viernes, 3 de abril de 2020

Abril (poema)

Y abril volvió a ser abril
vestida de primavera. 
Se cansó de asomarse 
al balcón
y corriendo 
bajó la escalera.

La calle montó una fiesta
pa' recibir a su reina.
Perfumó con jazmines
la noche
y de jacarandas 
llenó las aceras.

Y abril volvió a ser abril,
porque la vida no espera.
Y, aunque el invierno
deshoja el alma,
tras él  florece
la primavera.

domingo, 29 de marzo de 2020

Los hombres también saben escribir romántica

¡Y sin ayuda de nadie!
Así, con esta reivindicación de profundo calado social como todas las que hago 😋― comienzo el post de hoy. Pero, antes de entrar en materia, te voy a poner en situación con una de esas larguísimas introducciones, en las que te cuento la mitad de mi vida.🤦‍♀️
Aquí está el germen que ha dado origen a la entrada que ahora lees. 
La cuarentena me está permitiendo llevar una vida muy estructurada. De lunes a sábado tengo todas las horas del día programadas, distribuidas en tareas con las cuales el tiempo se me pasan volando. Es una recomendación que dieron los psicólogos cuando el encierro comenzó y la estoy llevando a rajatabla. Me está sentando tan bien esta dinámica, que me da un poco de miedo pensar sí seré capaz de mantenerla cuando se levante el estado de alarma. La verdad es que he ganado calidad de vida, aunque haya perdido libertad. 
¿Esto tiene algún sentido?😕
Dentro de la organizada existencia que estoy llevando, el domingo es el día de descanso. Cuando me permito olvidarme de todo y simplemente vegetar, que tras toda una semana a piñón me viene muy bien. Sinceramente, acabo agotada. Hacía tiempo que no dormía como lo estoy haciendo ahora. Pero, claro, no tener nada que hacer, cuando estás obligada a no poner un pie fuera de casa, también tiene su parte negativa: la jornada se hace interminaaaable. 
Así que, tras aburrirme como una ostra el domingo pasado, desde el lunes siguiente me puse a pensar qué iba a hacer con mi día de descanso esta semana. Me apetecía rever una peli; una de esas viejitas que me gustaban mucho en el pasado. Redescubrir una historia para reencontrarme con emociones de otra época. Pero... ¿cuál veo? Si ya le he dado seis vueltas, como poco, a mi lista de clásicos inolvidables.
Entonces me acordé de un título que he tenido olvidadísimo: 1, 2, 3... ¡Splash!
Cuando era una niña, me encantaba esta historia. Mucho tenía que ver que estuviera completamente obsesionada con La sirenita. Y con todas las Princesas Disney, en general; pero, particularmente, con la que tiene su reino "Under the sea". 🎶 Al hacerme mayor, se me pasó la fiebre "sirenil" y lo que me parecía un personaje de lo más seductor empezó a darme un poco de grimilla ¿te imaginas caerte al agua y que, en medio de esa oscuridad y la falta de oxígeno, se te acerque un ser mitad humano mitad pez? ¡A mí me da un infarto!. Así me olvidé del mágico romance que Tom Hanks y Daryl Hanna mantuvieron en la pantalla. 
Hasta el lunes pasado, como ya digo; cuando un rayo de luz iluminó los rincones de mi memoria. Desde entonces, ando ilusionadísima, igual que una niña pequeña, con la sesión de cine que me espera esta tarde. Suponiendo que sea capaz de encontrar el DVD en el que tengo grabada la peli y que el reproductor, que no uso hace mil, todavía funcione. Pero... ¡fuera pesimismo! El reestreno va a ir rodado, ya veras. 
No desesperes, que ya casi he llegado al meollo de la cuestión. 😛
Desde que me he levantado, me he puesto a buscar información sobre la película en Internet. Ha sido así como he dado con el dato que, primero, ha despertado mi suspicacia. Y, segundo, me ha indignado un poco. 
Si recuerdas la historia, 1, 2, 3... ¡Splash! sigue la vida de Allen, un soñador desencantado del amor que ha perdido la esperanza de encontrar algún día a la mujer de su vida. Pero, ¡oh, cosas del destino! Cuando más desesperado está, su camino se cruza o se recruza, porque estos dos ya se conocieron siendo niños con el de una preciosa muchacha que guarda un enorme y húmedo secreto. 
La trama, en sí, es un soplo de esperanza para todos lo corazones románticos y vapuleados por la realidad, como el de esta que escribe.😭 Porque, tú párate a pensarlo, si por Allen, cuando él ya lo daba todo por perdido, una sirena que lo había amado desde su infancia dejó el mar para buscarlo por las aceras de Nueva York, ¿quién quita que en una galaxia muy lejana no pueda haber un alienígena de lo más hot coladito por estos huesos que, a estas altura de la cuarentena, ya tengo bien recubiertos de magro? Oye, las mismas probabilidades hay de una cosa que de la otra. Así que no seas aguafiestas y déjame fantasear.
Al final, se descubre el pastel, claro. Y Madison así llamó Allen a su sirenita, provocando que en Estados Unidos hubiera un aluvión de niñas nacidas en los ochenta que cargaron con el mismo nombre― queda expuesta con su cola de pez en una multitudinaria fiesta. Se la llevan para estudiarla. Que, por lo que se ve en las pelis, los norteamericanos son mucho de esto; te cogen a alguien que se sale de la norma y lo encierran para hacerle pruebas. Menos mal que nací en España, porque con lo bicho raro que soy, del otro lado del charco ya estaría conectada a un puñado de cables. 
Al bueno de Allen, tras asimilar el secretillo de Madison, no le queda más remedio que aceptar el papel de héroe y acudir al rescate de su dama con escamas. 
Ya está; ahora sí. Llegamos al punto. ¡Te juro que sí!
Al parecer, según las informaciones que he encontrado en Internet, la primera versión del guión concluía la acción con la despedida de los enamorados en los astilleros del río Hudson. Allí Madison se lanzaba al agua para regresar al mar, y su chico... Pues se quedaba en tierra, ¿qué iba a hacer el hombre? Es lo que tienen los amores entre diferentes especies; la adaptabilidad al habitad del otro es complicada. Si alguna vez has tenido un novio o novia de otro país, seguro que lo entiendes. 
Pero los señores involucrados en esta producción destinada a un fin tan trágico, tuvieron a bien dejar que sus esposas leyeran la historia antes de comenzar a rodar. Vamos, que, por lo que he leído, el script debió rular que no veas entre la parentela de estos tipos. Lo de mantener el proyecto en secreto les importó más bien poco. Fue esta visión femenina la que hizo cambiar el desenlace al Happy Ending que finalmente tuvo. 
Cuentan estas crónicas cibernéticas que, una de las mujeres, incluso llegó a decirle a su esposo:
Si Allen no va tras ella, el que se irá (de casa) serás tú. 

Allen y Madison despidiéndose frente a las heladas aguas del río Hudson.
¡PARA SIEMPRE!
Suerte que el club de esposas lo impidió.

Sí, sí, sí; es una anécdota muy encantadora. A mí también me hace gracia imaginarme a esa señora, que durante páginas ha sufrido el subidón de azúcar al que te arrastran Madison y Allen, haciendo chantaje emocional a su conjugue para que les de el final que ella y todos nosotros; yo, al menos― quería para la parejita. Pero, honestamente, la escenita me resulta un poco repetitiva. ¿No pasó exactamente lo mismo con la idea original de Pretty Woman?
¡Vaya! Por lo que se ve, las esposas de los grandes hombres de Hollywood son todas unas romanticonas. ¡Qué lástima que a James Cameron no le diera por enseñar el guión de Titanic a su santa! Quién quita que, de haberlo hecho, hubiésemos tenido un final feliz también para Jack y Rose. Seguro que la señora Cameron tenía la lógica suficiente para entender que ¡¡¡los dos cabían perfectamente en esa condenada tabla!!! 😡🤬
Perdón, no quiero encenderme. 
Todo esto viene a que lo del final trágico que se convierte en feliz por consejo de la esposa, ya no cuela. Lo siento mucho. Me parece una estrategia de marketing con la que se pretende engordar la leyenda que rodea a una producción de éxito. Y no me parece mal, que conste. Lo que me chirría es que se basa en una mentalidad bastante rancia y machista. 
Para empezar, creo que a estas alturas de la vida es evidente que NO todas las mujeres somos unas sentimentales, de lagrima fácil, que se emocionan hasta la médula con las historias de amor. Yo no soy un buen ejemplo de esto, estoy claramente en el bando de las ficticias esposas cambia finales. Pero lo de ser romántica viene determinado por mi personalidad, en ningún caso por mi sexo. 
De igual modo, también existen hombres que son perfectamente capaces de crear una historia romántica, con bien de azúcar, sin la ayuda de ninguna mujer. No todos son una panda de cínicos incapaces de desear por sí mismos un "y fueron felices, y comieron perdices". Como ocurre con las mujeres, también ellos desarrollan un carácter más allá de los estereotipos que se imponen a su género. 
Dejo el cine para llevarme el tema a la literatura, que es mi campo. Hombres eran Emma Blair (Ian Blair) o Jill Sanderson (Roger Sanderson). También el creador de la saga Poldark, Winston Graham. Imposible no mencionar al superventas Nicholas Sparks aunque este sea un especialista en regalarnos dramáticos finales. Un poquito más cerca tenemos a Federico Moccia. O, quedándonos en suelo patrio, a José de la Rosa. Un autor estupendo, que me encanta y recomiendo mucho. 
De modo que sí, como decía al comienzo de la entrada, queda probado que los hombres también saben escribir romántica. Porque el amor es algo que experimentamos todos los seres humanos, con independencia de nuestro género y preferencias sexuales. Y el romanticismo es un rasgo de la personalidad, no tiene nada que ver con que te llames María o Manolo. 
¡He dicho!
Bueno, pues, escribiendo esto, ya he echado fuera la mañana del domingo. 😊
¡Hala! A disfrutar del día.

Edito: Por si te interesa, te cuento que, al final, se fastidió la sesión de cine. No he podido encontrar ese DVD que he guardado durante años y que, justo cuando iba a hacer uso de él, resulta que está en paradero desconocido. Me he llevado un chasco bueno, después  de pasar toda la semana esperando para ver la peli. 😞
Nota mental: Adriana, hija, a ver si esto te sirve para aprender a ser un poquito más previsora y no dejarlo todo para el último momento. 

martes, 24 de marzo de 2020

Escribiendo con mapa

Sí, seguimos enclaustrados en casa. Y no, no sabemos cuándo podremos tomar un poquito de vitamina D bajo los rayos del sol.
¡Ay, el sol! Mira que soy más de lluvia, frío y climas que tiran a lo melancólico, pero cómo estoy echando de menos achicharrarme bajo el sol de este rinconcito cálido en el que vivo. Que no es el Caribe, pero tampoco tiene nada que envidiar a la temperatura propia de esas latitudes.
La cuarentena ya pesa. Pero descuida, que no vengo a machacarte con la cantinela de  que te leas mis libros para hacerla más llevadera. 
En realidad, para lo que estoy aquí es para recuperar un tema que abordé hace algunas semanas, en una entrada pre-apocalíptica. Quiero decir que la redacté antes de que nos viéramos inmersos en esta ficción distópica que es ahora nuestra realidad. 
¿Se nota mucho que estoy harta de esta situación? Sí, ¿verdad? Como todos, imagino. Sé que al otro lado de la pantalla habrá más de uno que me entenderá perfectamente. 
Llevo sin salir de casa desde el día catorce. Ni siquiera para hacer la compra, que es una tarea que mi padre se ha apropiado. ¡Si será...! Siento debilidad por este hombre, lo quiero con el alma y hasta le río esas manías que sacan de quicio al resto del mundo, pero ya le he dicho que lo tengo nominado para ser el próximo expulsado de la casa. ¡Mis tres puntos se los lleva! 😋 No es nada fácil pasar una pandemia junto a un misófobo.
Le estoy dando un rodeo enorme al tema, lo sé. Pido perdón, pero llevo tanto tiempo sin hablar con alguien que no viva en mi casa que escribir esto para que tú lo leas me tiene sobreexcitada. Espero que me disculpes.
Como te decía, hace unas semanas ese es el tiempo real que ha pasado, aunque al pensarlo tengo la sensación de que han transcurrido años― te hablé sobre la escritura de brújula y la de mapa. Entonces me declaré una escritora de brújula, pero también anuncié mi intención de probar con el mapa. En esta vida hay que intentarlo todo lo que sea legal y no dañino para ti y tampoco para los demás, se entiende. Es la mejor manera de conocerse a una misma.

Siempre he sido un poco Pochontas.
Tengo la brújula; solo me falta mi capitán Smith.
Si lo ves, dile que se ponga en contacto conmigo.

Pues bien, como te conté en ese pasado idílico, mi experimento había comenzado con la preparación del esqueleto de una posible novela. Lo que técnicamente se llama escaleta. Esta es, por definirlo de alguna manera, una parrilla en la que se detalla lo que sucederá en la historia capítulo a capítulo. Un trabajo completamente nuevo para mí, confieso que no lo había hecho nunca. Y, también, que siempre me pareció una pérdida de tiempo. 
Sin embargo, lo primero que tengo que decir es que me está resultando muy útil contar con este esquema como base para narrar. Es así porque, mientras lo escribía, me fui haciendo una visión de conjunto mucho más completa y coherente de la historia que tenía en mente. Se convirtió en algo menos difuso y más tangible que la idea original de la que han partido mis anteriores novelas. Siempre he tenido claro qué iba a escribir, cuál escena me tocaba desarrollar y lo que en ella sucedería, aún sin hacer la escaleta. Pero contar con ella me sirve para valorar el avance que estoy haciendo. E, incluso, para tener más clara la fecha en la que finalizaré el primer borrador. No con precisión matemática, pero sí haciendo una aproximación más que lógica. 
Para mí, esa es la mayor ventaja que me ofrece esta forma de trabajar. Uno de mis grandes problemas es mi obsesión con obtener resultados, por lo que prever cuándo llegarán me tranquiliza. También ayuda a mi productividad, que es uno de mis grandes problemas. Hasta ahora, el tiempo de media que he invertido en la redacción de mis novelas es de un año. ¡Muchísimo tiempo! Y no es que quiera ser de los autores que sacan títulos al mercado como quien está haciendo churros. Para nada, yo prefiero vivir la historia y tomármelo con calma para hacerla mía. Que cada una de ellas, y sus personajes, sean especiales porque forman parte de un determinado momento de mi vida. Pero también considero que me recreo demasiado en el proceso creativo, no me viene mal reducirlo un poco. 
Por el momento, voy cumpliendo los objetivos que me marqué al inicio. Junto a la escaleta elaboré un calendario con el que me impuse redactar una escena al día, de lunes a sábado, reservando el domingo para descansar. Es cierto que a veces me ha sido imposible cumplir el horario. También es verdad que el plan original varía con relativa frecuencia. Me van surgiendo escenas con las que no contaba, que ocupan el lugar de otras o, la mayoría de las veces, se unen a las existentes para dar más profundidad a la trama y los personajes. Esto no tiene nada de malo o raro, ya que como me han enseñado en los cursos de escritura creativa a los que he asistido― una historia es algo vivo que evoluciona y cambia mientras la estás trabajando. Es por esto que, aún con planificación y todo, se hace difícil establecer una fecha fija de finalización.
Y, ahora, lo malo. Lo que peor estoy llevando de este modelo de trabajo es que no me permite repasar y depurar el texto.
Llegó el momento de las confesiones. Tengo un hábito terrible al escribir, algo que todo el que sepa de esto desaconseja hacer. Que yo misma, cuando he impartido talleres, he dicho que hay que evitar: me detengo muchísimo a hacer correcciones cuando todavía no he acabado el borrador. Escribo y corrijo, escribo y corrijo, escribo y corrijo... Es una de las razones por las que me demoro tanto en terminar. Este vicio me hace avanzar muy lento y, además, me obliga a volver atrás con frecuencia para releer, desde el principio, una novela que no está acabada. 
Como digo, sé que lo ideal es escribir sin mirar atrás y, una vez hemos llegado al final, comenzar a depurar lo que tenemos. Pero hacerlo así se me resiste; me genera angustia. Es como sentarte a ver la tele, después de comer, cuando todavía tienes los platos por fregar. ¡Yo no puedo hacerlo! Necesito asegurarme de que lo que dejo escrito está bien. Aunque después de poner el punto y final hago correcciones muchas, muchas correcciones, como he contado tantas veces― estas son para perfeccionar la puntuación, el estilo, o cambiar el nombre a algún personaje que, durante la narración, me ha terminado convenciendo de que se llama de un modo diferente. 
La escaleta y el calendario que me he autoimpuesto no me dejan tiempo para estas revisiones a las que soy tan aficionada. Tengo que cumplir con el plan en la medida de lo posible. Y eso me agobia. Muchísimo. Sé que lo que tengo ahora mismo es un desbarajuste de situaciones con poca coherencia que dan forma a una historia superficial, con personajes poco definidos y llena de puntos seguidos que deberían ser aparte, comas que cortan el discurso y, la verdad más cruda, hasta faltas de ortografía. 🤦‍♀️
¡No pasa nada! Es lo normal. El primer borrador es este caos. Como el esbozo de un dibujo, en el que el paisaje, a falta de perfilar y sombrear, es aún una masa poco precisa. Será durante las correcciones cuando la obra adquiera la entidad y el peso que necesita para ser creíble y llegar al nivel de calidad literaria que se le exige. 
Y, aún sabiendo esto... ¡me estoy comiendo por dentro! Ya he dicho que va contra mi naturaleza escribir sin pulir. En este momento, tengo poca fe en lo que estoy contando porque me cuesta ver más allá del bodrio que es ahora mismo. Se me hace difícil creer que podré hacer de ese nefasto borrador una obra literaria. Así que cada día lucho con mi deseo de pasar del plan y volver al inicio para intentar arreglar el desastre. 
No prometo no hacerlo, pero sí que intentaré reprimirme con todas mis fuerzas. 😅
Dejando de lado esta ansia viva que me devora, mi conclusión es que la escaleta me resulta muy útil. Pese a la mala opinión que siempre he tenido de ella. Para mí que es una de las herramientas de escritura que voy a hacer mía. Me gusta lo mucho que me ayuda a tener una idea real de mi rendimiento. 
Pues ya está, aquí acaba la chapa de hoy. Mil gracias por leerme y aguantarme― hasta el final.
Me despido por el momento. Ahora voy a asomarme un ratín a la ventana, a ver si me da el aire y recupero algo de cordura. 

viernes, 20 de marzo de 2020

Puntos suspensivos (poema)

La vida en puntos suspensivos 
a cada lado de la ventana.
Allí la calle vacía;
aquí, tan solo mi alma.

El mundo se detuvo,
pero no paró con calma.
La inquietud es quien escribe
con su letra estrangulada.

La vida en puntos suspensivos,
esperando el mañana.
Congelada en este presente:
un bolígrafo con la tinta gastada.


Sexto día de confinamiento.
Se está haciendo difícil, ¿eh? Ánimo, que ya queda menos. 💪

domingo, 15 de marzo de 2020

La teoría de la probabilidad

Desde el momento en que llegamos a este mundo, todos, sin excepción, iniciamos un proceso de adaptación a la vida. Es lo justo. Al fin y al cabo, ella estaba aquí mucho antes que nosotros. Pero como lo justo no siempre es lo que más nos conviene, hasta el menos pillo se busca sus mañas para conseguir que sea la vida la que se adapte un poquito a el/la menda. Estoy hablando de cosas pequeñas, por supuesto; detalles insignificantes. Porque una cosa es querer estar lo más cómodo y a gusto posible y, otra bien distinta, pretender que sea el mundo el que gire a tu alrededor. Si esto es lo que esperas, te lo aviso desde ya: vas de culo. 
Por ejemplo, ¿quién no ha usado alguna vez la banqueta de la cocina como mesa supletoria para poner el café cuando se repantiga en el sofá a ver la tele? Y, ¿qué me dices de la última balda del mueble de la alacena, donde acaban olvidados los productos que no usas a diario? Di que sí; garbanzos, lentejas y pastas bien a la mano, y lo otro... confinado en la más alta torre. Pues claro, los bajitos tenemos nuestras mañas. 
Los miedosos, también. 
Creo que esta no será la primera vez que cuento lo poco aficionada que soy a las pelis y novelas de terror. Ni lo lejos que me mantengo de la puerta de la casa del terror cuando voy a un parque de atracciones ―naturalmente, jamás los visito en Halloween. Para mí el miedo es una emoción negativa, desagradable, así que trato de guardar distancias con ella y evitarla lo más posible. Pero, claro, hay determinadas situaciones y, sobretodo, ambientes, en los que no importa que tú no quieras acercarte a él, porque es el miedo quien se empeña en ir detrás de ti. Cerca; muy, muy cerca. Tanto, que hasta puedes notar su aliento despeinándote los pelillos de la nuca. 
¡AYYY! 😱😱😱
Desérticas paradas de autobús a primera hora de la mañana, pasillos oscuros y largos en ese lugar de trabajo en el que ya no queda nadie más que tú, tu casa cuando eres la única de sus habitantes habituales que se ha quedado sin plan para la noche... Todos esos escenarios tienen algo inquietante para el alma miedosa. Si a eso se le une una desquiciada mente novelera, como la de esta que escribe... No es por ponerme medallas, de verdad que no; pero creo que si me dedicara a escribir las historias que  se me pasan por la cabeza en mis momentos de terror, podría hacerle la competencia a Stephen King. Aunque también lo pasaría fatal durante el proceso creativo, 🤨 no compensa. 
Es por esto que, en este proceso de adaptación de la vida a las necesidades propias, que mencioné al principio, he acabado desarrollando mi particular kit de emergencia para situaciones en las que siento que empiezo a sucumbir al miedo. Esto es lo que llamo La teoría de la probabilidad. 
A ver, me explico. 
Supongamos que, de vuelta a casa, sola, después de haber estado de fiesta, me toca pasar por un callejón en cuyos muros las sombras dibujan figuras espectrales antes de engullir por completo el camino. ¡No pasa nada! Vale que me vienen a la mente todas esas escenas de historias de ficción que he visto y/o leído lo de mantener las distancias con el género me lo impuse al hacerme adulta y priorizar mi paz mental sobre todo lo demás; así que yo también tengo un buen repertorio de escenarios de pesadilla, como todo hijo de vecino. Esas en las que un chica incauta y menudita la coincidencia del perfil del personaje con el mío es pura coincidencia, y que por lo mismo tiene nulas posibilidades de salir victoriosa de un enfrentamiento físico, aun cuando el adversario sea el Ratoncito Pérez, es atacada por uno de esos zombis devorador de cerebros.
¡Qué ascazo! De verdad. 
Ella empieza a oír sus gruñidos tras un cubo de basura, se acerca ―¡No! ¿Por qué en todas las películas la victima potencial se acerca? Mejor corre, boba; ¡corre! y, entonces... ¡ZAS! En cuestión de segundos termina convertida en puré de carne. 
Sí; confieso que en mi imaginación he protagonizado infinidad de veces esta escena. Es entonces cuando decido que ha llegado el momento de ceder la palabra a mi voz interiorla cual me dice:

Vamos a ver, Adriana, deja en pause la imaginación desbocada esa que tienes y tira de la racionalidad, que algún uso le tendrás que dar de vez en cuando, ¡digo yo!
En estas historias que son directamente responsables de que estés a un paso del paro cardíaco, ¿no hay siempre un héroe macizorro que aparece en el momento justo para salvar a la chica? No; no a la pardilla que muere al principio, antes de que terminen de pasar los créditos. Tampoco a la que la palma a la mitad. Sino a la protagonista, ella siempre llega con vida al The End. Y está claro que ese es el papel que te toca a ti. Estaría bueno no ser prota ni en tus propios terrores. Ahora, piénsalo seriamente: ¿cuántas posibilidades crees que hay de que tú te topes con un tío así? En este punto, a mi voz interior se le escapa una risotada perversa. Tiene mala uva, la puñetera―. Eso es, ¡cero! Por lo tanto, siguiendo con la argumentación lógica, a cero posibilidades de encuentro con el héroe le corresponde cero posibilidades de ataque zombi. ¿No? 
Pues ahí lo tienes, la acción no es posible. ¡Despídete de la película, Prima Donna!

Y, ¡oye! ¡Mano de santo! 
Tras esta charleta conmigo misma, me quedo la mar de relajada y soy capaz de atravesar el cementerio a medianoche, si hace falta. 
Es tonto, vale. Lo admito. Pero, párate a pensarlo; es igual de idiota que creer en zombis (aclaración importante: el zombi es sustituible por vampios, espectros y el resto de variables posible dentro de las criaturas de ultratumba). Con lo cual, me parece un remedio a la altura del mal. 
Sin embargo, mira tú por donde, la vida, que se habrá molestado conmigo por intentar zafarme de las taras que me ha impuesto, ha venido a fastidiarme el invento desatando una pandemia mundial. Después de esto, empiezo a cuestionarme las leyes de esa lógica a la que recurro en mis momentos de mayor ansiedad. Porque esta que estamos viviendo es otra de esas situaciones que solo creía posibles en la ficción. Y, no se tú, pero yo sigo sin encontrarme a Brad Pitt. ¿O será que hay que esperar a que la cosa empeore y empiecen a aparecer los primeros zombis?


Aquí el señor Pitt analizando la situación antes de entrar en acción.
Buena señal; si puede pararse a elaborar estrategias significa que la cosa aún no está muy mal.


Esto que acabo de soltar es un frivolidad enorme, teniendo en cuenta lo serias que están las cosas. Pero permitirme un poquito de humor antes de decir lo importante. 
No soy muy partidaria de hacerme eco de los problemas sociales. Primero, porque como escritora de Novela Romántica considero que mi papel es conseguir que te evadas del mundo y sus problemas. Segundo, porque creo firmemente que los que tienen potestad para hablar son, únicamente, los especialistas, y que muchas veces el que nos hagamos eco en avalancha de una situación tan delicada como esta, soltando nuestras propias opiniones, puede ser más contraproducente que otra cosa. Sin embargo, en vista del cariz que están tomando el asunto, me voy a tomar la libertad de hacer una pequeña excepción en esta máxima que tengo para darte un consejo:

¡CALMA!


Todavía no hemos llegado a la situación que se ve en las pelis sobre el fin de la humanidad. Y, honestamente, tampoco creo que la alcancemos. 
No quiero minimizar lo que está sucediendo, por supuesto que es algo muy grave y sin precedentes. Pero también considero, y confío, en que se puede solucionar si escuchamos a los que saben y acatamos las medidas que se nos han impuesto. Quédate en casa e intenta aprovechar el tiempo. Solo eso. A ver, que tampoco nos están pidiendo algo tan difícil. ¡Con la de libros y pelis que hay para leer y ver! ¡Vamos! Si estoy harta de oír las ganas que tiene todo el mundo de que sea finde para pillar por banda al Netflix. 😉
Y, POR FAVOR, no saquees tu super más cercano. No hay ningún problema de abastecimiento ni lo habrá, a no ser que lo provoquemos nosotros. Haz la compra como la harías normalmente y piensa en los que vienen detrás, que también tendrán que comer algo. Yo hago la compra semanal los sábados y te juro que ayer aluciné con el panorama y la actitud tan egoísta de la gente. Los hay que se llevan las cosas porque sí, al grito de: ¡eso mismo!
Además, deja ya de preocuparte por el p*** papel higiénico. Qué estás en tu casa, hombre; en un momento de apuro tiras de bidé y sanseacabó. 😋
Así que tranqui, que me da a mí que lo único que necesitamos es esperar, y que no va a hacer falta que el señor Pitt venga a salvarnos. Aunque no sé yo si esto, a algunos, les parecerá una bendición o una desgracia. 😅

P.D.: Lo de la teoría de la probabilidad es completamente cierto, pero que quede claro que no soy ninguna pirada con el tema de los fantasmas. De hecho, suelo pecar de escéptica con lo paranormal. Será por eso que me funciona tirar de la lógica cuando me desquicio. Lo que pasa es que también tengo una imaginación demasiado fértil y soy muy sensible a los ambientes. No me hace falta mucho para montarme la película y, claro, así, a veces acabo como acabo.

P.D. 2: Llegado el caso, ¿podría cambiar a Brad Pitt por otro? A mí es que los chicos así, tan rubitos y tipo nórdico, no me van mucho.