ese preciso momento, también me asaltaba a mí.
La vacilación no vino sola. Para acabar de rematarme, llegó de la mano de una lacerante sensación de vergüenza propia, que es mucho más agónica que la ajena.
Si había llegado a la boca de Nino a cámara lenta, al separarme de ella, por el contrario, fui veloz como una centella.
―Lo siento ―me disculpé, tirándome para atrás para poner entre nosotros más distancia de la que su sujeción me permitía―. Yo… no sé en qué estaba pensando. Ha sido…
Él cortó mi atropellada disculpa. Pero no lo hizo con palabras. Tampoco con un gesto que me invitase a callar. Para mi desconcierto, lo hizo con un beso. Uno que, ahora sí, mereció ser llamado así con todas las de la ley.
Su otro brazo, el que tenía libre, se reunió con su pareja en mi cintura. Ayudándola a atarme con fuerza en un lazo que yo no sentí el menor deseo de romper. Por el contrario, me volví tan maleable como pude para que me amoldase a su cuerpo todo lo posible. Su boca demandaba la mía con una dulzura no exenta de fuerza. Me rendí a ella sin oponer resistencia, cerrando los ojos al tiempo que abría los labios para recibir su lengua.
Por un momento creí que era cosa de mi imaginación, demasiado infectada por el virus del cine. Pero no, pronto me di cuenta de que los acordes eran reales. Caían sobre nuestras cabezas desde las alturas. En uno de los pisos del bloque que quedaba a mi izquierda alguien había puesto un viejo disco de la mítica Edith Piaf. Una mágica coincidencia que convirtió La vie en rose en banda sonora de nuestra particular escena de beso. Sonando en el momento preciso para contribuir al clímax dramático.
No sabría decir si fue un beso muy largo o una concatenación de muchos, algo más cortos. Pero sí sé que permanecimos allí, entregados el uno al otro a través de la unión de nuestras bocas, durante mucho tiempo. Sin movernos. Ni siquiera cuando el cielo decidió abrirse de nuevo para derramar sobre nosotros una lluvia cuyo repiqueteo hizo los coros a la desgarrada voz de la Piaf.

martes, 27 de agosto de 2019

El triste final de Yuri y Katherina (sigo sin tener claro si esto es un relato)

Aquí vamos con el desenlace de la historia que planteé en el último post. Ya que me he decidido a compartirla, qué menos que contrate cómo acaba para que juzgues por ti mism@ si es de verdad taaan triste o solo estoy exagerando, ¿no? 
Solo te digo que no me colgaron la etiqueta de Drama Queen por nada. 😛
Así que pasa y escoge butaca. Tienes todo el teatro a tu disposición, no te podrás quejar. Saca los clinex, que buena falta te van a hacer; avisad@ quedas. Y, en definitiva, prepárate porque las luces están a punto de apagarse para que el telón se alce y de inicio la representación. 
No lo demoraré más. 


¡Que empiece el último acto de esta tragedia! 😟

* * *

Yuri regresó al hotel después de dejar a Luka en comisaría. Había esperado allí, sentado al volante de su coche, hasta que el chico, hecho polvo por la paliza que Boris y Sergei le habían propinado, traspasó el umbral del edificio. Solo entonces encendió el motor de su Mercedes y se alejó. 
Una hora después, cuando metió la tarjeta en la cerradura de su habitación, tuvo la certeza de que todo había terminado. 
La puerta se abrió y él sonrió amargamente al comprobar, una vez más, el excelente trabajo que los hombres de Nóvikov, de los cuales había formado parte hasta el día anterior, eran capaces de realizar. Al punto de introducir un cadáver en la suite de un lujoso hotel sin que nadie se percatase de ello. 
Sobre la cama reposaba el cuerpo inerte de Katherina. Aún vestía las mismas prendas que había llevado esa noche, cuando acudió a él. Todas, a excepción del pañuelo empapado en sangre que  Yuri guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y se acercó a lo que quedaba de la mujer que amaba haciendo gala de una sangre fría inaudita. 
Ella parecía dormida. Quienquiera que hubiese sido el que la dejó allí tuvo la delicadeza de cerrarle los ojos, y su cuerpo vacío no presentaba más signos de violencia que un tajo en la garganta. El corte a través del cual se le había escapado la vida. 
El hombre se sintió aliviado. Comparado con la agonía que imaginó para ella antes de morir, aquello no era nada. 
Se sentó en la cama y, con sumo cuidado, cubrió el corte con el pañuelo. Lo hizo preso del temblor que le sacudía las manos mientras intentaba anudarlo. Se dio cuenta entonces de que Katherina aún lucía su mitad del pequeño corazón de plata que compartían. Un detalle que, pese a la infinita tristeza que lo hundía, consiguió arrancarle una sonrisa. Preso de una súbita ternura, que le retorció las entrañas provocándole un dolor agudo, se inclinó y enterró la nariz en el cabello desperdigado sobre la almohada. Las delicadas hebras todavía desprendía el aroma dulce que siempre envolvía a su dueña. El cuerpo de la esposa de Nóvikov ya estaba frío, pero la muerte había arrancado a su rostro el peso de la tristeza y la soledad que padeció durante su matrimonio. Se parecía a la niña de la foto que Yuri escondía en el cajón de su mesita de noche más de lo que él recordaba. Estaba tan hermosa como lo estuvo hacía solo unos horas antes, cuando abrió la puerta de la suite y la encontró, despeinada y a medio vestir, esperándolo con urgencia.
Permaneció de ese modo, abrazado al cuerpo de la que nunca fue su mujer, durante horas; víctima de una  extraña mezcla de tristeza y alegría que pesaba a partes iguales sobre su ánimo. 
Las últimas luces del atardecer se colaban por la ventana cuando se quito el abrigó y envolvió en él el helado cuerpo de Katherina, sin pararse a pensar que a ella el gesto ya no le servía de nada. Se levantó con el liviano cuerpo femenino en sus brazos y, cargándola así, salió de la habitación sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Abandonándolo todo a su espaldas huyó del edificio utilizando la escalera del incendios, eludiendo miradas. Después, metió a Katherina en el coche, depositándola con cuidado en el lugar que un rato antes ocupó Luka. Tomó asiento a su lado y arrancó, guiando el volante con la izquierda mientras con la derecha aferraba una de las ateridas manos de su ausente compañera.  
Condujo con calma, con tranquilidad. Ya todo daba igual. No se escondía, ni huía de nada ni de nadie. Por el contrario, esperaba con ansia el momento en que Nóvikov, o alguno de sus enviados, diese con él. 
Quería regresar al pueblo andaluz en el que había vivido los últimos veinte años. El mismo que se convirtió en una prisión para Katherina. Cuando se detuvo junto a la pequeña ermita erigida a las afueras de la localidad costera faltaban pocas horas para el amanecer. 
Recordaba con detalle la primera vez que vio ese edificio. Fue pocos días después de llegar a España, cuándo se reencontró con su confidente de la infancia y descubrió que, ahora, era la esposa de Alexey Nóvikov. Y, pese a que ni él mismo se explicaba por qué, por alguna razón halló allí unos escasos minutos de tregua a la amargura que desde ese momento, y ya para siempre, se convirtió en su compañera de vida. Sería por eso por lo que había vuelto a menudo, buscando un poco de consuelo. 
A decir verdad, Yuri no era católico. Tampoco profesaba ninguna otra fe. Había visto demasiadas atrocidades en esta vida para creer que pudiese existir algo más allá de ella. Pero Katherina sí profesaba un fervor auténtico. Quizás por eso cada vez que veía la ermita pensaba, sin proponérselo, en la mujer del jefe; en lo mucho que deseaba que estuviese allí, con él y lejos del hombre que cortaba las alas de ambos. 
La tarde que le prometió que haría llegar a su madre la postal que eligiese, Katherina se decantó por una imagen que mostraba ese paisaje bañado por la dorada luz del atardecer. Para Yuri aquello fue una señal que consagró la ermita como un símbolo del nefasto sino que ambos compartían. No podía pensar en un mejor lugar para aguardar a su destino. 
Descendió del vehículo y volvió a tomar en sus brazos el cuerpo de Katherina. Caminó unos pasos, no muchos, y sin buscar asiento se dejó caer en el suelo con ella en su regazo; abrazándola tan estrechamente que costaba diferencia donde acababa el cuerpo de una y comenzaba el del otro. Quería que las lágrimas acudiesen a sus ojos, permitiéndole de ese modo descargar el dolor que pesaba sobre su pecho, aplastándolo. Verdaderamente, le habría encantado que eso ocurriera. Pero no fue así, no pudo llorar. El llanto se hizo rogar y  no le permitió liberarse de su carga. 
Así permaneció; helándose, respirando con una creciente dificultad mientas mataba el tiempo desenredaba con los dedos el suave y despeinado cabello de la mujer que descansaba en su regazo.
Fue una noche larga que se le pasó en un suspiro.
Una noche insomne en la que no acusó la falta de sueño.
Una noche terrorifica en la que no tuvo miedo, solo sintió una infinita tristeza fundida con la paz que disfrutan los muertos.
Casi amanecía cuando escuchó el sonido de dos coches acercándose, los cuales se detuvieron bruscamente y aparcaron junto al suyo. Pudo oír que de cada uno de ellos descendieron varios hombres con una prisa peligrosa; y sus voces, sus gritos. Aunque no distinguió lo que decían. Su alma estaba ya demasiado lejos de allí. Había viajado kilómetros y años atrás y en ese instante corría tras una guapa niña vestida con el uniforme del colegio, a la que lanzaba bolas de nieve que ella trataba de esquivar inútilmente. Fue por eso por lo que no pudo ver a Boris liderando la jauría humana que se precipitaba hambrienta sobre él, blandiendo bates de béisbol y ansias de revancha. 
No sintió nada; para entonces ya no estaba dentro de su cuerpo. Durante aquella madrugada volvió al pueblo cubierto de nieve en el que creció junto a Katherina. Cuando el bate que portaba Boris golpeó su cráneo con brutalidad, rompiéndolo, Yuri se sumió en un profundo pozo de oscuridad del que ya nunca regresaría. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

La triste historia de Yuri y Katherina (¿relato?)

Yuri Lébedev nació en un pequeño pueblo cercano a San Petesburgo, en el seno de una familia de clase media. Si bien era cierto que nunca había nadado en la abundancia tampoco arrastraba un pasado de pobreza y privaciones que justificasen que se hubiese convertido en el hombre que era. Fue un niño normal, y luego un chico del montón, en un ambiente común y tranquilo en el que la gente no tenía que huir ni esconderse de nada ni nadie. Donde la vida estaba por encima del dinero y cada quien era dueño de su destino. 
Ya ni siquiera recordaba en qué momento había perdido él ese derecho; cuándo dejó de pertenecerle su propia vida. 
Tampoco es que las fechas importasen mucho. 
Siempre fue ambicioso. Deseaba poseer todas esas cosas que estaban fuera de su alcance, tener más que los demás y que lo respetasen. Fue de ese modo como entró en contacto con Nóvikov, quien por aquel entonces todavía no era el hombre aburguesado que había visitado esa misma noche, sino un siervo más a las órdenes de un jefe todopoderoso. Un tal Vorobiov quien, al igual que hacía él ahora, operaba desde la sombra; desde la seguridad de un despacho en una casa de lujo. 
El joven Yuri llamó la atención de Nóvikov desde el principio. Era valiente y decidido. Dispuesto a todo con tal de triunfar en la vida. No podía imaginarse, en aquel entonces, que estaba en camino de conseguir todo lo contrario.
Se esforzaba por complacer, aprovechando todas y cada una de las oportunidades que se le daban. Lo hacía sin percatarse de que, en realidad, tales oportunidades no existían y lo que aquel hombre estaba haciendo era ponerlo a prueba, examinándolo para asegurarse de si le servía o no. Enredándolo en su trampa para que, aunque quisiera, ya nunca pudiera escapar de aquel mundo. Ni de él. 
Así pasó de ser un simple mensajero que llevaba y traía sospechosos paquetes a trabajar directamente con Nóvikov, convirtiéndose en su mano derecha. Hasta que llegó su prueba de fuego: acabar con Vorobiov para que su mentor pudiese hacerse con el poder. 
Al aceptar la oferta y sesgar la vida de ese hombre también la de Yuri quedó irremediablemente condenada. Nóvikov pasó a la cabeza de la organización y el joven se convirtió en una de sus manos derechas. Ganó todo aquello con lo que había soñado desde que no era más que un niño. Pero perdió lo que más amaba. Se dio cuenta demasiado tarde de que también era lo único que necesitaba: Katherina. La chica que vivía en la casa contigua a la suya, con sus padres y su hermana pequeña. La que era tan bonita que su madre estaba segura, y así lo proclamaba sin ningún pudor, de que llegaría a hacer un buen matrimonio y a convertirse en una mujer rica. 
Ella había sido el único punto de luz y cordura en medio de la locura de su juventud. La única que lo entendía y aceptaba tal y como era. Solo en ella podía confiar y contarle todo. 
Ojalá no lo hubiese hecho nunca. 
Katherina era tímida, lo suficiente joven e ingenua para creer en las promesas de un hombre sin escrúpulos como Alexei Nóvikov. Lo bastante tonta para darle algún valor a la palabra de un gánster.
Pocos días después de oír por primera vez la petición que el jefe le hizo de matar a Vorobiov, planteándoselo como un favor personal y no como el mandato que en realidad era, Yuri se enteró de que Katherina estaba comprometida en matrimonio con un rico hombre de negocios. Fue entonces cuando aceptó el encargo que en un primer momento había rechazado rotundamente.
No cedió cuando su padre fue atacado al regresar del trabajo por tres hombres que le dieron una paliza. Tampoco cuando la tienda que regentaba su madre ardió misteriosamente. Pero, ahora, movido por su estúpido despecho, corrió a Nóvikov para decirle que aceptaba su encargo.Como si al arrancarle la vida a ese hombre estuviese matando aquello que ella había amado de él. Como si se vengase por haberlo abandonado.
La primera decisión que tomó el nuevo líder, una vez se hubo hecho con el mando, fue la de trasladarse al sur de España. Enclave privilegiado para introducir en Europa las dañinas sustancias con las que traficaba. No tardó en hacer venir a sus hombres de confianza, Yuri el primero.
Fue entonces cuando volvió a ver a Katherina, en casa de Nóvikov. Lucía ese aire triste que ya nunca la abandonaría y un caro anillo en el dedo anular de su mano derecha. Se había casado con aquel tipo que le doblaba la edad creyendo la estúpida promesa de que con ello recuperaría para Yuri la libertad que este había perdido, y que ya nunca volvería a tener.
«¡Qué tonta fuíste!», gritó internamente, conduciendo por las calles hasta su apartamento por puro instinto. La muy ingenua ni siquiera se había planteado que su recién adquirido marido no cumpliría su parte del trato. Mucho menos podía imaginar que no existía nada, salvo la muerte, que pudiese liberar a Yuri.
«Hay caminos que son solo de ida, nunca de vuelta». Él conocía el significado de aquella frase mejor que nadie. La había sufrido en carne propia. Continuaba sufriéndola.
Lo que hizo Nóvikov no fue arrebatarle a la mujer que amaba. Al jefe la desdichada Katherina no le importaba. No la consideraba más que una bonita muñeca y, de esas, él podía pagar cuantas quisiera. Era un estúpido misógino que no otorgaba ningún valor a las mujeres. Por eso mismo jamás podría amar a una.
Katherina era la garantía que le aseguraba la lealtad absoluta de Yuri. Con ella en su poder sabía que también él lo estaba. Qué no volvería a desobedecerlo nunca más. Tenía en sus manos lo único que le importaba; lo único que amaba. Era como si le hubiesen servido su corazón en bandeja de plata.
Katherina no solo no había conseguido salvarlo, sino que con su sacrificio lo condenó de por vida. Los condenó a ambos. Yuri sufría por él, pero aún lo hacía más por ella. Y no podía evita sentirse culpable cada vez que recordaba a la niña alegre que jugaba con la nieve, en su pueblo natal, y la comparaba con la mujer triste que rondaba lujosos salones en una casa que era su prisión.


* * *

He incluido este texto en la categoría de relatos, pero en realidad no lo es. Lo que he compartido contigo es solo un pedacito de una narración muuuuuucho más extensa. 
Siempre digo que El cielo de Bangkok es mi primera novela, y es verdad. Pero, como te imaginarás, uno no se levanta una mañana y, de la nada, se sienta a escribir una historia de trecientas páginas o más. ¡Qué va!, esto es como echar a andar: empiezas dando pasitos pequeños, titubeantes; vas cogiendo confianza, te animas a dar un paseíto, luego una carrera...
Digamos que lo que has leído estaría en esta etapa, la de querer echar a volar sobre las suelas de mis zapatos. 
Este "relato" forma parte de mi primer intento de novela cuántos años hace de esto. Una aventura en la que me embarqué sin ningún tipo de preparación, dejándome llevar por lo que se me pasaba por la mente y se escurría por las yemas de mis dedos sobre el teclado. Así el resultado de la misma fue... ¡Un despropósito! aprovecho para insistir en la necesidad de hacer un trabajo previo antes de empezar cualquier proyecto literario. Los protagonistas quedaron completamente opacados por el villano y su trágica historia. Un hombre que, a medida que se iba revelando ante mí, pasó de no ser tan malo a convertirse en un auténtico héroe. Si me hubiese extendido un poco más, al final habría terminado canonizándolo 😜. Estoy segura. 
Lo que comparto es un flasbak que metí para justificar las tropelías de este tipo malo que me enamoró. Un retazo de su pasado para comprender su presente. 
Yuri y Katherina son mi asignatura pendiente. ¡Cuántas veces he pensado en reescribir esta historia tan viejita para darle a ellos el rol principal que merecen por derecho!
¿Qué por qué no lo hago? Pues, verás, es que su final no fue el mejor. Todo acabó del único modo posible para un amor tan desdichado😔. Y, por más que me devano los sesos buscándoles una salvación... Todavía no doy con ella. 

martes, 13 de agosto de 2019

El viejo camino (poema)

Queda el camino de antaño
enterrado en el cemento
que crea una nueva senda
libre de los destrozos del tiempo. 

Hoy pasé por la calle
que lleva a nuestro colegio
y el suelo que un día pisamos
se sintió extraño bajo mi cuerpo.

No encontré en él muescas
de los recuerdos de entonces,
de tus pies y de los míos
que corren para llegar a clase. 

Hoy regresé a ese lugar
y lo encontré distinto. 
El niño que fuiste no estaba.
La niña que fui se había ido.

jueves, 8 de agosto de 2019

¿Te arrepientes de haber dicho que no?

Esta pregunta me la formuló mi hermana el pasado domingo. Andábamos las dos en modo confidencias y mí me tocó abrir mi alma para revelar si no me quedaba nada por dentro después de haber rechazado todas las propuestas editoriales que me han llegado hasta el momento. Porque sí, así de diva he pasado el mes de julio: permitiéndome el lujo de responder con un "no" a quienes han mostrado interés en la historia de Jero y Abril.
¡Por que yo lo valgo! 😛
En la última entrada que será penúltima en el momento en que publique esta que escribí en el blog te conté que había recibido cinco ofertas para sacar el libro al mercado. En esa ocasión me centré en tres de ellas, las que consistían en una autoedición. Pero, ¿y las otras dos?
Pues esas eran publicaciones como Dios manda. Aunque, si te soy sincera, solamente una de ellas me interesó. Más que eso, al imaginar que podía llegar a publicar con esta editorial me sentí volar por el cielo subida en una nube blanca, como Goku. Se trata de un sello que conozco, he leído libros suyos, me encanta el trabajo que hacen y tienen cierto nombre dentro del sector. 
También tengo que decir que sufrí más que un poco durante el proceso de selección. En cierto sentido, fue como si estuviese concursando de Operación Triunfo 😅. Lo digo porque tuve que pasar varios "castings". ¡Menudos nervios!
Como es habitual en estos casos, el primer paso lo di yo al enviar el manuscrito. Me respondieron  creo que fue al día siguiente para hacerme saber que lo habían recibido e intentarían ponerse en contacto conmigo a la menor brevedad. Una promesa que cumplieron, de verdad que sí. Dos semanas después volvía a tener un e-mail en mi buzón de correo remitido por uno de los responsables de la editorial. ¡Había pasado la primera fase del proceso de selección! primer casting😜 El cual consistía en la lectura de la novela. El manuscrito les había gustado, pero querían saber si la historia era parte de una saga o un libro único, ver mis redes sociales... Y, aquí, es donde dio inicio el segundo casting. Que, para mi sorpresa, también superé satisfactoriamente. Si es que estaba en racha. No sé por qué no se me ocurrió comprar un cupón.
Si te soy sincera, no me esperaba una valoración favorable esta vez.  Lo de echar un vistazo a mis redes sociales me descorazonó porque no soy ninguna influencer. Imaginé que el interés en ver cómo me movía por Internet se debía a que querían comprobar con qué público contaban de antemano, antes de decidir sí acogían el proyecto o no.
¡Mal pensada, Adriana! ¿Qué te pasa? Ya no eres la cándida que solías ser. Estoy decepcionada de mí misma. 
Quedaron en enviarme el contrato para que lo leyese y viera cuáles serían sus condiciones. Aquí fue donde comenzó la auténtica agonía, los nervios del casting se quedaron en nada comparados con la incertidumbre que sufrí a partir de aquí. Porque, para que ellos pudieran redactar el borrado, yo debía facilitar antes mis datos personales y la información que este recoge por ley. Algo más que lógico, así que me falto tiempo para hacerles llegar todo lo que me pidieron. Por desgracia, este tirano, el  mentado tiempo, no quiso jugar a mi favor.
Pasaron tres semanas, me fui a La Rábida a hacer un curso de escritura, volví a mi casa, y... ¡Nada!, del contrato ni rastro. Sé que las cosas de palacio van despacio, que yo no sería la única con la que estaban en negociaciones, que la paciencia además de ser la madre de la ciencia también lo es del escritor. Pero, mira, al final, la impaciencia me pudo y me anime a escribir de nuevo solo para preguntar si les había llegado mi último mail, porque no había tenido acuse de recibo y estaba preocupada. Me contestaron, una vez más, muy amablemente y rápido. Resultó que el mensaje con mis datos personales había ido a parar a Spam. Así que me alegré de quedar de pesada ya que sirvió para solucionar el problema.
En medio te todo esto, a demás de irme a vivir la vida bohemia jugando a ser escritora, recibí la propuesta de otra editorial la quinta de las que me han llegado, la segunda de las que consideré. Hice malabares intentando ganar tiempo a ver si me llegaba el tan esperado contrato, para comparar ambas, y, al final, entendiendo que tenía que dar una respuesta o dejar que el tiempo ¡maldito tiempo! engullese la negociación reduciéndola al olvido, rechacé; priorizando la opción que me hacía tanta ilusión sobre esta última. 
En fin, son cosas pasan; parte del juego. 
Vale, y, a ver, si tantas ganas tenía de publicar con ellos, ¿cómo es que al final rehusé trabajar con esta editorial?
Pues porque me he dado cuenta de que, si quiero publicar un libro en papel, es mejor ir por cuenta propia.
Me explico. Los acuerdos que las editoriales plantean a los escritores suelen ser poco favorables a estos últimos. Eso no es nuevo para mí, lo sabía antes de empezar a tocar puertas. El caso es que siempre pensé que se debía a la desigualdad en cuanto al reparto de las ganancias. Pero, después de la experiencia que estoy adquiriendo, y de haber leído ya un buen puñado de contratos redactados por diferentes sellos, entiendo que el dinero no es la única brecha de desigualdad y que la distribución del trabajo entre las partes también es bastante injusta.


Desde mis inicios como autora he buscado el amparo de una editorial. A pesar de conocer a gente que se ha lanzado a Amazon para comercializar su obra, y que ha obtenido resultados estupendos, siempre he preferido el tutelaje de los especialistas en el tema. ¿Por qué? Pues por una sencilla razón: me veo muy capaz de hacer todo el trabajo de creación de un libro. Además sé que lo disfrutaría. Por no hablar de que existen maravillosos profesionales, desde correctores a portadistas, que trabajan de modo autónomo y cuyos servicios puede contratar cualquier escritor. Mi problema es que no me siento ni medianamente capaz de hacer labor publicitaria. Hablando en plata, si publicase usando Amazon, o cualquier otra plataforma similar... Creo que solo vendería un ejemplar, el que comprase yo.
No sé qué hacer para llegar a la gente. Para dar mi trabajo a conocer al mayor número de personas posible.
Por eso prefiero trabajar con editorial. Tenía la idea de que estas, como empresas dedicadas al sector que son, contarían con un departamento publicitario para ocuparse de lo que yo no tengo ni idea de cómo hacer. Sí me dices que tendré que moverme sola y que, además, el editor puede cancelar el contrato si considera que no me implico lo suficiente, no tan bien como debería hacerlo e incluso que los beneficios no son satisfactorios... Pues, entonces, llego a la conclusión de que es mejor trabajar por mí misma. Así, al menos, no tengo que preocuparme de responder ante otra persona en un campo en el que me siento insegura.
Y no creas que me estoy quejando, ¿eh? Nada de eso. Entiendo que hacer un libro en papel es un riesgo para toda editorial. Nunca sabes cómo funcionará y corres el riesgo de acabar comiéndote con patatas la tirada completita, salvando solo los ejemplares que compren los familiares y amigos del escritor. Pero, mirando mi interés, lo que yo quiero, lo que necesito es trabajar con alguien que no se limite a imprimirme el libro para luego dejarme a la buena de Dios, so pena de anular el contrato a la más mínima.
Este es el motivo por que, al final, la ilusión y las ganas de publicar con este sello se doblegaron ante el "no" con el que respondí a su amable ofrecimiento.
Su oferta no era mala, iba en la línea habitual del mercado editorial. Tampoco creo que vaya a conseguir una propuesta mejor. Simplemente, no me siento con capacidad, ni con ganas, de adquirir , ni con ellos ni con nadie, el compromiso que me proponen. Es algo que solo puedo hacer conmigo misma.
Es por esto que, respondiendo a la pregunta que planteé en el título: no, no me arrepiento. Para empezar, no lo hago porque creo que no vale de nada llorar sobre la leche derramada. Una vez tomas un camino ya no hay más opción que seguir adelante por él. Pero, sobre todo, no me atormenta ningún arrepentimiento porque he optado por lo que creo que es lo mejor para ambas partes.
Así que en esta situación estamos, aún no puedo darte fecha para presentarte a Jero y Abril ni siquiera sé qué voy a hacer con ellos 😖 . Sé que es duro, que no puedes aguantarte las ganas de conocerlos, que descubrir su historia de amor es hoy por hoy tu única razón de vivir. Ya, es un clamor popular, la humanidad está esperando por nosotros. Me doy cuenta. 😁
Aguanta un poco más, querid@ amig@. Recuerda que lo bueno siempre se hace esperar.