lunes, 27 de enero de 2020

Buscaste la piel (poema)

Buscaste la piel, solo eso.
La hiciste jirones con tus ansias,
desprendiéndola de mis huesos. 

Buscaste la piel 
y te olvidaste del resto.

Pero fue error mío, no tuyo;
por ofrecer la eternidad
a quien perseguía un momento.

martes, 21 de enero de 2020

En SERiro (poema)

Que sea para quedarte.
Para ser en SERiro.
Mira que nunca he confiado
en las estrellas fugaces
y odio las brisas que huyen
tras alborotarme el pelo. 

Si vienes a mí, 
que sea para signficarte.
Para llenar de contenido mi tiempo.
No tomes mi alma si no vas a cuidarla,
o la que me darás a cambio 
no es más que un huevo huero.

jueves, 16 de enero de 2020

16 de enero, o el día que cumplí un sueño

Margot aprovechó el desconcierto de su padre para liberar su brazo y continuar la carrera, esta vez alcanzando la salida sin que nadie se interpusiese en su camino. Diluviaba. Buscó el ostentoso BMW blanco y sin perder tiempo se acercó a él a toda prisa, sintiendo que el vestido le pesaba cada vez más por culpa de la lluvia.
—Llévame a casa —pidió al chófer, a quien su repentina irrupción había pillado por sorpresa absorto como estaba en la lectura de la sección de deportes del periódico.
El hombre puso en marcha el vehículo cumpliendo su mandato y ella dejó caer la cabeza en el respaldo del asiento, imaginado que cada minuto que pasaba se hundía más y más en él, y que finalmente terminaría por desaparecer. Ojalá fuese así de sencillo. Pero sabía que tan sólo era una fantasía. Que el coche llegaría a su destino y ella aún continuaría allí.
El BMW circulaba deprisa, ya casi había llegado. Cuando se disponía a entrar en el aparcamiento subterráneo de su edificio lo vio. Estaba parado en medio de la acera, dejando que la lluvia resbalase por su cuerpo. Margot cerró los ojos, creyendo que lo que veía no era real. Pero, al abrirlos de nuevo, él todavía estaba allí, vestido de aquel modo informal en que siempre lo hacía, con unos pantalones vaqueros y el pelo alborotado.
—Detenga el coche —ordenó con decisión al chófer. El aludido, que ya había comenzado a descender la rampa que conducía a los aparcamientos, no le hizo, o no tuvo tiempo, de hacerle caso —. ¡Que pare! —Esta vez se acercó a su asiento y le tiró de los brazos desde atrás.
El hombre, con una maestría admirable y un buen susto en el cuerpo, detuvo la máquina justo a mitad de la pendiente. Margot no perdió un segundo y, después de abrir la puerta, se lanzó a la calle. Se pisó el dobladillo del vestido y a punto estuvo de caer de bruces sobre el suelo mojado, pero no le importó.
—¡Ari! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Él giro la cabeza lentamente, como si temiese descubrir que ella no estaba en el lugar del que procedía su voz. Como si le diera miedo comprobar que aquel sonido sólo había existido en su imaginación.
A Margot le bastó que esos ojos negros se clavasen en los suyos para sentir que el mundo comenzaba a girar de nuevo, que la vida regresaba a su cuerpo. ¿Qué importaba todo lo demás?
—Ari —volvió a decir, esta vez con tono suplicante.
A él se le antojó irreal, con aquel vestido blanco empapado por la lluvia y su pálida piel brillando bajo las farolas por efecto de la luz de éstas. Aun así, sabía que no soñaba, que estaba allí, que le suplicaba que fuera hasta ella. Y no la hizo esperar. Corrió, salvando la distancia que los separaba en unas pocas zancadas para estrecharla con fuerza contra él. Margot escondió la cabeza en su pecho.
—Perdóname —le suplicó con la voz rota —. No podía decírtelo. Tenía miedo de perderte.
Ella levantó la cabeza y le colocó un dedo sobre los labios, haciéndolo callar mientras fundía su mirada con la de él.
—Llévame contigo —le pidió.
La abrazó aún con más fuerza mientras unían sus bocas.

* * *

¿Sabes qué día es hoy?
—insertar aquí voz cantarina—.
A ver, sí; a parte del Día Internacional de la Croqueta. Una fecha que, como la zampabollos que soy, no puedo dejar pasar por alto.
Pero, además de por conmemorar a tan exquisito manjar —de verdad, pocas cosas hay que me gusten más que una croqueta— el 16 de enero es también inolvidable para mí porque, un día como hoy, se cumplió mi sueño de convertirme en escritora. 
Estaba en clase, sin prestar atención a las explicaciones de la profesora y con la cabeza en las nubes para no variar. Completamente olvidada de que tenía una novela participando en un certamen literario y, más aún, de que había llegado la jornada fijada para publicar el fallo de dicho concurso. Tenía un carácter un poco pasota por aquel entonces, lo confieso. Pero, como era una novata total, tampoco albergaba esperanza alguna de que mi trabajo fuese a ser seleccionado. Así que acabé, tras enviar el manuscrito, almacenando toda la información sobre el premio en un rincón muy escondido de mi memoria. 
Hasta que una llamada de teléfono me la desempolvó mejor que la misma Ballerina.  


Un día como hoy se me comunicó que El cielo de Bangkok había obtenido una mención especial en el premio HQÑ. Podrán pasar mil años y aún así nunca olvidaré ese momento. Es especial para mí y, por eso, y porque ya sabes que ando un poco más emotiva de lo normal este inicio de año, quería recordarlo en el blog y rememorar uno de los momentos más románticos de mis amados Ari y Margot. Uno de los que más me gustan. 
Y es que las escenas bajo la lluvia, con o sin beso, pero con bien de intensidad, son mi fetiche. Adoro los chaparrones, no pueden faltar en ninguna de mis novelas. 
Por cierto, si aún no conoces a estos dos... No te digo nada. Ya sabes lo que tienes que hacer. 😉

martes, 7 de enero de 2020

Desmotivaciones

Acaba de comenzar el año, y yo estoy haciendo méritos para que este 2020 me condecoren con el galardón La alegría de la huerta. Las dos entradas que he publicado desde que despedimos 2019 tienen un trasfondo de bajón que tira pa'tras
¡Perdón!
Esto es un blog-diario, al final. Es inevitable que mis estados de ánimo queden reflejados. Y el que me define últimamente no es precisamente alegre y dicharachero.
Llevo días dándole vueltas a la cabeza en busca de un tema interesante y divertido con el que actualizar. Pero, honestamente, ni me siento concentrada para abordar ningún asunto ni, menos todavía, con el ánimo para mantener el tono frívolo que suelo utilizar cuando escribo aquí. Por eso, al final, he decidido recurrir a mi arma secreta; la que nunca me falla: la sinceridad. Esconder las cosas no vale de nada, amig@. Maquillarte para fingir que eres/estás estupenda, tampoco. Tarde o temprano lloverá, se te caerá la pintura y parecerás más lamentable de lo que lo eres a cara descubierta. 
Así que, ¿te apetece que nos tomemos un café y, mientras, me haces de psicólogo? Es fácil, lo prometo. Solo tienes que escucharme. O leerme, en este caso.


No voy a echar de menos 2019. Cuando pienso en él, lo siento como un año en blanco. Eso ha sido para mí, a pesar de que sirvió de cuna a muchas primeras veces. Todas las que implicaban afrontar situaciones cotidianas sin el respaldo de mi madre, asumiendo muchas de las responsabilidades que tenía ella. A pesar de que soy una mujer adulta, durante los pasados doce meses me he sentido igual que una niña abandonada en mitad de un invierno helado. A parte de por esta sensación de incapacidad y desamparo, no me llevo nada reseñable de este pasado año. No ha sido malo, pero eso no lo hace merecedor del calificativo "bueno". 
Tampoco espero mucho de este 2020 recién nacido. No tengo propósitos ni objetivos para el año nuevo. Mi único deseo al brindar para darle la bienvenida fue que tanto los míos como yo gozáramos de buena salud. No es poco, ni mucho menos. En realidad, lo es todo. Pero tampoco puede considerarse una meta vital. 
Me he acostumbrado a priorizar la salud sobre cualquier otra cosa, me he convertido en una hipocondríaca y me da miedo alimentar cualquier ambición que no tenga que ver con no estar enferma. Me aterra que el azar, Dios, o quien quiera que sea el ente que rige nuestros destinos, crea que hay algo que me importa más que esto y decida castigarme por ello. 
Estoy loca, ¿verdad? Lo sé. Me he vuelto una completa desquiciada. 
Jamás había pensado en la enfermedad. No te miento ni exagero si digo que, hasta hace un año, mi historial médico no debía contener más que un par de análisis de sangre que me hicieron siendo adolescente. Pensaba que estar sano era lo normal. Ahora considero que, en realidad, es una enorme suerte. Por eso me obsesiono con la más leve "avería" que noto en mi cuerpo. 
Acostumbrarme a vivir sin esperar nada más que estar saludable, dejando que las semanas, los meses y los años se conviertan en una sucesión de tiempo vacío, me aterra. Y al mismo tiempo me siento culpable por haber escrito esto. 
No sé si será porque es invierno, el día ha amanecido gris y frío y este tiempo tiene la habilidad de arrastrarme a la melancolía. O porque he visto un vídeo de un antiguo drama coreano, de esos que adoraba cuando era una jovencita, que me ha recordado a otra época. La mejor de mi vida. Mis años como estudiante, cuando el futuro me parecía un lugar cargado de promesas. Era buena alumna y eso me hacía sentirme realizada y capaz, y me sabía integrada en el mundo... Mi madre aún vivía, estaba perfectamente sana y tanto la enfermedad como la muerte eran solo un concepto abstracto. Palabras cuyos significados conocía, pero no la emoción a la que representan.
No te haces una idea de lo enorme que es mi deseo de regresar a ese momento. Cuando no había penas y sí muchas ilusiones. Cuando era tan romántica que creía en el amor. Y tan valiente que no me sentía avergonzada de mostrar mis historias al mundo. Ahora, "a la vejez, viruelas", como dirían las abuelas, me puede el pudor a la hora de escribir. O la inseguridad. Creo que más bien es eso. No sé por qué, pero últimamente siento que nada de lo que escribo es lo bastante bueno. Que he perdido el "toque". Que esa magia también se ha esfumado.
Es por todo esto que hoy, esta mañana, hace apenas un momento, he echado de menos a la Adriana que fui hace años. Quizás reencontrarme con ella, y superar esta desidia que me ata de pies y de manos, debería ser el propósito que he confesado no tener para este 2020. Sí, es una buena idea. El problema reside en que no sé por dónde comenzar a buscarme. 

miércoles, 1 de enero de 2020

Año nuevo (poema)

Y amaneciste para quedarte,
para tomar posesión de la vida
marcando el correr incesante
de meses, semanas y días.

Llegaste para imponerte,
y tu visita no es imprevista.
Se te esperaba, como lo inevitable.
Igual que un promesa vacía.

Te instalaste al son marcado
por una campana tañida.
La que anunció medianoche
y mató otro año de mi vida.