Parece que me haya convertido en cronista de Nárnia. Pero no; no es eso. De manera que no esperes que el príncipe Caspian se vaya a dejar caer por aquí porque no es el caso. Ya te aviso. Tampoco te quejes, últimamente hemos tenido bastantes príncipes como estrellas invitadas en el blog, el cupo de sangre azul está cubierto. Así que hoy voy a dejar de lado a la realeza para ocuparme de asuntos más populacheros: los errores de vocabulario.
¡Anda! Cómo para imaginarlo, ¿eh? Con este título que me ha dado por poner😒 ... pero espera que te explique y verás que la relación entre tema y enunciado está más que justificada.
Siempre tenemos la idea de que un escritor es alguien que domina el idioma en el que escribe a la perfección y no comete errores de ningún tipo con la que, al final, es su principal herramienta de trabajo. Vale, en un mundo ideal sería así, pero la realidad dista mucho de parecerse a este. Lo siento por Aladdin y Jasmine, no es por fastidiarles el dúo, pero cuanto antes lo entiendan mejor.
Nos equivocamos, todo el mundo lo hace. Hasta los médicos fallan a veces en sus diagnósticos. De modo que no creo que haya que poner el grito en el cielo porque a un humilde juntaletras se le revele una sílaba poco dispuesta a ocupar su lugar en la palabra. O, incluso, esas B que se intercambian con las V como gemelos idénticos y traviesos. Y no, no estoy justificando nada, que quede claro. Soy una firme defensora de la ortografía bien usada en cualquier contexto. Incluso ese terreno tan poco propicio a la floración de una correcta gramática como lo es Whatsapp. Solo digo que, entre caer en la dejadez y convertirse en un obseso ―del tema que sea― hay un amplio y saludable margen muy digno de ser tenido en cuenta.
Ningún radicalismo conduce a nada bueno.
Y, dicho esto, paso a contarte el error más grande ―por lo absurdo e injustificado― que he cometido en mi cortita carrera de escritora. Imagínate los que llevaré en mi mochila si algún día llego a tener una andadura considerable 😜.
¿Te acuerdas de Jero y Abril? Sí, los dos secuestrados de los que te hablé algunas entradas atrás. Pues todo sucedió con esta novela. Menuda historia accidentada, ahora que lo pienso. Avise que antes de ponerme con el envío del manuscrito a editoriales quería darle otro repaso. Y es cierto que soy un poco exagerada con lo de poner guapo el texto y que no sé cuándo ha llegado el momento de dejarlo en paz. Pero, en esta ocasión, tengo un motivo de peso para justificar el repaso. O dos; en realidad, son dos las razones: una cómoda y un diván.
¿Te reirás de mí si te digo que acabo de descubrir que no son lo mismo?
Vale, adelante; hazlo. La verdad es que no es para menos.
Cuando era una niña, mi padre solía jugar conmigo recitándome un trabalenguas que decía: "¿Por qué llaman a la cama, cama, y a la cómoda, cómoda, siendo más cómoda la cama que la cómoda?". Desde aquella época en mi cabeza la cómoda se dibujó como una especie de diván. Un mueble que vale para acostarse pero que, ¡oye! ni de lejos te proporciona el confort de una cama. Es así como, a la habitación de Jero, llegó una cómoda encubierta en la forma de diván en la que el pobre hombre, por exigencias de la trama, hubo de pasar más de una noche.
Ahora que soy consciente del fallo que cometí con la decoración no quiero imaginar cómo amanecería el infeliz por las mañanas. La espalda hecha polvo debía tener.
Ningún radicalismo conduce a nada bueno.
Y, dicho esto, paso a contarte el error más grande ―por lo absurdo e injustificado― que he cometido en mi cortita carrera de escritora. Imagínate los que llevaré en mi mochila si algún día llego a tener una andadura considerable 😜.
¿Te acuerdas de Jero y Abril? Sí, los dos secuestrados de los que te hablé algunas entradas atrás. Pues todo sucedió con esta novela. Menuda historia accidentada, ahora que lo pienso. Avise que antes de ponerme con el envío del manuscrito a editoriales quería darle otro repaso. Y es cierto que soy un poco exagerada con lo de poner guapo el texto y que no sé cuándo ha llegado el momento de dejarlo en paz. Pero, en esta ocasión, tengo un motivo de peso para justificar el repaso. O dos; en realidad, son dos las razones: una cómoda y un diván.
¿Te reirás de mí si te digo que acabo de descubrir que no son lo mismo?
Vale, adelante; hazlo. La verdad es que no es para menos.
Cuando era una niña, mi padre solía jugar conmigo recitándome un trabalenguas que decía: "¿Por qué llaman a la cama, cama, y a la cómoda, cómoda, siendo más cómoda la cama que la cómoda?". Desde aquella época en mi cabeza la cómoda se dibujó como una especie de diván. Un mueble que vale para acostarse pero que, ¡oye! ni de lejos te proporciona el confort de una cama. Es así como, a la habitación de Jero, llegó una cómoda encubierta en la forma de diván en la que el pobre hombre, por exigencias de la trama, hubo de pasar más de una noche.
Ahora que soy consciente del fallo que cometí con la decoración no quiero imaginar cómo amanecería el infeliz por las mañanas. La espalda hecha polvo debía tener.
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| Esto es una cómoda... ¡ESTO! |
No fue hasta después de terminar la novela, haberla registrado y con ella ya siendo juzgada por los responsables del concurso al que la mandé como primera opción para su publicación, que caí en la cuenta de este error que me ha perseguido toda la vida.
¡Qué vergüenza me dio! Ni te lo imaginas. Con lo perfeccionista que soy para estas cosas. 😓😳
La luz se hizo en mi cabeza una tarde en la que, reunida con mi familia, estuvimos debatiendo sobre algunos cambios que mi padre quería hacer en su casa. Concretamente, se le había metido entre ceja y ceja deshacerse de la cómoda de su dormitorio.
―A mí nunca me gustó. Era cosa de tu madre, y como ella ya no está...
Fue mi hermana la que le respondió.
―Bueno, pues como quieras. Pero piensatelo antes porque te veo deshaciéndote de todos los muebles para vivir como un asceta.
Fue una manía que le entró, la de querer desprenderse de todo. Mobiliario, fotos...
Yo, en lugar de dar mi opinión, me limité a pensar: "mira, se han equivocado. La cómoda, dicen; ¡si eso es una cajonera!".
Sí; ya sé que tengo que empaparme la colección de catálogos de Ikea.
El caso es que al principio no le di más importancia. Pero, conforme la conversación fue avanzando y la cómoda hizo acto de presencia en ella repetidas veces y en el mismo contexto... Pues digamos que este optimismo del que soy victima comenzó a desvanecerse para dejar espacio a la duda.
"¿A que me he equivocado?"
En ese instante Jero me vino a la mente, cuestionándome entre sátiro y mosqueado:
―¿de verdad sabes dónde me has puesto a dormir?
No le respondí. En vez de hacerlo cogí el móvil, recurrí a San Google y, valiéndome de su apartado de imágenes, escribí las palabras "cómoda mueble". Todas las fotos que me aparecieron fueron similares a la que ilustra este post.
¡Ay, Dios mío! ¡Lo que había hecho! Y, lo peor de todo, es que mi Lectora Beta se quedó tan pancha después de leer la burrada que escribí más de una vez y de dos. Porque, vamos a ser claros, la cómoda que no era cómoda tiene cierta importancia en la relación de Jero y Abril.
Así que aquí ando ahora mismo, moviendo muebles 🤣. Ya tengo la redecoración casi lista, y esta vez acondicionada a las necesidades de los inquilinos que habitan entre las páginas de la novela.
¿Ves como esta re-re-revisión del texto sí que tenía su justificación?

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