Estoy leyendo El honor del jeque, de Jane Porter. Segundo de su trilogía Desierto de reyes, aunque para mí sea el primero ya que con él estoy conociendo a su autora.
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| Siento la mala calidad de la imagen, pero es la única que he encontrado. |
Cuando acabo una novela y no tengo en mente ningún título que me llame especialmente la atención siempre recurro a los jeques. Me gustan los escenarios exóticos y, aunque sea solo por eso, sus historias son una apuesta segura ya que me encanta fantasear con dunas, camellos y toda la parafernalia que acarrean.
La que me ocupa ahora me está gustando. Reúne los ingredientes para que me enganche una novela. Por un lado tenemos a una doncella en apuros, la joven e inocente Olivia (Liv para los amigos), que llega a Egipto con ansias de aventura y termina en la cárcel por posesión de drogas. Por el otro, como no puede ser de otra manera, está el caballero andante que acude en su rescate; el misántropo príncipe Khalid, quien, tras perder a sus hermanas menores en trágicas circunstancias, dedica su vida a ayudar a los que corren una suerte similar a la de ellas. Muy cliché, vale, pero, ¿qué puedo decir? Me encantan este tipo de historias. #Ineedahero.
Todo iba muy bien, la trama estaba interesante con el tema del rescate y la necesidad de hacer pasar a Liv por la prometida del jeque para garantizar su seguridad. Además, el argumento está bien construido y me parece consistente y creíble. Es cierto que en ocasiones tanto detalle sobre los lugares que los protagonistas visitan me aburre (bien está la ambientación, pero sin que parezca que estás leyendo una guía) pero, así y todo, estaba disfrutando mucho de mi aventura por tierras egipcias.
Y, entonces, sucedió. Ocurrió lo que temo cada vez que leo por primera vez a una escritora de romántica. Llegó el momento de la consumación y el miembro del héroe pasó a convertirse en un personaje más de la trama.
A ver, ¿de verdad hace falta especificar que el jeque la tiene "muy, muy grande"? Honestamente, su labor humanitaria ha pasado a segundo plano desde que descubrí este dato 😆.
Pero el punto culminante llega cuando, a la mañana siguiente, Mrs. Porter escribe:
"(...) Liv se sentó en la cama y se dio cuenta de que estaba dolorida. Khalid al oírla gemir salió del baño, donde se estaba terminando de lavar y vestir.
—¿Qué te pasa, cariño? —pregunto abrochándose la camisa de lino.
Ella sonrió mientras se colocaba la bandeja en el regazo.
—Estoy un poco dolorida gracias a tu no muy pequeña cosa.
Khalid sonrió y Liv sacudió la cabeza, sorprendida por su ego masculino.
Al leer esto yo, que voy en el autobús de vuelta a casa tras el trabajo, soy víctima de un ataque de risa floja y de la mirada asesina de la señora sentada a mi lado, que tiene toda la pinta de estar pensando que me falta un tornillo. No le falta razón a la buena mujer.
La escena tiene su gracia. Es de esas que me hacen plantearme si no me estaré perdiendo algo, porque no la veo nada realista, pero es divertida. Sin embargo, también encuentro algo desagradable en todo este rollo de tallas XL que gastan los héroes románticos en la entrepierna y el consiguiente malestar que le causan a sus parejas con tanta... ¿virilidad? Además de una fantasmada (no sé que opinarán otras mujeres, pero a mí me llega un tío fardado de tamaño y pierdo el interés al instante, por gilipollas) hay algo muy machista en el hecho de dar tanto protagonismo a un simple pene.
¿Paranoias mías? Pues probablemente, pero qué se le va a hacer.
En fin, seguiré con mi honorable jeque, a ver qué final me depara. Por favor, Khalid, solo te pido que sea la mitad de impactante que tus atributos.

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