Cuando era niña, tenía una colección de sirenas. Eran muñecas, claro; porque como todo el mundo sabe, las sirenas, en realidad, no existen. Tantas llegué a acumular que mi tío, para tomarme el pelo, decía que me iba a regalar un acuario. Aunque este, en su versión de secano, ya me lo monté yo por cuenta propia en mi dormitorio. Cualquier cosa alusiva al mar me servía como decoración. Recuerdo en especial un aplique para la mesita de noche que tenía la forma de una concha abierta ―si me lees desde Latinoamérica, te pido disculpas por la palabra 😅― con una perla en el centro, dentro de la cual iba la bombilla. Por eso mi madre, cuando me constipaba, afirmaba que era normal. ¿Qué podía esperar, si dormía todas las noches debajo del agua?
Como ves, en mi familia no me respeta nadie. 😛
Ahora, me resulta rara esta fijación que tenía. Por no decir escalofriante. El océano es para esta versión adulta de esa niña que fui un miedo irracional. Me da tal pánico que ni siquiera sé nadar, a pesar de haber nacido en la costa. No diría que sufro hidrofóbia, tampoco es eso. En la ducha de mi casa estoy tan ricamente, no me supone ningún problema colocarme bajo el chorro y, es más, me relaja muchísimo. Pero sí que le tengo respeto al agua. Jamás sumerjo la cabeza en ella. ¿Aguadillas? ¡Ni loca! En la playa no me verás ir más allá del límite que las olas dibujen en mis caderas. Las piscinas... las descarto, me generan incluso más angustia que la orillita del mar. Por no mencionar que, alguna vez, hasta he tenido que apartarme de la baranda cuando camino por el paseo marítimo de mi ciudad. Me aterra imaginar la posibilidad de que esta ceda y yo acabe allí abajo, en el fondo; en medio de la oscuridad, sin poder respirar y rodeada por... ¡sabrán Dios qué! Ahí puede haber de todo.
Aún así, no puedo negar que la niña que fui subsiste sumergida en el fondo del mar ―¿el símil me ha quedado tétrico, o solo yo lo percibo así?😖―. Se mudó allí cuando la madurez la desalojó de mi cuerpo. Pero nunca se ha despedido de mí, no del todo. Aun hoy, de vez en cuando, nada a la superficie, como la sirenita que siempre quiso ser, y comparte conmigo un poquito de la magia con la que solía mirar al mundo.
En los últimos días, mi niña acuática me ha visitado con relativa frecuencia. Y es de esta convivencia con ella de donde surgió la inspiración para escribir este post.
A lo largo de mi vida, he disfrutado muchas, muchísimas historias. Soy adicta a la ficción, una soñadora incorregible. Pero la primera que me emocionó al punto de llegar a convertirse en obsesión, esa, como el primer amor, no la olvidaré jamás.
A mí, quien me inyectó el germen de la fantasía fue Ariel; La Sirenita de Disney, la pelirroja, la del final edulcorado... Después de conocerla, me fue imposible dejar de soñar. También me volvió la romántica empedernida que soy. Yo no salí del cine deseando que los pies se me transformaran en aletas. Tampoco les pedí a mis padres un pez de colores ni un cangrejo cantarín. Lo que la cría de siete años que era en ese momento quiso, fue... ¡un príncipe! 🙄
¡Hala, Adrianita!🤦♀️
¡Hala, Adrianita!🤦♀️
Para seguir dando muestra de lo contradictoria que soy, te diré que, en realidad, Eric no es mi chico Disney favorito. Pero, claro, esto no lo descubrí hasta conocer al resto de la familia. Mi versión infantil amaba locamente a Aladdin y Jhon Smith. La realeza siempre me ha tirado poco, ya ves. Natural, ¿quién querría a un príncipe, pudiendo tener a un ladrón zarrapastroso y embustero o un aventurero incapaz de echar raíces que, por lo mismo, se largará dejándote con el corazón destrozado?
¡Ains!... Si es que... Yo ya de pequeñita apuntaba maneras... ¡Que gusto tengo para los hombres!
Como iba diciendo, hace unos días, YouTube, que debe conocerme mejor que muchos de los que me rodean, me recomendó un vídeo. Un número musical del show The Little Mermaid (La sirenita, de toda la vida) que se representó hace años en Brodway. La Adriana niña braceó entonces a la superficie y, bueno, ya he dicho que se ha quedado una temporadita conmigo; redescubriendo una historia que siempre me recordará a ella, a la que fui hace años; en el prólogo de mi vida.
A veces me pregunto cómo sería yo ahora si Ariel, Eric o Úrsula ―la mala más terrorífica y divina de todo el universo Disney, por mucho que Maléfica se crea la gran Reina del Mal de la factoría; ¡pobre alma en desgracia!🎶― nunca hubieran pasado por mi niñez. Igual estarás pensando que me paso de melodramática, y tienes razón, suelo pecar de Drama Queen, ya sabes. Pero no en este caso; de verdad pienso que las historias, las que nos llegan al corazón, nos marcan el carácter y hasta el modo de ver la vida. Pueden potenciar en ti determinados aspectos, dejar en letargo otros y modelar tu personalidad. Es por eso que estoy convencida de que estamos hechos de historias. De un cúmulo de ellas, de las emociones y sensaciones que un día nos inspiraron, y que por mucho tiempo que pase se quedan con nosotros; en nosotros. Porque es cierto que nos forjamos en la realidad, pero nos formamos en la fantasía.
¿Acaso tú no tienes películas y libros capaces de llevarte de vuelta al pasado, para recuperar emociones y pensamientos que tenías olvidados?
Los historiadores dicen que nuestros antepasado crearon la mitología para explicar esos fenómenos que escapaban a su razón, y que es en esta necesidad de entender el mundo donde reside el origen de la literatura. Pero yo creo que hay algo más en este principio, además del afán "científico"; un matiz más espiritual. En mi opinión, nuestros parientes más lejanos y primitivos también buscaban llenar un vacío, expandir la imaginación y huir de sus problemas. Al igual que nos sucede a nosotros, en la actualidad, ellos necesitaban fantasear y vivir experiencias y emociones a través de sus relatos. Necesitaban expresarse y experimentar más allá de los límites de la realidad.
Hay una canción del grupo Abba que, en español, dice lo siguiente:
Yo no sé tocar ningún instrumento, y si de entonar se trata mi voz va justa. Estoy lejos de ser una buena cantante, pero me identifico plenamente con este estribillo. Lo hago porque define perfectamente lo que la ficción es para mí, aunque la letra fuera compuesta para homenajear a otro arte. Yo jamás me cansaré de dar las gracias por las historias que transmiten emociones, ni mucho menos por lo que estas me hacen sentir.
"Quiero dar las gracias por las cancionesque transmiten emociones.Quiero dar las graciaspor lo que me hacen sentir.Quiero decir que por la música vale vivir.Por eso quiero dar las graciaspor este don en mí".
Yo no sé tocar ningún instrumento, y si de entonar se trata mi voz va justa. Estoy lejos de ser una buena cantante, pero me identifico plenamente con este estribillo. Lo hago porque define perfectamente lo que la ficción es para mí, aunque la letra fuera compuesta para homenajear a otro arte. Yo jamás me cansaré de dar las gracias por las historias que transmiten emociones, ni mucho menos por lo que estas me hacen sentir.
Y aquí lo dejo,que mi odiosa emotividad amenaza con desbordar este lagrimal tan flojo que tengo. Aunque estoy sola mientras escribo esto, hacer el ridículo delante de una misma tampoco es plato de gusto. 😓¡Ay! ¡Qué espectáculo con patas estoy hecha!
¡ADIÓS!😘😘
O, mejor, ¡hasta la próxima!

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