Deja que sea el alma en pena
que pague por tus pecados
que quiero morir en las zarzas
espinosas de tus brazos.
Que han sido tus manos mi cruz,
tus caricias son mis clavos,
y tu cuerpo el fuego cruel
donde me he purificado.
No importa si arrastro cadenas
o si los pies me desgarro
por esos oscuros caminos
que tú antes has andado.
No te preocupes por mí,
ni trates de remediarlo,
pues sin remisión me perdí
cuando me entregué a tus brazos.

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