domingo, 15 de marzo de 2020

La teoría de la probabilidad

Desde el momento en que llegamos a este mundo, todos, sin excepción, iniciamos un proceso de adaptación a la vida. Es lo justo. Al fin y al cabo, ella estaba aquí mucho antes que nosotros. Pero como lo justo no siempre es lo que más nos conviene, hasta el menos pillo se busca sus mañas para conseguir que sea la vida la que se adapte un poquito a el/la menda. Estoy hablando de cosas pequeñas, por supuesto; detalles insignificantes. Porque una cosa es querer estar lo más cómodo y a gusto posible y, otra bien distinta, pretender que sea el mundo el que gire a tu alrededor. Si esto es lo que esperas, te lo aviso desde ya: vas de culo. 
Por ejemplo, ¿quién no ha usado alguna vez la banqueta de la cocina como mesa supletoria para poner el café cuando se repantiga en el sofá a ver la tele? Y, ¿qué me dices de la última balda del mueble de la alacena, donde acaban olvidados los productos que no usas a diario? Di que sí; garbanzos, lentejas y pastas bien a la mano, y lo otro... confinado en la más alta torre. Pues claro, los bajitos tenemos nuestras mañas. 
Los miedosos, también. 
Creo que esta no será la primera vez que cuento lo poco aficionada que soy a las pelis y novelas de terror. Ni lo lejos que me mantengo de la puerta de la casa del terror cuando voy a un parque de atracciones ―naturalmente, jamás los visito en Halloween. Para mí el miedo es una emoción negativa, desagradable, así que trato de guardar distancias con ella y evitarla lo más posible. Pero, claro, hay determinadas situaciones y, sobretodo, ambientes, en los que no importa que tú no quieras acercarte a él, porque es el miedo quien se empeña en ir detrás de ti. Cerca; muy, muy cerca. Tanto, que hasta puedes notar su aliento despeinándote los pelillos de la nuca. 
¡AYYY! 😱😱😱
Desérticas paradas de autobús a primera hora de la mañana, pasillos oscuros y largos en ese lugar de trabajo en el que ya no queda nadie más que tú, tu casa cuando eres la única de sus habitantes habituales que se ha quedado sin plan para la noche... Todos esos escenarios tienen algo inquietante para el alma miedosa. Si a eso se le une una desquiciada mente novelera, como la de esta que escribe... No es por ponerme medallas, de verdad que no; pero creo que si me dedicara a escribir las historias que  se me pasan por la cabeza en mis momentos de terror, podría hacerle la competencia a Stephen King. Aunque también lo pasaría fatal durante el proceso creativo, 🤨 no compensa. 
Es por esto que, en este proceso de adaptación de la vida a las necesidades propias, que mencioné al principio, he acabado desarrollando mi particular kit de emergencia para situaciones en las que siento que empiezo a sucumbir al miedo. Esto es lo que llamo La teoría de la probabilidad. 
A ver, me explico. 
Supongamos que, de vuelta a casa, sola, después de haber estado de fiesta, me toca pasar por un callejón en cuyos muros las sombras dibujan figuras espectrales antes de engullir por completo el camino. ¡No pasa nada! Vale que me vienen a la mente todas esas escenas de historias de ficción que he visto y/o leído lo de mantener las distancias con el género me lo impuse al hacerme adulta y priorizar mi paz mental sobre todo lo demás; así que yo también tengo un buen repertorio de escenarios de pesadilla, como todo hijo de vecino. Esas en las que un chica incauta y menudita la coincidencia del perfil del personaje con el mío es pura coincidencia, y que por lo mismo tiene nulas posibilidades de salir victoriosa de un enfrentamiento físico, aun cuando el adversario sea el Ratoncito Pérez, es atacada por uno de esos zombis devorador de cerebros.
¡Qué ascazo! De verdad. 
Ella empieza a oír sus gruñidos tras un cubo de basura, se acerca ―¡No! ¿Por qué en todas las películas la victima potencial se acerca? Mejor corre, boba; ¡corre! y, entonces... ¡ZAS! En cuestión de segundos termina convertida en puré de carne. 
Sí; confieso que en mi imaginación he protagonizado infinidad de veces esta escena. Es entonces cuando decido que ha llegado el momento de ceder la palabra a mi voz interiorla cual me dice:

Vamos a ver, Adriana, deja en pause la imaginación desbocada esa que tienes y tira de la racionalidad, que algún uso le tendrás que dar de vez en cuando, ¡digo yo!
En estas historias que son directamente responsables de que estés a un paso del paro cardíaco, ¿no hay siempre un héroe macizorro que aparece en el momento justo para salvar a la chica? No; no a la pardilla que muere al principio, antes de que terminen de pasar los créditos. Tampoco a la que la palma a la mitad. Sino a la protagonista, ella siempre llega con vida al The End. Y está claro que ese es el papel que te toca a ti. Estaría bueno no ser prota ni en tus propios terrores. Ahora, piénsalo seriamente: ¿cuántas posibilidades crees que hay de que tú te topes con un tío así? En este punto, a mi voz interior se le escapa una risotada perversa. Tiene mala uva, la puñetera―. Eso es, ¡cero! Por lo tanto, siguiendo con la argumentación lógica, a cero posibilidades de encuentro con el héroe le corresponde cero posibilidades de ataque zombi. ¿No? 
Pues ahí lo tienes, la acción no es posible. ¡Despídete de la película, Prima Donna!

Y, ¡oye! ¡Mano de santo! 
Tras esta charleta conmigo misma, me quedo la mar de relajada y soy capaz de atravesar el cementerio a medianoche, si hace falta. 
Es tonto, vale. Lo admito. Pero, párate a pensarlo; es igual de idiota que creer en zombis (aclaración importante: el zombi es sustituible por vampios, espectros y el resto de variables posible dentro de las criaturas de ultratumba). Con lo cual, me parece un remedio a la altura del mal. 
Sin embargo, mira tú por donde, la vida, que se habrá molestado conmigo por intentar zafarme de las taras que me ha impuesto, ha venido a fastidiarme el invento desatando una pandemia mundial. Después de esto, empiezo a cuestionarme las leyes de esa lógica a la que recurro en mis momentos de mayor ansiedad. Porque esta que estamos viviendo es otra de esas situaciones que solo creía posibles en la ficción. Y, no se tú, pero yo sigo sin encontrarme a Brad Pitt. ¿O será que hay que esperar a que la cosa empeore y empiecen a aparecer los primeros zombis?


Aquí el señor Pitt analizando la situación antes de entrar en acción.
Buena señal; si puede pararse a elaborar estrategias significa que la cosa aún no está muy mal.


Esto que acabo de soltar es un frivolidad enorme, teniendo en cuenta lo serias que están las cosas. Pero permitirme un poquito de humor antes de decir lo importante. 
No soy muy partidaria de hacerme eco de los problemas sociales. Primero, porque como escritora de Novela Romántica considero que mi papel es conseguir que te evadas del mundo y sus problemas. Segundo, porque creo firmemente que los que tienen potestad para hablar son, únicamente, los especialistas, y que muchas veces el que nos hagamos eco en avalancha de una situación tan delicada como esta, soltando nuestras propias opiniones, puede ser más contraproducente que otra cosa. Sin embargo, en vista del cariz que están tomando el asunto, me voy a tomar la libertad de hacer una pequeña excepción en esta máxima que tengo para darte un consejo:

¡CALMA!


Todavía no hemos llegado a la situación que se ve en las pelis sobre el fin de la humanidad. Y, honestamente, tampoco creo que la alcancemos. 
No quiero minimizar lo que está sucediendo, por supuesto que es algo muy grave y sin precedentes. Pero también considero, y confío, en que se puede solucionar si escuchamos a los que saben y acatamos las medidas que se nos han impuesto. Quédate en casa e intenta aprovechar el tiempo. Solo eso. A ver, que tampoco nos están pidiendo algo tan difícil. ¡Con la de libros y pelis que hay para leer y ver! ¡Vamos! Si estoy harta de oír las ganas que tiene todo el mundo de que sea finde para pillar por banda al Netflix. 😉
Y, POR FAVOR, no saquees tu super más cercano. No hay ningún problema de abastecimiento ni lo habrá, a no ser que lo provoquemos nosotros. Haz la compra como la harías normalmente y piensa en los que vienen detrás, que también tendrán que comer algo. Yo hago la compra semanal los sábados y te juro que ayer aluciné con el panorama y la actitud tan egoísta de la gente. Los hay que se llevan las cosas porque sí, al grito de: ¡eso mismo!
Además, deja ya de preocuparte por el p*** papel higiénico. Qué estás en tu casa, hombre; en un momento de apuro tiras de bidé y sanseacabó. 😋
Así que tranqui, que me da a mí que lo único que necesitamos es esperar, y que no va a hacer falta que el señor Pitt venga a salvarnos. Aunque no sé yo si esto, a algunos, les parecerá una bendición o una desgracia. 😅

P.D.: Lo de la teoría de la probabilidad es completamente cierto, pero que quede claro que no soy ninguna pirada con el tema de los fantasmas. De hecho, suelo pecar de escéptica con lo paranormal. Será por eso que me funciona tirar de la lógica cuando me desquicio. Lo que pasa es que también tengo una imaginación demasiado fértil y soy muy sensible a los ambientes. No me hace falta mucho para montarme la película y, claro, así, a veces acabo como acabo.

P.D. 2: Llegado el caso, ¿podría cambiar a Brad Pitt por otro? A mí es que los chicos así, tan rubitos y tipo nórdico, no me van mucho. 

lunes, 9 de marzo de 2020

Quise escribirte un poema (poema)

Quise escribirte un poema
y me falló la poesía. 
Me dio esquinazo el alma
y solo quedó la rima. 

La razón me gritó al oído
reprochándome la osadía.
Dijo que no valdría el esfuerzo.
Se hizo eco de lo que ya sabía. 

Pero quise escribirte un poema,
quise enclaustrarte en mi tinta.
Intenté retenerte en mi amor,
pero la muerte venció a mi grafía.


A mi madre,
que ayer habría
 cumplido un año más.

domingo, 1 de marzo de 2020

El Madrid romántico

El jueves pasado, a primer hora de la mañana, estaba sentada en un plaza madrileña que me sería imposible ubicar en el mapa. No sé su nombre ni cómo llegué allí. Me limité a tomar el metro y a vagabundear por las calles siguiendo el puntito azul que me representa en la pantalla de mi teléfono móvil. Así que solo puedo decir que era un lugar cercano al hotel en el que me alojé el tiempo que pasé en la capital. 
Hacía un frío que pelaba. La placita en la que me instalé en espera de que diesen las doce del mediodía para hacer el check-in no me mantenía a salvo de los repartidores. Quienes, sin piedad ni respeto alguno por la vida humana―, aparcaban en zona peatonal, poniendo en riesgo la integridad de mis extremidades inferiores. Y el croissant de chocolate que me estaba zampando no era, ni de lejos, de los mejores que he probado. Particularmente si tengo en cuenta lo que pagué por él. 
Vamos, que el día no se planteaba muy prometedor.
Pero, en una de esas en que la desesperación me empujó la vista al cielo, encontré este blasón en la fachada del edificio frente al que estaba sentada. 


La verdad, me habría gustado mucho más toparme con la casa en la que nació el poeta. O en la que escribió el Tenorio o cualquier otra de sus obras. La muerte no me parece algo para recodar con placas conmemorativas, siempre es un  hecho triste.  No para olvidar, eso no. Desgraciadamente, el fallecimiento de una persona también es demasiado importante para poder borrarlo. Sobre todo si se trata de un ser que amamos. Pero de ahí a convertirlo en reclamo turístico... No sé, no termino de verlo. Sin embargo, como he dicho, fue un encuentro inesperado. No buscaba este lugar, ni siquiera sabía que estaba allí. Simplemente apareció ante mí. Casi como si fuera él quien me hubiera estado buscando, jugando al escondite conmigo; esperando que levantara la vista para que lo descubriera.
Quizá sea por eso, porque me pilló de improviso, por lo que me hizo ilusión mucha, mucha ilusión― verme frente a un lugar en el que Zorrilla estuvo una vez. Aunque fuera en una situación tan triste. 
Los versos del Tenorio, como los de Romeo y Julieta, en mi memoria siempre irán unidos a mi adolescencia. Forman parte de de mi pasado más dulce. Sé que juego todas las papeletas para que me coloques el adjetivo de rarita después de leer esto, pero de los quince a los diecisiete años, mientras las demás chicas forraban carpetas con fotos de cantantes, actores y hasta algún que otro futbolista, yo decoraba la mía con imágenes de Bécquer y Shakespeare. También escribía sus versos en los separadores que ponían orden entre las asignaturas y leía las obras clásicas románticas con frenesí, entregada a esa intensidad tan propia de la edad. 
¡Ay, Dios mío! Si todavía me quedan reminiscencias de Drama Queen, no te imaginas cómo era por aquellos años. 🙃
A esa edad, en la que todos nos buscamos y necesitamos referentes en los que mirarnos, yo me identifiqué con los románticos e hice de ellos mi propia tribu urbana. Eran tan trágicos, idealistas, amantes de la libertad y... pues eso, tan románticos también aunque no solo― en su concepción del amor, que representaban todo lo que mi alma, encerrada en un cuerpo en plena revolución hormonal y con el consiguiente desarreglo emocional que eso conlleva, sentía. 
Mi viaje a Madrid responde a un motivo meramente laboral. Solo me quedé dos días y, literalmente, no tuve tiempo para pasear. Pero resulta que en la misma calle en la que estaba mi hotel se encontraba también el museo romántico. ¡No te imaginas lo que me ha dolido volver a casa sin haberme pasado antes por allí!
Lo tengo pendiente, la próxima vez que viaje a la capital recorreré el museo de principio a fin. Se lo debo a mi versión adolescente, con la que siempre es un placer volver a conectar. Hasta entonces, me consuelo pensando que he estado en el barrio romántico de la ciudad. Así lo he bautizado aunque no sé si es una etiqueta oficial o se la estoy colgado sin ningún fundamento― en vista de los rincones relacionados con ese movimiento artístico, que todavía me apasiona, que he descubierto por pura casualidad. Quizás una investigación en profundidad de la zona me habría revelado muchos más. 
¡Qué lástima no haber tenido más tiempo para averiguarlo!

lunes, 24 de febrero de 2020

¿De brújula o de mapa?

Escribir una novela es meterse en un bosque, con todas las implicaciones que el símil sugiere. Mientras desarrollas la trama paseas por encantadores valles colmados de flores y te internas en senderos tomados por la maleza, donde la luz del sol no logra abriese paso entre la penumbra. Esto es algo que cualquier persona que se tome el tiempo para redactar una novela experimenta. Es un hecho. Si no me crees, es que nunca has ejercido la profesión de novelista. Prueba y verás como tengo razón. También entenderás por qué siempre se dice que hay dos tipos de escritores: los que escriben con brújula y los que escriben con mapa, dependiendo de cómo decidas lanzarte campo a través. 


Hace unos días estuve hablando de este tema con una compañera. Estupenda escritora que está comenzando en este mundo tan bonito y, al mismo tiempo, tan descorazonador. A raíz de esa charla se me ha ocurrido escribir este artículo, de modo que gracias por la inspiración, compi. 😉
Lo del mapa y la brújula hace referencia al modo en que preparamos nuestra expedición por páginas y páginas en blanco. Así, los metódicos, aquellos que encuentran en la seguridad de lo preparado la estabilidad que necesitan para crear, y desean saber el número exacto de rocas que van a encontrarse en el camino, son los escritores-exploradores de mapa. Los otros, los que en lugar de consultar la ruta en el plano prefieren buscar el norte para guiarse, moviéndose por el terreno con más libertad y permitiéndose el lujo de ir un poco a la deriva, son los que, como te imaginarás ya, escriben con brújula. 
Pero, ¡ojo! No te dejes engañar, que escribir con brújula no implica sentarse frente al ordenador o el cuaderno y ya; poniendo lo que se te pase por la cabeza al buen tuntún. Nada de eso. Ya seas de brújula o de mapa, se espera de ti profesionalidad y que prepares tu trabajo en consecuencia. El método que elijas deber responder a tu carácter y tu manera de vivir la escritura, no a una tendencia al vaguerio. Si eres perezoso, simplemente no puedes ser escritor. Lo siento, pero es así de simple. 
No te haces una idea de la de veces que me he tenido que tragar las ganas de acostarme antes, levantarme más tarde, quedarme en el sofá viendo la tele o irme a toma un café porque tengo que darle un adelantón a la novela, escribir un artículo o actualizar el blog. Cosas todas estas que reservo para el tiempo libre que me queda después de concluir mis obligaciones. 
No; definitivamente, si quieres ser escritor la pereza es un vicio que debes despegar de tu carácter. ¡Como sea!
Yo soy una escritora de brújula, siempre lo he sido. Desde los primeros relatos cortos que escribí hasta la última novela a la que he puesto punto final. Me gusta enfrentarme a la hoja de papel virgen. Todo lo virgen que puedo estar, claro, porque, obviamente, es necesario haber trabajado la trama previamente esto que quede claro, por favor; siempre, siempre, hay que un trabajo antes de comenzar a escribir. De este modo la vivo más, me sorprendo más y voy conociendo a mis personajes y los ambientes en los que se mueven poco a poco. Es casi como ser una más del grupo de personas que se reúnen en mi historia. 
La verdad, siempre me ha parecido un poco aburrido escribir con mapa. Eso de tenerlo todo tan calculado... ¡Uf! Demasiado mecánico para una mente tan caótica como la mía. 
Sin embargo, te tengo que confesar que me estoy replanteando mis costumbres. Debe ser cosa de la edad, hace un par de semanas me cayó encima un año más. 😔
Como ya te comenté en otra entrada de este blog, no he comenzado este 2020 muy creativa, que digamos. No se trata de un bloqueo. Más bien, estoy desilusionada. Con la vida en general y con la escritura en particular. Y, honestamente, resulta difícil ponerse romántica y soñadora, para zambullirse en una historia de ficción y contarla como si fuera tan cierta como el suelo que pisas, cuando estás sufriendo un golpe de realidad. 
Es por esto que, en espera de que la ñoña que siempre he sido se canse de andar zascandileando por ahí y decida regresar a este cuerpo, y tras comprobar que forzarme a escribir es totalmente contraproducente, he decidido darme un tiempo. Algo para lo que soy terrible, por cierto. Me cuesta desconectar de la escritura. Siempre estoy pensando argumentos, rimando mis emociones para darles forma de poema y buscado temas para posibles artículos. Así que, como te imaginarás, el descanso no está siendo tan descanso como se suponía que lo sería. A escondidas de todas esas personas a las que aseguré que me alejaría de las letras en favor de mi salud emocional, he armado el esqueleto de una posible novela; diseccionado el argumento en capítulos y detallando lo que ocurrirá en cada uno de ellos. Por primera vez, desde que me propuse dedicarme a la escritura profesionalmente, he trazado el mapa de la historia que quiero contar. 
Mi baja laboral aka tiempo de espera hasta que la ñoñez decida regresa a mí― acaba en una semana, el dos de marzo. Si para entonces sigo despojada de mi lado cursi, habré de ir a buscarlo, con la arrabalera que también soy, y traerlo por los pelos. Entonces, te contaré que tal es esto de viajar por la ficción con un mapa en la mochila. Va a ser una experiencia completamente nueva para mí. 

lunes, 17 de febrero de 2020

Cuando me encuentre (poema)

Si un día me encuentro,
a lo mejor te busco.
Te regalo un momento
para que lo hagas nuestro,
mío... tuyo.

Porque, si me hallo,
sé que no estaré en tu mundo.
Andaré vagando a tientas por el mío.
Donde se fija mi norte
y adquiere sentido mi rumbo.