Aquí vamos con el desenlace de la historia que planteé en el último post. Ya que me he decidido a compartirla, qué menos que contrate cómo acaba para que juzgues por ti mism@ si es de verdad taaan triste o solo estoy exagerando, ¿no?
Solo te digo que no me colgaron la etiqueta de Drama Queen por nada. 😛
Así que pasa y escoge butaca. Tienes todo el teatro a tu disposición, no te podrás quejar. Saca los clinex, que buena falta te van a hacer; avisad@ quedas. Y, en definitiva, prepárate porque las luces están a punto de apagarse para que el telón se alce y de inicio la representación.
No lo demoraré más.
¡Que empiece el último acto de esta tragedia! 😟
* * *
Yuri regresó al hotel después de dejar a Luka en comisaría. Había esperado allí, sentado al volante de su coche, hasta que el chico, hecho polvo por la paliza que Boris y Sergei le habían propinado, traspasó el umbral del edificio. Solo entonces encendió el motor de su Mercedes y se alejó.
Una hora después, cuando metió la tarjeta en la cerradura de su habitación, tuvo la certeza de que todo había terminado.
La puerta se abrió y él sonrió amargamente al comprobar, una vez más, el excelente trabajo que los hombres de Nóvikov, de los cuales había formado parte hasta el día anterior, eran capaces de realizar. Al punto de introducir un cadáver en la suite de un lujoso hotel sin que nadie se percatase de ello.
Sobre la cama reposaba el cuerpo inerte de Katherina. Aún vestía las mismas prendas que había llevado esa noche, cuando acudió a él. Todas, a excepción del pañuelo empapado en sangre que Yuri guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y se acercó a lo que quedaba de la mujer que amaba haciendo gala de una sangre fría inaudita.
Ella parecía dormida. Quienquiera que hubiese sido el que la dejó allí tuvo la delicadeza de cerrarle los ojos, y su cuerpo vacío no presentaba más signos de violencia que un tajo en la garganta. El corte a través del cual se le había escapado la vida.
El hombre se sintió aliviado. Comparado con la agonía que imaginó para ella antes de morir, aquello no era nada.
Se sentó en la cama y, con sumo cuidado, cubrió el corte con el pañuelo. Lo hizo preso del temblor que le sacudía las manos mientras intentaba anudarlo. Se dio cuenta entonces de que Katherina aún lucía su mitad del pequeño corazón de plata que compartían. Un detalle que, pese a la infinita tristeza que lo hundía, consiguió arrancarle una sonrisa. Preso de una súbita ternura, que le retorció las entrañas provocándole un dolor agudo, se inclinó y enterró la nariz en el cabello desperdigado sobre la almohada. Las delicadas hebras todavía desprendía el aroma dulce que siempre envolvía a su dueña. El cuerpo de la esposa de Nóvikov ya estaba frío, pero la muerte había arrancado a su rostro el peso de la tristeza y la soledad que padeció durante su matrimonio. Se parecía a la niña de la foto que Yuri escondía en el cajón de su mesita de noche más de lo que él recordaba. Estaba tan hermosa como lo estuvo hacía solo unos horas antes, cuando abrió la puerta de la suite y la encontró, despeinada y a medio vestir, esperándolo con urgencia.
Permaneció de ese modo, abrazado al cuerpo de la que nunca fue su mujer, durante horas; víctima de una extraña mezcla de tristeza y alegría que pesaba a partes iguales sobre su ánimo.
Las últimas luces del atardecer se colaban por la ventana cuando se quito el abrigó y envolvió en él el helado cuerpo de Katherina, sin pararse a pensar que a ella el gesto ya no le servía de nada. Se levantó con el liviano cuerpo femenino en sus brazos y, cargándola así, salió de la habitación sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Abandonándolo todo a su espaldas huyó del edificio utilizando la escalera del incendios, eludiendo miradas. Después, metió a Katherina en el coche, depositándola con cuidado en el lugar que un rato antes ocupó Luka. Tomó asiento a su lado y arrancó, guiando el volante con la izquierda mientras con la derecha aferraba una de las ateridas manos de su ausente compañera.
Condujo con calma, con tranquilidad. Ya todo daba igual. No se escondía, ni huía de nada ni de nadie. Por el contrario, esperaba con ansia el momento en que Nóvikov, o alguno de sus enviados, diese con él.
Quería regresar al pueblo andaluz en el que había vivido los últimos veinte años. El mismo que se convirtió en una prisión para Katherina. Cuando se detuvo junto a la pequeña ermita erigida a las afueras de la localidad costera faltaban pocas horas para el amanecer.
Recordaba con detalle la primera vez que vio ese edificio. Fue pocos días después de llegar a España, cuándo se reencontró con su confidente de la infancia y descubrió que, ahora, era la esposa de Alexey Nóvikov. Y, pese a que ni él mismo se explicaba por qué, por alguna razón halló allí unos escasos minutos de tregua a la amargura que desde ese momento, y ya para siempre, se convirtió en su compañera de vida. Sería por eso por lo que había vuelto a menudo, buscando un poco de consuelo.
A decir verdad, Yuri no era católico. Tampoco profesaba ninguna otra fe. Había visto demasiadas atrocidades en esta vida para creer que pudiese existir algo más allá de ella. Pero Katherina sí profesaba un fervor auténtico. Quizás por eso cada vez que veía la ermita pensaba, sin proponérselo, en la mujer del jefe; en lo mucho que deseaba que estuviese allí, con él y lejos del hombre que cortaba las alas de ambos.
La tarde que le prometió que haría llegar a su madre la postal que eligiese, Katherina se decantó por una imagen que mostraba ese paisaje bañado por la dorada luz del atardecer. Para Yuri aquello fue una señal que consagró la ermita como un símbolo del nefasto sino que ambos compartían. No podía pensar en un mejor lugar para aguardar a su destino.
Descendió del vehículo y volvió a tomar en sus brazos el cuerpo de Katherina. Caminó unos pasos, no muchos, y sin buscar asiento se dejó caer en el suelo con ella en su regazo; abrazándola tan estrechamente que costaba diferencia donde acababa el cuerpo de una y comenzaba el del otro. Quería que las lágrimas acudiesen a sus ojos, permitiéndole de ese modo descargar el dolor que pesaba sobre su pecho, aplastándolo. Verdaderamente, le habría encantado que eso ocurriera. Pero no fue así, no pudo llorar. El llanto se hizo rogar y no le permitió liberarse de su carga.
Así permaneció; helándose, respirando con una creciente dificultad mientas mataba el tiempo desenredaba con los dedos el suave y despeinado cabello de la mujer que descansaba en su regazo.
Fue una noche larga que se le pasó en un suspiro.
Una noche insomne en la que no acusó la falta de sueño.
Una noche terrorifica en la que no tuvo miedo, solo sintió una infinita tristeza fundida con la paz que disfrutan los muertos.
Fue una noche larga que se le pasó en un suspiro.
Una noche insomne en la que no acusó la falta de sueño.
Una noche terrorifica en la que no tuvo miedo, solo sintió una infinita tristeza fundida con la paz que disfrutan los muertos.
Casi amanecía cuando escuchó el sonido de dos coches acercándose, los cuales se detuvieron bruscamente y aparcaron junto al suyo. Pudo oír que de cada uno de ellos descendieron varios hombres con una prisa peligrosa; y sus voces, sus gritos. Aunque no distinguió lo que decían. Su alma estaba ya demasiado lejos de allí. Había viajado kilómetros y años atrás y en ese instante corría tras una guapa niña vestida con el uniforme del colegio, a la que lanzaba bolas de nieve que ella trataba de esquivar inútilmente. Fue por eso por lo que no pudo ver a Boris liderando la jauría humana que se precipitaba hambrienta sobre él, blandiendo bates de béisbol y ansias de revancha.
No sintió nada; para entonces ya no estaba dentro de su cuerpo. Durante aquella madrugada volvió al pueblo cubierto de nieve en el que creció junto a Katherina. Cuando el bate que portaba Boris golpeó su cráneo con brutalidad, rompiéndolo, Yuri se sumió en un profundo pozo de oscuridad del que ya nunca regresaría.




