domingo, 24 de febrero de 2019

La fórmula matemática para medir el ritmo de tu novela

El pasado lunes, en el Taller de escritura de Novela Romántica, hablamos sobre la narración y todos los elementos que intervienen en ella (tiempo, espacio, ritmo...). Como cualquier aspecto relacionado con la creación de una novela, la mezcla de estos queda a elección del que escribe. Está en el novelista, en su criterio y en el resultado que espera de su trabajo, velar por el desarrollo de la historia que está contando. Esto es así ya que, para bien o para mal (personalmente, me decanto más por lo primero) no existe la receta que nos guíe, marcando la cantidad de cada uno de los ingredientes que necesita la trama.  Escribir es un proceso creativo, una manera de expresarse. Y ya se sabe que cada quien se expresa de una forma diferente. Es por esto que, cuando hablamos de escritura, siempre lo hacemos en base a pautas, nunca a verdades absolutas.
En el tiempo que llevo al frente del taller me he dado cuenta de que esto, que mi mente caótica y poco amiga de ataduras considera un campo de posibilidades infinitas, puede complicarse para las personas más racionales. Así que ando buscando un método científico con más ahínco que cualquier matemático 😜. Esta semana la suerte ha estado de mi lado y, bicheando por Internet, he dado con una sencilla fórmula que permite medir el ritmo de una novela. Basta con hacer una división utilizando el número total de páginas de la misma y el de escenas que tenemos en ellas. Y listo. Se supone que a mayor número de escenas, más amena y dinámica será la historia.


Solamente por pedir, diré que me falta una leyenda, tipo test de la SuperPop, que detalle cómo sería el ritmo dependiendo del resultado de la división. Algo tipo:

  • De 0 a 5: Admítelo, tú novela es un ladrillo. 
  • De 6 a 11: Aceptable. Puedes estar tranquil@, no la utilizarán en las curas contra el insomnio.  
  • De 12 a 20: ¡Genial! A tu lector le va a dar un ataque al corazón.
La verdad es que yo no sabría decir qué número pude servirnos de referente para considerar que hemos conseguido un buen ritmo. En cualquier caso, recordemos que no se trata de meter escenas simplemente para que haya muchas, y que estás deben tener siempre una intención y aportar algo a la historia.
El post original puedes leerlo aquí. El artículo es muy bueno y da bastantes ideas para aprender a manejar el ritmo narrativo. 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Once días con Mister Facebook

Hay que adaptare, Adriana me decían los entendidos en el tema , evolucionar. Eres demasiado joven para no ir con los nuevos tiempos. 
Por "nuevos tiempos" vamos a entender redes sociales y, tras el consejo, véase el interés de los que me quieren en ayudarme a darme a conocer en el mundo de la literatura. ¿Qué mejor herramienta para llegar al mayor número posible de personas? Y, además, ¡gratis!
La verdad es que al razonamiento no le falta lógica, hay que reconocerlo. Y me gustaría decir que fueron la sensatez, y la capacidad para escuchar las sabias palabras de otros, lo que me llevó a hacer la prueba. Pero mentiría si arguyese semejante falacia. La verdad es que fue el cierre de Google+ lo que, el pasado 9 de febrero, me decidió a abrir una cuenta en Facebook. Estaba entre este e Instagram pero, al final, ganó el primero. No sabría decir por qué. Seguramente, porque de entre mis conocidos hay más gente usando Face que el Insta, el cual siempre asocio a celebrities y personajes del famoseo. 
Llegué con toda mi ilusión. ¡Pues claro que sí! ¡Qué no se diga! Bien dispuesta a usar la plataforma para mostrar al mundo cómo escribo. 
Creo que a las dos horas ya me había dado cuenta de que no era el mejor lugar para el fin que perseguía. Es un poquito difícil mantener una organización dentro de las publicaciones que haces tú mismo. No digamos cuando a estas se suman las de los demás, que tienen acceso a escribir en tu biografía siempre que quieran, como quieran y de lo que quieran. 
Que no se me malentienda, soy una firme defensora de la libertad de expresión. Es solo que... Bueno, también soy una clasicorra. Sigo pensando que, para ligar, es mejor irse a la discoteca o a cualquier lugar que te permita ver a tu proyecto de partenaire face to face. En fin, más allá de cualquier otro motivo, ya he dicho que mi finalidad al recaer allí estaba bien lejos de estos fines. 
Con todo y esto he aguantado. No soy de las que se rinden a la primera. He resistido durante once días. 
¿Qué? ¿Te parecen pocos? ¡¡¡Ufff...!!!! Pues a mí se me han hecho una eternidad. Cuestión de perspectiva, supongo. 


Entre los mensajes feministas que hacen flaco favor a la mujer (si de verdad crees que una chica/señora, "sea zorra, puta, fea...", merece ser respetada, ¿no deberías liberarla de la etiqueta de guarra y evitar juzgarla por su físico?), los que se amparan en el humor para defender una mentalidad machista, los que solo ven sexo por doquier y los que tratan de evangelizar a la peña a base de likes para Jesucristo... En fin, dejémoslo en que era demasiada información para una mente tan limitadita como la de servidora. 
Por eso mismo, porque soy tonta de remate, voy a desoír el consejo que me han dado hasta la saciedad y a largarme de Facebook con viento fresco. No lo aguanto más, ya he comprobado sobradamente que no es sitio para mí.  Puede que en este blog, tan escondidito y de difícil acceso, me sea más difícil dar a conocer mi trabajo. Pero, mira, honestamente, tampoco creo que los que se quedan en la corrala en red que dejo tras de mí sean lectores potenciales para mis novelas. 
Así que adiós, Mister Facebook. Dios sabe que he luchado por sacar adelante nuestra relación. De verdad que lo he hecho. Digamos que somos incompatibles y ya está. 

miércoles, 13 de febrero de 2019

Solterona busca gato (poema)

Voy a adoptar un gatito,
es la ley de mi existencia.
Hoy es mi cumpleaños
y ya cumplo más de treinta.

Solterita y enterita
(o solterona, como vean)
escribo novelas de amor,
que es lo que la realidad me niega.

Soy un cliché en toda regla,
un estereotipo con patas.
Pero sí me miras de cerca
te sorprenderá lo que hayas.

No estoy triste ni frustrada,
me siento feliz y plena.
Soy una mujer libre,
entro y salgo cuando quiera.

Así que cambia la mente.
Respeta la diversidad ajena.
El gato se puede quedar.
¿Tus prejuicios?  
Que no pasen de la puerta.

¡Happy Birthday To Me! 🎉

Hoy es mi cumpleaños. Tengo chucherías, croquetas hasta hartarme para almorzar, tarta de galletas y chocolate de merienda y regalos. La vida es maravillosa, durante veinticuatro horas al menos. Mañana ya me preocuparé por lo que toque 😉.

martes, 5 de febrero de 2019

La necesidad de desmitificar la escritura

Ayer dio inicio el Taller de escritura de Novela Romántica y, a pesar de los nervios propios de todo comienzo, la experiencia me a encantado. Principalmente por el fabuloso grupo con el que me he encontrado. El trabajo se convierte en un placer cuando haces algo que te gusta y cuentas con gente dispuesta a participar y a abrirse. Escribir, al final, es más que nada eso: ganas de comunicar y buenas dosis de valentía para compartir con los demás lo que guardamos dentro. 
En esta toma de contacto una de las cosas que más me a llamado la atención es que algunos de mis novelistas en potencia hablan de su timidez, o del deseo de encontrar un personaje especial, como grandes frenos a la hora de ponerse a escribir. Y me resulta curioso no por extraño, sino por todo lo contrario. 
La actriz Inma Cuesta interpreta en la película Los miércoles no existen a una periodista con vocación de escritora. Sin embargo, su personaje confiesa que "aún no ha escrito nada porque sigue esperando una historia única" (no recuerdo la frase literal, pero más o menos venía a ser algo así). Esto, que expresa un personaje de ficción, es un condicionante que sufren (hemos sufrido y seguiremos sufriendo) bastantes autores que habitamos en el mundo real. Son muchos los aspirantes a escritores que no escriben, y no lo hacen porque todo lo que se les ocurre les resulta insuficiente.

Eduardo Noriega e Inma Cuesta en la película Los miércoles no existen

Es por esto que me parece importante trabajar en la desmitificación de la escritura. Es decir, en la necesidad de aceptar la cruda realidad. Y esta no es otra más que los que escribimos no tenemos la obligación de redactar genialidades cada vez que nos ponemos a gastar tinta. De hecho, vamos a ser honestos, la gran mayoría de lo que dejamos en el papel puede incluirse en la categoría de chorradas. Sin embargo, contrariamente a lo que solemos pensar, eso no tiene nada de malo. Al revés, es muy beneficioso. 
A ver, para que nos hagamos una idea, la escritura es como el ejercicio físico: cuanto más entrenes, mejores resultados obtendrás. Lo que en este caso se traduce en más habilidad para expresarnos, una mejora de nuestro estilo narrativo y, lo que es mucho más importante, un conocimiento más profundo de nosotros mismos; de quienes somos como autores, cuáles son nuestros puntos fuertes y también cuáles los débiles. 
Siguiendo con el ejemplo del deporte, es lógico suponer que, cuanto más escribamos, mejor lo haremos. Nuestros primeros textos serán también nuestros peores textos. Es algo lógico y de lo que no hay que avergonzarnos. Lo preocupante sería que ocurriese lo opuesto. Así que, ¿por qué no superamos las barreras de la timidez y la exigencia y nos ponemos a escribir cuanto antes? De esta forma llegaremos más rápido al nivel que deseamos. Para alcanzar un destino hay que ponerse en marcha para llegar allí. 
En definitiva, y para ir concluyendo y no hacer la entrada muy larga, escribir no es un acto de sublime perfección, sino de honestidad. No te frustres buscando florituras para adornar tu trabajo, porque el proceso es justamente el inverso: cuanto más trabajes, más bonitos resultaran tus escritos. Una belleza que surgirá de manera completamente espontanea y natural. 

lunes, 28 de enero de 2019

La madrastra de Blancanieves (relato)

Claro que soy consciente del papel que juego en la historia. Juventud y belleza es una combinación letal, irresistible para el populacho. A una adolescente de rostro encantador se le perdona todo. En ella, los defectos son adorables y los errores prueba de su inocencia. No hay quien no se enternezca con las meteduras de pata de un ser angelical.
¿Cómo no iba a tocarme a mí ser la mala? 
Lo que olvida la gente es que yo también fui joven una vez. Muy joven. Lo era cuando, para satisfacer intereses ajenos, me vi forzada a contraer matrimonio con un hombre mucho mayor que yo y padre ya de una niña. 
—¡Un rey! me dijeron, creyendo que el título bastaría para contentarme. 
Pero no fue así, no bastó. Ni de lejos lo hizo.
La verdad es que la de reina nunca fue una profesión por la que sintiese vocación. Demasiada responsabilidad. A la muchacha que fui le gustaba cambiar las almidonadas enaguas de sus vestidos por pantalones de montar para salir a cabalgar, devoraba cualquier novela de aventuras que cayese en sus manos y soñaba con conocer a los héroes que las protagonizaban. Un desarrapado pirata me habría atraído más que el poderoso monarca al que fui entregada.
Mi matrimonio fue un contrato, no el acto de amor con el que cualquier jovencita sueña. Mi familia ganó poder e influencia gracias a él, mi nuevo marido una niñera a tiempo completo para su hija y la promesa de engendrar de nuevo. Mi obligación era parir al príncipe heredero que todo reino necesita. Por desgracia, mi vientre, aunque joven, resultó no ser fértil. Tras años de matrimonio, y de soportar las visitas a mi alcoba de ese hombre que se amparaba en sus derechos maritales para tomarme cuando le venía en gana, la preñez seguía sin arraigar en mí. Así pasaron los años, cada uno de ellos me cayó encima mermando las posibilidades de cumplir con mi deber como reina y menoscabando la dulce juventud de protagonista de cuento. Poco a poco, dejé de ser la muchacha que soñaba con piratas para convertirme en la mujer acostumbrada a las intrigas palaciegas. 
No fue una elección, sino una cuestión de supervivencia. 


La muerte de mi marido no supuso una liberación. Para cuando esta aconteció yo ya había aprendido que, una vez encerrado en la jaula, el pájaro pierde cualquier opción de ser libre. La verdadera razón del cautiverio no está en la falta de libertad. Más bien, el problema radica en que, de escapar, tendría que enfrentar un mundo en el que no sabría sobrevivir. Una existencia nueva y aterradora, como lo es todo lo desconocido. Por no hablar de que yo, aunque viuda, seguía siendo reina. Un cargo del que no es tan sencillo despojarse. 
Al deceso del soberano estalló la guerra dentro del consejo real. Los hombres que dominaban el país se vieron en la tesitura de elegir a una mujer como cabeza visible del gobierno: la heredera o la viuda. A falta del tan ansiado príncipe tocaba posicionarse. Naturalmente, la joven princesa ingenua, manejable y con las opciones de ser fecundada de las que yo había dado muestra de carecer se presentó como la mejor alternativa para la mayoría. Ese fue el origen de la leyenda negra que me perseguiría ya de por vida, el nacimiento de la bruja. Un título que me gané a fuerza de estudiar las propiedades medicinal de las plantas. 
¿No es irónico el modo en que la educación puede volverse en algo maligno si es una mujer quien la posee? 
Las cualidades innatas de Blancanieves para ganarse el rol de "la buena" ya las he mencionado. Por lo demás, sus partidarios en el consejo se encargaron de difundir las virtudes y desdichas de la princesita con el fin de granjearse los corazones del pueblo. Pura estrategia política, todo el mundo sabe que la plebe adora el melodrama. 
No tardó en correr de un extremo a otro del reino el chisme de que la usé de fregona. Una falsedad. No fui más allá de pedirle que pusiera un poco de orden en el basurero que tenía montado en sus aposentos. Lo que cualquier madre ha hecho infinidad de veces. Y a mí, me gustase o no, este era el papel que me había tocado desempeñar con ella 
Fue una época complicada, convulsa. En mi vida profesional y, también, en la sentimental. Y es que, más allá de las luchas por el trono, él llegó por aquel entonces. 
Vino al palacio para asistir a las exequias del difunto soberano, como tantos otros mandatarios y nobles de los países vecinos. Sé que a muchos les resultará indecoroso que, con el cuerpo de mi marido aún caliente, yo tuviese el mío receptivo al atractivo de otro hombre. Uno que, para acabar de rematar mi imagen de arpía lasciva, era mucho más joven que yo. Pero ya he dicho que mi matrimonio no estuvo marcado por el amor. Y, quizás por eso, dentro de mí la joven aplastada por el peso de los años y las responsabilidades agonizaba sin decidirse a morir. 
¿Tan mal está que, como cualquier mujer, también me rindiese al deseo de amar y ser amada?
A su lado recuperé el gusto por la lectura, retomé los largos paseos a caballo y, sobre todo, descubrí que podía mostrarme como una mujer frente a un hombre. Uno que no esperaba encontrar en mí ni la sumisión, ni el recato, ni el instrumento para perpetuar su linaje que me habían obligado a ser. Alguien que al mirarme veía más allá de mi estatus, mi infertilidad y mis años. Un ser humano capaz de aceptarme tal y como soy. 
Sí, sí; ya lo sé. El príncipe es de Blancanieves. Es lo que estás pensando, ¿no? Pues déjame decirte algo: te equivocas. En realidad, fue a mí a quien él declaró su amor. El edulcorado cuento de hadas que conoces solo es parte de las estrategias políticas de los partidarios de mi hijastra. El matrimonio entre los dos jóvenes herederos se planteó como una alianza igual de ventajosa que en su día lo fue mi propio enlace. Por eso, a pesar de la rivalidad forzada por otros que sufríamos, sentí pena por la princesa. Yo, mejor que nadie, sé lo que es ser utilizada como instrumento para conseguir poder.  
Pero no creas que pretendo negar todo de la versión oficial. Hay cosas que si sucedieron tal y como las has oído. Por ejemplo, lo del espejo. Eso lo admito. Es verdad que me la pasé frente a él, preguntándole una y otra vez quién era la más bella del reino. Una frívola estupidez, lo sé. Pero, cuando sales con un hombre mucho más joven, es inevitable sufrir ciertas inseguridades. Que se me marcasen las arrugas empezó a preocuparme más de la cuenta. Coquetería femenina.
También es verdad que mandé asesinar a la princesa. Una decisión de la que no me siento orgullosa,  debo decir, pero que me vi obligada a tomar. Cuando la situación se recrudeció entre los dos bandos enfrentados por ver quién lograba sentar en el trono al títere que pretendían usar en su beneficio, hube de elegir entre ella o yo. Y fui egoísta porque, por primera vez en años, volví a sentirme viva. Como en aquel tiempo lejano en que recorría las tierras de mi familia a caballo. Sé que no es justificación, pero no quería morir cuando comenzaba a recuperar mi existencia. 
Tú, que me juzgas tan fácilmente, ¿habrías tomado una decisión distinta?
Sobra decir a qué facción pertenecía el infeliz cazador a quien encomendé el trabajo. Nunca he tenido ojo para calar a la gente, ya ves. 
Sin embargo, el castigo más grande al pecado que quise cometer vino de la mano de quien más daño podía hacerme. Mi amado príncipe, hombre justo y noble como ninguno. Él, decepcionado de mí, al descubrir mi tentativa de asesinato puso de inmediato fin a nuestros ilícitos amores. Se rindió a la voluntad de su padre y aceptó unirse en santo matrimonio con la que todo el mundo consideraba la gran victima de la historia. La esposa adecuada. 
Me abandonó. Lo hizo y se unió a la partida de búsqueda de Blancanieves, que todavía andaba perdida por el bosque que conocía de memoria. El que rodeaba nuestro palacio y por el que tantas veces había paseado. Ya digo que no era una chica muy inteligente, tengo sus calificaciones escolares para probarlo. En fin, eso ahora es lo de menos. Lo relevante está en el hecho de que, cuando los voluntarios dieron con ella, mi príncipe no se demoró y le pidió que fuera su esposa. El resto ya lo sabes, es el momento más sensiblero de la crónica. Los escritores tienen vicio por adornar la realidad. 
¿El capitulo de la manzana? No, no me lo he saltado a propósito. De hecho, iba a explicarlo en este momento. 
Como ya he mencionado, mi arrepentimiento fue sincero. Perdí demasiado la primera vez que pretendí acabar con la vida de mi hijastra como para intentarlo una segunda. De modo que no; no era veneno, sino caramelo, lo que recubría el manjar que le obsequié como muestra de mi buena voluntad y deseo de sellar la paz. Si la muy boba se atragantó al primer mordisco, ese ya no es mi problema. Aun así, no es para tenerle pena. La infeliz supo aprovecharse de la situación y montó el númerito solo para que el príncipe le hiciese la respiración asistida. La jugada le salió redonda. Así me demostró que no era tan tonta como siempre supuse. Ni tan ingenua como todos la consideraban. 
En cualquier caso, quiero aclarar que, al final, el tiro le salió por la culata. Aunque la justicia divina se demorase mucho más de lo necesario, esto es un cuento, querid@. No hay modo de que el amor no triunfe.  Tú aguarda un poco más, que aquí viene lo bueno. 
Tras la boda de pompa y boato, mi hijastra se trasladó al reino de su nuevo marido. Yo, como única opción posible ya, quedé al mando de nuestra nación. Está mal que lo diga, pero mi labor como mandataria ha sido inmejorable. Clara muestra de un gobierno ejercido con la cabeza. Mejoras en sanidad, mayor inversión en educación, reducción de la tasa de desempleo y, por supuesto, incremento de la presencia femenina en el ámbito profesional... Por más arpía que me consideren, nadie puede negar la bonanza vivida durante mi reinado. Mi encomiable labor es siempre elogiada en las convenciones de los Siete Reinos. Esas en las que me he reencontrado con mi amado príncipe, que ya ha sido promovido al cargo de rey. En fin, nos movemos en el mismo círculo profesional. Lo raro habría sido que no hubiésemos vuelto a coincidir después de la boda. ¿No te parece?
¿Qué puedo decir? Una cosa llevó a la otra y... Bueno, bien dicen que donde hubo fuego cenizas quedan. Puedo dar fe de ello. 
No se lo digas a nadie, pero hemos retomado nuestra relación y, ahora, él está pensando divorciarse. Total, ¿qué más da? No sería ni el primero ni el último en hacerlo. Hoy día estas cosas pasan hasta en las familias reales. Me ha prometido que, cuando sea libre, vendrá a mí, y ya nada ni nadie podrá separarnos. Soy consciente de que, cuando esto pase, mi mala prensa volverá a subir como la espuma. Y que Blancanieves reforzará, una vez más, su imagen de victima —me pregunto qué cuento no será capaz de inventar esta vez para quedar como la sufrida heroína . Pero, honestamente, a estas alturas me importa menos que nunca lo que se diga de mí.
De todos modos, yo soy la bruja, ¿no?