martes, 27 de agosto de 2019

El triste final de Yuri y Katherina (sigo sin tener claro si esto es un relato)

Aquí vamos con el desenlace de la historia que planteé en el último post. Ya que me he decidido a compartirla, qué menos que contrate cómo acaba para que juzgues por ti mism@ si es de verdad taaan triste o solo estoy exagerando, ¿no? 
Solo te digo que no me colgaron la etiqueta de Drama Queen por nada. 😛
Así que pasa y escoge butaca. Tienes todo el teatro a tu disposición, no te podrás quejar. Saca los clinex, que buena falta te van a hacer; avisad@ quedas. Y, en definitiva, prepárate porque las luces están a punto de apagarse para que el telón se alce y de inicio la representación. 
No lo demoraré más. 


¡Que empiece el último acto de esta tragedia! 😟

* * *

Yuri regresó al hotel después de dejar a Luka en comisaría. Había esperado allí, sentado al volante de su coche, hasta que el chico, hecho polvo por la paliza que Boris y Sergei le habían propinado, traspasó el umbral del edificio. Solo entonces encendió el motor de su Mercedes y se alejó. 
Una hora después, cuando metió la tarjeta en la cerradura de su habitación, tuvo la certeza de que todo había terminado. 
La puerta se abrió y él sonrió amargamente al comprobar, una vez más, el excelente trabajo que los hombres de Nóvikov, de los cuales había formado parte hasta el día anterior, eran capaces de realizar. Al punto de introducir un cadáver en la suite de un lujoso hotel sin que nadie se percatase de ello. 
Sobre la cama reposaba el cuerpo inerte de Katherina. Aún vestía las mismas prendas que había llevado esa noche, cuando acudió a él. Todas, a excepción del pañuelo empapado en sangre que  Yuri guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y se acercó a lo que quedaba de la mujer que amaba haciendo gala de una sangre fría inaudita. 
Ella parecía dormida. Quienquiera que hubiese sido el que la dejó allí tuvo la delicadeza de cerrarle los ojos, y su cuerpo vacío no presentaba más signos de violencia que un tajo en la garganta. El corte a través del cual se le había escapado la vida. 
El hombre se sintió aliviado. Comparado con la agonía que imaginó para ella antes de morir, aquello no era nada. 
Se sentó en la cama y, con sumo cuidado, cubrió el corte con el pañuelo. Lo hizo preso del temblor que le sacudía las manos mientras intentaba anudarlo. Se dio cuenta entonces de que Katherina aún lucía su mitad del pequeño corazón de plata que compartían. Un detalle que, pese a la infinita tristeza que lo hundía, consiguió arrancarle una sonrisa. Preso de una súbita ternura, que le retorció las entrañas provocándole un dolor agudo, se inclinó y enterró la nariz en el cabello desperdigado sobre la almohada. Las delicadas hebras todavía desprendía el aroma dulce que siempre envolvía a su dueña. El cuerpo de la esposa de Nóvikov ya estaba frío, pero la muerte había arrancado a su rostro el peso de la tristeza y la soledad que padeció durante su matrimonio. Se parecía a la niña de la foto que Yuri escondía en el cajón de su mesita de noche más de lo que él recordaba. Estaba tan hermosa como lo estuvo hacía solo unos horas antes, cuando abrió la puerta de la suite y la encontró, despeinada y a medio vestir, esperándolo con urgencia.
Permaneció de ese modo, abrazado al cuerpo de la que nunca fue su mujer, durante horas; víctima de una  extraña mezcla de tristeza y alegría que pesaba a partes iguales sobre su ánimo. 
Las últimas luces del atardecer se colaban por la ventana cuando se quito el abrigó y envolvió en él el helado cuerpo de Katherina, sin pararse a pensar que a ella el gesto ya no le servía de nada. Se levantó con el liviano cuerpo femenino en sus brazos y, cargándola así, salió de la habitación sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Abandonándolo todo a su espaldas huyó del edificio utilizando la escalera del incendios, eludiendo miradas. Después, metió a Katherina en el coche, depositándola con cuidado en el lugar que un rato antes ocupó Luka. Tomó asiento a su lado y arrancó, guiando el volante con la izquierda mientras con la derecha aferraba una de las ateridas manos de su ausente compañera.  
Condujo con calma, con tranquilidad. Ya todo daba igual. No se escondía, ni huía de nada ni de nadie. Por el contrario, esperaba con ansia el momento en que Nóvikov, o alguno de sus enviados, diese con él. 
Quería regresar al pueblo andaluz en el que había vivido los últimos veinte años. El mismo que se convirtió en una prisión para Katherina. Cuando se detuvo junto a la pequeña ermita erigida a las afueras de la localidad costera faltaban pocas horas para el amanecer. 
Recordaba con detalle la primera vez que vio ese edificio. Fue pocos días después de llegar a España, cuándo se reencontró con su confidente de la infancia y descubrió que, ahora, era la esposa de Alexey Nóvikov. Y, pese a que ni él mismo se explicaba por qué, por alguna razón halló allí unos escasos minutos de tregua a la amargura que desde ese momento, y ya para siempre, se convirtió en su compañera de vida. Sería por eso por lo que había vuelto a menudo, buscando un poco de consuelo. 
A decir verdad, Yuri no era católico. Tampoco profesaba ninguna otra fe. Había visto demasiadas atrocidades en esta vida para creer que pudiese existir algo más allá de ella. Pero Katherina sí profesaba un fervor auténtico. Quizás por eso cada vez que veía la ermita pensaba, sin proponérselo, en la mujer del jefe; en lo mucho que deseaba que estuviese allí, con él y lejos del hombre que cortaba las alas de ambos. 
La tarde que le prometió que haría llegar a su madre la postal que eligiese, Katherina se decantó por una imagen que mostraba ese paisaje bañado por la dorada luz del atardecer. Para Yuri aquello fue una señal que consagró la ermita como un símbolo del nefasto sino que ambos compartían. No podía pensar en un mejor lugar para aguardar a su destino. 
Descendió del vehículo y volvió a tomar en sus brazos el cuerpo de Katherina. Caminó unos pasos, no muchos, y sin buscar asiento se dejó caer en el suelo con ella en su regazo; abrazándola tan estrechamente que costaba diferencia donde acababa el cuerpo de una y comenzaba el del otro. Quería que las lágrimas acudiesen a sus ojos, permitiéndole de ese modo descargar el dolor que pesaba sobre su pecho, aplastándolo. Verdaderamente, le habría encantado que eso ocurriera. Pero no fue así, no pudo llorar. El llanto se hizo rogar y  no le permitió liberarse de su carga. 
Así permaneció; helándose, respirando con una creciente dificultad mientas mataba el tiempo desenredaba con los dedos el suave y despeinado cabello de la mujer que descansaba en su regazo.
Fue una noche larga que se le pasó en un suspiro.
Una noche insomne en la que no acusó la falta de sueño.
Una noche terrorifica en la que no tuvo miedo, solo sintió una infinita tristeza fundida con la paz que disfrutan los muertos.
Casi amanecía cuando escuchó el sonido de dos coches acercándose, los cuales se detuvieron bruscamente y aparcaron junto al suyo. Pudo oír que de cada uno de ellos descendieron varios hombres con una prisa peligrosa; y sus voces, sus gritos. Aunque no distinguió lo que decían. Su alma estaba ya demasiado lejos de allí. Había viajado kilómetros y años atrás y en ese instante corría tras una guapa niña vestida con el uniforme del colegio, a la que lanzaba bolas de nieve que ella trataba de esquivar inútilmente. Fue por eso por lo que no pudo ver a Boris liderando la jauría humana que se precipitaba hambrienta sobre él, blandiendo bates de béisbol y ansias de revancha. 
No sintió nada; para entonces ya no estaba dentro de su cuerpo. Durante aquella madrugada volvió al pueblo cubierto de nieve en el que creció junto a Katherina. Cuando el bate que portaba Boris golpeó su cráneo con brutalidad, rompiéndolo, Yuri se sumió en un profundo pozo de oscuridad del que ya nunca regresaría. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

La triste historia de Yuri y Katherina (¿relato?)

Yuri Lébedev nació en un pequeño pueblo cercano a San Petesburgo, en el seno de una familia de clase media. Si bien era cierto que nunca había nadado en la abundancia tampoco arrastraba un pasado de pobreza y privaciones que justificasen que se hubiese convertido en el hombre que era. Fue un niño normal, y luego un chico del montón, en un ambiente común y tranquilo en el que la gente no tenía que huir ni esconderse de nada ni nadie. Donde la vida estaba por encima del dinero y cada quien era dueño de su destino. 
Ya ni siquiera recordaba en qué momento había perdido él ese derecho; cuándo dejó de pertenecerle su propia vida. 
Tampoco es que las fechas importasen mucho. 
Siempre fue ambicioso. Deseaba poseer todas esas cosas que estaban fuera de su alcance, tener más que los demás y que lo respetasen. Fue de ese modo como entró en contacto con Nóvikov, quien por aquel entonces todavía no era el hombre aburguesado que había visitado esa misma noche, sino un siervo más a las órdenes de un jefe todopoderoso. Un tal Vorobiov quien, al igual que hacía él ahora, operaba desde la sombra; desde la seguridad de un despacho en una casa de lujo. 
El joven Yuri llamó la atención de Nóvikov desde el principio. Era valiente y decidido. Dispuesto a todo con tal de triunfar en la vida. No podía imaginarse, en aquel entonces, que estaba en camino de conseguir todo lo contrario.
Se esforzaba por complacer, aprovechando todas y cada una de las oportunidades que se le daban. Lo hacía sin percatarse de que, en realidad, tales oportunidades no existían y lo que aquel hombre estaba haciendo era ponerlo a prueba, examinándolo para asegurarse de si le servía o no. Enredándolo en su trampa para que, aunque quisiera, ya nunca pudiera escapar de aquel mundo. Ni de él. 
Así pasó de ser un simple mensajero que llevaba y traía sospechosos paquetes a trabajar directamente con Nóvikov, convirtiéndose en su mano derecha. Hasta que llegó su prueba de fuego: acabar con Vorobiov para que su mentor pudiese hacerse con el poder. 
Al aceptar la oferta y sesgar la vida de ese hombre también la de Yuri quedó irremediablemente condenada. Nóvikov pasó a la cabeza de la organización y el joven se convirtió en una de sus manos derechas. Ganó todo aquello con lo que había soñado desde que no era más que un niño. Pero perdió lo que más amaba. Se dio cuenta demasiado tarde de que también era lo único que necesitaba: Katherina. La chica que vivía en la casa contigua a la suya, con sus padres y su hermana pequeña. La que era tan bonita que su madre estaba segura, y así lo proclamaba sin ningún pudor, de que llegaría a hacer un buen matrimonio y a convertirse en una mujer rica. 
Ella había sido el único punto de luz y cordura en medio de la locura de su juventud. La única que lo entendía y aceptaba tal y como era. Solo en ella podía confiar y contarle todo. 
Ojalá no lo hubiese hecho nunca. 
Katherina era tímida, lo suficiente joven e ingenua para creer en las promesas de un hombre sin escrúpulos como Alexei Nóvikov. Lo bastante tonta para darle algún valor a la palabra de un gánster.
Pocos días después de oír por primera vez la petición que el jefe le hizo de matar a Vorobiov, planteándoselo como un favor personal y no como el mandato que en realidad era, Yuri se enteró de que Katherina estaba comprometida en matrimonio con un rico hombre de negocios. Fue entonces cuando aceptó el encargo que en un primer momento había rechazado rotundamente.
No cedió cuando su padre fue atacado al regresar del trabajo por tres hombres que le dieron una paliza. Tampoco cuando la tienda que regentaba su madre ardió misteriosamente. Pero, ahora, movido por su estúpido despecho, corrió a Nóvikov para decirle que aceptaba su encargo.Como si al arrancarle la vida a ese hombre estuviese matando aquello que ella había amado de él. Como si se vengase por haberlo abandonado.
La primera decisión que tomó el nuevo líder, una vez se hubo hecho con el mando, fue la de trasladarse al sur de España. Enclave privilegiado para introducir en Europa las dañinas sustancias con las que traficaba. No tardó en hacer venir a sus hombres de confianza, Yuri el primero.
Fue entonces cuando volvió a ver a Katherina, en casa de Nóvikov. Lucía ese aire triste que ya nunca la abandonaría y un caro anillo en el dedo anular de su mano derecha. Se había casado con aquel tipo que le doblaba la edad creyendo la estúpida promesa de que con ello recuperaría para Yuri la libertad que este había perdido, y que ya nunca volvería a tener.
«¡Qué tonta fuíste!», gritó internamente, conduciendo por las calles hasta su apartamento por puro instinto. La muy ingenua ni siquiera se había planteado que su recién adquirido marido no cumpliría su parte del trato. Mucho menos podía imaginar que no existía nada, salvo la muerte, que pudiese liberar a Yuri.
«Hay caminos que son solo de ida, nunca de vuelta». Él conocía el significado de aquella frase mejor que nadie. La había sufrido en carne propia. Continuaba sufriéndola.
Lo que hizo Nóvikov no fue arrebatarle a la mujer que amaba. Al jefe la desdichada Katherina no le importaba. No la consideraba más que una bonita muñeca y, de esas, él podía pagar cuantas quisiera. Era un estúpido misógino que no otorgaba ningún valor a las mujeres. Por eso mismo jamás podría amar a una.
Katherina era la garantía que le aseguraba la lealtad absoluta de Yuri. Con ella en su poder sabía que también él lo estaba. Qué no volvería a desobedecerlo nunca más. Tenía en sus manos lo único que le importaba; lo único que amaba. Era como si le hubiesen servido su corazón en bandeja de plata.
Katherina no solo no había conseguido salvarlo, sino que con su sacrificio lo condenó de por vida. Los condenó a ambos. Yuri sufría por él, pero aún lo hacía más por ella. Y no podía evita sentirse culpable cada vez que recordaba a la niña alegre que jugaba con la nieve, en su pueblo natal, y la comparaba con la mujer triste que rondaba lujosos salones en una casa que era su prisión.


* * *

He incluido este texto en la categoría de relatos, pero en realidad no lo es. Lo que he compartido contigo es solo un pedacito de una narración muuuuuucho más extensa. 
Siempre digo que El cielo de Bangkok es mi primera novela, y es verdad. Pero, como te imaginarás, uno no se levanta una mañana y, de la nada, se sienta a escribir una historia de trecientas páginas o más. ¡Qué va!, esto es como echar a andar: empiezas dando pasitos pequeños, titubeantes; vas cogiendo confianza, te animas a dar un paseíto, luego una carrera...
Digamos que lo que has leído estaría en esta etapa, la de querer echar a volar sobre las suelas de mis zapatos. 
Este "relato" forma parte de mi primer intento de novela cuántos años hace de esto. Una aventura en la que me embarqué sin ningún tipo de preparación, dejándome llevar por lo que se me pasaba por la mente y se escurría por las yemas de mis dedos sobre el teclado. Así el resultado de la misma fue... ¡Un despropósito! aprovecho para insistir en la necesidad de hacer un trabajo previo antes de empezar cualquier proyecto literario. Los protagonistas quedaron completamente opacados por el villano y su trágica historia. Un hombre que, a medida que se iba revelando ante mí, pasó de no ser tan malo a convertirse en un auténtico héroe. Si me hubiese extendido un poco más, al final habría terminado canonizándolo 😜. Estoy segura. 
Lo que comparto es un flasbak que metí para justificar las tropelías de este tipo malo que me enamoró. Un retazo de su pasado para comprender su presente. 
Yuri y Katherina son mi asignatura pendiente. ¡Cuántas veces he pensado en reescribir esta historia tan viejita para darle a ellos el rol principal que merecen por derecho!
¿Qué por qué no lo hago? Pues, verás, es que su final no fue el mejor. Todo acabó del único modo posible para un amor tan desdichado😔. Y, por más que me devano los sesos buscándoles una salvación... Todavía no doy con ella. 

martes, 13 de agosto de 2019

El viejo camino (poema)

Queda el camino de antaño
enterrado en el cemento
que crea una nueva senda
libre de los destrozos del tiempo. 

Hoy pasé por la calle
que lleva a nuestro colegio
y el suelo que un día pisamos
se sintió extraño bajo mi cuerpo.

No encontré en él muescas
de los recuerdos de entonces,
de tus pies y de los míos
que corren para llegar a clase. 

Hoy regresé a ese lugar
y lo encontré distinto. 
El niño que fuiste no estaba.
La niña que fui se había ido.

jueves, 8 de agosto de 2019

¿Te arrepientes de haber dicho que no?

Esta pregunta me la formuló mi hermana el pasado domingo. Andábamos las dos en modo confidencias y mí me tocó abrir mi alma para revelar si no me quedaba nada por dentro después de haber rechazado todas las propuestas editoriales que me han llegado hasta el momento. Porque sí, así de diva he pasado el mes de julio: permitiéndome el lujo de responder con un "no" a quienes han mostrado interés en la historia de Jero y Abril.
¡Por que yo lo valgo! 😛
En la última entrada que será penúltima en el momento en que publique esta que escribí en el blog te conté que había recibido cinco ofertas para sacar el libro al mercado. En esa ocasión me centré en tres de ellas, las que consistían en una autoedición. Pero, ¿y las otras dos?
Pues esas eran publicaciones como Dios manda. Aunque, si te soy sincera, solamente una de ellas me interesó. Más que eso, al imaginar que podía llegar a publicar con esta editorial me sentí volar por el cielo subida en una nube blanca, como Goku. Se trata de un sello que conozco, he leído libros suyos, me encanta el trabajo que hacen y tienen cierto nombre dentro del sector. 
También tengo que decir que sufrí más que un poco durante el proceso de selección. En cierto sentido, fue como si estuviese concursando de Operación Triunfo 😅. Lo digo porque tuve que pasar varios "castings". ¡Menudos nervios!
Como es habitual en estos casos, el primer paso lo di yo al enviar el manuscrito. Me respondieron  creo que fue al día siguiente para hacerme saber que lo habían recibido e intentarían ponerse en contacto conmigo a la menor brevedad. Una promesa que cumplieron, de verdad que sí. Dos semanas después volvía a tener un e-mail en mi buzón de correo remitido por uno de los responsables de la editorial. ¡Había pasado la primera fase del proceso de selección! primer casting😜 El cual consistía en la lectura de la novela. El manuscrito les había gustado, pero querían saber si la historia era parte de una saga o un libro único, ver mis redes sociales... Y, aquí, es donde dio inicio el segundo casting. Que, para mi sorpresa, también superé satisfactoriamente. Si es que estaba en racha. No sé por qué no se me ocurrió comprar un cupón.
Si te soy sincera, no me esperaba una valoración favorable esta vez.  Lo de echar un vistazo a mis redes sociales me descorazonó porque no soy ninguna influencer. Imaginé que el interés en ver cómo me movía por Internet se debía a que querían comprobar con qué público contaban de antemano, antes de decidir sí acogían el proyecto o no.
¡Mal pensada, Adriana! ¿Qué te pasa? Ya no eres la cándida que solías ser. Estoy decepcionada de mí misma. 
Quedaron en enviarme el contrato para que lo leyese y viera cuáles serían sus condiciones. Aquí fue donde comenzó la auténtica agonía, los nervios del casting se quedaron en nada comparados con la incertidumbre que sufrí a partir de aquí. Porque, para que ellos pudieran redactar el borrado, yo debía facilitar antes mis datos personales y la información que este recoge por ley. Algo más que lógico, así que me falto tiempo para hacerles llegar todo lo que me pidieron. Por desgracia, este tirano, el  mentado tiempo, no quiso jugar a mi favor.
Pasaron tres semanas, me fui a La Rábida a hacer un curso de escritura, volví a mi casa, y... ¡Nada!, del contrato ni rastro. Sé que las cosas de palacio van despacio, que yo no sería la única con la que estaban en negociaciones, que la paciencia además de ser la madre de la ciencia también lo es del escritor. Pero, mira, al final, la impaciencia me pudo y me anime a escribir de nuevo solo para preguntar si les había llegado mi último mail, porque no había tenido acuse de recibo y estaba preocupada. Me contestaron, una vez más, muy amablemente y rápido. Resultó que el mensaje con mis datos personales había ido a parar a Spam. Así que me alegré de quedar de pesada ya que sirvió para solucionar el problema.
En medio te todo esto, a demás de irme a vivir la vida bohemia jugando a ser escritora, recibí la propuesta de otra editorial la quinta de las que me han llegado, la segunda de las que consideré. Hice malabares intentando ganar tiempo a ver si me llegaba el tan esperado contrato, para comparar ambas, y, al final, entendiendo que tenía que dar una respuesta o dejar que el tiempo ¡maldito tiempo! engullese la negociación reduciéndola al olvido, rechacé; priorizando la opción que me hacía tanta ilusión sobre esta última. 
En fin, son cosas pasan; parte del juego. 
Vale, y, a ver, si tantas ganas tenía de publicar con ellos, ¿cómo es que al final rehusé trabajar con esta editorial?
Pues porque me he dado cuenta de que, si quiero publicar un libro en papel, es mejor ir por cuenta propia.
Me explico. Los acuerdos que las editoriales plantean a los escritores suelen ser poco favorables a estos últimos. Eso no es nuevo para mí, lo sabía antes de empezar a tocar puertas. El caso es que siempre pensé que se debía a la desigualdad en cuanto al reparto de las ganancias. Pero, después de la experiencia que estoy adquiriendo, y de haber leído ya un buen puñado de contratos redactados por diferentes sellos, entiendo que el dinero no es la única brecha de desigualdad y que la distribución del trabajo entre las partes también es bastante injusta.


Desde mis inicios como autora he buscado el amparo de una editorial. A pesar de conocer a gente que se ha lanzado a Amazon para comercializar su obra, y que ha obtenido resultados estupendos, siempre he preferido el tutelaje de los especialistas en el tema. ¿Por qué? Pues por una sencilla razón: me veo muy capaz de hacer todo el trabajo de creación de un libro. Además sé que lo disfrutaría. Por no hablar de que existen maravillosos profesionales, desde correctores a portadistas, que trabajan de modo autónomo y cuyos servicios puede contratar cualquier escritor. Mi problema es que no me siento ni medianamente capaz de hacer labor publicitaria. Hablando en plata, si publicase usando Amazon, o cualquier otra plataforma similar... Creo que solo vendería un ejemplar, el que comprase yo.
No sé qué hacer para llegar a la gente. Para dar mi trabajo a conocer al mayor número de personas posible.
Por eso prefiero trabajar con editorial. Tenía la idea de que estas, como empresas dedicadas al sector que son, contarían con un departamento publicitario para ocuparse de lo que yo no tengo ni idea de cómo hacer. Sí me dices que tendré que moverme sola y que, además, el editor puede cancelar el contrato si considera que no me implico lo suficiente, no tan bien como debería hacerlo e incluso que los beneficios no son satisfactorios... Pues, entonces, llego a la conclusión de que es mejor trabajar por mí misma. Así, al menos, no tengo que preocuparme de responder ante otra persona en un campo en el que me siento insegura.
Y no creas que me estoy quejando, ¿eh? Nada de eso. Entiendo que hacer un libro en papel es un riesgo para toda editorial. Nunca sabes cómo funcionará y corres el riesgo de acabar comiéndote con patatas la tirada completita, salvando solo los ejemplares que compren los familiares y amigos del escritor. Pero, mirando mi interés, lo que yo quiero, lo que necesito es trabajar con alguien que no se limite a imprimirme el libro para luego dejarme a la buena de Dios, so pena de anular el contrato a la más mínima.
Este es el motivo por que, al final, la ilusión y las ganas de publicar con este sello se doblegaron ante el "no" con el que respondí a su amable ofrecimiento.
Su oferta no era mala, iba en la línea habitual del mercado editorial. Tampoco creo que vaya a conseguir una propuesta mejor. Simplemente, no me siento con capacidad, ni con ganas, de adquirir , ni con ellos ni con nadie, el compromiso que me proponen. Es algo que solo puedo hacer conmigo misma.
Es por esto que, respondiendo a la pregunta que planteé en el título: no, no me arrepiento. Para empezar, no lo hago porque creo que no vale de nada llorar sobre la leche derramada. Una vez tomas un camino ya no hay más opción que seguir adelante por él. Pero, sobre todo, no me atormenta ningún arrepentimiento porque he optado por lo que creo que es lo mejor para ambas partes.
Así que en esta situación estamos, aún no puedo darte fecha para presentarte a Jero y Abril ni siquiera sé qué voy a hacer con ellos 😖 . Sé que es duro, que no puedes aguantarte las ganas de conocerlos, que descubrir su historia de amor es hoy por hoy tu única razón de vivir. Ya, es un clamor popular, la humanidad está esperando por nosotros. Me doy cuenta. 😁
Aguanta un poco más, querid@ amig@. Recuerda que lo bueno siempre se hace esperar. 

jueves, 1 de agosto de 2019

La autoedición encubierta

Pues yo venía a hablar de mi libro, como diría Umbral. O de mi pre-libro, para ser más precisa. Por fin he concluido el manuscrito en el que llevo trabajando desde... ¡Ya no sé ni cuánto tiempo! 😅 Entre una cosa y otra la redacción de esta novela se me ha prolongado mucho más de lo que tenía pensado, me he visto obligada a postergar la fecha de finalización una y otra vez y ya empezaba a temer que no iba a acabar nunca. Sin embargo, esto ya lo he explicado en Instagram, por donde me dejé caer nada más poner el punto final a esta historia de amor, en una de esas acciones irreflexivas en las una tropieza cuando está eufórica. Si es que me puede la pasión 😛. El caso es que no tengo nada más que agregar a lo que expresé allí: estoy contenta y on fire con las correcciones. 
Es por esto que, al sentarme frente al ordenador, he pensado que dedicar una entrada a hablar de este tema tiene poca razón de ser. Y así, en el último momento, he decidido cambiar el plan inicial para comentarte otro asunto en el que también estoy inmersa ahora mismo. 
¡Vamos allá con la improvisación!
Como sabes, ando en busca de editorial; una casita para que Jero y Abril puedan vivir su amor a gusto. El pasado trece de junio no soy supersticiosa, como ves; nací un trece, así que no pude elegir lo dediqué al envío del manuscrito a todas las editoriales que conozco que publican género romántico. Hasta la fecha he recibido respuesta de cinco. De las cuales he considerado solo dos, ya que las otras me han ofrecido una autoedición o coedición.
Al margen de lo mucho que me ha sorprendido lo rápido que han empezado a llegar las respuestas no me esperaba nada hasta, como poco, final de verano quiero aclara que no tengo absolutamente nada en contra de estas formas de publicación. Son una opción más, tan buena como cualquier otra, que un escritor debe contemplar cuando se plantea sacar al mercado una novela. Lo que no me gusta es que me engañen. 
Me explico: si quiero autoeditar ya buscaré yo el modo de hacerlo, iré al lugar que me ofrezca la posibilidad y nos ponemos de acuerdo. Así de natural, sin subterfugios. Pero no te presentes como una editorial al uso y luego intentes venderme la moto de que, por X razones, tengo que pagar para que mi libro salga al mercado. Eso me parece sucio, me huele a manipulación y, como digo, me desagrada sobremanera. 
Por desgracia, empiezo a darme cuenta de hecho, ya lo he comprobado de que es una estrategia común en este medio. Como he adelantado, en relativamente poco tiempo me ha sucedido tres veces. 
La primera, y más desvergonzada de todas, la palabra "autoedición" ni siquiera se mencionó. En ningún momento. Me di cuenta de qué era aquello después de leer el contrato y empezar a atar cabos.
Resulta que, en caso de aceptar esta propuesta, la primera edición de la novela constaría de 100 ejemplares. Prefecto para mí, soy una escritora que está empezando por lo que entiendo y prefiero una tirada pequeñita pues no sabemos cuál será la respuesta del público. ¿Dónde está, entonces, el truco? En que, algunas páginas más adelante, el contrato especifica que el autor debe hacerse cargo de la venta de los 100 primeros ejemplares de la novela,  los cuales tendrá que colocar no lo expresaba así, pero para que nos entendamos antes de un mes a contar desde la publicación. Así, sin presiones. Y, ¿qué pasa si no lo consigue? Pues que se hará responsable de aquellos libros que no sea capaz de endosarle a ninguno de sus familiares o amigos.  
Después de leer esto me vi a mí misma como una de esos vendedores de enciclopédidias que, hace algunos años, iban de casa en casa ofreciendo el género, y que la mayoría de las veces terminaban con la puerta estampada en la nariz. Los primos prehistóricos de los teleoperadores que te llaman a la hora de la siesta para convencerte de que te cambies de compañía telefónica.
Con todo, esta misión impuesta de vendedora de mi propia obra no me molestó. Lo que me jodió con perdón, pero es que fue exactamente así como me sentí fue que, en realidad, al aceptar este acuerdo corro con los gastos de impresión del libro de manera indirecta. Al final, o me doy la maña para venderlos o los pago yo. No hay más. 
También quiero montar una editorial que parta de esta premisa. Es un negocio redondo, nunca tiene pérdidas. 
Honestamente, me pillé tal cabreo que me faltó el tiempo para descartar la opción. Cabreo que naturalmente me comí cuando di mi respuesta porque, ante todo, hay que ser educados. Así me lo han inculcado mis padres desde que era una mocosa todavía más cándida de lo que soy ahora sí, yo tampoco me explico cómo he podido sobrevivir hasta la edad adulta. Escribí al señor que se puso en contacto conmigo y me dijo que mi novela era "de puta madre" aunque no lo bastante para que quisiera asumir un mínimo riesgo por ella y le dije que muchas gracias por su propuesta, pero que no estaba interesa en publicar bajo esas condiciones. Sin especificar cuál era la condición en concreto que no me convencía. 
No hizo falta que fuese más clara. Él me respondió de inmediato para explicarme que no debía tener miedo, que 100 ejemplares no es tanto, que de 50 autores que habían publicado con su sello editorial 48 lograron el objetivo antes de la fecha estipulada y que, oye, si al final me quedaba con 15 libros colgados tampoco era para tanto. 
Llámame susceptible, pero si antes me sentí engañada después de esto... mejor me callo lo que pensé porque, como he dicho, tengo por costumbre ser educada. 
Volví a declinar la oferta con todo el saber estar del que pude hacer acopio. Y aún hube de hacerlo una vez más porque, un par de días después de esto, el mismo señor me volvió a llamar por teléfono, "sin ánimo de insistir". Solo porque, como están obligados a destruir la información de quienes no trabajarán con ellos medida para la cual las editoriales cuentan con dos meses de plazo, pero a él le mola ser previsor―, quería asegurarse de que mi respuesta era definitiva. 
Así que me fui drechita a por la Biblia que mi abuela me regaló por mi primera comunión, me hinqué de rodillas, le juré por los clavos de Cristo que así era; que antes me corto un pie que aceptar sus abusivas condiciones... Y parece que, al final, él se convenció de mi sinceridad. Estoy exagerando, claro; lo de la Biblia y el arrodillamiento no pasó, lo escribo solo para dar más carga dramática al texto. Pero el resto no queda tan lejos de la realidad. 
Este ha sido solo el primer caso que venía a comentar, me quedan dos más. Pero no te preocupes, que voy a ser más concisa al explicarlos. 
La segunda propuesta de autoedición no me pilló por sorpresa. Nada más enviarles el manuscrito me respondieron con uno de esos e-mails automáticos en el que me hacían ver las interminables ventajas de este tipo de publicación. De tal manera que ya sabía a lo que atenerme. 
La tercera fue menos obvia, no se delató hasta el momento de ponerse en contacto conmigo. Pero, al hacerlo, su respuesta fue un calco de la editorial anterior: un catalogo con varias opciones de autopublicación, estipulando precios dependiendo de los servicios que yo estuviese dispuesta a pagar. Como un paquete vacacional, más o menos, para que te hagas una idea. 
En estos dos últimos casos, el motivo para ofrecerme una propuesta de autoedición en lugar de hacerse cargo ellos de la publicación de mi novela fue, en palabras de los responsables que se pusieron en contacto conmigo, que "aunque mi obra es de gran calidad no goza de reconocimiento". 
¡Tócate la peineta, Marieta!
Es que, si yo fuera Megan Maxwell, no les habría mandado mi manuscrito a una editorial que, parafraseándolos, "no goza de reconocimiento". Vamos que, usando un símil futbolístico, el equipo de mi barrio no puede pretender fichar ni a Ronaldo ni a Messi. 
Señores, por favor; vamos a ser un poquito coherentes. 
A todo esto quiero añadir que, aun siendo yo la que correría con los gastos derivados de la publicación, en los tres casos que he expuesto mis honorarios como autora serían los habituales. Los cuales, por si no lo sabes, te digo que están en torno a un 10% de las ventas. El otro 90% va a parar a la empresa.
Lo dicho, que yo también quiero abrir una editorial de estas. Es el negocio redondo: no arriesgas dinero y obtienes ganancias a costa del trabajo de otros. Lo malo es que no me veo como directora de una empresa así, me darían demasiada pena mis escritores. Sentiría que me estoy aprovechando de ellos. O peor aún, de sus ilusiones. Porque la mayoría de la gente que firma un contrato tan descaradamente abusivo como estos que he comentado es porque tiene un sueño. Los que escribimos tenemos la fantasía o quizás la vanidad de que nos lean, de compartir nuestras historias con el mundo, y con eso nos cegamos muchas veces. 


Conclusión: para terminar ya, y que se entienda por qué he puesto esta foto tan chula para ilustrar la entrada, me siento como Caperucita Roja. Me he dado cuenta de que en este bosque en el que me he metido hay mucho lobo feroz. Ya me he topado con alguno que ha intentado llevarme a los matorrales para darme un revolcón. Y no lo digo en ese sentido, así que aparca la mente sucia😎😛.